Esto es lo que debes saber para incluir la empatía en tu día a día

Dicen que la empatía es la capacidad de ponerse en el lugar de otra persona y comprender cómo se siente. Pero, ¿cuántas veces has sentido que conectas inmediatamente con otra persona, incluso cuando la has visto solamente una vez?

Por otro lado, ¿en cuántas ocasiones no encuentras la forma de llegar a otra persona con quien convives a diario y vas creando un muro de incomprensiones? ¿Te resulta familiar? ¿Consideras que tienes una comunicación empática con las personas con las que te relacionas en tu día a día?

Empatía y emoción: la clave para sintonizar la misma onda

Cuando te das importancia a ti misma abres tu corazón a otras personas. No nos estamos refiriendo a hablar sobre intimidades o revelar tus más profundos secretos.

Simplemente, escuchar con atención, no juzgar a la otra persona y comprender su situación, forma de ser o momento personal vital. Tal vez estés de acuerdo con la otra persona, o no. Eso no es obstáculo para “sintonizar su onda” y comprenderla en un momento dado.

Todos necesitamos sentirnos escuchados, comprendidos, apoyados y que nuestra emoción no quede como un eco en el vacío. Pero tampoco querríamos que pensaras que tienes que apoyar a los demás en sus caprichos e imposiciones.

Conocer bien tus límites, no imponer tu perspectiva, comunicar de forma respetuosa y clara lo que sientes. Pero, al mismo tiempo, dejar espacio para que la otra persona también se exprese, como mejor pueda, para hacerse comprender.

Y tú, simplemente escuchar y estar ahí, acompañando con la mirada, con tus manos, con tu atención. Y con lo más importante: tu corazón para acoger con los brazos abiertos las expresiones de los sentimientos de la otra parte.

No hace falta dar consejos ni querer animar u orientar. Los desacuerdos se suavizan cuando aclaras que tienes otro punto de vista, pero comprendes el suyo.

Hay mucha teoría sobre la empatía. Y aunque es necesaria, en la práctica, se reduce a la simplicidad de escuchar con el corazón abierto y dejar espacio de expresión al otro.

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Agredir o huir por sistema, ¿es una buena opción?

Enfrentarte a que tu hijo de 9 años esté viviendo un trato agresivo en la escuela es una de las experiencias que nos gustaría evitar a toda costa.

En el fondo, queremos que tengan herramientas para que pueda enfrentarse a esos niños que insultan, empujan, ridiculizan…

¿Y es posible que tenga esas herramientas? Y si es que sí, ¿cuáles crees que deberían ser?

¿Responder con otro empujón? ¿Devolver los insultos con más fuerza? Si son esas las reacciones que esperamos que tengan “para defenderse”, ¿dónde queda el respeto?

Quizás entonces pensemos que lo mejor es apartarse e ignorar.
Puede ser una opción en un momento dado de peligro. Pero si estas situaciones son reiteradas, ¿por qué debe ser la víctima la que no pueda moverse o relacionarse con libertad y es ella la que deba apartarse? ¿Eso es justo?

Ser agresivo o alejarnos como sistema no parece que sean las opciones que más nos convenzan como forma habitual de resolver una situación de agresión entre niños.

¿Entonces qué nos queda? Pues en mi opinión es la confianza.

NO la confianza en que nuestros hijos aprendan a resolver por sí solos estos problemas, ni muchísimo menos. Si no la confianza que deben tener en que hay una persona adulta con las herramientas necesarias para mediar en ese conflicto de forma respetuosa y que puedan recurrir a ella sin miedo a ser tachados de chivatos, “débiles” o quejicas.

Una persona adulta que pueda empatizar con el niño agredido, defendiendo sus derechos a ser respetado y a ayudarlo a dejar claras cuáles son sus necesidades.

Una persona que sepa acompañar al niño que agrede, conectando con lo que necesita en ese momento y que le ayude a traducir en palabras esa agresividad para sentirse comprendido.

Una persona adulta que tenga la capacidad de fomentar esa relación de respeto siendo un modelo.

¿Tenemos las personas adultas que trabajamos con niños estas herramientas?

Mucho me temo que hay trabajo por hacer. ¿Quién se atreve a salir de lo que se ha hecho siempre y ser valiente para empezar a cambiar las cosas?

¿Usas tus fases mensuales para afrontar conflictos?

“A veces siento que no tengo energía suficiente para afrontar el día. Y si, además, mis hijos tienes una de esas tardes de retos continuos más se complica la situación y termino o bien cediendo a cosas que no quiero o bien estallo y me invaden los demonios. Pero no me ocurre siempre. En ocasiones los niños se pelean y yo me tomo esas situaciones como una oportunidad para poder hablar y crecer juntos”.

¿Te resulta familiar esta reflexión? ¿También sientes que no siempre puedes afrontar situaciones desde la misma posición?

Es evidente que no nos sentimos igual cada día. Las horas de sueño, las posibles complicaciones del día o el “estado de alteración máxima” al que puede llegar nuestro hijo son, entre otras cosas, condicionantes importantes que tengamos más posibilidad de afrontar un conflicto de éxito o no.

Sin embargo, cuando analizamos las posibles causas que hacen que no siempre estemos igual, nos olvidamos un factor muy importante como mujeres que somos: nuestro ciclo.

Siempre he defendido que el primer paso para poder acompañar un conflicto desde el respeto y la empatía, el primer paso que debemos dar es el de conocernos bien y, sobre todo, aceptarnos. Y dentro de esa aceptación, entra una realidad que no siempre conocemos y abrazamos: somos cíclicas.

Cuando hace aproximadamente un año hice un taller intensivo con Lily Yuste enfocado al emprendimiento, me quedé maravillada de cómo el simple hecho de observar mis fases menstruales me ayudaban a conocerme mejorando mi productividad. Pero lo sorprendente no fue eso para mí. Ese mismo conocimiento me llevo a aceptar ciertos estados físicos y mentales que no tenía presentes y me limitaban o ayudaban cuando intentaba resolver un conflicto con las personas de mi entorno.

Fue en ese momento cuando vi la importancia de conocer y escuchar a nuestro cuerpo puesto que, una vez más, vivimos con una desconexión importante que no nos permite tomar acción de forma plenamente consciente tanto a nivel físico como mental.

Este año, tengo el honor de comunicarte que Lily ha creado un taller específico para esta formación Comunicación Eficaz que está enfocado a, no sólo conocer nuestros ciclos y fases, si no a poder aprovechar las características de cada una de ellas para afrontar de manera más eficaz la resolución de los conflictos que tenemos en nuestro día a día.

A continuación, te dejo la entrevista que le hice en Facebook el pasado 19 de febrero.

Lo que aprendí de accidente de mi hija

Hoy he hablado de la relación entre hermanos con las mujeres que están dentro de la formación Comunicación Eficaz.
Es un tema que toco muy de cerca, puesto que en casa hay tres criaturas, y dos de ellas, precisamente, no se llevan “muy bien”, que digamos.

Le he contado qué significa para mi el “amor de hermanos” y cómo dista de vivirlo como relación sin conflictos. Y para ello, les he explicado una situación traumática que vivió mi hija hace 3 años.

Por aquel entonces, Marçal y Cèlia ya se peleaban con bastante frecuencia, cosa que a mi me crispaba muchísimo. Pese a tener conocimientos y herramientas para mediar entre ellos, seguía arraigada en mi la idea de que esos conflictos podían ser sinónimo de no quererse. Esos problemas que surgían entre ellos eran signos de alarma para mí, eran señales que ponían en peligro el concepto de amor fraternal que consideraba (considero) importante.

Mi hija sufrió un accidente que nos hizo salir corriendo precipitadamente al hospital y que la tuvo con médicos y cuidados durante un mes. Fue una experiencia dura, os soy sincera. De hecho, todavía hoy, cuando la recuerdo, se me hace un nudo en el estómago.

Y fue a raíz de esta experiencia que me di cuenta de lo que realmente era importante y deseaba para la relación de mis dos hijos, esos que habitualmente se pelean y discuten.

Fue mi marido quién agarró a la niña corriendo y se fue al hospital. Estábamos fuera de casa los cinco y yo acompañe a mi hijo mayor a casa de mi cuñada para que se quedara con él e ir inmediatamente (con el peque, que era un bebé de 9 meses) a estar con mi hija.

Las palabras de Marçal antes de irme fueron para mí impactantes: “mamá, sé que me enfado con muchas cosas que hace Cèlia, pero no quiero que le pase nada malo, la quiero muchísimo. “

Aquel amor que yo ponía en duda cuando mis hijos se peleaban existía.

Durante el tiempo en el que mi hija estuvo convalesciente, tuvo que afrontar cuidados dolorosos, miedos y aceptar una nueva situación. ¿Sabéis quién la animó, cuidó y mimó?

Lo que hoy hemos visto en la clase es, precisamente, la importancia de permitir a nuestros hijos enfadarse, a mostrar desacuerdos y a verbalizar injusticias cuando se producen entre ellos. No por ello ponemos en peligro la relación de hermanos que queremos que tengan en un futuro. Nuestro trabajo, como personas adultas que educamos a esas criaturas, es el de darles herramientas que les permitan expresarse desde el respeto y la empatía.

Porque, en el fondo, cuando sean mayores, seguramente una de las cosas que más nos importará es que, en un momento de peligro, de problemas o de situación en la que necesiten a alguien, puedan contar con ella.