4 Errores que cometemos al decir “no” a nuestros hij@s

Seguramente has tenido uno de aquellos días en los que estás constantemente diciendo “no “ a tu hij@. “No, ahora no puedes coger ese juguete”, “no, ahora no te puedes comer esa galleta”, “no, ahora no puedes…”

Recuerdo perfectamente esa etapa. Mi hijo mayor debía tener alrededor de los 2 años. Tenía la sensación de que sólo pedía cosas que creía que no podía darle o consentirle. La mayoría de las veces esa situación terminaba en un llanto inconsolable. Eso, a mí, realmente me angustiaba porque no sabía qué hacer para calmarlo.

Se apoderaba de mí la desesperación. Quería que entendiera que lo que estaba pidiendo no había modo alguno de podérselo dar o no era importante. A veces, era más una cuestión de mantenerme en una posición que creía necesaria. No quería acceder a su petición por considerarla, sencillamente, un capricho. Otras veces era un no rotundo, innegociable, por ser un tema relacionado con su propia seguridad. Sea cual fuera el motivo, necesitaba que él viera lo mismo que yo. Pero eso muy raramente sucedía y me sentía muy frustrada.

En situaciones como las que viví con mi hijo, me hubiera sido muy útil analizar los sentimientos que me invadían en ese momento. Ser conscientes de lo que nos ocurre a nosotras por dentro cuando decimos un no y es rechazado por nuestro hij@, nos puede ayudar a llevar con más eficacia esas situaciones. En un principio parece que no tenga nada que ver Pero empatizar con nosotras mismas al mismo tiempo que con nuestros pequeños es importante. De hecho, puede ser la clave para evitar la mayoría de las rabietas que tienen nuestros hij@s.

1r error: pasamos de largo la gestión de sus emociones

En nuestro día a día, deseamos un montón de cosas. A algunas les damos satisfacción. A otras, nuestro cerebro racional nos hace bajar de las nubes. Nos autoconvencemos que aquello que deseamos no es posible, al menos no en ese momento. Nuestro funcionamiento cerebral nos ayuda a llevar la frustración de la mejor manera posible.

Pero eso no siempre puede hacerlo una criatura que tiene una parte del cerebro que hace posible el razonamiento lógico en pleno proceso de desarrollo.

Una criatura que pide algo responde a la emoción que le provoca una necesidad. Puede ser jugar con un juguete muy concreto, comer algo que en ese momento le apetece, tener el contacto o la presencia física de alguien… Sea lo que sea, para nuestro pequeño es aquello, y no otra cosa, la que va a cubrir la necesidad que se le ha despertado. Esa emoción es la que le aflora en ese momento. Saber reaccionar, como adultos, es crucial para que una negación, si es necesaria, no se convierta en un gran problema para nuestro hij@.

2º error: contestamos impulsivamente

Este error para mí fue el más difícil de gestionar. Es en el que más tuve que trabajar a nivel personal para conseguir el efecto deseado en mi hijo: no responder de forma automática.

Cuando respondemos de manera automática, muchas veces lo hacemos de forma un tanto impulsiva, desde nuestro lado más visceral. Y en esas situaciones normalmente no somos nosotros los que contestamos, sino nuestras propias vivencias como criaturas, ya que solemos reaccionar apelando a lo que nos resulta más familiar, más común. Así pues, seguramente reaccionaremos como si fuéramos la parte adulta de lo que vivimos como niñ@s.

Así, si nuestro hijo o hija nos pide una galleta antes de cenar, seguramente le contestaremos un no inmediatamente, sin cuestionarnos nada más, sin ver y analizar qué está necesitando él o ella realmente y si podemos darle respuesta a esa necesidad de otro modo.

Para evitar esa respuesta automática es imprescindible parar unos instantes antes de contestar. A veces sólo es cuestión de que pases un par de segundos para que todas esas respuestas que nos vienen a la cabeza de manera automática e inmediata lleguen y se vayan. Y si luego, después de la reflexión, son la respuesta que queremos dar realmente, adelante.

3r error: demasiadas veces queremos decir “no”

Hemos empezado este post poniendo como ejemplo esos días en los que estamos constantemente diciendo “no” a nuestr@ hij@. ¿Os imagináis una situación similar como adultos que somos? ¿Podéis sentir  las emociones que nos  invaden si estamos escuchando un no por respuesta a prácticamente todo lo que decimos?

Reflexionar sobre lo que realmente nos está pidiendo la criatura es un primer paso: un juguete, comida, salir al parque, la televisión… Con esta primera reflexión hay que analizar si es de vital importancia negar esa petición.

Un “no” debería ser rotundo si está en juego la integridad física y moral de nuestro hij@. En caso contrario, todo es relativo, y dependerá de cada familia estableces cuál es el límite de lo permitido. Así pues, las negaciones que podemos tener claras se reducen a cualquier cosa que suponga un peligro para nuestros retoños. No abrocharse el cinturón de seguridad, saltar de un muro demasiado alto, meterse una canica en la boca… podrían ser motivo de que, como adultos, estableciéramos un no rotundo. A partir de ahí… no hay una respuesta única.

Pero aun teniendo claro ese no rotundo, hay que tener en cuenta cómo se presenta esa negación.

4o error: apelamos al razonamiento

Hemos dicho al principio que cuando nos decimos a nosotras mismas que no, nuestro cerebro racional nos ayuda a convencernos. La dificultad que se nos presenta con nuestros hij@s es que ese cerebro racional no está desarrollado al 100%. Esa situación no nos permite usar la lógica con nuestros pequeños durante un enfado como lo haríamos con un adulto. De hecho, si la usamos, seguramente vamos a agrandar el problema. Cuando nuestros hijos se enfadan o se disgustan, su cerebro funciona desde una parte en la que se gestionan las emociones. La zona que “razona”, además de no estar totalmente formada, queda “temporalmente fuera de servicio”.

Para salvar este obstáculo, el primer paso que deberíamos dar es empatizar con sus emociones. Nuestro objetivo se centrará en hacerle ver a nuestro hij@ que entendemos lo que está sintiendo. Le ayudaremos dándole nombre y creando una conexión con ese cerebro emocional responsable de hacerlo funcionar en ese momento.

A partir de ahí, podremos aplicar las estrategias necesarias que nos permitirán comunicarnos con nuestro hij@ de una manera eficaz. Eso será la base para poder llega a acuerdos que tengan como punto de unión satisfacer las necesidades de ambos.

¿Te apetece compartir tu experiencia? ¿Crees que estas estratégias te pueden ayudar a mejorar la comunicación con tu hijo o hija? 

Deja tu comentario, ¡me encantará leerte!

Cómo evitar sentirte juzgada en la educación de tu hij@

Una de las dificultades más habituales a la que se nos enfrentamos muchas madres es a ser jugadas.

Recuerdo perfectamente la primera rabieta que mi hijo mayor tuvo en mitad de un supermercado. No fue un simple enfado de: “quiero esto y tengo un no por respuesta” como hasta entonces solía pasar.  En esa ocasión, se tiró al suelo y empezó a gritar tan fuerte que incluso yo me asusté. De hecho, asustada, asustada no me sentía. Más bien, lo que quería era que se me tragara la tierra.

Ahí estaba yo, entre la espada y la pared. Deseaba estirarme en el suelo con mi hijo para acompañarle en ese momento tan difícil para él. Pero al mismo tiempo, sabía que hacer eso seguramente significaba una desaprobación total por parte de todas las personas que me estaban mirando. Algunas pasaban más de prisa a mi lado para “desentenderse” de todo aquello, cosa que agradecía enormemente. Otras, caminaban a ralentí para observar con detalle lo que estaba ocurriendo. Todavía puedo sentir lo mal que lo pasaba. Estaba convencida de que todas las personas que me observaban pensaban lo mal que ejercía de madre.

Con el tiempo me fui dando cuenta de que las cosas son, en el fondo, bastante más sencillas. A lo largo de mi maternidad se han repetido situaciones como las que acabo de contar, aunque ya no las vivo del mismo modo, ni mucho menos. Pero para ello, han tenido que suceder varias cosas que me gustaría compartir contigo.

En el post de hoy quería plantearte una pregunta relacionada con lo que yo viví con las primeras rabietas de mi hijo mayor. Es la siguiente:

¿Te sientes juzgada fuera de casa cuando interaccionas en la gestión de las emociones de tu hijo o hija?

A continuación, te muestro un video en el que reflexiono sobre esta pregunta y te muestro cuál es mi visión. Estoy segura que a ti también te va a permitir observar qué es lo que te sucede cuando tu hij@ se enfada y hay personas observando cómo reaccionas.

Me encantaría conocer tu opinión

¿Te afecta que otras personas opinen sobre cómo gestionas los enfados de tu hij@? ¿Tienes recursos para reaccionar cuando alguien quiere interferir? ¿Cuál es tu experiencia con las personas más cercanas que te rodean? Deja tu comentario y hablamos sobre ello.

 

Si necesitas recursos para gestionar los conflictos con tu hijo o hija de una manera respetuosa pero sin perder de vista tus necesiades te estamos esperando.

Curso “Empatía y Comunicación”

3 Claves básica para llevar tu día a día sin rabietas

Tenemos una agenda apretada y muchas veces necesitamos que nuestros hijos e hijas la sigan a nuestro ritmo. En situaciones como ir a compra, limpiando el hogar, mientras trabajamos en casa o incluso cuando estamos con nuestros amigos y amigas podemos cometer el error de dar por sentado que nuestros pequeños van a entender y a aceptar que, en ese momento, nuestras necesidades nada tienen que ver con las de nuestros hij@s y nos parecen prácticamente incompatibles.

agenda de mamá
En medio de las actividades y responsabilidades que tenemos, solemos perder la conexión tan necesaria e importante con nuestros hijos e hijas.  Esa conexión nos puede ayudar detectar a tiempo si están preparados para seguir con la agenda del día. Sin esa conexión, es fácil perder mucha de la información que nos proporcionan nuestros pequeños . Sin darnos cuenta, nos pueden estar indicando que necesitan descanso, un rato de juego libre, contacto físico o consuelo, hambre… Observar a nuestros hijos e hijas nos facilita identificar con más eficacia las señales que van emitiendo. Son señales muchas veces sutiles que, cuanta más observación y conexión exista, más evidentes se hacen.

Algunas de las situaciones en las que nuestros hijos e hijas “explotan” y dan rienda suelta al llanto y al enfado, van precedidas por una serie de “desatenciones involuntarias” por nuestra parte. Y soy consciente que son involuntarias porque sencillamente la mayoría de veces no somos conscientes que el tiempo, las acciones, las responsabilidades y necesidades… no son las mismas para todo el mundo, y ahí se incluyen también a nuestros pequeños, que también son personas. Y como personas que están creciendo y conociendo el mundo, tienen su propio concepto de tiempo, actividad, acción, responsabilidad y, sobretodo, necesidad.

También tengo claro que somos adultos que intentamos llevar a cabo nuestro día a día lo mejor que podemos. Al mismo tiempo,  hacemos malabarismos para poder atender a nuestros hij@s y pasar tiempo con ellos. Eso nos lleva a vivir situaciones en las que no podemos atender esas dos facetas al mismo tiempo. Eso puede hacer que echemos mano a frases como:

  • Ahora voy, no tardo nada
  • En seguida termino
  • Ahora no puedo, luego
  • Sólo un poquito más y ya está mamá contigo
  • …y muchas más que yo misma he usado con mis propios hijos.

Pero, ¿qué significado tienen las palabras nada, enseguida, luego, poquito… para nuestros pequeñ@s? ¿Qué les estamos diciendo realmente cuando las usamos?

Es perfectamente comprensible que cuando se está haciendo un encargo. una gestión, etc. necesitemos terminarla para cerrar tema y pasar a lo siguiente. E incluso diría que es lógico y normal que pidamos un poco más de tiempo para poderla realizar. La dificultad está en no encadenar dichas situaciones de tal modo que nos hagan perder de vista que hay unas personitas que nos están dando un montón de información sobre sus necesidades. Esa conexión de la que hablábamos antes y que nos está diciendo si pueden o no pueden seguir nuestro ritmo. En el momento en el que encadenamos esas frases de “ahora no puedo”, “enseguida estoy por ti…”, nos estamos arriesgando a que nuestro pequeño llegue a su punto límite de aguante y “explote”. Y redirigir esa situación es mucho más costosa cuando se ha llegado a ese extremo.

Entonces, la pregunta clave es, ¿cómo consigo llevara a cabo todas mis responsabilidades sin que le afecte a mi hija o hijo?

La respuesta es sencilla y, al mismo tiempo, complicada. Se tiene que dar un cambio muy importante en nuestra mirada: empezar de percibir a nuestros pequeños como personas con necesidades propias e igual de importantes que las nuestras.

Primera clave

Lo más destacable, y que ya he comentado anteriormente, es la observación. No pasar por alto una incipiente irritabilidad, un no perseverante, una demanda no habitual de reclamo… por parte de nuestro peque. Cuanto más se observa a una persona, más se la conoce. Y para conocer a tu pequeño necesitas mirarlo sin juzgarlo, ver cómo reacciona, qué expresa realmente su cuerpo, sus palabras…

Segunda clave

En segundo lugar, conectar. Conectar con esa necesidad de juego, de descanso, de tomar una decisión, de afecto… Comprendiedo el espacio e importancia que tu hijo o hija le da a esa necesidad. Puesto que, si para él o ella es importante, necesita que tú te des cuenta de ello.

Tercera clave

Por último, la previsión. Tener en cuenta cómo se encuentra tu hij@ y conocerlo te permite ser mucho más consciente de cómo tienes que llenar tu agenda diaria, los recursos que necesitas y la flexibilidad necesaria para poder adaptaros mejor el uno al otro.

Organización con hijos
Somos conscientes de que nuestro día a día puede ser difícil de conciliar con nuestros hijos e hijas. Por eso, plantearnos estos detalles puede ser un punto de inflexión en el modo de disfrutar del tiempo que pasamos juntos.

Y estoy segura que la mayoría de nosotras deseamos poder atender nuestras necesidades y las de nuestros pequeños, puesto que todos tenemos nuestra parcela de importancia. Encontrar el equilibrio es un trabajo personal que variará de unas a otras y que iremos perfeccionando con conocimiento, recursos, práctica y experiencia.

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Todo bajo control: comemos de todo

Tengo un menú semanal superequilibrado. En casa comemos de todo. Tengo una lista de la compra con las cantidades exactas que necesito comprar de cada alimento. Soy muy metódica haciendo la comida, las raciones… no quiero que mis hijos pasen hambre ni que coman demasiado, se que eso también es malo. Quiero que se sienten a la mesa durante las comidas, con nosotros, y que coman correctamente, sin sorber, sin jugar, sin hacer ruiditos, terminándose todo lo que hay en el plato sin rechistar, que se que es la cantidad de comida que deben comer a diario.

Y lo preparo todo con mucho amor. Pero la hora de la comida es un desastre. A los pocos minutos de empezar a comer se ponen a jugar entre ellos o con la comida. Me preguntan que hay de segundo y me miran ante la respuesta con cara de asco, como si no hubieran comido nunca aquello… A veces incluso les dejo estar un ratito en la cocina mirando como prepado la comida. O quieren levantarse para seguir jugando en el salón, como si no tuvieran hambre. A menudo no les apetece terminar su plato y tengo que ponerme sargento. Después a media tarde parece que vayan a comerse una vaca entera para merendar del hambre que tienen. ¿Por qué no…

… comen a las horas previstas?

… quieren terminarse su ración?

… les apetece aquello que siempre les había gustado?

… están sentaditos y en silencio comiendo tal como les enseñamos, como adultos, sin mancharse, sin moverse, …?

Tener todo bajo control es estresante e imposible. Porque nuestro cuerpo no es una máquina. Es eso, un cuerpo. El cuerpo sabe autoregularse: a los adultos no nos apetece comer siempre las mismas cosas, ni a las mismas horas, ni en la misma cantidad. Nuestro cuerpo nos indica cuando tiene hambre y cuando no, podemos intuir cuando nos apetece dulce y cuando salado… incluso sabemos si preferimos comer o hacer otra cosa. Al final de la semana, comemos de todo igualmente, ¿no crees?

No es algo que hayamos aprendido. Nuestro cuerpo nace sabiendo. Al crecer, nos acostumbramos a cumplir unas normas sociales, nos convencemos de que esa es la cantidad de comida que hay que comer y no otra porque lo dice tal o cual nutricionista de moda, creemos que es muy importante que comamos DE TODO (que no es lo mismo que de todos los grupos de alimentos)… y creemos que debe ser así también en nuestros hijos, ya que queremos lo mejor para ellos. Es para nosotros primordial que sean adultos bien educados y nutridos, preparados para todo.

Y se nos olvida que los niños, desde el momento en que nacen, SABEN cuando tienen hambre y cuando no, SABEN qué les apetece. Tienen curiosidad por descubrir el mundo y a veces SUS necesidades son distintas de las nuestras.

Y aunque el objetivo de su cuerpo y nuestro objetivo son el mismo, intentamos que coman de todo y nos preocupamos por su salud cuando pensamos que no es así.

NO hace falta tener todo bajo control. Dejemos un margen a la improvisación y la espontaneidad. Al fin y al cabo, seguro que comemos de todo (de todos los grupos de alimentos) de forma equilibrada planificando las comidas y teniendo variedad de alimentos en casa (frutas, verduras, legumbres, carne y pescado).

Si ahora no apetece comer, apetecerá en un rato.

Si quieren participar en la elaboración de la comida, dejemos que esten con nosotros, que nos ayuden de verdad. Ellos disfrutaran y les sabrá mejor la comida. Nosotros pasaremos un ratito con ellos a la vez que hacemos algo en casa: conviviremos sin darnos cuenta. Y es divertido.

Los horarios fijos, los menús incambiables, las normas sociales, los gurús de las dietas , las combinaciones perfectas de alimentos… pueden esperar.

Dejemos que sean criaturas, que descubran y experimenten y puedan comer lo mismo para desayunar durante meses, siendo su elección (por ejemplo atún con tomate) en lugar de la nuestra (cereales con leche). También están aprendiendo, a decidir y a ELEGIR POR ELLOS MISMOS, a tener una relación sana con la comida. ¿y ese es el objetivo, verdad?

Trabajo y maternidad, con Nahia Alkorta Elezgarai

Hoy tenemos el placer de tener en nuestro blog a Nahia, mamnahiaá de Aner (2012), Xuhar (2015), y sus dos proyectos Sabeletik Mundura y Loa-Lo.

 

Nahia es asesora de maternidad, lactancia, porteo y duelo gestacional y perinatal. Con toda esta formación a sus espaldas, se dedica al asesoramiento personal y a dar charlas y dar talleres. Además es distribuidora de portabebés y también vendre productos relacionados con la crianza.

 

¿Qué tiempo tenía tu bebé cuando retomaste la actividad en tu emprendimiento?

Cuando el mayor tenía un año me embarqué en la aventura de ser autónoma en España y he trabajado con el alrededor hasta que cuando cumplió tres empezó a ir a la escuela por las mañanas. Nuestro segundo hijo nació a los tres meses de que el mayor se escolarizara y yo retomé la actividad, a media jornada, a las seis semanas tras el parto.

Los primeros meses de un bebé no son siempre sencillos, sabemos que es un periodo nuevo y lleno de retos. ¿Cómo afecta la llegada de un bebé a los objetivos que te marcas en tu negocio? ¿Hay un antes y un después?

Mis proyectos laborales son como mis hijos, hay días en los que me necesitan más y otros en los que podemos separarnos un poquito más. Cuando me embarqué en esta aventura lo hice principalmente para hacer algo que me apasiona y que me permitiera que mis hijos siempre fueran la prioridad. La llegada del segundo hijo trajo aire fresco, un parón para arrancar con más fuerza. El embarazo me permitió organizar mi trabajo para que pudiera ralentizar el ritmo y adecuarme a la nueva situación. No considero que haya un antes y un después, es un continuum, igual que la crianza.

¿En algún momento te fue tan complicado compaginar tu emprendimiento con tu maternidad como para plantearte tirar la toalla? Y si fue así, ¿qué te hizo continuar?

Ha habido días con ganas de parar el mundo pero no por la conciliación si no por las condiciones pésimas que tenemos las autónomas en España. Me agota mucho emocionalmente por un lado lo injusto que es el sistema y por otro que mucha gente haga cosas similares sin cumplir con obligaciones fiscales. Hay meses en los que tal vez sería mejor tirar la toalla, pero cuando crees firmemente que lo que haces merece la pena y que colaboras a que tus nietos tengan un mundo mejor, la fuerza sale del corazón.

 

En una maternidad en la que se busca estar en contacto constante con el bebé, el tiempo que se pasa juntos es vital, así que dinos, ¿cómo organizas tu tiempo para poder disfrutar de la maternidad y ser productiva?

Trabajo en contacto, porteando o con el peque en un cojín de lactancia al pecho. Aprovecho las siestas en las que consigo no quedarme a dormir con el y las noches. Siempre he sido más productiva de noche por lo que todo el trabajo que no es directo con las familias, lo dejo para compartirlo con las estrellas.

Seguro que tienes siempre a mano algunas herramientas que te permiten estar con tu hijo a la vez que trabajar. Explícanos cuál es tu preferida.

La pelota de pilates y un buen portabebés. Con el peque a la espalda, música y los botes de pelota todo es más fácil. Ahora además esta entrando en la fase de gateo, por lo que una buena alfombra es mi mejor aliado.

A veces hacer lo que te apasiona absorbe tanto que las horas pasan volando, el cansancio se acumula y después no podemos afrontar el día a día con la misma energía. ¿cuál es tu secreto para planificar tus actividades sin dejar de lado nada importante y poder descansar?

Procuro ser realista y no programarme demasiadas cosas, la maternidad te obliga a no tener casi ninguna cosa totalmente establecida. Catarros, revisiones, vómitos de noche, pesadillas… inesperados son parte del día a día. Establezco mi trabajo según prioridad por prisa e importancia y según el tiempo que tenga en cada momento, elijo una tarea que pueda encajar en ese rato. Aprovecho los ratos de juego, por lo que las tareas las reparto en intervalos de más o menos 10 minutos y disfruto del placer de tachar cosas de las listas.

La 3 cosas que aprendí de Kirikú

La casa desordenada. Ropa por lavar, ropa por guardar. Hace tres días que no barres la casa. Platos sucios en el fregadero. La mesa de trabajo llena de tareas pendientes. Mails por responder. Y no sabes qué preparar para comer. No te has duchado esta mañana. Solamente tienes ganas de tumbarte al lado de tu bebé y adormecerte oyendo su respiración. Olerlo, mirarlo, abrazarlo, y descansar… es lo que deseas. Pero tienes tantas cosas por hacer…

Esta sensación de estar abrumada, la he vivido muchas veces. De vez en cuando, con dos criaturas de edades diferentes en casa, todavía la tengo. Pero la vivo diferente. Con el paso del tiempo y las cosas (algunas muy buenas, otras no tanto) que nos han sucedido, he aprendido a fluir, a saber delegar y priorizar desde el corazón, y no desde la mente.

Con esa percepción distinta y nueva, os cuento lo que yo aprendí al ser mamá:

  1. El tiempo no se detiene.

Recuerdo una serie de televisión, cuando yo tenía unos 15 años, donde una chica mitad humana mitad extraterrestre tenía el poder de parar el tiempo ( De otro mundo). Siempre he soñado con tener ese don. Pero llegué a la conclusión de que no es posible. El tiempo pasa, pasa muy rápido. Un día tu bebé está dormido la mayor parte del día, y sin darte cuenta se sienta solo y duerme un ratito por la mañana y otro por la tarde. Y al cabo de poco ha pasado un año y ya anda… Los primeros meses de vida de tu hij@ son alucinantes y maravillosos. Es increíble como adquieren habilidades y crecen día a día. Casi sin darte cuenta. No dejes escapar esos días preciosos por las tareas por hacer. Organízate para tener tiempo de estar con él. Tiempo suficiente para poder recordar sus primeras veces. Ese recuerdo será un tesoro para ti.

  1. Los objetos que te rodean sólo son cosas.

En serio, ya se que te encanta tener la casa limpia que huela a rosas y que todo esté en su sitio exacto. Y nadie mejor que tú para hacerlo si quieres hacerlo a tu gusto (como dice el dicho popular, “si quieres algo bien hecho, hazlo tu mismo”). Pero desengáñate: la mayoría de esas cosas que pueblan tu hogar, no las vas a recordar en unos años y ni siquiera te van a reconfortar. No te abrazan ni te hacen reír. No les prestes más atención de la que requieren: cuando llegue alguien a casa (pareja, madre, padre, amiga/o, etc..) y te diga “ya me quedo yo con el niño, ve a hacer lo que necesites”, si lo que pretendes es ponerte a lavar, fregar los platos, cambiar sábanas, barrer… atrévete a delegar. Todos los adultos podemos hacer las tareas del hogar. Seguro que alguna hay que quieres hacer tú, pero deja tareas para los demás. Si vienen a ayudarte, estarán encantados/as de colaborar de verdad.

  1. Déjate quererte.

A ti. Sí. A ti que además de madre, pareja, trabajadora/emprendedora, amante etc… sigues siendo tú. Guardar en tu día a día un ratito sólo para conectar contigo, para hacer algo que te apetezca hacer por ti y para ti, no va a ser enriquecedor, va a ser una salvación en determinados momentos. Sigue queriéndote y mimándote porque eres importante. Al menos para una persona en el mundo eres insustituible.

Hay un personaje de animación que nos encanta a toda la familia: se llama Kirikú. Es un niño africano muy especial (podría decirse que con mucha claridad mental.). Te dejo un fragmento de una de sus películas en la que una bruja ha envenenado a todas las mujeres del pueblo. Es un sencillo pero claro resumen de mi aprendizaje como madre:

 

Tu fisiología, tu instinto, tus hormonas, tu corazón saben que eres insustituible. La seguridad, confort y amor que tú, como madre, puedes darle a tus hij@s estando presente a su lado, no se la puede dar nadie más. Es una certeza que da un poco de miedo porque es una responsabilidad enorme. A la vez, es maravilloso comprender esa conexión especial y única que se tiene con los hij@s y dejar que ese vínculo ocupe el espacio que necesitas.

Maternidad y Conciliación

Si quieres saber cómo organizarte y planificar tu maternidad de una forma segura y empoderada, mira el programa que hemos creado.

En él descubrirás cómo atender a tu bebé cubriendo sus necesidades reales al mismo tiempo que optimizas el tiempo que necesitas para ti y tu negocio.

O si quieres, también puedes adquirir nuestra:

Guía práctica para organizarte durante tu posparto

Estrategia para criar hijos autónomos (que no autómatas)

 

La ropa nos define. Define nuestro estado de ánimo, cómo nos sentimos, a donde vamos, .. puede proporcionarnos libertad, o ser una cárcel, un factor limitante. Igual que el resto de elementos que rodean nuestra vida: las relaciones, el trabajo, los vecinos, la tele, …

Mi hija mayor, tiene ahora 5 años. Tiene un estilo digamos.. ecléctico: ella puede salir a la calle con una falda gris con corazones blancos y un ribete monísimo de color rojo, una camiseta verde, una chaqueta de chandal marrón con un dibujo en rosa, medias lilas y botas de montaña. A mí me cuesta un poco (a veces horrores) no cambiarla de ropa, no obligarla a vestir de otro modo, no forzarla a ser más “aceptable” para los demás. A ir más”mona”.

 

 

Por supuesto vivimos en sociedad, somos animales sociales, y buscamos la aceptación de nuestros congéneres. Sentirnos aceptados y parte de una comunidad nos proporciona seguridad y confort. Ese sentimiento de pertenencia a un grupo no debería estar reñido con ser como eres. Pero muchas veces lo está.

Seguramente ahora estáis pensando que soy una exagerada. Probad ésto: pensad en vuestros recuerdos de infancia, en qué ropa os ponían y en cómo os sentíais con ella, en cuántas veces os mandaban callar antes de decir dos palabras seguidas, en si os sentíais juzgados escuchando a los mayores hablar de uno sin tenerle en cuenta (estando presente). ¿Cuántas veces sucedieron esas escenas? ¿Creéis que cambiaron vuestra forma de comportaros, vuestra manera de presentaros al mundo? No hablo de las normas básicas de convivencia, sino de esos detalles sutiles que fueron dando forma a al concepto de vosotros mismos desde el exterior.

 

 

Tampoco se trata de comentarios ni miradas malintencionadas, aunque esconden (muchas veces de forma subconsciente) juicios y suposiciones:

¿te vas a poner esa ropa?

¿ya come bien?

¿es buena niña?

¿se porta bien?

Y podrían traducirse, más o menos así:

¿quieres ir así vestida?

¿come todo lo que tu quieres cuando tu quieres y como tu quieres?

¿está callada y quieta y sin molestar cuando tu deseas?

¿hace lo que le dices cuando y como se lo ordenas?

Llevamos éstas frases llenas de juicios de valor grabadas a fuego en la frente. Y son valoraciones vacías que regalamos a nuestros hijos en cuanto nos despistamos.

 

Los comentarios y valoraciones que expresamos deberían ser positivos y respetuosos, o presentar una crítica constructiva. Eso nos permitiría seguir acompañando el libre desarrollo de la autoestima, la autonomía, el criterio propio y la libertad de nuestros hijos para ser en función de su propia esencia.

 

Durante mis embarazos, pensaba en como me gustaría que mi hija fuera de mayor. Me gustaría que fueran (ambas, cada una a su manera) grandes personas, y pensaba en una lista como ésta:

feliz

valiente

inteligente

divertida

sana

con voz (propia)

con personalidad (propia)

con autestima

cariñosa

con criterio (propio)

 

Si hacéis una lista de vuestros deseos, seguramente se parecerá a ésta.

¿Pero qué sucede en nuestro día a día, cuando no hace lo que necesitamos que haga, cuando no se viste como quisiéramos, cuando no sigue el ritmo marcado (por nosotros)?

¿cómo reaccionáis?

 

Queremos hijos con voz propia, que no se dejen engañar, que sepan defenderse, que tengan opinión. Para que pueda ser así, debemos propiciar que esas cualidades se desarrollen en ellos.

 

Pero como ya he dicho, vivimos en sociedad: hay horarios, responsabilidades, prisas, una logística organizada… y se nos olvidan los deseos y vamos a lo que nos parece más rápido (que conste que eso nos pasa a tod@s), y el resultado suele ser un conflicto.

Cuando no escuchamos ni dialogamos, no estamos permitiendo las opciones, ni que sea el niñ@ quien decida. Entramos en modo institutriz. Y el conflicto acaba en lucha de poder. A la vez, ya no estamos propiciando

su individualismo (quiero hacer algo distinto a lo que tu me dices),

su capacidad de decisión (y si lo hiciéramos de otro modo),

su autoestima (lo que yo digo o pienso no se tiene en cuenta),

ni su criterio (mi opinión no vale, vale la de los demás).

 

Entonces, ¿cómo gestionamos éstas situaciones? Hay algunas estrategias que pueden ayudar. En mi caso, me funciona lo siguiente:

 

  1. Respira. Tu hij@ tiene opinión y sentimientos. Párate un momento y respira hondo antes de hablar. Muchas veces vamos tan acelerados que necesitamos que obedezca a lo que pedimos sin pensarlo dos veces. Tenemos tantas cosas que hacer que el comportamiento de tu hij@ descuadra con el horario establecido.
  2. Escúchate. Pregúntate qué necesitas en ese preciso instante, que te molesta, para esperar que tu hijo te obedezca sin rechistar. Qué hace que no quieras ceder ni escucharle. Por qué te pones a la defensiva.Este punto es muy importante. Vivimos en una sociedad burocratizada, “normalizada”, con horarios, obligaciones, objetivos y reponsabilidades que asumimos como necesarias todo el tiempo, y que a veces, nos limitan. Organizamos nuestro día a día al segundo, no hay espacio para discutir. Ni siquiera con nosotros mismos. Tal vez al pasar por alto nuestras necesidades, también perdemos la capacidad de escuchar las necesidades de los demás.
  3. Escúchale. Que quiere decirte. Establecer un diálogo con tu hij@ te ayudará a conocerle, a saber como se siente, que es lo que piensa.. y si lo haces a menudo, verás como le apetece hablar más contigo y contarte sus cosas. Da igual si tiene un año, tres, cinco o diez. Nuestros hijos tienen vivencias y experiencias desde que nacen (incluso antes), saberse escuchado reconforta; estás plantando la semilla que servirá para crear una relación madre-padre/hij@ basada en la comprensión, la confianza y la complicidad.
  4. Sé práctic@: piensa en cuántas veces la posición “porque lo digo yo” ha iniciado una batalla de leones/leonas que todavía ha alargado más la situación problemática. Ejemplos:-irnos a dormir ya-terminarse todo lo que hay en el plato-ir a ducharse-nos vamos ya del parque

    -la ropa que ponerse

    -…

    Ahora piensa en alguna de éstas situaciones, ¿cómo se hubiera desarrollado si en lugar de insistir en modo institutriz, te hubieras parado a preguntarle a tu hij@ por qué no quiere, qué le pasa, o simplemente escuchar su demanda? Quizás solamente quería hacerte una pregunta, a lo mejor estaba contento y quería darte un abrazo (maravillosos abrazos espontáneos)..

Seguramente en lugar de emplear 10 o 15 minutos en “resolver” el conflicto con rabieta, lloros o chillidos              incluidos, emplearías 5 min en escucharos y llegar a un acuerdo.

 

Todo aquello que hacemos desde la plena conciencia en lo que sentimos y pensamos, nos enriquece a nosotros y a nuestros hijos.

 

Lo mejor de mi estrategia, es que aunque al principio cuesta horrores, a medida que voy practicando, me escucho más, paro a respirar sin pensarlo, cambio mi mirada antes de hablar. Y cuando no lo consigo, también me resulta más fácil rectificar, disculparme (desprenderse del tozudo orgullo de querer tener razón también es un aprendizaje).

Y al meterme en la cama y repasar lo que he vivido ese día, me siento más orgullosa de mí misma. Y más orgullosa de mis hijas.

Y eso es maravilloso, ¿no crees?

La escuela, el médico y la toma de decisiones

El viernes pasado me llegó una notificación escolar. En realidad, algunos niños de la clase de mi hija, hacía unos días que contaban que iban a venir unos médicos al cole.

En la revisión, de la que no te explican qué van a revisar de la salud de tu hij@, no va a estar ni su padre ni yo presentes. No entiendo el motivo de la dicha revisión. Me cuestiono algunas cosas:

1.Para empezar, ni a los alumnos, ni a sus tutores legales (los padres) se nos ha explicado en qué consiste la revisión (ésto es un derecho del paciente; como el paciente es menor, quien debe ser informado de los procedimientos a seguir, son los padres o tutores legales)

2.Además, si la revisión se efectúa en la escuela, se deja al niño sin la posibilidad de estar acompañado por alguien de confianza (éste es otro derecho de los pacientes)

3.Puedo entender que se quiera tener una idea de cómo está la salud de la infancia, pero esa estadística puede hacerse con los datos que se obtienen de los niños que sí van  a hacerse una revisión médica. Si no se tienen suficientes datos, y son realmente necesarios, que incluyan más revisiones pediátricas entre los 2 y los 10 años. Con el pediatra de tu hij@, y contigo a su lado.

 

derechos y deberes

Siguiendo con mi reflexión sobre si autorizar o no la revisión, me percato de que:

-se mezclan competencias de salud y de educación: ¿por qué hacer revisiones en los colegios?

-si autorizo la revisión, estoy renunciando (yo, en nombre de mi hij@) a que alguien conocido le acompañe durante la revisión y le explique lo que necesite

-si fuera necesario realizar más revisiones pediátricas, ya estarían incluidas en el calendario de salud… digo yo

 

Así que no he autorizado la revisión.

Es una opinión muy personal, lo se. También se que la salud no es solamente la ausencia de enfermedad. La salud es un estado de bienestar físico, mental y emocional. Buscar parámetros de enfermedad física para saber sobre el estado de salud de una franja de la población es algo simplista. Y con esto, no me refiero a la función del personal sanitario, sinó al política estatal. ¿Qué pasa con la composición de los alimentos destinados a la población infantil? ¿Qué pasa con la práctica de ejercicio físico, las actividades al aire libre, el tiempo que un niñ@ pasa con su família.., y que le permitirán crecer en un estado de bienestar real? ¿Se hacen estudios estatales para saber qué emociones predominan en los niñ@s? ¿Si se sienten felices, frustrados, alegres, rabiosos…?

 

Cada vez más a menudo me da la sensación de que se obvian la capacidad de decisión, la visión crítica y la opinión de las personas, en aras de la seguridad, la salud, la prevención de lo que sea,… Y la verdad es que muchas veces nos dejamos llevar por esta corriente de desinformación informada, nos parece bien y no escuchamos esa vocecita interior que empieza a decir “¿seguro que esto es necesario?”, y la silenciamos. Y eso sí que es un problema, porque al final nos creemos todo. Al final creemos que no tenemos poder de decisión: lo hemos cedido.

Por si acaso.

Porque lo hacen por mí.

Porque saben más que yo.

Porque yo no sé.

 

No lo hagáis. No cedáis a la corriente sin escuchar vuestra vocecita interior. Seamos críticos. Preguntemos cuando tengamos dudas. Cuestionemos cuando no nos parezca correcto. Formémonos una opinión antes de decidir.

Parece una exageración lo que hoy os estoy contando (solamente es una revisión en el cole, por favor…), pero se trata de nuestro bienestar y el de nuestros hij@s. Y de enseñar a nuestros hij@s a pensar, cuestionar, preguntar, decidir con voz propia. Porque el no decidir lleva a ceder ese poder sobre lo único que nos pertenece: nuestra vida. Y entrar en esa inercia, aunque sea con la decisión más trivial, es peligroso.

Así que, si os encontráis en la misma situación, o en cualquier otra, escuchad vuestra vocecita interior. Formaros una opinión sobre lo que os preocupa antes de decidir. Decidáis lo que decidáis, pensadlo primero.

Eso es bueno, es sano, es sabio. Y si la decisión es autorizar la revisión en el cole, perfecto. Siempre que sea vuestro criterio, y no la inercia la que os lleve a tomarla.

Empodérate.

3 razones para respetar el ritmo de nuestros hijos aun teniendo poco tiempo.

Si hay una cosa de la que estoy prácticamente segura es que a la mayoría de madres nos preocupa la alimentación de nuestros hijos. Aunque eso pueda implicar que entendamos ese concepto desde puntos de vista diferentes.

Preguntas sobre cómo hacer que coman verdura o fruta, acepten el pescado o dejen de comer bollería industrial, suelen ser temas recurrentes entre las madres. Con más o menos inquietud abordamos estas cuestiones y tomamos decisiones que irán acordes a nuestra manera de entender la alimentación.

Sea lo que sea que entendamos por una nutrición correcta, en general, tenemos la idea de que debemos generar un listado de alimentos, unas cantidades y una frecuencia en consumirlos. Idea que viene avalada cuando, al cumplir X meses (y pongo una X expresamente porque lo de la lactancia exclusiva hasta los 6 meses no todos los pediatras lo respetan), salimos de la consulta con un papelito que nos dice exactamente eso: alimentos, cantidades y frecuencia de lo que debe comer nuestro bebé.file0001564894818 (1)

Estas pautas, sobretodo justo después de salir de la consulta, pueden dar la seguridad y confianza que muchos padres necesitamos para tener la certeza que estamos haciendo “lo correcto” en lo que a alimentación se refiere. Todo es medible y concreto, lo que hace crear la idea que “eso” es lo normal y salirse de esas indicaciones puede ser motivo de alarma.

Así pues, cuando nos iniciamos en la alimentación complementaria, nos proponemos cumplir los objetivos que nos ha marcado el pediatra o la enfermera en esa guía sobre alimentación. Empezando por cómo y cuándo deber comerse la papilla de cereales, hasta cuántos gramos de carne debe contener la papilla de verdura, son orientaciones que demasiadas veces se toman como inamovibles.

Y mis preguntas vienen ahora.

¿Qué hacemos si nuestro bebé no quiere comer todo lo que le ofrecemos?

¿Cómo nos sentimos si rechaza la comida?

¿Qué recursos usamos cuando no comen lo que creemos que deben comer?

 

Cuando una madre tiene un bebé que se lo termina todo, muestra orgullosa al mundo lo buen comedor que es su bebé. Y todo el derecho que tiene, faltaría más. Igual derecho que tiene la madre del bebé que sólo se ensucia los labios con la comida, pues el concepto de buen o mal comedor está asociado a la cantidad y variedad de comida que ingiere el bebé. Y esa idea no respeta las individualidades de cada uno de nosotros.

Si somos capaces de entender que dos adultos no necesariamente tienen los mismos gustos ni requieren la misma cantidad de comida, ¿por qué nos cuesta tanto aceptar que pasa lo mismo con nuestros hijos?

Nosotros estamos preparados al nacer para saber cuándo tenemos hambre y cuando no, aunque la mayoría de nosotros tenemos esa capacidad un poco olvidada, por no decir atrofiada.

También tenemos la capacidad de distinguir olores y sabores que nos harán preferir una comida a otra. Porque cada cual tiene sus propios gustos, ¿no?

En el momento en que dictamos una lista de alimentos con sus frecuencia y cantidad fija. En el momento en que decidimos que un bgalleta para niñosebé necesita tomar un alimento concreto sí o sí (sin que haya una “prescripción médica”)… ¿Estamos respetando la capacidad de decidir de un bebé si tiene hambre o no? ¿Respetamos su capacidad de decir “no me gusta”?

Si partimos de la idea que un bebé (o no tan bebé) es consciente de su necesidad de comer o no y de saber si un alimento le gusta o no, llega un momento en el que ese bebé puede rechazar la comida, ya sea porque no tiene hambre o porque no le gusta.

 

 

En esa situación, ¿qué hacemos?

  • Distraerlo para que coma más (tele, teléfono, haciendo el avión…)
  • Dejarle sin algo que le gusta (postre, juego, nuestro rechazo…)
  • Darle un premio para que se lo termine (puede ser algo tangible, pero también sería un premio la aceptación del adulto)

Si nos fijamos en estos ejemplos, que está claro que podrían ser más, nos daremos cuenta que entran en acción aspectos emocionales del desarrollo de nuestro hijo o hija. Ya no estamos hablando de razones nutricionales estrictamente.

Poniendo como principal objetivo, sin tener en cuenta nada más, que nuestro bebé se termine lo que nosotros consideramos necesario, podemos llegar a usar recursos que afecten a aspectos que no son estrictamente nutritivos. Y creo que hay razones suficientemente importantes para no ir por ese camino:

Razón 1:

Con mucha frecuencia se usa el chantaje y el castigo para conseguir que nuestros hijos se coman el plato que les hemos puesto delante. Y no sólo me refiero a quedarse sin jugar o sin postre.

También podemos emplear, aunque no seamos conscientes de ello, un chantaje emocional que aprovecha el fuerte vínculo que tenemos con nuestros hijos. Frases como: “si comes mamá/papá estará contenta/o” o “si no te lo comes mamá/papá se enfada” son recursos muy potentes, puesto que es fácil asociar comerse el plato a ser aceptado y querido por mamá (o papá, claro): si me lo como mamá estará contenta, no se enfadará y entonces me va a querer.

¿Qué motivos tienen entonces para comer lo que les hemos puesto?

Razón 2:

Es cierto que los padres y madres necesitamos tener el control, queremos estar seguras de que nuestros hijos comen y se alimentan correctamente, y eso es bueno, pero no en detrimento de su salud emocional.

A veces no es tanto el hecho que se terminen lo que les damos sino facilitarles el acceso a alimentos nutritivos que no perjudiquen a largo plazo su salud. De este modo también estamos favoreciendo su nutrición. El ejemplo que podemos darle nosotros de una dieta nutritiva y saludable puede llegar a ser más eficaz que forzarle a comer aquello que no quieren comer.

Razón 3:  

Respetando sus necesidades nutricionales le estamos ayudando a largo plazo. Cuando te encuentres delante de una situación que genere conflicto entre tus necesidades y preocupaciones como madre y las necesidades y decisiones de tu hijo porque no quiere, por ejemplo, comerse lo que has preparado, piensa en cómo te gustaría que reaccionara delante de alguna cosa que no le gusta en la vida y que es malo para él. Estoy segura que tú no tienes intención de ofrecerle nada malo, pero estamos hablando del aprendizaje emocional que queremos que haga nuestro hijo: decir no.

Aprender a comer no sólo es ingerir una serie de alimentos que nos han dicho que debe comer nuestro hijo o hija. Es cierto que la alimentación de nuestros pequeños es importante para su correcto desarrollo, pero partiendo de la idea que es un aprendizaje y que eso implica aspectos del desarrollo que van más allá de la nutrición, nuestra responsabilidad también debería estar enfocada en respetar esa experiencia para que puedan crecer globalmente sanos, tanto física como emocionalmente.

En todo este camino pueden surgir dudas, conflictos y replanteamientos. Te animo a reflexionar y acompañar las emociones que nos generan a nosotros, los adultos, y en cómo podemos resolverlos partiendo desde el respeto hacia nuestros hijos y también hacia nosotras mismas.



  

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Laia Simón

Laia Simón

Soy mujer, eso lo primero. Y el ser mujer me ha dado la oportunidad de ser madre de 5 criaturas que me han enseñado a serlo de modos muy distintos.
Me siento afortunada de poder ver la vida con emoción, pese a que las lágrimas me llenan los ojos con mucha facilidad.
Y ahora deseo lanzar mi experiencia y mi conocimiento acompañando a otras mujeres en un camino que no siempre es fácil: la maternidad.
Para ello, me he formado como asesora de porteo Mimos y Teta y como Asesora Continuum.
Y sigo formándome, y sigo aprendiendo, y sigo comunicando… es mi pasión.
www. nunnutit.com


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Lo que la maternidad me quitó… y me dio

Yo siempre quise ser madre. No me preguntéis por qué, ni siquiera soy capaz de saberlo. Sólo sé que me imaginaba muchísimas veces con barriga, embarazadísima. Me gustaba recrearme en la visión de cómo sería mi cuerpo llevando un bebé dentro.

Pero pasaron los años y muchas cosas en ellos. Y, del mismo modo que sí, dije que no, que eso de ser madre no era lo mío. Que para ello necesitaba contar con alguien del género masculino (sé que en el fondo no es así, pero era lo que creía en ese momento) y no me daba la gana de ser tan dependiente.

En fin, no voy a entrar en juzgar si eso o si aquello. La verdad es que ahora mismo no me importa en absoluto.

El caso es que yo llegué a la maternidad casi por casualidad. Me la pusieron delante y acepté. Fue una mezcla de miedo por cambiar de opinión, no sentía la necesidad de ser madre, y deseo de alcanzar algo que me había hecho ilusión en su día.

madre y bebé

 

Es curiosa la transformación del cerebro cuando se genera vida en el cuerpo de una mujer.

Una vez me quedé embarazada empecé a tranformarme. Y ahora que lo veo con la distancia, puedo asegurar que no me di cuenta en absoluto hasta unos meses después de haber parido.

A mí me cambiaba el humor de blanco a negro, y podía llegar a llorar al leer que un bombero había rescatado a un gato subido en un árbol. Sí, un tanto ridículo. Pero he de reconocer que, pese a mis dolores de espalda, fueron unos meses absolutamente maravillosos. Era todo ilusión.

No tuve que plantearme nada. No sentí esa necesidad.

¿Darás el pecho? Ni idea, lo que surja

¿Querrás epidural? Y yo que se… nunca he parido.

¿Lo dejarás llorar? (mmm, no, esa pregunta nunca me la hicieron, todavía no se estilaba otra opción)

Traer al mundo a una criatura se limitó a contestar constantemente a dos o tres preguntas que respondía con evasivas. Ah, bueno, y si era niño o niña, claro.

Las preguntas llegaron luego. Y vaya si llegaron. Después de parir, una vez en casa, torrentes de cuestiones me asediaban día y noche. Bocanadas de emociones que no me dejaban pensar con claridad. Madre mía, qué puerperio…

 

Llegar a la maternidad me quitó la tranquilidad y me regaló la angustia.

 

Y como os podéis imaginar, pese al amor que sentía por aquel pedacito de carne, muy feliz no parecía que fuera mi posparto, claro.

Pero como dice el dicho, después de la tempestad llega la calma. Poco a poco tomé las riendas y dejé fluir mis decisiones hacia un camino desconocido al que llamaban “Crianza respetuosa

Y ese fue el gran robo al que fui sometida: la maternidad me separó de muchas personas.

Empecé a tomar decisiones, a cuestionarme un montón de ideas preconcebidas, a ver que había cosas que no me hacían sentir bien, a rechazar consejos de personas a las que quería y que, al mismo tiempo, no aceptaban con agrado ese rechazo.

Entonces empecé a ser juzgada.

Llevarlo en brazos, darle teta, acompañar sus rabietas, respetarlo en sus comidas, dar nombre a sus emociones… todo tenía que ser justificado, defendido.

 

Todo lo que para mí empezaba a cobrar sentido se convirtió en una guerra.

Y, como en todas las guerras, se crean dos bandos: los buenos y los malos.

Y lo más triste, una guerra en la que quise luchar a capa y espada juzgando a todo y a todos los que no seguían mi camino, mi verdad.F100006379

La lucha me separó de personas muy próximas a nivel emocional, al mismo tiempo que me acercaba a otras más afines a mi modo de pensar. En algunos casos no me importó, al contrario. En otros dolió mucho, muchísimo. Fue una manera de conocer a la gente que me rodeaba y de conocerme a mí misma.

Pero estar en lucha constante agota, desgasta y, en el fondo, muy en el fondo, no aporta mucho más que eso, cansancio.

Sigo creyendo en un modo de traer al mundo a los hijos, a criarlos, a alimentarlos, a quererlos, a educarlos… que sigue estando en disonancia con muchos de los credos y acciones que veo día a día. La diferencia entre ahora y hace siete años es que tengo mucha más información, experiencia y formación que me han hecho reafirmar lo que en aquel entonces sólo intuia.

Desde esa prespectiva, mi deseo es acompañar a otras madres. Para informarse, para empoderarse, para que luchen por lo que creen que es mejor para ellas y sus crías. Porque, al fin y al cabo, a lo largo de nuestra vida nos encontramos con muchas y diversas opiniones para todo, así que, una vez nos vemos con todas las cartas sobre la mesa, tengamos la libertat de elegir la que mejor nos vaya para nuestra juegada maestra.

Laia Simón

 

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