Mi primera vez

Estoy cansada, hace meses que no  puedo dormir.  Es mi primer embarazo y estoy nerviosa por cómo me va a ir el parto.

He asistido a las clases de preparación al parto que da la matrona de mi localidad. Es una persona encantadora. Nos habla de cómo ir adquiriendo recursos para llevar lo mejor posible las contracciones: música, masajes, pelota… Cada cual debe preparar su maleta personal, nos cuenta.

La verdad, no sé cómo va a ir mi parto, voy a dejar que las cosas sucedan para ir decidiendo sobre la marcha. No tengo ninguna experiencia y no me veo capaz de decidir nada ahora mismo.

Estoy de 41 semanas, casi 42. Parece que mi bebé no tiene prisa por salir. Y yo tengo mucho sueño hoy.

Son las 2 de la madrugada y me despierto, como viene siendo habitual, para ir al baño. Cuando vuelvo a la habitación, justo antes de entrar, tengo la sensación de estar meándome encima. Por unos momentos me pregunto cómo puede ser posible que no pueda retener el pipí… Hasta que caigo en la cuenta: he roto aguas. ¿O no? Empiezan las dudas. Después de un rato parada en la puerta de mi cuarto, y viendo que el agua que va bajando por mis piernas no cesa decido despertar a mi compañero: “Cariño, he roto aguas”. La escena a continuación es cómica, reímos y nos atolondramos sin saber bien qué hacer. Me ducho y me visto para ir al hospital donde voy a tener a mi pequeñín.

Sé que aunque haya roto aguas no tengo que sacar el pañuelo blanco por la ventana del coche, pero también me dijeron que, sin prisas pero sin pausas, había que dirigirse al hospital aunque no hubiera contracciones.

Voy a parir en un hospital privado que está a una hora de camino. No es que lo haya decidido de forma consciente. Ni siquiera me planteé hacerlo en otro sitio.

Durante el viaje sigo mojando. No hay dolor. Tan sólo unas contracciones muuuuuy leves pero regulares cada 4-6 minutos.

Llegamos al hospital, estoy muy emocionada. Parece mentira que, por fin, vaya a nacer mi primer hijo.

Me atienden enseguida. ¿Has roto aguas? ¿Y cómo lo sabes? ¿Cómo estás tan segura? Pues tengo que hacerte una prueba para comprobarlo.

Mi seguridad se disipa… ¿Me habré meado encima y resulta que no estoy de parto? Visto des de fuerautismoa y con la distancia puede parecer divertido. Pero las palabras del enfermero que me atiende me hacen sentir vulnerable, débil, poca cosa.

Después de comprobar que, efectivamente, he roto aguas, me llevan a la sala de partos. Me monitorizan. El bebé está bien, pero el hecho de estar tumbada me hacer ver las estrellas. Tengo un dolor de espalda terrible y la presión de la barriga me ahoga. No me permiten incorporarme. Estoy muy incómoda y  quiero andar.  Me estoy poniendo nerviosa.

No recuerdo cuanto tiempo ha pasado desde que estoy en la sala de partos. Ahora mismo estoy sola, no sé bien por qué.

Entra una enfermera que me comunica que van a ponerme un calmante. No entiendo nada. Tampoco pregunto. Me limito a observar cómo manipula el gotero (llevo una vía puesta, claro). En ese momento no tengo ni idea de que me está poniendo oxitocina.

Entonces empieza el infierno. Hasta ese momento no he sentido dolor.  Unas contracciones muy fuertes hacen que me retuerza en la camilla. La enfermera me dice que debo quedarme quieta porque se pierde la señal y no puede controlar el latido de mi bebé.

Me preocupa mi bebé, no quiero que le pase nada y quiero saber en todo momento si va bien. Pero el dolor es insoportable. Quiero moverme, necesito moverme para poder controlarlo.

Pero no puedo. Estoy estirada y muy nerviosa. Le pido a la enfermera, no, le imploro si tanto dolor es normal. No tengo ni idea de qué me está pasando. “Estás un poco histérica” es toda la explicación que recibo. Yo estoy a punto de ponerme a llorar. Me siento débil y estúpida por no poder soportar el dolor de unas contracciones ni mi estado emocional.

Sigo estando sola cuando llega el anestesista con la enfermera al cabo de un rato. Firmo una autorización. “Ahora debes ponerte de lado con las rodillas dobladas y debes estarte muy quieta puesto que sino podrían provocarte problemas graves con la punción”, me dice la enfermera. Yo sigo con unas contracciones tan dolorosas que ni siquiera me dejan pensar en todo lo que me está ocurriendo. Hago lo que me dice y entonces entra en acción el anestesista. Ni siquiera me dirige la palabra y le grita a la enfermera que como no me doble más y me esté quieta no me puede pinchar. Ella me pide que me doble más. Mi barriga y las contracciones me lo impiden. Él sigue gritando que así no me pincha.

Me pongo a llorar. Quiero que todo salga bien. Quiero colaborar y hacer lo que me piden pero no sé cómo. Le pido al anestesista con desesperación que me diga cómo puedo doblarme más. Al final consigo ponerme como a él le va bien y justo después de una contracción me pone la epidural.

Llega la calma. Dejan entrar a mi compañero. Me siento tranquila teniendo a alguien conocido al lado después de lo ocurrido.

Sigo notando las contracciones, no sé si eso es normal y se lo pregunto a la enfermera, que vuelve a estar por la sala mirando el monitor. Como respuesta: “Aviso al anestesista”. Al cabo de un rato aparece y me inyecta más anestesia sin decirme nada.

Ya no noto ni una leve contracción. No sé qué hora es. Estoy muy cansada y me quedo dormida.

Me despierto con muchas ganas de devolver, los labios y la boca secos. No me dejan beber. Sólo mojarme los labios con una gasa humedecida. Es una sensación muy desagradable, pero soportable.

“Hay sufrimiento fetal” me indica la enfermera. “Ponte esta mascarilla de oxígeno y túmbate de lado”.

Estoy asustada. La enfermera me presenta al ginecólogo y la matrona de guardia por si no llega a tiempo mi ginecólogo. Se van sin decirme nada más ¿A tiempo? ¿Ocurre algo? ¿Es que están esperando a que para cuando llegue mi ginecólogo?

Sólo quiero que acabe y que mi bebé salga bien.

Finalmente aparece mi ginecólogo en la sala de partos. Se muestra contento y eso me anima. Es una cara conocida y me relajo.

Lo primero que hace es cortar, sin yo saber nada, claro.

“Ahora vas a tener que empujar”. Me viene en mente las típicas imágenes de las películas de mujeres pariendo gritando y empujando. Pero yo no noto nada. “Cuando te diga empuja”. Cierro los ojos e intento concentrarme para hacerme una imagen mental de a dónde debo enviar la fuerza puesto que de cintura hacia abajo no noto absolutamente naclinica gonzalez-lince-partosda. “Vuelve a empujar”. Y sigo con los ojos cerrados todo el rato para intentar focalizar la fuerza. Parece ser que hay problemas. Lo noto.  El bebé no sale y tiene que usar espátulas. Yo no quiero abrir los ojos. Intento concentrarme para hacer el máximo de fuerza posible. Es lo único que me hace sentir útil.

“Para ya de empujar, y abre los ojos, que ya lo tienes aquí”. Me siento ridícula. “Cógelo, anda”.

Sin darme cuenta, sin notarlo, sin sentirlo, he parido a mi hijo. Mi primer hijo. El sufrimiento y el miedo desaparecen.  Me pongo a llorar.

Todo terminó. Ahora empieza otra fase que también me resulta demasiado desconocida. Pero es otra historia que ya contaré en otra ocasión.

Tardaré algunos años en relatar mi primer parto sin ponerme a llorar. Y no precisamente de felicidad, sino de angustia, de impotencia y rabia por no haber sido bien tratada.

No quiero juzgar aquí los pasos que siguieron los profesionales sanitarios, aunque sé que muchas personas los criticarán.

Mi pena, mi duelo personal, fue por el trato recibido y han tenido que pasar 6 años para que me atreva a escribirlo.