¿Qué importancia tienen para ti tus emociones?

Aquí os dejo un Facebook Live que di ayer, un poco improvisado, en el que reflexiono sobre la importancia que nos damos a nosotras mismas.

#empatíaycomunicación¿te has preguntado si tus emociones son importantes?

Publicada por Laia Simón Martín en Miércoles, 22 de marzo de 2017

 

Si necesitas recursos para gestionar los conflictos con tu hijo o hija de una manera respetuosa pero sin perder de vista tus necesiades te estamos esperando.

Curso “Empatía y Comunicación”

 

Envíame un mail a hola@nunnutit.com y responderé a todas tus dudas sobre el programa.

 

Un abrazo

 

Laia

Cómo llegué a la comunicación empática

A raíz de la formación de Asesoras Continuum conocí la Comunicación No Violenta. Sólo escuché a Sabina Santana de “Cuentos y más” una vez. Era una clase extra que teníamos en la formación. Todo lo que iba diciendo, las reflexiones que proponía, las ideas, los matices… me llamaron tanto la atención que justo después de la clase hice una inmersión en esta filosofía que no había oído nombrar nunca, pero que, de forma muy intuitiba ya estaba llevando a cabo sin darme cuenta. 

Partiendo de la base que intento a criar a mis hijos en base al respeto, la Comunicación No violenta me aportaba un matiz sutil y diferente: la autoempatía. Ese pequeño detalle daba un giro interesante a la visión que tenía de los conflictos que se generan en las relaciones, en especial con mis hijos.

Todo lo que he ido descubriendo y aplicando en mi vida personal y profesional han dado y están dando muy buenos resultados… Así que voy a intentar hacer un resumen de los puntos más importantes de esta metodología y os animo a que sigáis investigando si os interesa.

La Comunicación No Violenta (CNV) fue desarrollada por el doctor en psicología clínica y educador Marshal B. Rosenberg, mediador reconocido en conflictos internacionales.

El proceso de la CNV se basa en la empatía y evita caer en la dicotomía del bien y del mal que tenemos tan arraigada en nuestra sociedad. Así pues en la CNV se evita emitir un juicio, así como avergonzar, criticar, culpabilizar o exigir a ninguna de las partes.

Si bien la CNV puede aplicarse en cualquier tipo conflicto, me centraré en la relación entre padres e hijos.

 

Antes de pensar en poner en práctica los principios de la CNV

Cuando planteamos la comunicación empática en la relación a nuestros hijos Marshall nos invita a hacernos dos preguntas: ¿qué quiero que haga mi hijo? Y ¿qué razones quiero que tenga mi hijo para hacerlo?

La mayoría de los padres nos preocupamos por educar a nuestros hijos de la mejor manera posible. Queremos que sean responsables, autónomos, empáticos… Y en la mayoría de casos no queremos que nuestros hijos hagan las cosas por miedo, vergüenza, deseo de premio… sino porqué las consideran necesarias o que aportan algún tipo de beneficio.

Se trata de establecer un diálogo respetuoso con nuestros hijos que permita llegar a acuerdos que satisfagan las necesidades de ambas partes. Para ello es importante considerar la escucha empática y la expresión honesta como los dos pilares sobre los que se estructura el proceso de la CNV. Este proceso consiste en cuatro fases

  • Observar actos concretos que afectar nuestro bienestar.
  • Conectar con los sentimientos que nos provocan esos actos
  • Averiguar cuáles son las necesidades que originan esos sentimientos
  • Qué pedimos para mejorar nuestro bienestar.

Estas cuatro fases deben ir en dos direcciones. Una sería hacia nosotros mismos, en la que entraría la autoempatía: observo, siento, averiguo qué necesito y qué pido. Otra sería hacia nuestros hijos: qué observas, sientes y necesitas y qué pides para satisfacer tus necesidades. Tener en cuenta esa doble direccionalidad de la comunicación implica comunicacion_eficazconectar con la otra persona, lo que conlleva a querer satisfacer las necesidades de ambos.

Siguiendo el proceso que he explicado antes, se establecen 3 fases que nos permiten establecer esa conexión.

Ofrecer empatía: averiguar cómo se siente, cuáles son sus necesidades sin juzgar y partiendo de la observación de unas acciones.
Expresar nuestras observaciones, sentimientos, necesidades y peticiones: expresarnos partiendo de que somos nosotros los que sentimos, necesitamos y pedimos.
Conectar con la autoempatía: durante el proceso de comunicación es importante ir conectando con nuestros sentimientos y necesidades así como tomarnos el tiempo necesario para hacerlo antes de reaccionar y elegir una estrategia.

Es muy probable que en un proceso de comunicación con nuestros hijos, después de haber hecho una petición obtengamos un NO rotundo. Un no siempre es un Sí a otra cosa. Averiguar de qué se trata nos permitirá volver a conectar con nuestros hijos y nos permitirá continuar el diálogo. Pero también hay que ser conscientes que a veces, nuestras peticiones como padres intentan ir en una única dirección y es posible que nuestros hijos lo vivan como una imposición alejándonos de la conexión tan necesaria en la CNV.

Esto ha sido solamente una pincelada de lo que es la Comunicación No Violenta. Os animo a que sigáis leyendo y compartáis vuestras opiniones y experiencias. La mayoría de nosotros no hemos sido educados para comunicarnos en base a la empatía, y eso todavía la hace más interesante.

 

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Lo que recordé haciendo el reto del cubo de Rubik

No hace mucho que inicé un reto personal con el cubo de Rubik. Es posible que viérais algunos de los FBlive que hice en directo #elretodelcubodía1

Durante los días que duró el reto hubo muchas situaciones en las que me acorde de cómo he ido aprendiendo a enfrentarme a otros retos personales. Y ahora me apetece compartir uno que ha cambiado mucho mi día a día.
Hace tiempo decidí que la comunicación no violenta, o la comunicación empática, iba a ser la base sobre la cual educaría a mis pequeños. Pero tengo que reconocer que me enfrenté a grandes dificultades.
Hay momentos, en los que tienes claro hacia dónde dirigir tus pasos, pero los tropezones y las caídas pueden ser realmente dolorosas. Cuando empecé me di cuenta de que muchísimos de los recursos que yo tenía a mi alcance para gestionar los conflictos que se daban diariamente con mis hijos, no tenían nada que ver con lo que quería conseguir.

Igual que con el reto del cubo, aunque parezca mentira. Os cuento.

Mi idea en la resolución del cubo estaba asociada a la capacidad intelectual, tenía integrado desde que era pequeña, que sólo unos pocos elegidos podían realizarlo, y, evidentemente, yo no formaba parte de ese grupo. Pero pude, ¿qué cambio? Tuve que deshacer lo aprendido y volver a aprender. Y eso es mucho más complicado que si tienes un lienzo en blanco y empiezas de 0.
El primer paso fue deshacer la idea de que para realizar el cubo debía ser supermegainteligente, tener unas capacidades determinadas y una lógica de ingeniero de la NASA (vamos a darle un poco de humor 🙂 ) y en segundo lugar, aprender a realizar el cubo de una manera totalmente diferente a la que había intentado antes de darlo por imposible cuando tenía 10 años (más o menos, no lo recuerdo con exactitud).

Difícil si, pero no imposible.

A medida que vas avanzando en un reto personal, creces. El ir descubriendo que puedes hacer cosas que antes no podías te hace sentir más fuerte.
Cuanto más confías en ti, más fácil es mirar hacia delante con el objetivo que te has marcado. Y cada vez creces con más fuerza y energía.
Y ese crecimiento te lleva a encontrar personas en el camino que te ayudan a crecer. No te van a decir cómo, ni cuándo, ni qué exactamente. Sencillamente, estarán ahí cuando tú estés preparada y puedas agarrar con fuerza lo que te ofrecen.

Yo necesité ayuda para realizar el cubo, una ayuda que estuvo durante tiempo ahí y no me vi capaz de usar.

Yo necesité asesoramiento, mucho, para implementar la comunicación empática. Y llego en el momento en el que decidí tomar las riendas del cambio.

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Cómo conseguir que nuestro hij@ nos escuche

#EmpatíayComunicaciónRecursos para que nuestros hijos nos escuchen

Publicada por Laia Simón Martín en Lunes, 20 de marzo de 2017

Dejar el pañal, ¿hay vuelta atrás?

A veces damos por sentado que hay un momento determinado para que nuestros hijos dejen el pañal. Y eso, en cierto modo, es así. Pero, ¿cuál es ese momento?

 

Mi hijo hizo 3 años hace menos de un mes, y ya llevamos más de un año encontrándonos con personas que nos aconsejan sobre el tema. “Lo normal” es quitar el pañal a los dos años, o así lo tenemos entendido. Y eso da pie a que si no lo has hecho en esa edad, llegas tarde. Parece como si no lo haces a los dos años, ya no lo vas a poder hacer más adelante.

 

Pero el periodo en el que una criatura puede sentir la necesidad de “dejar” el pañal es bastante largo. De hecho, una criatura puede llegar hasta los 5 años para controlar completamente sus esfínteres y no se considera un problema. Y durante todo este periodo, hay temporadas en que parece que ya lo tenga superado y otros en los que parece que volvamos a empezar. Cada niño es un mundo y crece a su ritmo, no debemos olvidarlo. 

 

A raíz de un post que he escrito en las redes sociales he gravado un video para hablar un poco sobre cómo hemos llevado el tema de los pañales con mi hijo pequeño. También quería compartirlo aquí para que podamos intercambiar opiniones y experiencias. Espero que os sirva para reflexionar sobre el tema.

 

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Cuando razonar con nuestro hijo no funciona

Dicen que en esta vida todo es relativo y estoy bastante de acuerdo con esta afirmación. Aunque, usada en un contexto en el que intentamos razonar con nuestro hijo o hija, me pone en alerta y me la cuestiono. Y voy a explicaros porqué.

La experiencia en la vida hace que veamos los problemas desde otra perspectiva con el paso del tiempo. Las decisiones y preocupaciones de hace 15 años seguramente nos resultan una tanto banales ahora mismo. Recuerdo lo importante que era para mí, cuando tenía unos 16 años, cómo iba peinada. Antes de salir de casa podía pasarme delante del espejo más de media hora. Salir de casa “mal peinada” no entraba dentro de mi cabeza, aunque eso implicara llegar tarde al instituto. Ahora puedo decir que, si bien me gusta ir bien arreglada, si tengo que salir corriendo con una coleta hecha mientras cierro la puerta no me supone ningún problema.

Las prioridades cambian a lo largo de nuestra vida y eso resulta bastante fácil de entender. Pero seguramente te estarás preguntando por qué te cuento esta historia. No te preocupes, enseguida lo verás.

Seguramente habrás tenido experiencias similares a la mía cuando tenía 16 años a lo largo de tu vida. Y posiblemente recordarás lo importante que eran, en ese momento, las emociones que se te activaban en esas vivencias. Si de algo me acuerdo perfectamente es de cómo me sentía cuando me hacían comentarios mis padres y hermanos al verme pasar tanto tiempo en el baño. No os penséis que me reñían ni que criticaban lo que hacía. Solían ser comentarios bienintencionados que pretendían restar importancia para que yo no me obsesionara con mi aspecto físico. Frases como “no hace falta que te peines tanto, estás guapa igual”, entre otras, se formulaban con la intención de hacerme sentir mejor. Pero, sin quererlo, conseguían el efecto totalmente contrario.

¿Por qué? Muy sencillo. Sólo tenían por objetivo relativizar un problema, mi problema. Y eso, muchas veces se vive como falta de comprensión, de conexión. Es como cuando tienes un problema y sientes que las personas que te rodean no te comprenden. ¿Os suena? Eso no sólo nos pasa de adolescentes, también como adultos nos encontramos con frecuencia en situaciones similares.

Y es que cuando opinamos sobre un problema lo hacemos desde nuestra experiencia, usando nuestra lógica. Pero lo que es lógico y normal para nosotros puede no serlo para los demás.

Relativizar un problema puede ser muy útil cuando las personas que están dialogando sobre la cuestión están al mismo nivel. Cuando pueden analizar la situación con más o menos experiencia similar, resulta mucho más fácil que ese recurso sea efectivo, puesto que es más sencillo conectar con la lógica de la otra persona.

Pero, ¿qué ocurre cuando no es así?. ¿Qué pasa cuando usamos nuestra lógica con personas? ¿Con quién nos puede pasar eso? ¡Exacto! Con nuestros hijos e hijas.

Hoy quisiera compartir un video con vosotras. En él analizo porqué nuestra lógica no suele funcionar cuando intentamos relativizar un problema con nuestros hijos e hijas

Espero que te haya resultado interesante el video y espero tus comentarios para poder compartir experiencias que seguro seran muy enriquecedoras.

Laia Simón

Asesora de maternidad

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4 Errores que cometemos al decir “no” a nuestros hij@s

Seguramente has tenido uno de aquellos días en los que estás constantemente diciendo “no “ a tu hij@. “No, ahora no puedes coger ese juguete”, “no, ahora no te puedes comer esa galleta”, “no, ahora no puedes…”

Recuerdo perfectamente esa etapa. Mi hijo mayor debía tener alrededor de los 2 años. Tenía la sensación de que sólo pedía cosas que creía que no podía darle o consentirle. La mayoría de las veces esa situación terminaba en un llanto inconsolable. Eso, a mí, realmente me angustiaba porque no sabía qué hacer para calmarlo.

Se apoderaba de mí la desesperación. Quería que entendiera que lo que estaba pidiendo no había modo alguno de podérselo dar o no era importante. A veces, era más una cuestión de mantenerme en una posición que creía necesaria. No quería acceder a su petición por considerarla, sencillamente, un capricho. Otras veces era un no rotundo, innegociable, por ser un tema relacionado con su propia seguridad. Sea cual fuera el motivo, necesitaba que él viera lo mismo que yo. Pero eso muy raramente sucedía y me sentía muy frustrada.

En situaciones como las que viví con mi hijo, me hubiera sido muy útil analizar los sentimientos que me invadían en ese momento. Ser conscientes de lo que nos ocurre a nosotras por dentro cuando decimos un no y es rechazado por nuestro hij@, nos puede ayudar a llevar con más eficacia esas situaciones. En un principio parece que no tenga nada que ver Pero empatizar con nosotras mismas al mismo tiempo que con nuestros pequeños es importante. De hecho, puede ser la clave para evitar la mayoría de las rabietas que tienen nuestros hij@s.

1r error: pasamos de largo la gestión de sus emociones

En nuestro día a día, deseamos un montón de cosas. A algunas les damos satisfacción. A otras, nuestro cerebro racional nos hace bajar de las nubes. Nos autoconvencemos que aquello que deseamos no es posible, al menos no en ese momento. Nuestro funcionamiento cerebral nos ayuda a llevar la frustración de la mejor manera posible.

Pero eso no siempre puede hacerlo una criatura que tiene una parte del cerebro que hace posible el razonamiento lógico en pleno proceso de desarrollo.

Una criatura que pide algo responde a la emoción que le provoca una necesidad. Puede ser jugar con un juguete muy concreto, comer algo que en ese momento le apetece, tener el contacto o la presencia física de alguien… Sea lo que sea, para nuestro pequeño es aquello, y no otra cosa, la que va a cubrir la necesidad que se le ha despertado. Esa emoción es la que le aflora en ese momento. Saber reaccionar, como adultos, es crucial para que una negación, si es necesaria, no se convierta en un gran problema para nuestro hij@.

2º error: contestamos impulsivamente

Este error para mí fue el más difícil de gestionar. Es en el que más tuve que trabajar a nivel personal para conseguir el efecto deseado en mi hijo: no responder de forma automática.

Cuando respondemos de manera automática, muchas veces lo hacemos de forma un tanto impulsiva, desde nuestro lado más visceral. Y en esas situaciones normalmente no somos nosotros los que contestamos, sino nuestras propias vivencias como criaturas, ya que solemos reaccionar apelando a lo que nos resulta más familiar, más común. Así pues, seguramente reaccionaremos como si fuéramos la parte adulta de lo que vivimos como niñ@s.

Así, si nuestro hijo o hija nos pide una galleta antes de cenar, seguramente le contestaremos un no inmediatamente, sin cuestionarnos nada más, sin ver y analizar qué está necesitando él o ella realmente y si podemos darle respuesta a esa necesidad de otro modo.

Para evitar esa respuesta automática es imprescindible parar unos instantes antes de contestar. A veces sólo es cuestión de que pases un par de segundos para que todas esas respuestas que nos vienen a la cabeza de manera automática e inmediata lleguen y se vayan. Y si luego, después de la reflexión, son la respuesta que queremos dar realmente, adelante.

3r error: demasiadas veces queremos decir “no”

Hemos empezado este post poniendo como ejemplo esos días en los que estamos constantemente diciendo “no” a nuestr@ hij@. ¿Os imagináis una situación similar como adultos que somos? ¿Podéis sentir  las emociones que nos  invaden si estamos escuchando un no por respuesta a prácticamente todo lo que decimos?

Reflexionar sobre lo que realmente nos está pidiendo la criatura es un primer paso: un juguete, comida, salir al parque, la televisión… Con esta primera reflexión hay que analizar si es de vital importancia negar esa petición.

Un “no” debería ser rotundo si está en juego la integridad física y moral de nuestro hij@. En caso contrario, todo es relativo, y dependerá de cada familia estableces cuál es el límite de lo permitido. Así pues, las negaciones que podemos tener claras se reducen a cualquier cosa que suponga un peligro para nuestros retoños. No abrocharse el cinturón de seguridad, saltar de un muro demasiado alto, meterse una canica en la boca… podrían ser motivo de que, como adultos, estableciéramos un no rotundo. A partir de ahí… no hay una respuesta única.

Pero aun teniendo claro ese no rotundo, hay que tener en cuenta cómo se presenta esa negación.

4o error: apelamos al razonamiento

Hemos dicho al principio que cuando nos decimos a nosotras mismas que no, nuestro cerebro racional nos ayuda a convencernos. La dificultad que se nos presenta con nuestros hij@s es que ese cerebro racional no está desarrollado al 100%. Esa situación no nos permite usar la lógica con nuestros pequeños durante un enfado como lo haríamos con un adulto. De hecho, si la usamos, seguramente vamos a agrandar el problema. Cuando nuestros hijos se enfadan o se disgustan, su cerebro funciona desde una parte en la que se gestionan las emociones. La zona que “razona”, además de no estar totalmente formada, queda “temporalmente fuera de servicio”.

Para salvar este obstáculo, el primer paso que deberíamos dar es empatizar con sus emociones. Nuestro objetivo se centrará en hacerle ver a nuestro hij@ que entendemos lo que está sintiendo. Le ayudaremos dándole nombre y creando una conexión con ese cerebro emocional responsable de hacerlo funcionar en ese momento.

A partir de ahí, podremos aplicar las estrategias necesarias que nos permitirán comunicarnos con nuestro hij@ de una manera eficaz. Eso será la base para poder llega a acuerdos que tengan como punto de unión satisfacer las necesidades de ambos.

¿Te apetece compartir tu experiencia? ¿Crees que estas estratégias te pueden ayudar a mejorar la comunicación con tu hijo o hija? 

Deja tu comentario, ¡me encantará leerte!

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