El mejor de todos los portabebés

“Aquí hay algo que no va bien”

 

Estoy delante del ordenador y esa frase me resuena una y otra vez en mi cabeza. Tengo un bebé, mi primer bebé, de dos semanas de vida, los pezones hechos trizas porque se tira horas y horas enganchado a mi pecho y mi estado nervioso que cada vez está más alterado.

 

“Esto no puede ser tan difícil. Algo tengo que poder hacer”

 

Siguen siendo afirmaciones que repito una y otra vez mientras busco información sobre bebés-que-no-dejan-de-llorar-si-no-estan-en-la-teta-o-en-brazos-de-MAMÁ.

 

Y entonces veo una fotografía en una página web de crianza respetuosa. No sé bien cómo he llegado hasta ahí: de llorar a teta, de teta a contacto, de contacto a … en fin, que estoy ahí. Es un bebé que va envuelto en una tela junto al cuerpo de su madre. ¡¡¡Y la madre está llevando la compra en las manos!!! Ya me veo pudiendo barrer el comedor con el niño en esa tela sin llorar. ¡Es eso! ¡Algo me dice que ese trapo me va a ayudar mucho!

 

Y lo compro. Sin probarlo, sin tocarlo, sin saber ni cómo se pone. Sólo me viene a la cabeza el comentario de mi pareja: “En mis viajes a África las madres siempre iban con el bebé colgando en la espalda”. Pues aquí nunca he visto a nadie, pero yo, voy a ser la primera.

 

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Hace poco más de 7 años que salí por primera vez a la calle con un fular semielástico con mi primer hijo dentro. Miré las instrucciones, hice el preanudado que venía explicado en ellas y me hice las primera preguntas: ¿tendrá frío? ¿Qué ropa le pongo?

Recuerdo lo feliz que me sentí cuando vi que dormía plácidamente mientras cam
inaba rumbo al supermercado y volvía a casa sin que se hubiera despertado.
Creo que fueron exactamente 35 minuto. ¡Pero qué 35 minutos más placenteros!

También recuerdo el calor que desprendía cuando lo saqué del fular, con sus tres capas de ropa puestas todavía (comprobé que frío no había pasado) y continuaba profundamente dormido…

 

Esa fue mi solución. ¿La mejor? Pues sí. En ese momento sí, sin dudarlo.

 

Después de 7 años porteando a mis tres hijos sigo pensando que el mejor fular que yo pude tener en aquel momento es el que tuve.

 

Entonces, ¿es el fular semielástico el mejor portabebés?

 

En absoluto. De hecho, lo usé durante dos meses y no lo volví a usar en ninguno de mis hijos siguientes.

 

Entonces, ¿no recomiendo el fular semielástico?

 

Pues claro que sí. Un fular elástico bien usado puede ser un portabebés muy útil, y puede llegar a ser una buena opción.

 

 

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Elegir un portabebés puede ser muy complicado y muy fácil a la vez. Depende de cuál vaya a ser nuestro camino en el porteo. Podemos elegir, como hice yo, el primer portabebés que se nos cruce por el camino. Tenga el nombre que tenga, seguramente nos proporcionará a nosotras y a nuestros bebés el contacto que ambos necesitamos.

De ese primer portabebés, al que nos vaya como anillo al dedo, puede haber un tramo corto u otro muy largo que nos haga pasar por muchos portabebés porque no nos sentimos cómodas con los que vamos conociendo. Ese fue mi caso.

Durante mucho tiempo me dediqué a leer, informarme y entrar en todo un mundo de diferentes portabebés. Y fui descubriendo y probando, haciéndome una idea de los que me iban bien y de los que no.

Tener la información y los conocimientos que tengo ahora me hubiera ahorrado mucho tiempo, estoy segura (y también mucho dinero, que en el armario de casa cada vez había menos espacio 🙂 ).

 

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Por eso es importante tener en cuenta que no existe un portabebés “mejor”. Lo que sí que puede existir es una opción de portabebés óptima para la combinación bebé-madre-contexto. Esa combinación es única. Y la función de una asesora de porteo es conocer las características de esa combinación y encontrar la mejor opción para ella.

 

 

 

¿Hubiera contratado a una profesional para elegir el portabebés más adecuado y ahorrarme tiempo y dinero?

 

Pues sinceramente, no lo sé. Yo he disfrutado por el camino descubriéndolo por mí misma, pero esa ha sido mi decisión. Decisión que no he tomado en otros ámbitos de mi vida, en los que para ahorrarme tiempo y dinero, he contratado a profesionales cualificados que hicieran el trabajo por mí. 

 

 Laia Simón

Historia de una lactancia mixta diferida. Primera parte

Hace unos meses, estuve hablando varias veces con Nessa, es una bailarina de danza oriental con quien hace años compartí bailes, risas, ensayos y talleres de técnica. Había sido madre hacía poco, y me ofrecí a acompañarla, aunque en la distancia, en lo que necesitara.
Conociendo su viaje, creo sinceramente que Nessa es una mujer valiente y perseverante, que delante de la adversidad supo encontrar su camino, y lo siguió con la fe ciega de los que escuchan a su corazón.
El otro día, demostrando también su generosidad, me comentó que quería explicarnos sus experiencias con la lactancia. Su objetivo es que otras madres que puedan hallarse o se encuentren ya en una situación similar, no se den por vencidas, no se conformen con la primera respuesta y busquen la solución real a lo que sea que no les permite vivir la maternidad con plenitud.
Y que sepan que no están solas.
Y que sepan que seguro, otras madres han pasado por lo mismo que ellas en algún momento.
Por nuestra parte, nos sentimos muy orgullosas de que haya confiado en nosotras para dar a conocer su historia, su lucha personal por conseguir aquello en lo que creía.
Aquí os dejo la primera parte de su vivencia:
“Antes de tener a mi hijo siempre había dicho que haría lactancia artificial, estaba totalmente convencida. No por estética o por pudor sino porque imaginaba que debía ser molesto, y pensaba que yo no lo aguantaría.
Sin embargo, en el momento en el que supe que estaba embarazada, cambié de pensamiento, decidí que sí iba a dar el pecho.

Si de algo me he dado cuenta durante todo este tiempo es de que no te conviertes en madre cuando das a luz, sino que lo eres en el preciso instante en el que sientes que llevas vida dentro

Alex nació una tarde calurosa de julio y por motivos de salud tuvo que estar en observación. Me hacía tanta ilusión hacer piel con piel y darle el pecho en el quirófano, había soñado tantas veces con la imagen de los tres nada más nacer… que el mundo se me vino abajo cuando después de sacarlo con mis propias manos se lo llevaron. Recuerdo que en la habitación, mientras esperaba impaciente hice el comentario que igual tendría problemas con la lactancia porque había leído sobre el reflejo de succión en las primeras horas de vida pero jamás pensé que esa frase sería un adelanto de todo lo que nos iba a suceder. 

Mi hijo presentó hipoglucemias así que empezaron a darle biberones cada tres horas. Pedí que se los dieran con jeringuilla pero la enfermera me comentó que el niño se agarraba bien al pecho y que no tenía de qué preocuparme.
El primer error que cometí fue ese, creer ciegamente en lo que me decía, ya que sí que interfiere la manera en la que se le da la leche (después me informé de lo que se conoce como confusión tetina-pezón).
Alex tomaba mucha leche porque no se controlaban las hipoglucemias, entre tomas no quería tomar pecho y se pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo. Comenté que notaba que succionaba flojo pero me respondieron que seguramente era porque estaba demasiado saciado por los biberones. Los días que estuvimos allí me estimulaba entre las visitas con un sacaleches manual porque temía no producir suficiente leche.
Estuvimos más días de lo normal ingresados por el tema de las hipoglucemias. Al volver a casa otro error que cometí fue el de no pedir ayuda. Reconozco que esos primeros días tenía que haber sido tajante y quedarnos los tres solos en casa para centrarme en lo que de verdad importaba. A las personas con las que tenía confianza les comentaba que tenía problemas con dar el pecho pero a la mayoría no tuve valor de negarles la entrada.

Necesitaba hacer piel con piel con mi hijo las horas que hubiera querido, lo primero tenía que haber sido establecer mi lactancia por encima de todo pero no podía porque tenía que atender a las visitas e intentaba con todas mis fuerzas ser la misma de antes. No sé como no pude verlo, es imposible cuidar de un recién nacido que te demanda a todas horas, atender a la gente, ir a la compra, limpiar, cocinar, no dormir y sobrellevar un problema de hipertensión post parto que me llevó varias veces a urgencias.


Intentamos primero quitarle los suplementos de leche artificial pero era horrible, lloraba de hambre y yo me tenía que enfrentar a comentarios como que quizás mi leche no era suficiente o que podía tener mala calidad.
Nuestro día a día era: se cogía al pecho, lloraba, golpeaba el pecho, lloraba, se dormía 10 minutos, volvía a llorar y al final le daba leche artificial con jeringa o biberón para no verlo sufrir más.
Yo no paraba de repetir que no succionaba bien a los diferentes profesionales a los que acudimos, como madre notaba que algo no iba bien pero todos lo atribuían al tema de los biberones y que se había mal acostumbrado. Llamé a muchas puertas, quizás demasiadas, la mayoría no supieron o pudieron ayudarme. Otras, en cambio, como Mónica de Núnnutit, me acompañaron con sus consejos y apoyo en una etapa en la que te sientes sola y vulnerable. He conocido a grandes mujeres durante este viaje…

Acudimos a pedir ayuda a especialistas (pediatras, enfermeras) que me decían que no pasaba nada por darle biberón o que eso era típico de la lactancia mixta, que el bebé acababa rechazando el pecho. Era como si tuviera que resignarme porque “esto es lo que suele pasar cuando les dan suplementos en el hospital” pero no me daba la gana, yo no quería resignarme!!!
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Probamos con un relactador: se trata de un artilugio para estimular al bebé a que se coja con más ganas y poco a poco poder quitar los suplementos. Me colgaba un dispositivo que tenía leche almacenada y a través de una cánula sujetada al pecho mi hijo succionaba mi leche y la del relactador de manera que recibía más cantidad de alimento.
Y entre las tomas utilizaba el sacaleches para estimular más producción de leche. Recuerdo que mientras me sacaba leche me desahogaba con Núnnutit y les enviaba mensajes porque necesitaba sentir que alguien en cualquier momento se preocupaba por mi. Les planteaba dudas e inquietudes però lo que más me reconfortaba era saber que estaban al otro lado escuchándome y dándome fuerzas, siempre disponibles. Una frase que me regalaron esos primeros días y que se convirtió en mi particular grito de guerra hasta día de hoy fue “Ánimo Madre poderosa”. Cada vez que mis fuerzas han flaqueado o que me he venido abajo la he repetido hasta la saciedad como mi mantra.

Ganamos que ya no rechazaba el pecho ni lo golpeaba en un primer momento pero se había acostumbrado a recibir leche rápidamente y enseguida lloraba porque ni con el relactador era suficiente (poníamos el tubo más largo pero tampoco funcionaba)

Era desesperante, una locura, días enteros en casa, entre tomas sacándome leche, verle llorar a todas horas y yo con él. Como pedía comer a cada instante y sin ninguna regularidad yo no podía salir fuera de casa porque necesitaba el dispositivo constantemente.

Sentía que me estaba ahogando y que no podía crear el vínculo que deseaba.

Es muy duro estar agotada y ver que tu hijo te golpea cada vez que le ofreces el pecho, no paraba de decir frases como ” el niño no me quiere” ” me huele y llora, me está rechazando”.

El día en que ya no pude más fue una mañana que fuimos al grupo de lactancia del CAP. Habían juntado a muchas madres de otro CAP que estaba cerrado por vacaciones y nada más entrar a mi niño le dio hambre, empezó a gritar y llorar como si lo destriparan y yo intentaba darle el pecho pero me golpeaba y rechazaba una y otra vez delante de todas. Las otras madres me miraban con cara de “pobrecita” mientras ellas daban el pecho tranquilamente a sus hijos, me sentí fatal, diferente, superada y desesperada así que me fui sin más, enfadada con el mundo.
Volvimos a buscar más opciones comentando con gente, asesoras, amigas… y encontré el artículo de una chica que hablaba sobre lactancia diferida. Explicaba como se sacaba leche con el sacaleches y entre tomas le ofrecía el pecho a su hijo para establecer la succión no nutritiva y estrechar el vínculo emocional. Después de sentirme sin fuerzas, de golpe me vine arriba:
¿y si probaba lo mismo? ¿Y si me olvidaba del relactador y lo intentaba así? y esa fue mi salvación.
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Por fin empezamos a salir a la calle y hacer vida más allá de las paredes de casa, por fin mi hijo podía disfrutar de una madre alegre y disponible emocionalmente, se acabaron los lloros, los gritos, la desesperación. Me sacaba leche, cada dos o tres horas, él se la bebía con su biberón y entre tomas utilizábamos el pecho para que se calmara, para dormir o para disfrutar de un momento único. Fueron semanas en las que volvimos a la normalidad, me sentía feliz, el sacaleches formaba parte de nuestra vida. Lo llevaba puesto con un sujetador y mientras tanto podía atender a mi hijo o hacer lo que fuera.

Decía de broma que el sacaleches era nuestro amigo y es que yo lo veía como el instrumento que me permitía lactar a mi hijo. Pese a haber tomado esa decisión, reconocozco que se me escaparon en varias ocasiones las lágrimas por la calle cuando veía a madres dando el pecho, las observaba con esa paz acariciando a sus bebés.. ¿por qué no puedo ser una de ellas?”

 

 

La próxima semana publicaremos la segunda parte.

¿qué os ha parecido hasta ahora?

¿quéreis compartir vuestra experiencia?

Si creéis que éste relato puede ayudar otras madres, por favor compartid.

Muchas gracias

 

Mònica Pons

¿Dónde va a estar mejor?

Siempre me había parecido que muchos de los artículos que se supone que necesita tu bebé, o necesitas tu, cuando nace, eran innecesarios. Aún así, mi pareja y yo nos preocupamos por tener aquellos que nos parecían útiles: un moisés, un cambiador sencillo, una cuna, objetos varios de colores pastel suaves y musicales…

Después del parto, la habitación del hospital estaba llena de familiares ruidosos y felices por la llegada de un nuevo miembro en la familia. Mi bebé iba pasando de unos brazos a otros -¡que bien se porta!-, -no se extraña de nada-, se oía entre sonrisas. Y yo y mi pareja enormemente cansados después de un parto nocturno de 15 horas…

 

Algo chirriaba en mi: estaba muy feliz, pletórica, deseando cantar a los cuatro vientos que era madre, que mi hija había nacido ya… y a la vez, sólo tenía ganas de que se fueran todos: TODOS, y nos dejaran vivir aquellos momentos mágicos a nosostros tres.

 

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Pero mi instinto estaba todavía acallado por las normas sociales aceptadas, por la necesidad de creer que yo estaba perfecta, fuerte, que lo podía todo, y todo con la sonrisa y la calma de una madre serena y descansada.

 

Cuando mi niña ya había bailado por todos los brazos presentes en la habitación (tengo 20 primos y 6 tíos, todos adultos y con sus respectivas parejas… para que os hagáis una idea de la gente que había en la habitación del hospital), alguien decía: la dejamos en la cuna para que puedas descansar, que está dormidita. Ahí. Con toda la autoridad de “lo que tiene que ser”, según el saber popular.
Y mi instinto, diciéndome:
cógela…cógela…¡cógela!

 

¿De dónde sale, ése saber popular?

¿Quién sienta cátedra con sus argumentos, para que una sociedad acepte que la madre y el bebé deben descansar después del parto, cada uno en su cama?

¿Dónde empezó la ruptura del paradigma original?

¿Cuándo nos olvidamos de que somos animales mamíferos?

 

Pasadas esas primeras 24 horas de jolgorio familiar, la cosa empezó a calmarse. Y yo decidí coger a mi niña. Y cuanto más la cogía, menos la soltaba. Cuanto más cerca la tenía, más la olía, la observaba, la acariciaba y besaba. Y ella, después de unas horas que a mí se me hicieron eternas, de medio letargo y  de no querer teta, empezó a buscar de nuevo el pezón para amamantarse. Nos costó un tiempo y unos pezones enrogecidos y grietosos, entendernos con la teta. A ella, y a mí.

Estaba embelesada, encantada, enamorada de mi hija.

No podía dormir bien si la dejaba en el moisés, al lado de mi cama. Lo más cerca de mí que yo creía que debía dormir.  Me despertaba y me encontraba observándola: ¿tiene frío? ¿está dormida? ¿no tiene hambre?

Al cabo de unos días, mi pareja, dando un empujón a mi instinto me dijo con toda naturalidad: “ponla en la cama con nosotros”. Y eso hice. Y no sucedió nada. Nada malo. Pero dormimos mejor, y cuando empezaba a quejarse, ninguna de las dos terminaba de despertarse, sin abrir los ojos sacaba la teta, y ella comía, y nos volvíamos a quedar fritas. Ganó el instinto.

Es curioso, que aunque yo sintiera la necesidad de cogerla, fuera el hábito de cogerla lo que me generara más ganas de estar con ella, de tocarla, de llevarla en brazos conmigo. Igual que me había percatado de que era ella la que decidió cuándo nacer (intenté convencerla desde la semana 39 hasta la 41, me rendí, y nació en la semana 42); también descubrí que es el bebé, su presencia, y no nosotras, el que desencadena y  establece el vínculo con la madre, y con el resto de cuidadores.

Al fin y al cabo, somos el resultado del bagaje evolutivo de millones de individuos de especies distintas durante millones de años; una especie más dentro de los Mamíferos. Definirnos como “humanos” no nos distancia del resto de animales: nuestros cuerpos y nuestras reacciones siguen siendo el resultado de ese bagaje, traducido en unos niveles hormonales determinados en cada situación.

 

En los primeros meses de maternidad aprendí que lo más importante, ya lo tenemos. Aprendí que lo mejor que podía hacer era dejarme llevar, hacer lo que sintiera que quería hacer, escuchar mis emociones y mi corazón. Tuve que hacer un esfuerzo para encontrar mis emociones y entender lo que mi corazón me pedía, porque mis vivencias, mi educación, la comunidad en la que vivo y mi familia con la mejor de las intenciones, de algún modo me habían apartado de ese instinto primitivo. Menos mal que ahí estaba mi bebé para hacer el camino más fácil.

Soy una madre mamífera.

 

¿Cómo te conociste con tu bebé?

¿Escuchaste a tu instinto?

Cuéntanos tu vivencia, comenta lo que quieras…  o comparte nuestro post.

Gracias

 

Mònica Pons

 

 

¿Y ahora qué hago para que dejes de llorar?

Tengo la lista hecha desde hace días. Al principio no sabía por dónde empezar, pero la gente me ha ido dando ideas y ahora ya sé lo que quiero que me regalen.

 

Por si no lo sabes, chiquitín, estoy haciendo la lista de cosas que necesito para cuando llegues a nuestras vidas.

El cochecito me lo va a regalar tu tía, ya verás qué pasada. El accesorio que lleva nos va a servir para cuando vayamos en coche. Y la hamaquita nos la regala tu tío. Le he pedido una que tiene unos muñequitos lindísimos, estoy segura que te encantarán y jugarás muchísimo con ellos. También he pedido un parque. Te lo llenaré con los juguetes que te vayan regalando, así estarás entretenido mientras mamá hace otras cosas.

Pero no todo está en la lista de regalos. Papá y mamá también hemos elegido cositas para ti. Hemos visto un móvil precioso con una música muy dulce y lo tenemos preparado en tu cuna. Con ese sonido te quedarás dormido enseguida, ya lo verás.

Lo tenemos todo, no te hará falta de nada. Estamos deseando conocerte y hemos preparado toda la casa para cuando llegues.

Y ya llegaste. El parto ha sido duro, muy duro, pero ya estás con nosotros y no me importa nada más. Eres lo más maravilloso que me ha ocurrido nunca. Ha sido un amor a primera vista. Te quiero y sé que te voy a querer toda la vida.

Pero estoy desesperada.

Lloras. Lloras muchísimo. Y no sé consolarte. Me siento impotente. Yo también lloro.Imagen_018

 

Daría lo que fuera por poder remediar tu pena.

¿Qué más necesitas?

¿Y ahora qué hago para que dejes de llorar?

La música de la cuna no parece gustarte. Tampoco en la hamaca te relajas. Parece que sólo mi pecho te calma. Ahí puedes estarte mucho tiempo, un tiempo que se me hace eterno. Pero ese tiempo pasa y te duermes, y ahora puedo dejarte en tu cuna, con la música tan bonita que tiene.

Pero en cuanto tocas las sábanas te vuelves a despertar. Y yo me desespero.

De nuevo el pecho es lo único que quieres.

 

Y vuelvo a sentarme en el sofá, al mismo tiempo que miro a mi alrededor y veo todas las cosas que todavía tengo por hacer.

 

Me estiro en la cama contigo, ya dormido. Estoy muy cansada, yo también me quedo dormida.

No entiendo qué hago mal. No entra en mis planes quedarme relegada a un sofá teniéndote en mis brazos todo el día porque sólo yo puedo calmarte con mis pechos.

La hamaca, el parque, el cochecito… están siendo trastos que no te sirven. En las dos semanas que llevamos conociéndonos he descubierto que sólo quieres estar en mis brazos, junto a mí. En mi pecho te duermes, y en él puedes descansar todo el tiempo que necesita tu pequeño cuerpecito.

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Pero yo no puedo, yo no quiero estarme en el sofá. Tiene que haber una solución.

Hay algo en mí que me dice que la maternidad no puede ser algo que exprima tanto, que anule y que no te deje avanzar. Algo me dice que tiene que haber alguna otra manera de hacer las cosas que nos haga sentir bien a ambos.

Decido empezar a buscar información en las redes sociales y encuentro otras mujeres que viven lo mismo que yo, y me siento acompañada. Esas mujeres hablan de cosas que para mi son desconocidas, pero son palabras que dan sentido a muchas de la emociones que me ha hecho despertar tu nacimiento: contacto piel con piel, dormir sin llorar, apego…

Y entonces descubro el porteo. 

Ahora vas pegado a mí. Junto a mi corazón. Y yo me siento libre al mismo tiempo. Salgo a comprar, organizo la casa, incluso paseo tranquilamente sin que te despiertes, sin molestarte.

Al mismo tiempo que voy reorganizando e integrándote en mi vida te doy lo que tú más necesitas: contacto. Para saber que existo, para sentirte protegido, necesitas tocarme, olerme, sentirme. Es así de simple, pero a la vez nos parece tan complicado. 

 

Siento no haberme dado cuenta antes. Pero ahora en el fular los dos hacemos y tenemos lo que necesitamos.

Laia Simón

La danza oriental, los ciclos, tu cuerpo

Taller vivencial: Dansa’t la teva feminitat

El próximo 13 de marzo, tenemos preparado un taller presencial muy especial para conectar con tu esencia, con tu cuerpo, para conocerte y escucharte mejor.

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Dáte un espacio y un momento para sentir tu feminidad, sin tapujos, sin prejuicios sociales… podrás conectar con tu cuerpo y tu mente, reconocer tu ciclicidad, descubrir las fases del ciclo femenino y danzarlos con libertad.

Se trata de un taller en petit comité, en un espacio acogedor y tranquilo:

 solamente hay 10 plazas disponibles.

Facilitado por Roser Casellas (empoderamiento holístico) y Mònica Pons.

¡Únete!  

escríbenos a nunnutit@gmail.com y reservamos tu plaza

Nos vemos en Asociación Plenitud, Calafell poble (www.asociacionplenitud.com)

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Estrategias de supervivencia: llegamos con el bebé a casa

Falta poco para que nazca tu bebé, tal vez un par o tres de meses, tal vez menos.

Empiezas a plantearte seriamente cómo organizar la casa para tener bajo control los aspectos logísticos: donde va a dormir, donde guardar su ropa, los pañales; tener la casa libre de trastos… Quizás te suene lo que te estoy explicando y pienses: todo eso ya lo he hecho. No sé por qué, pero ¡un día sentí unas ganas irreprimibles de ponerme a limpiar y ordenar todo! Algunas personas llaman a esa sensación “el síndrome del nido”.

 

Vamos a resumir en 4 aspectos lo que necesitas:

 

1. La maleta para el hospital:

Tu ginecólogo o tu matrona te darán una lista con las cosas básicas que debéis llevar, aunque lo que realmente necesitas es ropa, pañales, muchas ganas y un poco de calma, siempre va bien tener esa lista porque dependiendo del hospital, variará un poco.

 

2. El orden en tu casa:

Es cierto, cuando lleguéis a casa, es mejor que los proyectos que tuvierais pendientes ya esten hechos: tirar trastos del garaje, ordenar el trastero, montar el armario para las cosas del bebé… Tener la casa bajo control os dará tranquilidad.

 

3. Las comidas:

Puede ser que en los primeros días no tengáis ganas de cocinar, que tu pareja tenga que trabajar, o que se os pasen las horas volando. Organizar un menú para un par de semanas e ir congelando platos ya preparados, tener a mano tres o cuatro teléfonos donde poder llamar para que os traigan comida preparada (o saber que vuestra familia os preparará algunas de las comidas), también os será muy útil.

 

4. Este es solamente para las amantes de la organización:

Haz un horario con las cosas más básicas que quieras hacer por la mañana y por la noche pase lo que pase. Si alguien viene a verte y quiere ayudar (y si no, le puedes pedir tú la ayuda) siempre sabrá cómo hacerlo.

 

 

Y un día… ya está. Lo que últimamente parecía que no iba a llegar nunca sucedió:

tu bebé ha nacido.

 

 

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En las horas de hospital habéis empezado a conoceros, pero el ambiente del hospital no es siempre lo calmado y tranquilo que quisiéramos; ahora por fin llegáis a casa: tu cama, tu sofá, tu espacio… ¡y ni una enfermera cerca para preguntar! ¿cómo era para limpiarle el ombliguito?, ¿está llorando y no sé qué hacer…?, ¿dónde están los pañales?

 

 

Tranquilos.

Todo lo que necesitáis ya lo lleváis encima, y el resto, lo tenéis cerca seguro.

 

 

Mis experiencias como madre me han dado muchas historias de ensayo-error, la mayoría con muchas risas al final del día, y también algunas lavadoras de más, así que voy a haceros una lista de 5 claves de la llegada a casa:

 

1. Subid a la nube por favor:

Esa sensación maravillosa de no-tiempo que se siente cuando tenéis en brazos al bebé, cuando se os duerme al lado, o en la teta, cuando lo observáis plácidamente dormido. Hacedla vuestra emoción habitual durante el día. Esa ensoñación con vuestro bebé facilitará mucho la creación del vínculo madre-bebé, porque tendréis ojos solamente y de verdad, para él/ella; y necesitáis de tiempo y calma para aprender a convivir juntos, para entender qué os está contando con sus expresiones, y a veces, su llanto.

 

2. Todo bien cerquita:

Ya sé que durante el embarazo se planea donde va a estar todo, y donde va a dormir quien… y está muy bien, pero lo bueno de esta vida es que podemos cambiar de opinión cuando queramos. Quizá esa cesta monísima que compraste para poner los pañales y una muda de recambio, no es práctica. Tal vez pusiste todo lo necesario para cambiarlo en su habitación, y ahora preferirías cambiarlo a tu lado en la cama, o en algún otro lugar de la casa: lo mejor es que tengas todo lo que necesites a menudo al alcance de la mano; y si quieres tenerlo por duplicado para evitar escaleras o un largo pasillo, pues adelante…

 

3. Dejar fluir la energía: escúchate.

Habrá quien te diga que no salgas con el bebé de casa porque hace mucho frío o mucho calor o mucho viento… y otros que te dirán que salgas mucho porque le tiene que dar el sol. ¿Cómo estás tu?, ¿te sientes con energía?, pues salid a dar un paseo y si el clima no acompaña, hay varias opciones que pueden hacer el paseo súper confortable a los dos. O por el contrario, ¿estás cansada?, pues túmbate a dormir cuando tu bebé duerma. En esto no hay reglas, claro que necesita salir, y seguro que saldréis a dar muchos paseos, pero si hoy no te apetece, y prefieres quedarte dormida mientras lo observas dormido, está perfecto también.

 

4. Mi pareja me mima:

Una pareja que te mime, te cuide, se tumbe contigo a embelesarse con el sueño de vuestro hijo/a, ponga lavadoras, limpie y cocine, ayuda un montón a estar tranquila, subir a la nube, tener todo cerca y fluir.

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5. El mundo puede esperar:

Ya sé que la familia (abuelas, abuelos, tíos, tías, etc..) tendrán unas ganas locas de ver al nuevo miembro de la familia, cogerlo, despertarlo, cambiarlo, bañarlo…, y quizá querrán venir a todas horas. Y a lo mejor tenéis muchas ganas de que estén en casa porque estáis pletóricas, pero tal vez no sea lo que deseéis ahora mismo. Si lo que queréis es tener un par de días en el hospital sin visitas, si lo que queréis es que os llamen antes de venir, y que cuando vengan sean silenciosos, y si traen algo de comida o les apetece tender la lavadora o barrer un poco .., nunca tendréis mejor momento para plantearlo que en cuánto lo sepáis. Si lo decidís antes del parto, habladlo con ellos. Y si creéis que os gustará tenerlos en casa, y luego os ponéis de los nervios al oir el timbre, contádselo entonces. Lo entenderán.

 

 

Éstas son mis 5 claves… ¿Qué te han parecido? ¿Añadirías alguna clave más? ¡Cuenta, cuenta..!

 

Por cierto, si te ha gustado el post, por favor, compártelo 🙂

 

Mònica Pons

Descubriendo el placer de aprender a comer

El pasado 6 de febrero estuvimos en Sant Sadurní d’Anoia , dando una charla relacionada con la alimentación, gracias al grupo de crianza Cu-cut, que confió en nosotras y al que estamos muy agradecidas.

 

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Aunque el tema principal de la charla giró alrededor de la alimentación, estuvimos tratando también muchos otros aspectos de la educación de nuestros hijos. El respeto, la autoestima, la confianza en si mismos de nuestros hijos, la confianza como padres, la influencia de la publicidad… son elementos que podemos encontrar en la mayoría de los aspectos educacionales que nos planteamos en nuestro día a día como padres y madres.  Incluso me atrevería a decir también sobre nosotros mismos.

El caso es que, más allá de cuestiones nutritivas, que también son muy importantes, enseñar a comer es una oportunidad más que se nos brinda a los padres para tratar a nuestros hijos de educar desde el respeto. Y eso implica, a la vez, tener claros cuáles son nuestros principios, nuestros límites, qué aspectos considermos importantes y qué no.

Si os interesa analizar la alimentación des de este punto de vista quizás no dejéis de seguirnos. En breve tenemos planificado un curso enfocado a facilitar los recursos necesarios para redescubrir el placer de aprender a comer desde el respeto.

 

 

Vivir el parto, o sobre cómo tu cuerpo y tu bebé eligen por ti

Recuerdo vívidamente las horas que pasé durante mis embarazos imaginando el momento exacto en que mi bebé salía por mi vagina.

 

En cómo estaría: furiosa, dolorida, empoderada, insegura, feliz…. Decidía que estaría feliz, cansada y poderosa.

 

En cómo sería el momento exacto de conocer el rostro de mi hija… Sería maravilloso y extraño a la vez, sería un momento en el que sólo cabríamos mi bebé y yo: el resto del mundo en off.

 

Incluso me visualizaba, en mi primer embarazo, paseando tranquilamente por los caminos entre viñedos y almendros que hay alrededor de mi pueblo. Respirando en las contracciones, serena, confiando en mí, contenta, esperando a que mi pareja volviera del trabajo nervioso, para acompañarme en el paseo hasta que decidiera acudir al hospital.

 

Mi primera hija, aunque yo se lo pedí muchas veces (creo que hasta en sueños), decidió esperar mucho para nacer. Yo estaba algo intranquila, porque no quería que me provocaran el parto, claro. Y aunque quería que pasara cuando decidiera suceder… ¡deseaba que pasara ya!

 

Tenía las piernas hinchadas, la barriga me pesaba horrores y estaba harta de andar…

 

A ratos me asaltaban las dudas: ¿irá todo bien?, ¿seré capaz?, ¿tendrán que hacer cesárea?

 

Finalmente, rompí aguas en casa, mientras cenaba viendo la tele.

 

Llegamos sin prisas, después de cenar y asearme, al hospital al que había elegido ir a parir.

 

Las horas pasaron como si el tiempo no existiera. Algunas fueron muy tranquilas, otras muy inseguras.

 

Y, sin tener en cuenta algunos detalles, me sentí cansada, feliz, agradecida y poderosa.

Y sí, el mundo desapareció al mirarnos por primera vez, mi hija Laia y yo.

 

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Mi segunda hija no pudo decidir. Hubo un error médico, un detalle absurdo en mi primer postparto, del que nadie se dio cuenta hasta la semana 35 de mi segundo embarazo. Un detalle que precipitó el parto a la semana 37+0, después de días de pruebas e incertezas.

 

No podía ser.

 

No había hablado suficiente con mi bebé. No me había despedido de mi niña ni le había contado que su hermana ya llegaba y no nos iba a ver en muchas horas. No podía dejar de llorar, desesperada, sin poder encontrar la calma ni la tranquilidad ni el poder que necesitaba. Miraba a mi pareja, que intentaba consolarme sin saber como..

 

Nos fuimos al hospital de referencia, nos esperaban. Era muy distinto del lugar donde nació Laia.

 

De pronto, me vi diciendo al equipo médico que quería la mínima medicalización y que no quería oxitocina sintética. Sabía que teníamos unas horas.

De pronto, me vi hablándole a mi bebé, explicándole que lo sentía mucho pero tenía que nacer ya.

De pronto me vi sacando fuerzas de lo más profundo de mis entrañas mientras cantaba para mís adentros que todo iría bien.

Y, aunque preocupada, mi hija nació y volví a sentirme cansada, feliz, agradecida y esta vez, enormemente poderosa.

 

Y el mundo volvió a desaparecer al mirarnos por primera vez, mi hija Selma y yo.

 

En mi primer parto, todo era dulce, inocente, nuevo y desconocido.

Mi segundo parto estuvo teñido de incertidumbre.

 

Algunas cosas habían mejorado en mí para poder tomar decisiones. Conocía los protocolos de algunos hospitales, sabía que tenía derecho a que me explicaran lo que querían hacerme y a decidir si lo aceptaba o no. Sabía más que nunca que quería ser parte activa de mi propio parto, sabía que quería acompañar a mi hija en su nacimiento.

 

El conocimiento me dió confianza en un momento muy difícil. Y me hizo sentir las contracciones de una forma distinta, me dejó chillar cuando quise, bailar cuando lo sentí, me ayudó a dejar que el trabajo de parto fluyera, me empoderó.

 

Conocer mi cuerpo, el proceso del parto, mis derechos y los derechos de mi bebé me hizo sentir y vivir intensamente y con equilibrio, aquella vivencia.

 

Por supuesto que todo puede cambiar en un segundo, desde luego que dar a luz es un proceso fisiológico que empieza cuando tu bebé decide que está listo para nacer, claro que no puedes controlar todo… Pero el saber permite que encuentres la confianza y el equilibrio necesarios para vivir tu parto intensamente y con claridad, poderosa y serena. Para que puedas decidir durante el embarazo qué quieres en tu parto, cómo quieres que tu pareja, o la persona que te acompañe, te ayude.

 

Conocer la gran cantidad de opciones y qué conlleva cada una, te da una serenidad y una confianza maravillosas, te permite vivir plenamente esos momentos cruciales en tu vida, y recordarlos con mucho amor.

 

Mònica Pons