La frustración de haber educado sin empatía

Darse cuenta de que la forma en la que has educado a tu hijo tiene consecuencias negativas en él ha sido de los procesos más duros que he tenido que superar en mi etapa de maternidad.

Cuando tuve a mi primer hijo tenía claro que quería educarle con todo el amor y respeto del mundo. Luché por una lactancia que no fue nada fácil instaurar, lo porteé contra viento y marea recibiendo muchas críticas de personas que no habían visto nunca a nadie llevar a su bebé en un trapo. Pero lo tenía claro, mi hijo debía recibir todo el contacto posible, toda mi atención. Y así fue.

Cuando mi hijo tenía tan solo un año y medio nació mi hija y mi atención hacia él se vio afectada. Durante un año, viví los momentos más complicados en el seno familiar que jamás había vivido. Mi hijo empezó a comportarse como nunca lo había hecho y por aquel entonces, sin tener los conocimientos que tenemos ahora, no supimos tratar su frustración, su rabia, su tristeza, como realmente se merecía.

Ese niño dulce y cariñoso empezó a ser, a los ojos de muchas personas, una criatura que siempre estaba enfadada, que nada lo hacía sentir satisfecho. Las rabietas y los enfados se daban con mucha frecuencia, tirándose al suelo y llorando desconsoladamente sin entender lo que estaba ocurriendo. Pero nosotros lo asociábamos a los celos y no queríamos darle importante, tal y como pensábamos que lo teníamos que hacer.

Muy lejos de la realidad, lo que hubiera necesitado mi hijo en esos momentos era mucha conexión. Comprensión por nuestra parte de todos sus sentimientos, el porqué de su frustración, de su rabia, de su tristeza… pero no fue así. Fue un gravísimo error.

El resultado de toda esta etapa todavía me duele hoy en día cuando pienso en ella, puesto que aún puedo ver alguna de sus secuelas. La autoestima de mi hijo y la seguridad en sí mismo se vio perjudicada. Se convirtió en un niño dependiente y que no se atrevía a decir lo que pensaba delante de los demás por miedo a no agradar, con miedos y preocupaciones que lo hacían ser un niño muy vulnerable y sensible.

Por suerte, pudimos cambiar de rumbo y empezar a gestionar las situaciones en casa desde otro punto de vista. Usando otras herramientas y recursos basados en la confianza, la conexión con sus sentimientos y el respeto su autoestima ha ido mejorando y cada vez muestra más seguridad en sí mismo. Sabemos que es un proceso que resulta más complejo que con nuestros dos otros hijos. Sé que desaprender lo aprendido es más difícil que hacerlo de cero, como nos pasa a nosotros. Pero también sé que podrá ir creciendo, como lo he hecho yo, con la ayuda y el acompañamiento necesario y que le estamos proporcionando.

Un saludo
Laia

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