La técnica del muro de cristal

Hoy quiero hacer un ejercicio. Ayer en un directo estuve hablando de una herramienta que yo uso con mucha frecuencia y utilizo en mis talleres, formación, incluso en asesorías individuales. Se trata de la técnica del muro de cristal.

Es una herramienta, enfocada en la educación y crianza de nuestros hijos, pero que nos permite vivir con tranquilidad en situaciones en las que recibimos una crítica. Porque merecemos vivir estas situaciones sin perder los nervios, sin sentirnos incómodas, nerviosas o irritadas.

Dale al <<play>> y descúbrela:

Si necesitas más información puedes enviarme un correo a laiasimonmartin@gmail.com y resolveré tus dudas.

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Descubre el botón que activa tu ira al poner límites.

Quiero hacerte una confesión.

Durante un tiempo he saltado a la yugular cada vez que alguien criticaba mi forma de criar y educar a mis hijos. Desde comentarios dirigidos a dar el pecho a mi hijo de 4 años hasta los que juzgaban la forma de resolver una mentira de mi hija, hacían que me posicionara ante el enemigo enseñando uñas y dientes para protegerme a mí y a mis crías del impacto negativo que generaban esos mensajes.

Sin embargo, descubrir el motivo real que activaba esa forma de reaccionar ante las críticas y los juicios, hizo posible cambiar y que empezara a vivir esas situaciones con una seguridad y confianza que, una vez probada, ya no he querido soltar para nada.

Esta forma de reaccionar que yo tenía me convirtió en una persona que solía estar a la defensiva cuando me relacionaba con las personas que hacían estos comentarios. Muy a mi pesar, formaban parte de mi entorno habitual y trataba con ellas a menudo. Así que estaba en este estado de alerta con frecuencia y me sentía agotada. Ahora que lo veo desde la lejanía, me doy cuenta de que tenía instalado en mí un enfado constante con el mundo.

¿Y cuál es ese botón que hace que se active nuestra ira?

Para responder a esta pregunta es necesario comprender que la ira es un sentimiento que tiene una función específica que nos ha ayudado a sobrevivir a lo largo de nuestra historia. La ira se activa cuando hay algo o alguien que impide que nosotras podamos satisfacer alguna de nuestras necesidades universales. Si esto ocurre, ese botón se enciende para protegernos y eliminar con nuestras acciones las barreras que obstaculizan nuestro objetivo.

Traducido al contexto de la crianza, nuestra necesidad es la de elegir con libertad cómo educamos a nuestros hijos. Y vivimos como barrera que impide que podamos alcanzar esa meta la crítica o el juicio que expresan las personas de nuestro entorno.

¿Pero eso es realmente así? ¿De verdad tienen ese poder?

Mi respuesta es no. Por supuesto que no.

Ahora que ya conoces el origen y la función de esa ira que en ocasiones te invade, te va a resultar más sencillo realizar pequeños cambios que van a dar resultados muy significativos. Llegados a este punto te voy a proponer que afrontes estas situaciones desde otra perspectiva.

En primer lugar, cuando empieces a notar que te invade la ira, dale las gracias. Ella es la que te va a ayudar a comprender que hay algo importante en ti que quieres proteger. ¿No es maravilloso que te pueda avisar? Dale suficiente espacio en tu interior para asimilar el mensaje que quiere transmitirte y decidir de forma consciente cómo quieres darle respuesta.

Después, hazte las siguientes preguntas:

¿A quién le vas a dar el poder de tomar tus propias decisiones para poder elegir libremente cómo educar a tu hija o hijo?

¿Qué estás dispuesta a hacer para dar respuesta a esa necesidad que se ha visto vulnerada al recibir la crítica o juicio?

Como ves, te invito a que pongas en practica la teoría. Porque, en realidad, es cuando vas a ver qué ocurre al vivir estas experiencias desde nuestro interior.

Y esta es la idea que quiero transmitir en el taller “No pisar. Cómo poner límites a las personas que nos rodean”, puesto que durante las 2 horas que va a durar, vas a descubrir cómo, realizando pequeños cambios, puedes empezar a vivir estas situaciones con la calma, seguridad y aplomo que te mereces.

Porque estar constantemente enfadada con el mundo te aseguro que no es nada agradable.

Reaccionar ante las críticas sí es importante

Hoy quiero hablar sobre cómo reaccionamos ante las críticas que recibimos de las personas que nos rodean.

¿Por qué sí es importante saber reaccionar ante estas críticas? Un denominador común que yo he observado sobre nuestras reacciones a las críticas es que muchas veces no sabemos cómo reaccionar. “¿Y ahora qué le digo yo a esta persona? ¿Le salto a la yugular?, ¿me pongo en modo zen?, ¿me callo?”

Muchas veces la forma en que reaccionamos al comentario nos afecta, nos remueve muchísimo. Porque en el fondo la forma que hemos tenido de reaccionar no nos está haciendo sentir bien, porque no cubre lo que realmente queremos en ese momento. 

En el vídeo siguiente te cuento más:

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Los efectos de quedarte callada que vas a desear evitar

Nuestra forma de reaccionar afecta a nuestros estados de ánimo, a nuestra autoestima y también a nuestros hijos, puesto que aprenden por imitación cómo reaccionar ante personas que traspasan nuestros límites o, lo que es más grave, no tienen claro que son los límites y por qué son tan necesarios.

Recuerdo la primera vez que una persona se dirigió a mí diciéndole a mi hijo de año y medio que ya era demasiado mayor para tomar teta y que si seguía iba a ser siempre un bebé y nunca crecería.

No supe reaccionar y me quedé sin saber qué decir. Dudaba de cómo responder: ¿debía ser agresiva y decirle que no se metiera en temas que no le incumbían? ¿quitarle importancia al comentario y hacer como si nada hubiera pasado? ¿decirle algo al niño? Pero no, no hice nada.

Estas situaciones son muy comunes y soy consciente que pueden hacernos sentir frustradas por no saber parar los pies a la persona que hace este tipo de comentarios.

En mi caso, no sólo fue la frustración, si no también la rabia por no haber tenido la habilidad en ese momento de reaccionar ante aquella persona. ¿No os ha pasado nunca que después de un conflicto habéis tenido un montón de ideas de cómo hubierais reaccionado? Pues también me pasaba a mí.

Pero lo que realmente me hizo reaccionar y sentir miedo y preocupación fue darme cuenta de cómo podía afectar a mi hijo y a mi hija, que por aquel entonces solo era un bebé de 3 meses, no sólo por las críticas y comentarios que iban recibiendo si no por el modelo que aprenderían si yo no reaccionaba protegiéndome a mí y a ellos.  

El blanco de las críticas podemos ser nosotras: “ya no tienes leche”, “lo que haces es malcriarlo”, “si le das la teta cada vez que llora, siempre la querrá cuando se frustre”… Pero también lo pueden ser nuestras criaturas: “eres un consentido”, “lo que haces es de bebés”, “así no te harás mayor nunca”…

¿No se merecen ellos recibir protección ante esos ataques?

¿Y nosotras? ¿No nos merecemos saber protegernos ante esos comentarios?

En mi opinión sí, y ahora puedo afirmar que no me quedo callada, aunque no siempre uso los mismos recursos para afrontar los comentarios desagradables o críticas que me han hecho las personas de mi entorno.

No todas las situaciones son iguales y por eso no siempre es necesario reaccionar de la misma manera. En ocasiones se requiere dirigirnos directamente al niño, obviando al adulto, para protegerlo y revertir el impacto que pueda tener la crítica o comentario que ha hecho el adulto.

En otras ocasiones, sobre todo cuando no estamos con nuestras criaturas, hablar con el adulto y establecer el límite con firmeza será clave. Sin embargo, incluso aquí habría muchos matices sobre cómo intervenir: frase corta y concisa, exposición de tu límite con la consecuencia de no respetarlo, explicación detallada sobre el porqué de tu límite… Dependiendo de la persona con la que hablemos, de cómo nos encontremos nosotras e incluso del tema en cuestión que estemos tratando, hará que usemos unos u otros recursos.

Sea como sea, saber reaccionar ante la crítica y los ataques sí es necesario ¿y sabéis cuándo yo lo vi perfectamente claro?

Pues fue el día en el que vi a mi hija Cèlia responder a su padre con firmeza y convencimiento ante un juicio que éste había emitido sobre cómo iba vestida. Tenía alrededor de los 3 años, hablaba por los codos, pero solo emitió 2 palabra: “vale papa”. Continuó con lo que estaba haciendo y al cabo de nada se giró y le dijo “yo me pongo la ropa que me gusta” Y siguió con su juego.

Esa misma reacción se la he visto repetir en varias ocasiones y en contextos diferentes y, que queréis que os diga. 

Mi tranquilidad en este tema está prácticamente asegurada.

Saber reaccionar ante la crítica y los ataques a nuestras decisiones es necesario para evitar nuevas situaciones, para protegernos a nosotras mismas sintiéndonos más seguras y confiadas y, sobre todo, para proteger a nuestros hijos e hijas, no solo dando un modelo al que imitar de firmeza y autoestima, si no también para que ellos mismos se sientan seguros y con confianza y crezcan sabiendo que merecen sentirse así.

¿Cuántas veces has dado explicaciones y te han tomado por el pito del sereno?

Hoy quiero compartir la experiencia personal que marcó un antes y un después en la forma de relacionarme con las personas de mi entorno y que en muchas ocasiones me generaba malestar y crispación. 

Es muy probable que hayas vivido situaciones en las que un familiar te critica por darle el pecho a tu hijo de 2 años, por no castigarle cuando rompe algo o por llevarlo en brazos cuando está cansado. 

En mi caso, la experiencia que viví fue en una comida familiar. Por aquel entonces mi hijo mayor tenía 6 años y no hacía más que sentarse y levantarse de la mesa a medida que iban apareciendo o terminando platos nuevos. Eso pareció molestar a una de las personas adultas que estaban sentadas en la mesa, que terminó riñendo al niño amenazándolo de no darle postre si no se estaba sentado. 

Recuerdo perfectamente que en ese momento me invadió la rabia y la indignación, y a punto estuve de saltar a la yugular. Sin embargo, mi reacción esa vez fue muy diferente. Y el resultado también. 

Pude mantener la calma porque, antes de decir nada, me puse a mí delante, con mis necesidades, mis principios y, sobre todo, los límites claros que no estaba dispuesta a obviar. Esos instantes que llevaba trabajando durante tiempo me permitieron enviar el siguiente mensaje:
– Yo quería respetar el desarrollo de mi hijo y sus necesidades y la de estar sentado en una silla durante 2 horas como mínimo no estaba dentro de mis planes
– Quería pasar un buen rato en familia y no quería entrar en discusiones absurdas sobre decisiones que ya había tomado y sobre las cuales no pedía opinión. 
– Que comprendía y aceptaba que otras personas no pensaran igual que yo y que todo era cuestión de encontrar un contexto en el que encontrarnos para estar todos contentos. 
– Estaba dispuesta a encontrar otra forma de relacionarme con mi familia si no se respetaba mi decisión sobre el conflicto que estaba ocurriendo, y que de la misma forma que nos encontrábamos en una casa para comer, nos podíamos encontrar en un parque para hacer un pick-nick. 

Tengo que reconocer que yo misma me quedé sorprendida de mi reacción y, sobre todo,  del poder que tenían esos instantes previos a la reacción que solemos tener cuando alguien nos critica o increpa a nuestro hijo o hija ante una situación determinada. 

Y es que cuando queremos poner límites, solemos cometer el error de pensar que son siempre las otras personas las que tiene que actuar de forma automática para sentirnos en paz nosotras y se nos olvida que, en la mayoría de casos, tenemos la capacidad de tomar acción para cuidar de nosotras mimas. 

A lo largo de este tiempo he desarrollado habilidades para poder afrontar la crítica con seguridad y confianza y os tengo que confesar que es un placer inmenso de poder y capacidad de decisión que, una vez lo pruebas no quieres soltarlo jamás. 

Ahora, tú también tienes la oportunidad de vivir estas situaciones desde la confianza y seguridad que te mereces, no sólo por ti, también para tu hijo o hija, que te ve cada día y aprende de cómo reacciona y te relacionas con los demás. 

¡No pisar! es un taller on line en el que encontrarás herramientas y recursos prácticos para poner límites a las personas que te rodean con seguridad y confianza en ti misma.

Comprende la culpa cuando aparece y actúa

Hoy vengo a hablar de culpa.

Parte de mi trabajo consiste en acompañar a mujeres en el reaprendizaje de la resolución de conflictos con sus hijos e hijas. En ese trabajo, suelen intervenir otras personas, y esos conflictos aparecen también con otras personas adultas: nuestra pareja, la suegra, la maestra del cole…

¿Qué tiene que ver esto con la culpa? Un denominador común que aparece en este tema es la aparición de la culpa cuando intentamos poner límites a la forma que tienen esas personas de intervenir ante un conflicto que tienen con nuestro hijo o hija.

En el vídeo siguiente te cuento más:

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Cinco ideas que harán que no dudes ante las críticas de otras personas.

¿Te has encontrado alguna vez en esa situación desagradable que personas de tu entorno suelten una crítica detrás de otra cuando intervienes en un conflicto con tu hijo o hija?

“Pues así no se va a desenganchar de ti nunca”

“Si sigues haciéndole caso te va a tomar el pelo siempre”

“Come poco, deberías forzarlo más”

El vecino, la suegra, tu padre, tu cuñada, tu amigo de la infancia… da lo mismo, todos tiene la verdad sobre cómo deberías educar y criar a tu hija o hijo.

Ante estas críticas, muchas veces usamos recursos que nos terminan desgastando o, en el peor de los casos, hacen que perdamos los papeles y acabemos gritando o discutiendo de manera desagradable. El malestar se instala en nosotras, nos sentimos agobiadas, rabiosas y, por si eso fuera poco, nos tachan de histéricas y de piel sensible.  Y esto ocurre porque, en la mayoría de ocasiones, porque cometemos el error de intentar que sea la otra persona la que cambie intentndole hacer ver nuestro razonamiento.

Sin embargo, estoy segura de que te resulta familiar esa expresión de “no hay peor alumno que el que no quiere aprender”, ¿verdad? Y es que se trata de eso, de no malgastar nuestra energía en dar más explicaciones de las realmente consideras necesarias a personas que no quieren escucharlas.

Así que yo te voy a proponer 5 ideas para afrontar estas situaciones desde otra perspectiva que, si bien no va a solucionar los conflictos por arte de magina ni va a convertir a las personas que te rodean en evangelistas de la crianza respetuosa, te harán sentir más tranquila y segura en esos momentos.

 

1-Crea un mantra: yo soy la madre, yo decido. Merezco y tengo el poder de decidir cómo educar a mis criaturas.

La seguridad y confianza en nosotras mismas es clave para vivir las situaciones de crítica con calma. La mayoría de nosotras tenemos la autoestima dañada y, además, tenemos integrado un botón que se enciende cuando alguien desaprueba lo que hacemos que nos indica que “estamos haciendo algo malo”. Este botón suele ser la herencia de la educación recibida y, pese a que ahora somos personas adultas, suele activarse en momentos determinados.

 

2-Habla con tu hijo: si la crítica va dirigida a tu hijo, ponte a su altura y desmiente el mensaje que ha recibido.

Con esta acción no sólo te centras en quien verdaderamente es importante, si no que, además, estás enviando un mensaje a la persona adulta que ha emitido el juicio sin enfrentarte directamente.

Por ejemplo, si esa persona dice “¿todavía con la teta? ¡Déjala que eso es malo!”, puedes mirar a tu hijo poniéndote a su altura y decirle “tú sabes que eso no es verdad, y que tomas teta porque los dos podemos hacerlo y queremos hacerlo”

 

3-Respira: poner límites no suele gustar a las personas que tu entorno y, seguramente no van a aprobarlo.

Dejar claro qué es lo que no permites a los demás es unos de los pilares más importantes del respeto que sientes hacia ti misma y, al mismo tiempo, de cuán fiel eres a tus principios, ideas, creencias…

Sin embargo, el principal error que cometemos es el de pensar que las personas que nos rodean van a aceptar el límite sin rechistar y saltando de alegría. Eso no suele ser así, lo que implica que se instale en nosotras frustración e impotencia de ver que no conseguimos que los demás comprendan y acepten nuestra posición.

 

4-No entres en discusión: deja claro que vas a hacer lo que tú crees, pueden aceptarlo o no, es su decisión.

Esta es mi preferida, aunque también es la que requiere más fortaleza. Se trata de asumir que no vas a conseguir que los demás cambien de opinión y que, al mismo tiempo, no esperas ni deseas su aprobación.

Poner límites es centrarte en ti misma, en tus necesidades y sentimientos. Implica tomar tú las riendas de la situación que te permitan tomar la acción necesaria para sentirte como quieres sentirte. Y dejarlo claro a los demás sin esperar ni aceptación ni aprobación.

 

5-Anticpate: si hay situaciones recurrentes se previsora.

Hablar con las personas con las que te relacionas con frecuencia de discrepancias que tenéis antes de que se den situaciones de conflicto da calidad de vida.

Se trata de recordar el límite que en su día estableciste, de recordar que no estás dispuesta a que se supere esa línea. Como guinda final, y para tener claro cuál será tu siguiente paso, te animo a preguntar:

Con todo lo que te he explicado, ¿estás dispuesto/a a respetarlo?

 

Y ahora te pregunto yo a ti, ¿que estás dispuesta tú a hacer si la respuesta es que no?

Mi hijo no quiere viajar en su trona de coche

¿Qué hacer cuando tu hijo pequeño se niega a sentarse en la trona del coche? ¿Cómo proceder cuando no puedes realizar desplazamientos necesarios, porque el bebé rechaza de cuajo la sillita? La comunicación empática, entre otros recursos, podría ser la solución. 

Rutinas diarias

Las rutinas diarias de cualquier familia incluyen, por lo general, traslados en automóvil a la guardería, el mercado, el centro comercial o la estación de tren para recoger a papá o mamá al final de la jornada. Sin embargo, a veces estos desplazamientos resultan complicados, porque tu hijo no quiere subir al vehículo.

Tranquila, son muchas las familias que deben lidiar con el conflicto de trasladarse en coche con su niño. Tan solo sentarlo en la sillita y la criatura estalla en llanto hasta aparcar en el destino. Esto convierte a cualquier viaje en un tormento que hace sufrir al niño, tanto como a su entorno.  

El GPS del auto debería advertir al conductor con niños a bordo: atención, su hijo acaba de entrar a una zona peligrosa y la liará en breve. En efecto, hay peques que cogen una especie de fobia a la sillita.

Autoestima

La razón para que estallen en llantos es que se sienten aprisionados y no les gusta estar sujetos, sin poder moverse con libertad. Eso les produce mucha incomodidad y frustración. Es ahí cuando llegan las dudas de los padres, que no saben cómo actuar para calmar la reacción del pequeño y, en ocasiones, se ven sobrepasados por la ansiedad.

Consejos

Comunicación empática 

Háblale del conflicto en un tono relajado y suave. El pequeño recibirá que en ocasiones no puede decidir y que sin embargo mamá o papá lo comprenden. De poco sirve regañarle o gritarle, porque eso solo añadirá más tensión y hará que la situación vuelva a repetirse una y otra vez.

Respeto de sus emociones 

Ningún niño llora por gusto. Algo debe sucederle a tu hijo para no querer sentarse en la sillita del coche. Detén el vehículo si es necesario. Haz una parada para bajar al niño y caminar o hacerlo jugar. Será una distracción para luego volver a la carretera con más ánimo.

Motivación 

Es importante que motives a tu pequeño a través de alguna otra actividad (su juego preferido, una galleta saludable o un cuento). Lleva la silla de coche a casa y procura que se familiarice con ella de modo que ya no sea un factor de estrés. 

Mediación 

Recurre al ejemplo de un referente que él conozca, pero cuidado, las comparaciones son dañinas. Limítate a observar en voz alta a otros niños que van en coche van en silla. Cuando se dé cuenta de que otros niños son capaces de viajar en coche sin problemas, se irá dando cuenta de que la situación no es tan incómoda como él cree. Comenzará a comprender que son solo unos minutos y que incluso puede disfrutar del trayecto.

Se empieza paso a paso, sin prisa, pero sin pausa. Recuerda que los niños tienen capacidad de adaptarse a los cambios y si les propones un buen plan B, con una comunicación empática, lo incorporarán con más facilidad. Siempre que tú le inspires confianza y seguridad ante nuevas rutinas diarias, será más sencillo

La comunicación empática en el entorno familiar

La comunicación empática en nuestro entorno familiar es esencial para la resolución de los conflictos ya que  si en la familia abundan los sobreentendidos y los mensajes poco claros éstos puede generar un gran impacto en la educación de los más pequeños. En ella en donde pasamos nuestras primeras etapas de desarrollo, donde aprendemos a comunicarnos, donde se nos aportan los valores y donde se forja nuestra personalidad. 

Qué es la comunicación empática

Es una forma determinada de comunicarnos en la que expresamos lo que sentimos, nuestras necesidades y valores, lo que pensamos. Pero siempre respetando igualmente los sentimientos, pensamientos y necesidades de los demás. Es una comunicación no violenta y se basa en la comunicación asertiva.

Las personas asertivas se comunican respetando a los demás y buscan comprender las limitaciones, necesidades y la motivación de la otra persona. Son personas con autoestima y su comunicación es sincera, sin dobles intenciones, y esto es lo más adecuado para la comunicación dentro de nuestra familia. 

Los mensajes sencillos, directos, precisos y que no se puedan malinterpretar son la mejor forma de comunicarnos con nuestros hijos o pareja. Establecer rutinas diarias desde que nuestros hijos son pequeños ayuda a delimitar las tareas y funciones de cada miembro de la familia y esto redunda en una mejor comunicación. 
La resolución de conflictos en nuestra familia

Los mensajes que enviamos son clave

Partir de una buena comunicación mejora mucho las posibilidades de resolver conflictos en tu familia y que estos los podáis solucionar de manera sencilla. 

Lo primero que te recomendamos para ser asertivo es ser empático, es decir, hablar desde el “yo” y de los propios sentimientos. Porque lo que uno siente es completamente indiscutible y, por tanto, se suele respetar.

Así, comunicar a otra persona cómo te hace sentir su conducta es mucho más efectivo y honesto que criticar su comportamiento o su forma de ser. Por ejemplo, si tu hijo no se hace la cama, cuando es una tarea que debe realizar a diario, no es lo mismo decirle:

“Hijo cada vez que veo que no te haces la cama me siento agobiado porque es una tarea que te habías comprometido a cumplir conmigo”.

Que decirle:

“Hijo eres un vago y nunca cumples lo que dices, no te aguanto más”.

La diferencia es tan grande que tu hijo va a reaccionar de forma muy diferente y, seguramente, un ataque verbal genere una respuesta de defensa que, en muchas ocasiones, también resulta agresiva. Esto empeora los conflictos familiares, los agrava y se enquistan.

Intervención de un profesional

A veces, cuando hay graves conflictos y una gran distorsión en la comunicación, es necesario llegar a la mediación familiar por parte de profesionales para intentar lograr un cambio de comunicación en la familia. El objetivo es que los miembros aprendan a comunicarse de forma asertiva y no violenta

La función de la mediación de profesionales no consiste en decirte qué debes hacer sino en ayudaros a tener una comunicación empática con la que podréis comenzar a resolver los conflictos familiares de manera madura. Aprenderéis a no utilizar juicios moralistas o amenazas ante lo que otra persona dice o siente, a no usar críticas, comentarios vejatorios, insultos o cinismo en la comunicación. ¡Un gran principio para comenzar a resolver vuestros conflictos!

Comunicación empática para resolver conflictos

¿Te has parado a pensar cuánto puede ayudarte una buena comunicación empática para resolver esos conflictos que surgen aunque no los busques?

Autoestima en su punto justo: la clave básica

Cuando queremos comunicar algo necesitamos motivación para ello. Desde luego que las razones que tengamos van a ser necesarias. Pero también se requiere que el mensaje vaya de ida y, también, regrese. Es decir, requiere una actitud de escucha activa y empatía hacia la otra persona.

Si solamente tienes en cuenta tu punto de vista pero subestimas el de la otra persona puedes provocar dos efectos: que la otra persona se someta para no discutir o que se rebele. En ambos casos el conflicto se agrava.

Necesitas averiguar cuáles son sus necesidades y conseguir llegar a un punto intermedio entre sus requerimientos y los tuyos. Para eso sirve la comunicación no violenta.

Aquí, la autoestima tiene que estar en su centro, ni demasiado alta ni tampoco baja. De esa forma conseguirás expresarte con asertividad y el efecto suele ser una apertura y confianza proveniente de la otra parte.

¿Y por qué será que se produce esa apertura? Precisamente, porque no hay ninguna agresión ni coacción. Comunicar es un acto de libertad y respeto mutuos.

Sigue a tu corazón. Cuando hables desde el profundo sentimiento, sin críticas, quejas ni reproches, probablemente vas a estar más cerca de una comunicación con escucha activa, objetividad y empatía.

Rutinas diarias que ayudan a resolver conflictos

Llegar a ese punto de mediación requiere de un entrenamiento diario y concienzudo.

No des por supuesta la posición de la otra persona. Realmente no sabes lo que piensa hasta que te lo dice.

Observa tu interior antes de hablar, lo que piensas y lo que sientes. Muchas veces creerás que estás comunicando con respeto y, en realidad, llevas una carga interna de la que no eres consciente.

El diálogo es una de las rutinas diarias más importantes, pero sin críticas, quejas o reproches. Tampoco sirven las palabras con doble sentido ni las cargas de profundidad.

– No olvides que para dialogar hace falta que escuches con atención y sin juzgar lo que te dice la otra persona. Esto puede resultar algo difícil, pero es básico para aprender a respetar otros puntos de vista distintos del nuestro.

Intenta ponerte en la situación de la otra persona cuando escuches. No se trata de que justifiques sus errores, sino de aceptar que tiene sus defectos así como sus cualidades. Cuando la otra parte se sienta aceptada y comprendida, va a dejar su posición defensiva para iniciar una apertura.

– La solución del conflicto siempre consiste en un acuerdo que aceptan de buen grado todas las partes implicadas.

– No hace falta la agresividad. El punto de partida de la firmeza es el respeto hacia uno mismo y hacia los demás y siempre se expresa con suavidad y cariño.

Cuando utilices una comunicación empática, te vas a dar cuenta de que la situación fluye hacia un respeto, entendimiento, comprensión e integración de todos los puntos de vista.