Desaprender la comida o como confiar en tu bebé

Al salir de la revisión de los 6 meses de mi hija mayor, sentí una mezcla de incredulidad, diversión y preocupación.

 

Mi bebé regordete, tomaba teta a todas horas, y a demanda, es decir, cuando ella quería. También a menudo, durante las comidas, mi hija terminaba sentada en mi regazo o en el de su padre, observando atentamente qué y como comíamos, incluso a veces, intentando coger y probar algo de lo que tenía en el plato, al alcance de su mano.

En mi bolso llevaba ahora unas hojas con listas de alimentos a introducir: verduras, frutas, cereales, algunas carnes,… y cómo cocinar cada cosa, cuándo, en qué cantidad, cómo mezclarlo y triturarlo, cómo comer papillas… la verdad es que se me hizo un mundo. Al llegar a casa lo volví a leer. No entendía cómo iba a hacerlo para:

1. introducir un sólo alimento al día

2. esperar 4 días entre cada nuevo alimento

3. esperar a después de las comidas “reglamentarias” para dar teta (pero .. ¿no era a demanda?)

4. que mi hija se comiera las cantidades que se supone que debía comer

5. que hubiéramos probado todos los alimentos de la enorme lista para cuando nos viera el pediatra a los 9 meses, que ya me había dicho que me daría entonces otra lista, con nuevos alimentos a introducir…

 

Al día siguiente me puse manos a la obra: con  la peque en el fular, me fuí al mercado y llenamos la nevera de verdura y fruta fresca. También compré una papilla sin gluten y otra con gluten (y pensé que me hubiera ido bien tener una de las básculas de precisión de las que usaba en la facultad para mezclar según la guia que el pediatra me había dado, una papilla con otra para introducir el gluten). A media mañana, mientras Laia gateaba a mi alrededor, hice la primera papilla, con manzana.

¡Hay que nervios y que ilusión! mientras la hacía, me la imaginaba relamiendo la cuchara, disfrutando de la papilla y pidiéndome más con las manitas… como en los anuncios vaya.

La papilla estaba rica… eso decidí cuando me la comí yo, porque Laia la tocó, la tiró, jugó con ella y con el plato.. pero no la probó. La escupía. ¿no te gusta la manzana? ¿está demasiado espesa? ¿demasiado ligera?… que difícil me empezó a parecer comer comida, en vez de teta.

 

La siguiente semana estuve probando con otras frutas, y con un par de verduras, y con la papilla sin gluten… nada. Mi niña no quería papillas. Vamos, no quería ni verlas. De hecho tiene ya 5 años y nunca se ha comido una sola papilla. Así que lo dejé. Dejé de hacer papillas.

Me sentía mal si la obligaba a comer eso que no le gustaba.

 

Me ponía nerviosa y la situación terminaba en llanto o en disgusto. No quería aquello. Mi bebé disfrutaba con casi todo..

Sentía que tenía que haber un modo de que también disfrutara con la comida, sin que yo tuviera que forzar nada.

 

Me la ponía en el fular, o en la mochila a la espalda, cuando cocinaba, para que estuviera cerquita de mí y no se pusiera nerviosa y me pidiera teta. Cocinaba sin sal, sin salsas, todo a la plancha o hervido. Siempre alimentos de los de la lista. Y se sentaba con nosotros a la mesa.

A partir de ahí, solo tuve que dejarla tocar y coger la comida. No comía mucha cantidad, pero se divertía de lo lindo tocando y probando lo que había en el plato. Y dejé de estresarme. Ella seguía creciendo, seguíamos con la lactancia a demanda, y algunos días, me pedía menos teta y comía casi todo lo que le ponía al alcance, a veces durante el desayuno, otras en la comida, la merienda… alguna vez en la cena.

La verdad es que su percentil bajó. Pero el crecimiento de un bebé alimentado con leche materna difiere del de un bebé alimentado con leche artificial. A Laia la pesaban y medían y posicionaban respecto a una gráfica de crecimiento con leche artificial. Saber que había una diferencia en el ritmo de crecimiento ahí, me tranquilizó. Y seguimos así durante varios meses.

Mi bebé empezó a alimentarse adaptándose a los horarios adultos (desayuno, media mañana, comida, merienda, cena) a partir del año. . Cuando tenía un año y medio, se podría decir que comía su primer y segundo plato, y el postre (a veces, doble postre: fruta y teta :)).

 

Me siento muy orgullosa de haber respetado su ritmo. Distinto de lo aceptado. Y de respetar sus gustos: a mucha gente le extrañaba, por ejemplo, que comiera taaaanto tomate cada día, pero a ella le encantaba (y le sigue chiflando), se lo comía como quien come una manzana a mordiscos.

 

disfrutar comiendoY sigo en ese camino de respeto por su capacidad de decidir cuándo tiene hambre, y por su capacidad para saber qué le apetece y qué no. Reconozco que es difícil, los días en que no le apetece casi nada, en los que come poco; o las veces que comemos un plato distinto, nuevo, y no lo quiere probar, o lo prueba y no le gusta.

Sobretodo nos es difícil, porque a mi pareja y a mi nos enseñaron a terminarnos todo, siempre. Y a comer aunque no te gustara lo que comías. Claro que nuestros padres lo hicieron con la mejor de las intenciones, y debido a sus propias vivencias (hijos de la posguerra), lo entiendo perfectamente. Pero de momento, no nos falta la comida.

 

Con mi hija pequeña, ya no compré ninguna papilla. Le ofrecí siempre de lo que había en la mesa para comer. Y también tardó un tiempo en comer cantidades más o menos estables de comida. Pero sabe cuándo tiene apetito y cuando no. Y de postre, a veces de segundo plato, siempre aparece la lactancia, con sus dos añitos. Ah.. y también le encanta el tomate.

Siento que la relación de mis hijas con la comida es mucho más sana que la mía. Yo estoy reaprendiendo a escuchar mis necesidades nutricionales. Ellas no van a tener que reaprenderlo, porque no se les ha olvidado.



  

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Lo que la maternidad me quitó… y me dio

Yo siempre quise ser madre. No me preguntéis por qué, ni siquiera soy capaz de saberlo. Sólo sé que me imaginaba muchísimas veces con barriga, embarazadísima. Me gustaba recrearme en la visión de cómo sería mi cuerpo llevando un bebé dentro.

Pero pasaron los años y muchas cosas en ellos. Y, del mismo modo que sí, dije que no, que eso de ser madre no era lo mío. Que para ello necesitaba contar con alguien del género masculino (sé que en el fondo no es así, pero era lo que creía en ese momento) y no me daba la gana de ser tan dependiente.

En fin, no voy a entrar en juzgar si eso o si aquello. La verdad es que ahora mismo no me importa en absoluto.

El caso es que yo llegué a la maternidad casi por casualidad. Me la pusieron delante y acepté. Fue una mezcla de miedo por cambiar de opinión, no sentía la necesidad de ser madre, y deseo de alcanzar algo que me había hecho ilusión en su día.

madre y bebé

 

Es curiosa la transformación del cerebro cuando se genera vida en el cuerpo de una mujer.

Una vez me quedé embarazada empecé a tranformarme. Y ahora que lo veo con la distancia, puedo asegurar que no me di cuenta en absoluto hasta unos meses después de haber parido.

A mí me cambiaba el humor de blanco a negro, y podía llegar a llorar al leer que un bombero había rescatado a un gato subido en un árbol. Sí, un tanto ridículo. Pero he de reconocer que, pese a mis dolores de espalda, fueron unos meses absolutamente maravillosos. Era todo ilusión.

No tuve que plantearme nada. No sentí esa necesidad.

¿Darás el pecho? Ni idea, lo que surja

¿Querrás epidural? Y yo que se… nunca he parido.

¿Lo dejarás llorar? (mmm, no, esa pregunta nunca me la hicieron, todavía no se estilaba otra opción)

Traer al mundo a una criatura se limitó a contestar constantemente a dos o tres preguntas que respondía con evasivas. Ah, bueno, y si era niño o niña, claro.

Las preguntas llegaron luego. Y vaya si llegaron. Después de parir, una vez en casa, torrentes de cuestiones me asediaban día y noche. Bocanadas de emociones que no me dejaban pensar con claridad. Madre mía, qué puerperio…

 

Llegar a la maternidad me quitó la tranquilidad y me regaló la angustia.

 

Y como os podéis imaginar, pese al amor que sentía por aquel pedacito de carne, muy feliz no parecía que fuera mi posparto, claro.

Pero como dice el dicho, después de la tempestad llega la calma. Poco a poco tomé las riendas y dejé fluir mis decisiones hacia un camino desconocido al que llamaban “Crianza respetuosa

Y ese fue el gran robo al que fui sometida: la maternidad me separó de muchas personas.

Empecé a tomar decisiones, a cuestionarme un montón de ideas preconcebidas, a ver que había cosas que no me hacían sentir bien, a rechazar consejos de personas a las que quería y que, al mismo tiempo, no aceptaban con agrado ese rechazo.

Entonces empecé a ser juzgada.

Llevarlo en brazos, darle teta, acompañar sus rabietas, respetarlo en sus comidas, dar nombre a sus emociones… todo tenía que ser justificado, defendido.

 

Todo lo que para mí empezaba a cobrar sentido se convirtió en una guerra.

Y, como en todas las guerras, se crean dos bandos: los buenos y los malos.

Y lo más triste, una guerra en la que quise luchar a capa y espada juzgando a todo y a todos los que no seguían mi camino, mi verdad.F100006379

La lucha me separó de personas muy próximas a nivel emocional, al mismo tiempo que me acercaba a otras más afines a mi modo de pensar. En algunos casos no me importó, al contrario. En otros dolió mucho, muchísimo. Fue una manera de conocer a la gente que me rodeaba y de conocerme a mí misma.

Pero estar en lucha constante agota, desgasta y, en el fondo, muy en el fondo, no aporta mucho más que eso, cansancio.

Sigo creyendo en un modo de traer al mundo a los hijos, a criarlos, a alimentarlos, a quererlos, a educarlos… que sigue estando en disonancia con muchos de los credos y acciones que veo día a día. La diferencia entre ahora y hace siete años es que tengo mucha más información, experiencia y formación que me han hecho reafirmar lo que en aquel entonces sólo intuia.

Desde esa prespectiva, mi deseo es acompañar a otras madres. Para informarse, para empoderarse, para que luchen por lo que creen que es mejor para ellas y sus crías. Porque, al fin y al cabo, a lo largo de nuestra vida nos encontramos con muchas y diversas opiniones para todo, así que, una vez nos vemos con todas las cartas sobre la mesa, tengamos la libertat de elegir la que mejor nos vaya para nuestra juegada maestra.

Laia Simón

 

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Gracias hijo por ser tan insistente

Gracias hijo por ser tan insistente.

No tuviste la mejor llegada al mundo. Te parí, eso dicen, aunque ahora pienso que poca fue mi implicación. Fue un parto muy desvinculado de mi cuerpo, sin que tú y yo fuéramos los protagonistas de la historia y en el que poco tuvimos que decir. Matrona, anestesista y ginecólogo tomaron las riendas.

Fuiste tú el que decidió que era el momento. Me avisaste rompiendo aguas. Yo sólo me limité a ir al hospital, tal y como me habían dicho. Pero ahí se queda.

Tuviste un parto traumático, lo siento. Por aquel entonces mis conocimientos sobre partos eran prácticamente nulos. Y aunque los hubiera tenido, en un momento en el que te sientes tan vulnerable, si el contexto no te cobija, todo se puede desmoronar con facilidad.

 

Pero naciste. Y yo lloré de emoción.baby-696353_960_720

Tardaste horas en reaccionar al pecho. Estabas adormecido. Todos decían lo bueno que eras, y yo me lo creía, porque en esas primeras horas de tu vida no llorabas, porque sólo dormías.

Los efectos de la epidural y la oxitocina que nos subministraron tuvieron sus consecuencias. No lo tuvimos fácil.

Y, aun así, lo lograste. Lograste que me activara, que luchara, que no me venciera. Creaste en mí esa necesidad de protegerte, de tenerte en mis brazos, en mis senos.

Hiciste posible que se despertara en mí una madre totalmente diferente a las que había visto en los anuncios. Una maternidad que, así de golpe, me resultaba prácticamente irreconocible.

Una madre loba, protectora, que iba a cambiar muchos de sus principios para que todos esos cambios tuvieran, por fin, un sentido que finalmente cobraba todo su significado más existencial para mí.

Conseguiste, con tan sólo unas horas de vida, con tan sólo unos días, con tan sólo unas semanas, que todo fuera relativo. Que todo lo que tenía aprendido sobre el concepto de madre no correspondiera a lo que yo sentía.

Conseguiste que me diera cuenta que ya lo tenía todo para darte lo que necesitabas, mi cuerpo. Sólo debía confiar en ello. Igual que tú sabías, lo llevabas escrito en un lugar recóndito de tu cerebro más primitivo, que podías, que debías confiar en quien te había traído al mundo, porqué lo tenía todo, todo lo que tú necesitabas. Porque no requeríamos nada más: tú a mí, yo a ti.

Conseguiste que esa lactancia llegara a buen término, pese a las dificultades, pese que por el medio se interpusieran muchas cosas, entre las cuales había el odioso miedo y la terrible inseguridad y desconfianza en mí misma.

Conseguiste crear en mí la necesidad de cuidarte. Aunque, lo siento cariño, todavía no comprendía mucho lo que estaba ocurriendo y me tomó su tiempo darme cuenta. Tú sí sabías lo que querías. Lo llevabas grabado dmammy-331712_960_720esde mucho antes de nacer. Nacías diáfano de miedos y temores creados por el entorno. Estabas programado para sobrevivir en un lugar concreto y luchaste para conseguirlo.

Porque fuiste tú el que me hiciste madre tal y como lo fui. Sólo cuando tu decidiste, aquel día, nacer.

Porque, pese a que no te dieron tiempo, ni confiaron en nosotros, pese a que nos separaron, pese a que yo no me creía necesaria para cuidarte, tu hiciste posible que tuviera la certeza de que era yo, mi cuerpo, tu lugar. El lugar donde querías estar, donde necesitabas estar para demostrarme a mí, que ahí, lo tenías todo y no necesitabas nada más.

 

Fue esa conexión, esa necesidad imperiosa, la que no me permitía dejar de mirarte, de tocarte y que acabó por hacer que te tuviera siempre encima, notando tu piel sobre la mía. En todo momento.

Fue ese sentimiento poderoso, casi egoísta, de que yo, sólo yo, podía acallar tu angustia. Sólo mis brazos, mi olor, mi voz, mi pecho.

Porque fuiste tú el que despertó esa sensación de poder, de seguridad, que yo misma rechazaba y boicoteaba. No me permitía darme ese placer. Nobaby-878770_960_720 era eso lo que yo tenía aprendido.

Pero lo conseguiste. Insististe, con tu demanda, con tus llantos, con tu desesperación para que te cogiera. Reclamabas lo que era necesario. Lo que era vital para ti. Lo que considerabas tuyo, tu sitio.

Me reclamabas a mí, sólo a mí.

Y fue esa insistencia la que me hizo tu madre como siento que lo soy. No sólo la condición de mujer que te había parido.

Fue esa insistencia la que hizo que te amamantara.

Fue esa insistencia la que me hizo quererte, como nadie podrá quererte jamás.

Gracias

 

Laia Simón

 

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Danzando la feminidad

El pasado domingo a las 10 -si si, en domingo y por la mañana – vivimos nuestro primer taller “Dansa’t la teva feminitat” (Dánzate tu feminidad), facilitado por Roser Casellas y yo misma, en el espacio Plenitud, cedido por mi querida Mònica Centelles (http://www.asociacionplenitud.com).

Creado para dar herramientas con las que descubrir nuestra ciclicidad, nuestra propia esencia femenina, quererla, y mediante la danza oriental, bailarla y sanarla; conectamos la fisiologia femenina con anatomía, arquetipos y danza.. y fue genial.

La danza oriental tiene sus orígenes en el culto ancestral a la fertilidad y fecundidad de la Tierra, representada en nuestros úteros, así que ¿qué mejor forma de aprender a escuchar nuestro cuerpo, canalizar nuestras emociones en cada momento del ciclo y redescubrirnos?

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Pudimos compartir con mujeres sabias y hermosas, sabiduría, música, emociones y baile. Creamos entre todas un círculo de mujeres potente, dulce, libre y sereno; y cada una, desde la más joven hasta la más mayor (34 años de diferencia), encontró un lugar en el círculo.

Feliz y agradecida por todo lo vivido, por poder compartir mi forma de entender y sentir la danza oriental, por transmitir y recibir conocimientos, y ya pensando en el próximo Dánzate..!!

 

Mònica Pons

 

La bioquímica del nido

Somos bioquímica. A mi me encanta pensar en los misterios de la vida, en las cosas que no tienen explicación, y encontrar una. Normalmente, se trata de una explicación más filosófica que científica, pero el 95% de las veces, acabo encontrando una respuesta biológica o física a mis preguntas. Eso le quita romanticismo a mi visión del mundo, pero es así.

Nuestra bioquímica define los comportamientos más básicos, aquellos en los que

descansa nuestra supervivencia como especie.

Me resulta curioso pensar que a pesar de todos los avances de la humanidad, sean las estructuras cerebrales más antiguas que conservamos (el hipotálamo y la hipófisis) y la parte de nuestro sistema nervioso que no controlamos de forma voluntaria, lo que nos guía en la base de nuestra supervivencia: crecer, sobrevivir, reproducirnos.El mundo de las hormonas, siempre ha sido para mi como un universo paralelo, una sutil y gigantesca telaraña donde las respuestas al entorno, a las sustancias que circulan por nuestro cuerpo y a los niveles hormonales existentes son complejas y rápidas, como una canción con varias melodías simultáneas. Menos mal que eso se traduce en comportamientos que podemos diferenciar fácilmente en nuestro universo (:P). La enorme variedad de comportamientos humanos, se pueden resumir (es lo que tiene la ciencia: resume y sintetiza buscando pautas) en tres básicos: la nutrición, la defensa y la reproducción.Cuando nos sentimos en peligro, nuestras pulsaciones, el ritmo cardíaco, la temperatura,…,  cambian para generar una respuesta a aquello que nos parece peligroso, una respuesta que nos ayude a sobrevivir: todo nuestro cuerpo y nuestra mente queda a la disposición de defenderse, atacar o huir y deja de importarnos si teníamos hambre o si queríamos descendencia: han entrado en acción el cortisol, la adrenalina y la noradrenalina.Si nos sentimos seguros, en calma, y sin hambre, nuestro cuerpo puede pensar en reproducirse para perpetuar la especie (estoy hablando en términos biológicos, no voy a entrar en el placer de comer o de tener sexo, aunque eso también sea una respuesta bioquímica que percibimos positiva). Y en muchos casos (somos muchos los humanos en la Tierra) este estado físico culmina en embarazo, y a los 9 meses, en un nacimiento.¿Qué sucede cuando ya ha nacido el bebé? Las crías de otras especies de mamíferos también sobreviven, y sus madres no tienen una idea de lo que socialmente se acepta como “buena madre” en sus círculos de amistades. Y como individuo, ya han cumplido con el objetivo de reproducirse… ¿por qué atienden a sus crías?Todas la crías de mamíferos saben reptar, arquear la espalda, mover las manos, cogerse al pezón y mamar. Y sí, nuestros bebés, también saben hacerlo. Y si no interferimos, veremos cómo ellos solitos se acercan a nuestro pezón para encontrar el alimento que necesitan: ahora es el  bebé el que activa su programa de nutrición, y con él, su mejor estrategia de supervivencia: crear su nido. collage bebes Mientras está en la teta, el bebé está allí donde mejor se va a encontrar, porque es el lugar dónde se siente protegido (su mamá lo acoge con los brazos, siente su respiración, el latir de su corazón y el calor del contacto) y puede estar calmado, y dedicarse a comer y crecer: sus niveles de cortisol y adrenalina son bajos así que su temperatura, su ritmo cardíaco, sus pulsaciones, se mantienen estables y constantes… todo es perfecto, porque además éste comportamiento, ayuda a crear un fuerte vínculo entre la madre  y el bebé. Éste vínculo, el sentimiento de afecto que sentimos por nuestros bebés, también resulta de una reacción bioquímica: nos causa placer estar cerca de nuestro bebé, alimentarlo, acunarlo. La oxitocina nos ayuda aquí, como en otros muchos procesos placenteros. Si si, siempre son procesos placenteros. Podríamos decir, citando a Nils Bergman, que

“el hábitat natural del bebé son los brazos y pechos de su madre”

¿Y que pasa con la nutrición? cuando nuestros niveles de insulina caen, porque ha bajado la cantidad de glucosa que circula por nuestro organismo, se produce la sensación de hambre: antes de la existencia de los supermercados, teníamos que desplazarnos constantemente para encontrar el alimento. Fue uno de los motivos que nos llevó a caminar cada vez distancias más largas y nuestro esqueleto se modificó: nuestra pelvis cambió, dificultando el parto y limitando la duración del embarazo: nuestros bebés nacen inmaduros, por tanto, más dependientes.monkey-1065631_1280 ¿Dependientes, de qué? de un espacio que les proporcione las condiciones óptimas para seguir su desarrollo: oxigenación, calor, protección y nutrición. En ese espacio, son capaces de desarrollarse sin necesitar nada más : ni moisés, ni cuna, ni chupete, … hasta que sean capaces de desplazarse y alimentarse por si mismos. Vendría a ser el tiempo al que llamamos Período de Exterogestación, que va terminando de manera natural según el ritmo de maduración de cada bebé, cuando éste es capaz de desplazarse solo: o sea, cuando puede buscar alimento por si mismo (nutrición) o puede escapar o enfrentarse a un peligro (defensa).  Mientras no es autónomo para poder comer y defenderse solito, tiene todo lo que necesita en su madre. Y si su madre no está, su mundo de seguridad y calma se desvanece, el cortisol y la adrenalina se disparan.. y necesita expresar de algún modo ese estado para intentar volver a la calma, a su nido, a mamá. ¿cuál es la estrategia de supervivencia entonces?

El llanto es la única forma que tienen nuestros bebés de alertarnos: no estoy bien aquí. Esto es demasiado distinto del lugar donde estaba antes (el útero). Tengo hambre, o hay algo que para mi es peliogroso

¿dónde estás?

 

Así que nuestro hipotálamo, nuestra hipófisis y nuestro sistema nervioso vegetativo, que segregan muchas de las hormonas implicadas en los comportamientos básicos de los que he hablado, forman parte de esas estructuras ancestrales que nos acercan a lo animales que somos -no a lo sociales-, marcan en parte nuestro comportamiento y ayudan a nuestra supervivencia. No deja de ser algo romántico también, ¿no?

 

Resumiendo:1.No hemos dejado de ser animales sociales, nuestros comportamientos básicos (los que nos permiten la supervivencia) son el resultado de nuestros niveles hormonales2.Es el bebé, quien busca activamente el contacto con su madre, es su estrategia de supervivencia3.Es el contacto con la madre, lo que desarrolla el vínculo afectivo entre la madre y el bebé (lo que llamamos piel con piel)4.El lugar más parecido al útero que puede encontrar el bebé, donde sentirse protegido, es en brazos de su madre (exterogestación)

 

Elige cómo quieres criar a tu bebé según tus sentimientos y tu instinto (ese que es ancestral, animal y muy antiguo): hay muchas teorías, creencias, costumbres sociales… pero lo más importante, es que dejes salir de vez en cuando a la mamífera que llevas dentro, escúchala con el corazón, es una mujer sabia.

 

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Mamá, ¿estás ahí? Mirando con ojos de bebé.

Abro los ojos y no noto el calor de mamá, me siento sola y tengo miedo. Lloro.

“Buenos días, preciosa”

Mamá me coge. Siento ese olor que me activa y busco su pecho moviendo la cabeza de lado a lado: quiero teta. Me pone en la bandolera y me ofrece el pecho. Mientras, prepara la ropa de mi hermano mayor y levanta la persiana de la habitación. Noto la luz que entra por la ventana y me refugio en su pecho. Escucho a mi hermano mayor quejarse, no se quiere levantar. Mamá se agacha y le da un beso. Mi hermano me ve y me besa también. Noto como ella se va moviendo mientras ayuda a mi hermano a quitarse el pijama y vestirse. Los escucho hablar y les observo. De fondo se oye la voz de papá: “El desayuno está listo”.

 

Nos sentamos en la mesa. Mamá me quita de la bandolera y me recuesta en su regazo y la veo llevarse una taza a la boca. Parece importante, intento cogerla. La toco. Está caliente y es agradable. Quiero volver a tocarla agitando el brazo y mamá me la acerca.

 

Nos vamos a la habitación. Mamá me estira en la cama y me habla. Mientras ella se viste escucho su voz, me sonríe, la sonrío y observo sus movimientos, que sigo con interés con la mirada.

 

Después noto el frío en el cuerpo, me está quitando la ropa. No me gusta y lloro. Mamá me coge y me envuelve en una manta que huele también a ella. Noto otra vez esa sensación de refugio y busco su pecho. Lo encuentro y me relajo. Escucho de fondo a papá y a mi hermano. Los oigo cada vez más cerca, más fuerte. Papá se despide: noto en la cabeza un ligero beso y el sonido de un chasquido en la mejilla de mamá.

 

Me suelto de la teta. Mamá me vuelve a estirar en la cama, mi hermano se estira conmigo y me habla. Yo me intento girar hacia él, quiero ver qué hace. Mi madre me va poniendo la ropa y escucho su voz mientras va explicando a mi hermano lo que vamos a hacer esa mañana: “hay que ir al cole y por la tarde iremos a merendar a casa de los abuelos”.

 

Una vez vestida, mamá me coloca en el fular. Mi hermano reclama su atención, no puede abrocharse su chaqueta. Noto como mi madre se agacha para ayudarle, mi cuerpo se inclina suavemente hacia atrás. Después me envuelve en su chaqueta y salimos a la calle.

 

Noto el frío en mis mejillas al mismo tiempo que el calor que desprende el cuerpo de mamá me reconforta. El balanceo del caminar de mamá me relaja, y me entra sueño.

Voy cerrando los ojos mientras escucho la voz de mi madre cerca de mí y la de mi hermano al lado, todo me resulta familiar y me siento tranquila y segura.

De lejos, la bocina de un coche, el taladro de un obrero o el sonido de las voces de las personas con las que nos cruzamos quedan en segundo plano, como si formaran parte de un exterior que ahora mismo no me interesa. Me quedo dormida escuchando el latido del corazón de mamá.

 

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Me despierto, sigo con mamá y su balanceo al andar. Mientras dormía ha ido a comprar y estamos llegando a casa.  Me remuevo en el fular, hay algo que me molesta y me quejo. Mamá para de andar, recoloca el fular para poder ofrecerme el pecho y sigue andando hasta llegar a casa con la compra. 

 

Ahora mamá me pone en un fular en su espalda. No le veo la cara, pero sus movimientos me resultan familiares y escucho su voz, que me va diciendo cosas, que no entiendo, pero me hacen sentir mejor su presencia. Empiezo a notar olores y sonidos distintos. Mamá está haciendo la comida. Canturrea, me habla y se mueve constantemente.

 

Me balanceo, huelo, escucho y miro todo lo que ocurre a mi alrededor. No me pierdo nada y me siento segura: estoy con mamá.

 

Después mamá se sienta tranquilamente y me da el pecho. Me entra sueño. Pero no me puedo dormir: mamá me ha quitado el pecho y eso no me gusta. Tiene que salir de casa y lloro para decir que no estoy bien. Mamá vuelve a ponerme en el fular y me ofrece la teta. Volvemos a salir a la calle. La teta, el calor del cuerpo de mamá y su balanceo al andar son la combinación normalmente infalible para que me entre un sueño irresistible.

 

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Me despierto, sigo sobre el cuerpo de mamá. Mientras he estado dormida hemos ido a buscar a mi hermano al cole. Ahora estamos en casa. Escucho a mi hermano jugar con sus muñecos y la voz de mi madre que le dice que hay que lavarse las manos e ir a comer. Puedo escuchar sus voces, y veo a mamá llevarse la comida a la boca, beber de un vaso, limpiarse con la servilleta… todo eso mientras, tranquila en la bandolera, estoy mamando.

 

Después de comer mamá me estira en el suelo encima de una mantita y me deja ahí un ratito. Puedo ver y escuchar a mi hermano, que de vez en cuando me dice cosas. Intento moverme y ver qué hace. . Mamá está a mi lado, la escucho hablar. Está sentada en el sofá doblando la ropa.

 

Volvemos a la calle. Otra vez el frío en la cara y el calor de mamá . Esta vez no me duermo. De hecho empiezo a llorar porque hay algo que me molesta. Mamá reajusta el fular y me ofrece la teta. Eso me calma y me siento un poco mejor. De camino a casa de los abuelos nos encontramos con unas amigas de mamá. Puedo escuchar a mamá conversar con ellas. También se dirigen a mí, que miro de reojo todo lo que ocurre a mi alrededor sin soltar la teta de la boca. Una de ellas me sonríe y me dice cosas, yo me suelto de la teta y le devuelvo el comentario con otra sonrisa.

 

Entramos en casa de los abuelos. Son voces y caras conocidas. Me dicen cosas y sonrío, desde la seguridad de los brazos de mamá. La abuela me coge en brazos y me mece mientras me canturrea una canción y me dice cosas. Le sonrío y ella me vuelve a decir cosas. Mamá aprovecha que estoy tranquila para jugar con mi hermano. Están haciendo una construcción muy difícil. A mi madre y a mi hermano les encanta construir cosas juntos.

 

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Volvemos a casa, y al cabo de poco llega papá. Yo estoy muy intranquila. Mamá intenta pasearme por la casa, pero hay algo que me duele y lloro. Mi hermano reclama la atención de mamá, también quiere estar con ella y la situación se vuelve un poco tensa. Papá le propone salir a dar un paseo en bicicleta, sabe que a mi hermano le encanta.

 

Nos quedamos tranquilas en casa. No se escucha a nadie. Mamá continúa paseándome por casa. Al final, me tranquilizo y mamá me pone en la espalda mientras ordena el comedor.

 

Llegan papá y mi hermano. Mi hermano se ha caído y llora. Pide los brazos de mamá. Noto cómo se inclina hacia delante, se agacha y le abraza. Le consuela y lo acompaña al baño a limpiar la herida que se ha hecho en la rodilla.

 

Mientras, papá prepara la cena.

 

Mamá me estira encima de una mantita en el suelo y juega conmigo y mi hermano hasta que se hace la hora de cenar.

Recostado en el regazo de mamá y mientras estoy tomando pecho, mamá, papá y mi hermano están cenando. Yo observo, escucho, huelo…

 

Después de cenar papá me estira en la mantita de nuevo y juega conmigo un ratito. Mamá acompaña a mi hermano a lavarse los dientes y a ponerse el pijama. Es la hora de ir a dormir y mamá siempre le cuenta un cuento para que se duerma.

 

Empiezo a llorar, no me siento bien. Papá me pone en la bandolera y paseamos juntos por el comedor. Finalmente llega mamá y me da la teta. Luego me pone en el fular en la espalda mientras recoge la cocina junto a papá. Los escucho conversar y noto cómo mamá se va moviendo mientras limpia la encimera. Esa voz, ese movimiento, la luz tenue de la cocina… me está entrando mucho sueño.

Nos estiramos en la cama, mamá me da el pecho y me duermo.

 

Durante la noche me voy despertando y noto la presencia de mamá. La huelo, me engancho a la teta y luego sigo durmiendo.

 

No noto el calor del cuerpo de mamá. Me siento sola y tengo miedo. Pero esta vez no lloro.

Sé que mamá me cogerá en brazos:

“Buenos días, mi amor”

 

Laia Simón

 

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Historia de una lactancia mixta diferida. Segunda parte.

Aquí estamos de nuevo, con la segunda parte de la historia de Nessa, Alex y su lactancia.
Lo que me encanta de éste relato (a parte de saberme parte implicada en varios momentos de su narración, lo cual me reconforta como persona y como profesional), es que a pesar de todo lo sucedido, de las dificultades,  de las bienintencionadas opiniones, de las miradas que juzgan,… Nessa siguió adelante en su lucha, escuchando su instinto y sus emociones.

Dicen que dar el biberón es algo frío y que está muy lejos de parecerse a dar el pecho, pero yo nunca lo sentí así.

Cuando se lo daba no había ni tele ni ruido en casa, solo los dos mirándonos a los ojos. Disfrutaba de ese momento en el que podía acariciarle la carita o cantarle. Con mi marido decidimos que solo yo le daría el biberón, me sentía mal si mi pareja se lo ofrecía a cualquiera, le hice entender que emocionalmente no me sentía a gusto si veía que otra persona podía hacerlo. Igual mucha gente pensará que soy radical pero seguía sintiéndome triste.

La naturaleza solo le da a la madre ese gran don así que, aunque por circunstancias yo no podía hacerlo, sí que quería ser siempre quien alimentara a mi bebé.

 

Todo iba bien hasta que otro problema apareció: las famosas grietas de las que tanto había oído hablar.         Primero no sabía exactamente que eran, pero luego entendí que la copa del sacaleches me estaba haciendo heridas. Aguanté porque tampoco me dolían, y si me molestaban mucho pues ese día no hacía tantas extracciones.

Me decían que debía estar utilizando una copa inadecuada pero seguíamos las instrucciones, estuvimos tomando medidas, compramos las otras copas para probar y solo la que se ajustaba a mi medida según las instrucciones de la marca me extraía leche. 

Pensamos que tal vez era la potencia: probé con menos y las lesiones seguían. Un fin de semana empecé a sangrar y vi peligrar nuestra lactancia así que decidí fui a pedir ayuda a Abraçades Sant Cugat, me habían hablado muy bien de ellas.

 

Allí me di cuenta del gran trabajo que realizan los grupos de lactancia. No tengo palabras para agradecer la labor que hacen semanalmente con madres como yo.

 

Las asesoras te respaldan y ayudan con los problemas y dudas que van surgiendo. Son grupos voluntarios y me parece admirable que diferentes profesionales pongan sus conocimientos a tu disposición.


Ya no sabía a quien acudir y me di cuenta que ojalá hubiera ido antes.
Expliqué mi historia y una de las asesoras vió que mi hijo tenía frenillo.No podía creérmelo, sentí una mezcla de sentimientos:

Alivio

por saber al fin cual era la causa de nuestros problemas

Impotencia

porque delante de mi pasaron mentalmente todos aquellos profesionales a los que había acudido durante 4 meses con la frase ” noto que mi hijo no succiona bien” pero no habían visto  que mi pequeño tenía la lengua atada y por eso no mamaba bien.

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Con el tiempo he sabido que a menudo pediatras y otro personal no tienen suficiente formación en lactancia pero me parecía increíble que médicos a los que yo había visto mirar la boca a mi hijo no lo hubieran diagnosticado.

Ese día, cuando por la noche me quedé a solas con Alex, me vine abajo. 
Después de abrazarle con todo mi amor le dije – Lo siento cariño…Lo siento mucho porque no fuimos a más médicos o especialistas, lo siento porque nuestro problema tenía solución y quizás ahora es tarde…pero seamos positivos y volvamos a intentarlo, te parece?-.

En dos semanas nos vio el cirujano y le cortó el frenillo ese mismo día.

Era frenillo 4, que a simple vista ya se notaba así que más indignada me sentí. Nos dijo el médico que tenía en el labio una parte dura que suelen tener por problemas en la succión y que al abrir la boca ya veía que la lengua estaba sujeta. Nos explicó lo importante que era hacer la intervención puesto que la lengua intervienepor ejemplo, en el habla. Le conté nuestra historia y me dijo que lo intentara, que siguiera con el grupo de lactancia pero que probablemente era demasiado tarde : ¡Qué pena!- me dijo- Si lo hubiéramos cogido a tiempo no habrías tenido problemas.

 Llevaba una semana sin ofrecerle el pecho porque me hacía mucho daño, estaba empezando con el proceso de dentición y me mordía, no quería sufrir más lesiones. Sin embargo, nada más llegar a casa después de cortar el frenillo volvimos a probar. Se lo iba ofreciendo pero me mordía, me tiraba… hacía lo mismo que hace con sus mordedores o juguetes, estaba rabioso con la boca y sin querer me hacía mucho daño. Probé con pezoneras pero seguía siendo horrible. 

Así estuvimos semanas… ya me daba miedo acercármelo y él lo notaba, así que dar el pecho volvió a convertirse en un momento estresante.

 Finalmente desistí y continuamos con nuestra lactancia diferida. Mientras sucedía todo esto, había disminuido la cantidad de leche que me sacaba y me obsesionaba el tema de si esa leche, por escasa que fuera iba a aportarle algún beneficio. Todo el mundo con el que hablé fue unánime en la respuesta: por supuesto que le hacía bien.

No entendía muy bien como poca cantidad de leche podía ser efectiva. Núnnutit me lo aclaró: no sólo le estaba pasando nutrientes a mi hijo sino también cientos de bacterias beneficiosas y anticuerpos destinados a mejorar y desarrollar su sistema inmune. Cada gota de mi leche era un tesoro para mi hijo, así que aunque fueran 50ml, me esforzaría para dárselos e incrementar es acantidad con el tiempo. Mónica me convenció de que hacerlo a diario ya er amucho y definitivamente sus palabras me animaron a continuar.

En Abraçades me habían dado indicaciones para curar las grietas y que no se infectasen y yo lo hacía todo. Me ponía crema, protectores, pro bióticos… había disminuido mucho las extracciones para curarme y a simple vista parecía que las grietas mejoraban pero cuando intenté incrementar las extracciones, empeoré. Analizamos mi leche y tenía mastitis. Eso explicaba en parte porque hacía tanto tiempo que me encontraba agotada físicamente, a saber desde cuando lo tenía y por eso me sentía débil. Con antibióticos pude deshacerme de ella.

Otra vez me vine arriba, ya podía seguir con mi sacaleches y subir las extracciones…. Pero a la que volví a incrementar el número de extracciones, otra vez las dichosas grietas abiertas y ensangrentadas.

Ahora ya no podía ser cosa de la infección, si empeoraban era porque efectivamente el sacaleches me hacía daño.

Habíamos revisado la medida de la copa con el grupo una y otra vez y era la correcta. Hablé con gente del ámbito sanitario y les pregunté qué pasaba si seguía haciendo lactancia diferida con las grietas y no me lo aconsejaron.

 

Déjalo ya de una vez me decían, acabarás mal, no puedes estar con heridas durante tanto tiempo…   Este ha sido el único momento en el que honestamente pensé en abandonar. Hablé con mi marido y le dije que seguramente había llegado el momento de dejarlo. Habíamos logrado 6 meses de lactancia y si mi salud corría riesgo seguramente tendríamos que tirar la toalla.

 
Me sorprendió su reacción y gracias a sus palabras tuve la fuerza para buscar una salida. Empezamos a pensar en soluciones:

¿y si lubricamos la copa para que no te dañe?

¿Y si probamos con otras marcas de sacaleches?

¿Y si hacemos algún invento?

él buscó por su parte y yo por la mía.

Sentí la necesidad de escribir a la marca del sacaleches para explicarles mi caso empezaba a mirar vídeos de como hacer extracciones con tus propias manos y así no lesionarme. Al día siguiente me llamó la especialista en temas de lactancia de la empresa de los sacaleches y quedó alucinada con mi historia. Me comentó que me ayudarían en todo lo que pudieran y que una comercial me dejaría material como cremas para curar las grietas y una copa que ya no estaba en el mercado pero que iba muy bien para las personas con la piel sensible.

 Me alegré de recibir esta respuesta , sinceramente no me la esperaba… pero más arriba me vine cuando probé la técnica de la extracción manual y vi que efectivamente funcionaba. Parecía aún más eficaz y rápida que la mecánica. Me llené de esperanza de nuevo al ver una posible salida a nuestra situación. Mi objetivo ahora sería extraer manualmente hasta curar por completo las grietas y después continuar con la copa nueva que al parecer no me lesiona.

 Y ¿en qué momento estamos ahora mismo? He oído hablar de la extracción poderosa como una manera de obtener una rápida producción de leche materna. Se trata de realizar extracciones cada hora en unos pocos días y con el tiempo puedes espaciar obteniendo gran cantidad de leche. Lo haremos en unos días, cuando me sienta preparada y no haya rastro de las heridas.

Sé que lo conseguiremos y Alex podrá seguir tomando mi leche.

Una buena madre no se mide por la manera en la que alimenta a su hijo ni en si hace lactancia materna o artificial.

 mother with baby

Una buena madre es mucho más que eso y no me gustaría que mi relato molestara a las personas que optan libremente por una lactancia artificial. Las entiendo porque muchas veces me he sentido juzgada cuando he tenido que alimentar a mi hijo públicamente con biberón… Pero también me he sentido juzgada en mi empeño por lactar con mi leche, en mi insistencia a pesar de las adversidades y la mayoría han visto en mis intentos una especie de locura. No soy una fanática ni soy una talibana de la teta como suelen decir por ahí. Simplemente soy una madre que quiere a su hijo y que se ha informado de los beneficios que le aporta la lactancia materna. Para mi no ha sido un sacrificio, ha sido una inversión en su futuro…

Así que nuestra lactancia terminará el día que los tres, mi pequeña gran familia, decidamos que ya ha sido suficiente.

Muchas gracias Nessa por compartir con nosotras, vuestra historia.
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Estaremos encantadas de leeros, podéis contactar con nosotras en nunnutit@gmail.com
Mònica Pons
PD: podéis encontrar información detallada sobre extracción manual de leche materna aquí: