Te falta dinero y tiempo, y lo odias

“Me encantaría mejorar la relación que tengo con mis hijos pero no tengo tiempo para hacer formaciones sobre crianza”

La falta de tiempo y de dinero suelen ser los dos motivos por los que, más veces de las que quisiéramos, nos privamos de cosas que necesitamos para transformar nuestro día a día. 

Hoy quiero desmontar estas dos barreras con una propuesta de alto valor que va a estar a tu alcance y que podrás disfrutar al ritmo que tú quieras. 

Se trata de la formación Comunicación Eficaz en formato selfstudy y de la oferta que voy a hacer en este Balck Friday. 

Te dejo el vídeo. Espero que lo disfrutes. 
Estaré encantada de leer tus comentarios y conocer tu opinión. 

La teoría no siempre es suficiente para una crianza respetuosa.

“Tengo la teoría muy clara pero me cuesta horrores llevarla a la práctica”

“Hay situaciones en las que no puedo evitar terminar con gritos y luego me invade la culpa por haberlo hecho”

¿Te resultan familiares estas afirmaciones? A mí sí. Durante mucho tiempo me sentí así. 

Y es que la teoría no siempre es suficiente. Te invito a que escuches el siguiente vídeo en el que hablo de uno de los errores más habituales que nos llevan a no saber poner en práctica la teoría de una crianza respetuosa.

 

La frustración de haber educado sin empatía

Darse cuenta de que la forma en la que has educado a tu hijo tiene consecuencias negativas en él ha sido de los procesos más duros que he tenido que superar en mi etapa de maternidad.

Cuando tuve a mi primer hijo tenía claro que quería educarle con todo el amor y respeto del mundo. Luché por una lactancia que no fue nada fácil instaurar, lo porteé contra viento y marea recibiendo muchas críticas de personas que no habían visto nunca a nadie llevar a su bebé en un trapo. Pero lo tenía claro, mi hijo debía recibir todo el contacto posible, toda mi atención. Y así fue.

Cuando mi hijo tenía tan solo un año y medio nació mi hija y mi atención hacia él se vio afectada. Durante un año, viví los momentos más complicados en el seno familiar que jamás había vivido. Mi hijo empezó a comportarse como nunca lo había hecho y por aquel entonces, sin tener los conocimientos que tenemos ahora, no supimos tratar su frustración, su rabia, su tristeza, como realmente se merecía.

Ese niño dulce y cariñoso empezó a ser, a los ojos de muchas personas, una criatura que siempre estaba enfadada, que nada lo hacía sentir satisfecho. Las rabietas y los enfados se daban con mucha frecuencia, tirándose al suelo y llorando desconsoladamente sin entender lo que estaba ocurriendo. Pero nosotros lo asociábamos a los celos y no queríamos darle importante, tal y como pensábamos que lo teníamos que hacer.

Muy lejos de la realidad, lo que hubiera necesitado mi hijo en esos momentos era mucha conexión. Comprensión por nuestra parte de todos sus sentimientos, el porqué de su frustración, de su rabia, de su tristeza… pero no fue así. Fue un gravísimo error.

El resultado de toda esta etapa todavía me duele hoy en día cuando pienso en ella, puesto que aún puedo ver alguna de sus secuelas. La autoestima de mi hijo y la seguridad en sí mismo se vio perjudicada. Se convirtió en un niño dependiente y que no se atrevía a decir lo que pensaba delante de los demás por miedo a no agradar, con miedos y preocupaciones que lo hacían ser un niño muy vulnerable y sensible.

Por suerte, pudimos cambiar de rumbo y empezar a gestionar las situaciones en casa desde otro punto de vista. Usando otras herramientas y recursos basados en la confianza, la conexión con sus sentimientos y el respeto su autoestima ha ido mejorando y cada vez muestra más seguridad en sí mismo. Sabemos que es un proceso que resulta más complejo que con nuestros dos otros hijos. Sé que desaprender lo aprendido es más difícil que hacerlo de cero, como nos pasa a nosotros. Pero también sé que podrá ir creciendo, como lo he hecho yo, con la ayuda y el acompañamiento necesario y que le estamos proporcionando.

Un saludo
Laia

Si estás interesada en realizar una sesión de descubrimiento gratuita de 20’ del programa Comunicación Eficaz pincha en el siguiente enlace

La clave de porqué me dicen que soy buena escuchando

¿Sabes cuál ha sido el mayor aprendizaje que he hecho desde que trabajo con madres?

Hace unos años me formé en Asesoras Continuum de la mano de Nohemí Hervada. Fue una formación que realmente me cambió la vida. No solo aprendí contenidos de alto valora que me ayudaron a dirigir mi desarrollo profesional. También conecté con algo que me había acompañado toda mi vida y en esa formación cobró un sentido para mi maravilloso.

En muchas ocasiones me han dicho que tengo un don para escuchar a la gente y hacer que ésta se sienta comprendida a mi lado. Es algo a lo que nunca di importancia porque no veía que yo hiciera nada de especial. Sin embargo, hoy en día, comprendo perfectamente qué me ha caracterizado durante este tiempo y qué es lo que ahora tanto valora la gente en mí cuando acompaño en su crecimiento personal. Y lo comprendí cuando hice la formación que antes te he nombrado porque fue uno de los pilares de todos los conocimientos que ahí adquirí: saber acompañar desde el respeto y sin juzgar a las personas.

Y es que esto ha sido una característica en mí desde siempre. Es ese sexto sentido que me hacía rehusar mis juicios cuestionándome en todo momento cuando alguien me confesaba algo con la misma pregunta: ¿qué sabré yo de todo lo que está viviendo y sintiendo esta persona?

Cuando una persona llega a ti y te cuenta algo que le preocupa y que vive con angustia viene buscando una solución. Sin embargo, uno de los errores más frecuentes que se cometen cuando acompañamos es precisamente ese: limitarnos a dar la solución a un problema.

Seguramente ahora te estarás preguntando: pero si viene en busca de una solución y se la das, ¿dónde está el problema?

En mi opinión, acompañar no es sinónimo de dar soluciones exclusivamente. De hecho, cuando esto ocurre creamos una relación con la persona a la que acompañamos en la que sin nuestras respuestas la otra persona sigue sintiendo que no es capaz de llevar la solución por ella misma. Y esto, para mí, es un grabe error.

Acompañar es andar al lado de una persona que quiere hacerlo sola. Y para ello, saber comunicarte con esa persona empieza por comprender qué está viviendo, cómo se está sintiendo y cuáles son sus necesidades reales en un momento determinado. A partir de ahí, un acompañamiento es eficaz cuando realizamos preguntas y conseguimos que esa misma persona sea capaz de encontrar la solución que desea. De esta forma, esa persona adquiere confianza y seguridad en sí misma, que al fin y al cabo es uno de los elementos clave para andar por el camino que ha escogido.
Como formadora de Comunicación Eficaz de madres que han acudido a mí en búsqueda de soluciones me siento feliz viendo que éstas mismas mujeres avanzan día a día partiendo del autoconocimiento y de un trabajo que sólo ellas pueden realizar.

Y ese es el mismo objetivo que persigo en la nueva modalidad de la formación Comunicación Eficaz. Una versión que no solo te va a permitir crecer a nivel personal mejorando la comunicación con tu hijo o hija y las personas de tu entorno si no que, además, te va a permitir poder realizar también este acompañamiento con otras mujeres desarrollando tu propio proyecto personal.

Te dejo este vídeo en el que reflexiono sobre cómo acompañar a otras mujeres con el objetivo de que, precisamente, no nos necesiten. Espero que te guste.

Laia

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¿Realmente estás convencida de que mereces poner límites?

Me agota ver cómo las personas adultas invaden el espacio personal de mi hijo Enric de 4 años solo por el hecho de que es pequeños y “es una monada” o “es divertido”.

A mi hijo no le gusta que nadie le toque, ni siquiera yo, si él no está predispuesto a que lo hagamos. Y no es de extrañar, ¿o es que a las personas en general les apetece siempre que las toquen, que les revoloteen el pelo, que les toquen la barriga o la cara? ¿Por qué debería ser diferente en las criaturas?

Sin embargo, muchas personas de nuestro entorno no aceptan que un niño o niña rechace el contacto físico. En estas situaciones la criatura suele tratarse de arisca, antipática i incluso maleducada. ¿En serio? ¿Qué alguien ponga límites a la invasión de su espacio personal es algo denunciable?

Ciudadanos de segunda

Este es un largo debate que tiene que ver con la idea de que las niñas y niños son ciudadanos de segunda, que se puede hacer con ellos lo que no permitimos en las personas adultas. Sin embargo, no voy a entrar en él ahora.

Ahora quiero que te imagines que tú eres esa criatura. Estás de visita familiar y tu abuela cuando te ve te saluda te despeina con la mano diciendo “estás muy alta”. A ti te pilla por sorpresa y le apartas la mano de un golpe mientras te separas de ella y te escondes detrás de tu madre. La abuela, molesta, le dice a tu madre “qué arisca es esta cría” y tu madre, incómoda por la situación, duda entre dejarte en paz o sacarte de tu escondite tras de ti y reñirte por la reacción que has tenido. En el fondo comprende que te moleste que te toquen, es algo que ya ha visto muchas veces en ti y tú no haces por respeto. Sin embargo, como tiene miedo de que la reunión familiar empiece con mal pie y con el habitual sermón de “a esta niña la estás consintiendo demasiado”, te agarra del brazo y te dice “eso no se le hace a la abuela”. Aunque intenta hacerlo con un tono amable, tú te sientes confusa. ¿Qué es lo que has hecho mal?

 

Algo que se repite una y otra vez y que queda marcado

Ahora quiero que imagines que esta situación se repite una y otra vez, que van pasando los años y que las situaciones cada vez se tornan más complejas, pero siguen la misma estructura. Eres una criatura que va creciendo y se va haciendo mayor. Con el tiempo vas tomando las riendas de tu propia vida y enfrentándote a muchas “otras personas mayores” que invaden tu espacio, que te ridiculizan o que menosprecian. Sin embargo, el modelo para reaccionar ante estas situaciones que has recibido es el de permitir que eso suceda porque el fallo está en ti, porque eras tú la que no permitía que le alborotaran el pelo, la que se enfadaba demasiado cuando te hacían un comentario que consideraban gracioso sobre esa peca que tenías en la cara o porque querías hacer preguntas que muchas veces incomodaban a las personas mayores.  

De toda esta historia, lo que me gustaría remarcar es una idea que no siempre se contempla cuando hablamos de poner límites a los demás: el merecimiento.

Uno de los bloqueos que tenemos ante situaciones en las que vemos vulnerado nuestro espacio y el respeto hacia nosotras es la falta de merecimiento. Se instala en nosotras como creencia de nuestra infancia, que nosotras no nos merecemos poner ese límite y, por lo tanto, tampoco actuar para defenderlo, si hace falta, a capa y espada.

 

Merecemos poner límites 

Sin embargo, yo digo que sí, no solo por mi misma, que también, por supuesto, si no por tener bajo mi responsabilidad la educación de mis hijos e hija.

Merezco poner límites a las personas adultas que me rodean porque es mi responsabilidad dar un modelo a mis hijos y a mi hija del valor que tiene ese espacio para una persona. Porque veo imprescindible que estas criaturas crezcan con la idea de que merecen sentir que ese espacio es respetado y que está en sus manos tomar acción para que así sea, sin esperar a que sean los demás que lo consideren igual de importante y lo respeten.

Por si esto pueda servir a alguien, este ha sido mi motor de cambio. Pensar en mis hijos e hija y darme cuenta de qué sí quiero que sientan esa fortaleza, que sí deseo que aprendan a reaccionar de forma muy diferente a cómo lo hacía yo de pequeña.

Y para dar ese modelo a nuestras criaturas, es necesario que nosotras demos el primer paso y empecemos a poner en práctica lo que nos gustaría que consiguieran ellas.

¿Qué tal llevas los límites con la pareja?

“No permito que haya gritos en casa y no estoy dispuesta a aceptar que expreses tu enfado de esa forma en mi presencia”.

Esta fue la primera vez que hable con mi pareja cuando, en un momento de crispación se enfadó con mi hijo y le dijo gritando que se fuera a lavar los dientes.Mientras mi hijo estaba en el baño me dirigí a mi pareja y le dije:

“Entiendo que es tarde, que estamos cansados y que está costando mucho que los niños se preparen para ir a dormir. Es agotador y comprendo que estás molesto porque no hay colaboración por su parte. Para mí es importante que haya respeto en casa y que podamos hablarnos sin usar el miedo o la amenaza porque todos merecemos respeto. Si necesitas desconectar y tomarte unos minutos, ¿podrías avisarme para que te releve? No permito que haya gritos en casa y no estoy dispuesta a aceptar que expreses tu enfado de esa forma en mi presencia. Tú eres el adulto, si necesitas colaboración estoy segura de que puedes pedirla usando otros recursos”

 

Situaciones personales que empezaron a cambiar las cosas en casa

Esta es una situación muy personal que viví hace tiempo y en la que jugaron un papel muy importante no sólo las palabras que usé, si no también todo lo que transmitía el lenguaje no verbal: comprensión, empatía, serenidad, convencimiento, firmeza y, sobre todo, seguridad en mi misma.

Poner límites a nuestra pareja es todo un reto, lo reconozco. Tenemos una gran mochila cargada de creencias y mitos sobre las relaciones sentimentales (y humanas, en general) que nos dificultan poder fijar esa línea que debería ser infranqueable y que es la base del respeto que sentimos por nosotras mismas.

 

Las reglas en una partida de 2 jugadores

Sin embargo, creo que poner esos límites es realmente necesario. Es como marcar las reglas del juego para evitar malentendidos durante una partida. Definir y expresar ese espacio que no queremos que nadie pise es el primer paso para dejar claro qué tipo de relación tenemos con la persona con la que convivimos a diario y que, al mismo tiempo, también es responsable de la educación de nuestros hijos.

Marcar esa línea nos permite tomar las acciones necesarias para defenderla, para respetarla. Pero para ello, es imprescindible saber dónde ponerla. Para ello, en la mayoría de situaciones se hace imprescindible adentrarnos en el autoconocimiento para saber definir cuáles son nuestros límites reales. Este es el primer paso para conseguir ponerlos con eficacia, con seguridad y convencimiento, tal y como nos merecemos.

Poner límites con agresividad y buen rollo

Hoy quiero hablar sobre poner límites creando buen rollo y teniendo mala leche al mismo tiempo. Siempre que hablo de este tema a mí me entra la risa, porque realmente parece algo contradictorio. 

Digo parece porque estamos acostumbradas a que cuando ponemos límites, nuestra actitud es agresiva, saltando a la yugular de quien nos molesta. En la sociedad, sobre todo a las mujeres, se nos ha transmitido esa idea de que ser agresivo es malo. Nos han enseñado a ser dulces, serviciales, a cargarnos con las emociones de los demás y responsabilizarnos de ellas.

Esta educación que hemos recibido hace que ante un conflicto o un intercambio de opiniones tendamos a no enfrentarnos. Ceder, bajar la cabeza, cuestionar nuestra propia opinión son algunas de las reacciones que más se presentan. Esta forma de actuar parece incompatible con establecer límites con firmeza.

En el siguiente vídeo profundizo más en el tema, te animo a verlo:

Si necesitas más información puedes enviarme un correo a laiasimonmartin@gmail.com y resolveré tus dudas.

Si ya lo tienes claro y quieres participar en el taller del próximo día 21, pincha en el siguiente botón y anótate ahora mismo:

El deseo de ser una mujer poderosa

Todas conocemos a esa mujer valiente que toma decisiones sin miedo o aquella que sabe decir lo que piensa sin rodeos en una reunión ante todos los padres de la escuela.

Nos llama la atención este tipo de personas porque, en el fondo, seguramente admiramos que sean capaces de exponerse ante otras personas que no piensan igual que ellas o que incluso pueden criticarlas por defender según qué posición. 

¿Pero a qué se expone realmente una mujer que, por ejemplo, decide emprender sin el apoyo de su entorno o dice a la tutora de su hijo que no va a permitir que haga deberes en casa porque no está de acuerdo?

Pues seguramente la respuesta más común es que estas personas se exponen a ser criticadas, juzgadas, menospreciadas por sus decisiones u opiniones. Y sí, en ocasiones, a veces con más frecuencia de la deseada, suele ser así.

Cuando tomamos decisiones o mostramos nuestra opinión sobre algo nos exponemos a que se haga evidente que no pensamos, decimos o actuamos como lo harían las personas que nos rodean. Y en cuanto esto sucede cabe la posibilidad de que estas personas nos critiquen, abiertamente o a nuestras espaldas, incluso juzguen nuestras ideas, decisiones o acciones.

Sin embargo, volvamos a esa mujer a la que admiramos y a la que consideramos valiente por mostrar su opinión o tomar decisiones que aparentemente parecen difíciles o arriesgadas.

¿Qué hace que esta persona, pese a ese riesgo de ser juzgada o criticada, decida igualmente actuar o mostrarse?

Más que un poder, yo diría que lo que la hace tan especial es la ausencia de un estado emocional que, en según qué ocasiones, puede ser una gran debilidad: el miedo

Una persona que decide actuar pese a lo que dirán, pese a la opinión que tendrán de ella, pese a que es posible que se encuentre nadando a contracorriente es una mujer que no suele tener miedo. Al menos no ese miedo que nos impide avanzar, que no nos deja actuar en la dirección que en el fondo desearíamos.

Estamos hablando de ese estado emocional que nos invade cuando quiere protegernos de un peligro. Esta emoción tiene su función y gracias a ella nuestra mente se pone alerta. ¿Pero alerta a qué? 

El sentimiento que puede instalarnos es el miedo al rechazo, a no ser queridas y aceptadas. Y es por esta razón por la que, cumpliendo su misión de protección, el miedo aparece para que no hagamos o digamos nada que pueda ponernos en peligro en ese sentido. 

Y sería así de sencillo si no fuera porque haciendo caso al miedo y no actuando en un momento determinado para poner un límite claro exponiéndonos ante los demás no nos estamos respetando a nosotras mismas. Y eso nuestro cerebro también lo capta y entones entran en escena la frustración, la insatisfacción e incluso la tristeza. Es también una forma de decirnos a nosotras mismas que algo no funciona bien y nos invita a plantearnos qué podemos hacer.

Así que el miedo nos intenta proteger, pero al mismo tiempo, en ocasiones impide que podemos cuidarnos a nosotras mismas poniendo los límites que vemos convenientes para respetarnos y ser fieles a nosotras mismas. 

Y para que ese miedo desaparezca en ese momento en el que quieres decir no a alguien y deseas dejar clara cuál es tu posición ante un tema que te afecta poniendo un límite es necesario sacudir a ese miedo, hablar con él, decirle que estando instalado en ti no puedes ser tú porque no te permite decir y hacer lo que crees y es coherente a ti misma.

Te invito a que, aunque tengas miedo, actúes ante estas situaciones. Porque cuando descubres lo bien que sienta vencer al miedo y la satisfacción que se instala en ti cuando ver lo que puedes conseguir al hacerlo ya no quieres volver atrás.

Es precisamente cuando sacudes al miedo al decir lo que piensas y actúas poniendo un límite claro y con seguridad, es cuando puedes sentir el poder de esa mujer valiente que toma decisiones sin miedo o aquella que sabe decir lo que piensa sin rodeos

La técnica del muro de cristal

Hoy quiero hacer un ejercicio. Ayer en un directo estuve hablando de una herramienta que yo uso con mucha frecuencia y utilizo en mis talleres, formación, incluso en asesorías individuales. Se trata de la técnica del muro de cristal.

Es una herramienta, enfocada en la educación y crianza de nuestros hijos, pero que nos permite vivir con tranquilidad en situaciones en las que recibimos una crítica. Porque merecemos vivir estas situaciones sin perder los nervios, sin sentirnos incómodas, nerviosas o irritadas.

Dale al <<play>> y descúbrela:

Si necesitas más información puedes enviarme un correo a laiasimonmartin@gmail.com y resolveré tus dudas.

Si ya lo tienes claro y quieres participar en el taller del próximo día 21, pincha en el siguiente botón y accede ya:

Descubre el botón que activa tu ira al poner límites.

Quiero hacerte una confesión.

Durante un tiempo he saltado a la yugular cada vez que alguien criticaba mi forma de criar y educar a mis hijos. Desde comentarios dirigidos a dar el pecho a mi hijo de 4 años hasta los que juzgaban la forma de resolver una mentira de mi hija, hacían que me posicionara ante el enemigo enseñando uñas y dientes para protegerme a mí y a mis crías del impacto negativo que generaban esos mensajes.

Sin embargo, descubrir el motivo real que activaba esa forma de reaccionar ante las críticas y los juicios, hizo posible cambiar y que empezara a vivir esas situaciones con una seguridad y confianza que, una vez probada, ya no he querido soltar para nada.

Esta forma de reaccionar que yo tenía me convirtió en una persona que solía estar a la defensiva cuando me relacionaba con las personas que hacían estos comentarios. Muy a mi pesar, formaban parte de mi entorno habitual y trataba con ellas a menudo. Así que estaba en este estado de alerta con frecuencia y me sentía agotada. Ahora que lo veo desde la lejanía, me doy cuenta de que tenía instalado en mí un enfado constante con el mundo.

¿Y cuál es ese botón que hace que se active nuestra ira?

Para responder a esta pregunta es necesario comprender que la ira es un sentimiento que tiene una función específica que nos ha ayudado a sobrevivir a lo largo de nuestra historia. La ira se activa cuando hay algo o alguien que impide que nosotras podamos satisfacer alguna de nuestras necesidades universales. Si esto ocurre, ese botón se enciende para protegernos y eliminar con nuestras acciones las barreras que obstaculizan nuestro objetivo.

Traducido al contexto de la crianza, nuestra necesidad es la de elegir con libertad cómo educamos a nuestros hijos. Y vivimos como barrera que impide que podamos alcanzar esa meta la crítica o el juicio que expresan las personas de nuestro entorno.

¿Pero eso es realmente así? ¿De verdad tienen ese poder?

Mi respuesta es no. Por supuesto que no.

Ahora que ya conoces el origen y la función de esa ira que en ocasiones te invade, te va a resultar más sencillo realizar pequeños cambios que van a dar resultados muy significativos. Llegados a este punto te voy a proponer que afrontes estas situaciones desde otra perspectiva.

En primer lugar, cuando empieces a notar que te invade la ira, dale las gracias. Ella es la que te va a ayudar a comprender que hay algo importante en ti que quieres proteger. ¿No es maravilloso que te pueda avisar? Dale suficiente espacio en tu interior para asimilar el mensaje que quiere transmitirte y decidir de forma consciente cómo quieres darle respuesta.

Después, hazte las siguientes preguntas:

¿A quién le vas a dar el poder de tomar tus propias decisiones para poder elegir libremente cómo educar a tu hija o hijo?

¿Qué estás dispuesta a hacer para dar respuesta a esa necesidad que se ha visto vulnerada al recibir la crítica o juicio?

Como ves, te invito a que pongas en practica la teoría. Porque, en realidad, es cuando vas a ver qué ocurre al vivir estas experiencias desde nuestro interior.

Y esta es la idea que quiero transmitir en el taller “No pisar. Cómo poner límites a las personas que nos rodean”, puesto que durante las 2 horas que va a durar, vas a descubrir cómo, realizando pequeños cambios, puedes empezar a vivir estas situaciones con la calma, seguridad y aplomo que te mereces.

Porque estar constantemente enfadada con el mundo te aseguro que no es nada agradable.