¿Cuántas veces has dado explicaciones y te han tomado por el pito del sereno?

Hoy quiero compartir la experiencia personal que marcó un antes y un después en la forma de relacionarme con las personas de mi entorno y que en muchas ocasiones me generaba malestar y crispación. 

Es muy probable que hayas vivido situaciones en las que un familiar te critica por darle el pecho a tu hijo de 2 años, por no castigarle cuando rompe algo o por llevarlo en brazos cuando está cansado. 

En mi caso, la experiencia que viví fue en una comida familiar. Por aquel entonces mi hijo mayor tenía 6 años y no hacía más que sentarse y levantarse de la mesa a medida que iban apareciendo o terminando platos nuevos. Eso pareció molestar a una de las personas adultas que estaban sentadas en la mesa, que terminó riñendo al niño amenazándolo de no darle postre si no se estaba sentado. 

Recuerdo perfectamente que en ese momento me invadió la rabia y la indignación, y a punto estuve de saltar a la yugular. Sin embargo, mi reacción esa vez fue muy diferente. Y el resultado también. 

Pude mantener la calma porque, antes de decir nada, me puse a mí delante, con mis necesidades, mis principios y, sobre todo, los límites claros que no estaba dispuesta a obviar. Esos instantes que llevaba trabajando durante tiempo me permitieron enviar el siguiente mensaje:
– Yo quería respetar el desarrollo de mi hijo y sus necesidades y la de estar sentado en una silla durante 2 horas como mínimo no estaba dentro de mis planes
– Quería pasar un buen rato en familia y no quería entrar en discusiones absurdas sobre decisiones que ya había tomado y sobre las cuales no pedía opinión. 
– Que comprendía y aceptaba que otras personas no pensaran igual que yo y que todo era cuestión de encontrar un contexto en el que encontrarnos para estar todos contentos. 
– Estaba dispuesta a encontrar otra forma de relacionarme con mi familia si no se respetaba mi decisión sobre el conflicto que estaba ocurriendo, y que de la misma forma que nos encontrábamos en una casa para comer, nos podíamos encontrar en un parque para hacer un pick-nick. 

Tengo que reconocer que yo misma me quedé sorprendida de mi reacción y, sobre todo,  del poder que tenían esos instantes previos a la reacción que solemos tener cuando alguien nos critica o increpa a nuestro hijo o hija ante una situación determinada. 

Y es que cuando queremos poner límites, solemos cometer el error de pensar que son siempre las otras personas las que tiene que actuar de forma automática para sentirnos en paz nosotras y se nos olvida que, en la mayoría de casos, tenemos la capacidad de tomar acción para cuidar de nosotras mimas. 

A lo largo de este tiempo he desarrollado habilidades para poder afrontar la crítica con seguridad y confianza y os tengo que confesar que es un placer inmenso de poder y capacidad de decisión que, una vez lo pruebas no quieres soltarlo jamás. 

Ahora, tú también tienes la oportunidad de vivir estas situaciones desde la confianza y seguridad que te mereces, no sólo por ti, también para tu hijo o hija, que te ve cada día y aprende de cómo reacciona y te relacionas con los demás. 

¡No pisar! es un taller on line en el que encontrarás herramientas y recursos prácticos para poner límites a las personas que te rodean con seguridad y confianza en ti misma.

Comprende la culpa cuando aparece y actúa

Hoy vengo a hablar de culpa.

Parte de mi trabajo consiste en acompañar a mujeres en el reaprendizaje de la resolución de conflictos con sus hijos e hijas. En ese trabajo, suelen intervenir otras personas, y esos conflictos aparecen también con otras personas adultas: nuestra pareja, la suegra, la maestra del cole…

¿Qué tiene que ver esto con la culpa? Un denominador común que aparece en este tema es la aparición de la culpa cuando intentamos poner límites a la forma que tienen esas personas de intervenir ante un conflicto que tienen con nuestro hijo o hija.

En el vídeo siguiente te cuento más:

Si necesitas más información puedes enviarme un correo a laiasimonmartin@gmail.com y resolveré tus dudas.

Si ya lo tienes claro y quieres participar en el taller del próximo día 21, pincha en el siguiente botón y accede ya:

Cinco ideas que harán que no dudes ante las críticas de otras personas.

¿Te has encontrado alguna vez en esa situación desagradable que personas de tu entorno suelten una crítica detrás de otra cuando intervienes en un conflicto con tu hijo o hija?

“Pues así no se va a desenganchar de ti nunca”

“Si sigues haciéndole caso te va a tomar el pelo siempre”

“Come poco, deberías forzarlo más”

El vecino, la suegra, tu padre, tu cuñada, tu amigo de la infancia… da lo mismo, todos tiene la verdad sobre cómo deberías educar y criar a tu hija o hijo.

Ante estas críticas, muchas veces usamos recursos que nos terminan desgastando o, en el peor de los casos, hacen que perdamos los papeles y acabemos gritando o discutiendo de manera desagradable. El malestar se instala en nosotras, nos sentimos agobiadas, rabiosas y, por si eso fuera poco, nos tachan de histéricas y de piel sensible.  Y esto ocurre porque, en la mayoría de ocasiones, porque cometemos el error de intentar que sea la otra persona la que cambie intentndole hacer ver nuestro razonamiento.

Sin embargo, estoy segura de que te resulta familiar esa expresión de “no hay peor alumno que el que no quiere aprender”, ¿verdad? Y es que se trata de eso, de no malgastar nuestra energía en dar más explicaciones de las realmente consideras necesarias a personas que no quieren escucharlas.

Así que yo te voy a proponer 5 ideas para afrontar estas situaciones desde otra perspectiva que, si bien no va a solucionar los conflictos por arte de magina ni va a convertir a las personas que te rodean en evangelistas de la crianza respetuosa, te harán sentir más tranquila y segura en esos momentos.

 

1-Crea un mantra: yo soy la madre, yo decido. Merezco y tengo el poder de decidir cómo educar a mis criaturas.

La seguridad y confianza en nosotras mismas es clave para vivir las situaciones de crítica con calma. La mayoría de nosotras tenemos la autoestima dañada y, además, tenemos integrado un botón que se enciende cuando alguien desaprueba lo que hacemos que nos indica que “estamos haciendo algo malo”. Este botón suele ser la herencia de la educación recibida y, pese a que ahora somos personas adultas, suele activarse en momentos determinados.

 

2-Habla con tu hijo: si la crítica va dirigida a tu hijo, ponte a su altura y desmiente el mensaje que ha recibido.

Con esta acción no sólo te centras en quien verdaderamente es importante, si no que, además, estás enviando un mensaje a la persona adulta que ha emitido el juicio sin enfrentarte directamente.

Por ejemplo, si esa persona dice “¿todavía con la teta? ¡Déjala que eso es malo!”, puedes mirar a tu hijo poniéndote a su altura y decirle “tú sabes que eso no es verdad, y que tomas teta porque los dos podemos hacerlo y queremos hacerlo”

 

3-Respira: poner límites no suele gustar a las personas que tu entorno y, seguramente no van a aprobarlo.

Dejar claro qué es lo que no permites a los demás es unos de los pilares más importantes del respeto que sientes hacia ti misma y, al mismo tiempo, de cuán fiel eres a tus principios, ideas, creencias…

Sin embargo, el principal error que cometemos es el de pensar que las personas que nos rodean van a aceptar el límite sin rechistar y saltando de alegría. Eso no suele ser así, lo que implica que se instale en nosotras frustración e impotencia de ver que no conseguimos que los demás comprendan y acepten nuestra posición.

 

4-No entres en discusión: deja claro que vas a hacer lo que tú crees, pueden aceptarlo o no, es su decisión.

Esta es mi preferida, aunque también es la que requiere más fortaleza. Se trata de asumir que no vas a conseguir que los demás cambien de opinión y que, al mismo tiempo, no esperas ni deseas su aprobación.

Poner límites es centrarte en ti misma, en tus necesidades y sentimientos. Implica tomar tú las riendas de la situación que te permitan tomar la acción necesaria para sentirte como quieres sentirte. Y dejarlo claro a los demás sin esperar ni aceptación ni aprobación.

 

5-Anticpate: si hay situaciones recurrentes se previsora.

Hablar con las personas con las que te relacionas con frecuencia de discrepancias que tenéis antes de que se den situaciones de conflicto da calidad de vida.

Se trata de recordar el límite que en su día estableciste, de recordar que no estás dispuesta a que se supere esa línea. Como guinda final, y para tener claro cuál será tu siguiente paso, te animo a preguntar:

Con todo lo que te he explicado, ¿estás dispuesto/a a respetarlo?

 

Y ahora te pregunto yo a ti, ¿que estás dispuesta tú a hacer si la respuesta es que no?

Mi hijo no quiere viajar en su trona de coche

¿Qué hacer cuando tu hijo pequeño se niega a sentarse en la trona del coche? ¿Cómo proceder cuando no puedes realizar desplazamientos necesarios, porque el bebé rechaza de cuajo la sillita? La comunicación empática, entre otros recursos, podría ser la solución. 

Rutinas diarias

Las rutinas diarias de cualquier familia incluyen, por lo general, traslados en automóvil a la guardería, el mercado, el centro comercial o la estación de tren para recoger a papá o mamá al final de la jornada. Sin embargo, a veces estos desplazamientos resultan complicados, porque tu hijo no quiere subir al vehículo.

Tranquila, son muchas las familias que deben lidiar con el conflicto de trasladarse en coche con su niño. Tan solo sentarlo en la sillita y la criatura estalla en llanto hasta aparcar en el destino. Esto convierte a cualquier viaje en un tormento que hace sufrir al niño, tanto como a su entorno.  

El GPS del auto debería advertir al conductor con niños a bordo: atención, su hijo acaba de entrar a una zona peligrosa y la liará en breve. En efecto, hay peques que cogen una especie de fobia a la sillita.

Autoestima

La razón para que estallen en llantos es que se sienten aprisionados y no les gusta estar sujetos, sin poder moverse con libertad. Eso les produce mucha incomodidad y frustración. Es ahí cuando llegan las dudas de los padres, que no saben cómo actuar para calmar la reacción del pequeño y, en ocasiones, se ven sobrepasados por la ansiedad.

Consejos

Comunicación empática 

Háblale del conflicto en un tono relajado y suave. El pequeño recibirá que en ocasiones no puede decidir y que sin embargo mamá o papá lo comprenden. De poco sirve regañarle o gritarle, porque eso solo añadirá más tensión y hará que la situación vuelva a repetirse una y otra vez.

Respeto de sus emociones 

Ningún niño llora por gusto. Algo debe sucederle a tu hijo para no querer sentarse en la sillita del coche. Detén el vehículo si es necesario. Haz una parada para bajar al niño y caminar o hacerlo jugar. Será una distracción para luego volver a la carretera con más ánimo.

Motivación 

Es importante que motives a tu pequeño a través de alguna otra actividad (su juego preferido, una galleta saludable o un cuento). Lleva la silla de coche a casa y procura que se familiarice con ella de modo que ya no sea un factor de estrés. 

Mediación 

Recurre al ejemplo de un referente que él conozca, pero cuidado, las comparaciones son dañinas. Limítate a observar en voz alta a otros niños que van en coche van en silla. Cuando se dé cuenta de que otros niños son capaces de viajar en coche sin problemas, se irá dando cuenta de que la situación no es tan incómoda como él cree. Comenzará a comprender que son solo unos minutos y que incluso puede disfrutar del trayecto.

Se empieza paso a paso, sin prisa, pero sin pausa. Recuerda que los niños tienen capacidad de adaptarse a los cambios y si les propones un buen plan B, con una comunicación empática, lo incorporarán con más facilidad. Siempre que tú le inspires confianza y seguridad ante nuevas rutinas diarias, será más sencillo

La comunicación empática en el entorno familiar

La comunicación empática en nuestro entorno familiar es esencial para la resolución de los conflictos ya que  si en la familia abundan los sobreentendidos y los mensajes poco claros éstos puede generar un gran impacto en la educación de los más pequeños. En ella en donde pasamos nuestras primeras etapas de desarrollo, donde aprendemos a comunicarnos, donde se nos aportan los valores y donde se forja nuestra personalidad. 

Qué es la comunicación empática

Es una forma determinada de comunicarnos en la que expresamos lo que sentimos, nuestras necesidades y valores, lo que pensamos. Pero siempre respetando igualmente los sentimientos, pensamientos y necesidades de los demás. Es una comunicación no violenta y se basa en la comunicación asertiva.

Las personas asertivas se comunican respetando a los demás y buscan comprender las limitaciones, necesidades y la motivación de la otra persona. Son personas con autoestima y su comunicación es sincera, sin dobles intenciones, y esto es lo más adecuado para la comunicación dentro de nuestra familia. 

Los mensajes sencillos, directos, precisos y que no se puedan malinterpretar son la mejor forma de comunicarnos con nuestros hijos o pareja. Establecer rutinas diarias desde que nuestros hijos son pequeños ayuda a delimitar las tareas y funciones de cada miembro de la familia y esto redunda en una mejor comunicación. 
La resolución de conflictos en nuestra familia

Los mensajes que enviamos son clave

Partir de una buena comunicación mejora mucho las posibilidades de resolver conflictos en tu familia y que estos los podáis solucionar de manera sencilla. 

Lo primero que te recomendamos para ser asertivo es ser empático, es decir, hablar desde el “yo” y de los propios sentimientos. Porque lo que uno siente es completamente indiscutible y, por tanto, se suele respetar.

Así, comunicar a otra persona cómo te hace sentir su conducta es mucho más efectivo y honesto que criticar su comportamiento o su forma de ser. Por ejemplo, si tu hijo no se hace la cama, cuando es una tarea que debe realizar a diario, no es lo mismo decirle:

“Hijo cada vez que veo que no te haces la cama me siento agobiado porque es una tarea que te habías comprometido a cumplir conmigo”.

Que decirle:

“Hijo eres un vago y nunca cumples lo que dices, no te aguanto más”.

La diferencia es tan grande que tu hijo va a reaccionar de forma muy diferente y, seguramente, un ataque verbal genere una respuesta de defensa que, en muchas ocasiones, también resulta agresiva. Esto empeora los conflictos familiares, los agrava y se enquistan.

Intervención de un profesional

A veces, cuando hay graves conflictos y una gran distorsión en la comunicación, es necesario llegar a la mediación familiar por parte de profesionales para intentar lograr un cambio de comunicación en la familia. El objetivo es que los miembros aprendan a comunicarse de forma asertiva y no violenta

La función de la mediación de profesionales no consiste en decirte qué debes hacer sino en ayudaros a tener una comunicación empática con la que podréis comenzar a resolver los conflictos familiares de manera madura. Aprenderéis a no utilizar juicios moralistas o amenazas ante lo que otra persona dice o siente, a no usar críticas, comentarios vejatorios, insultos o cinismo en la comunicación. ¡Un gran principio para comenzar a resolver vuestros conflictos!

Comunicación empática para resolver conflictos

¿Te has parado a pensar cuánto puede ayudarte una buena comunicación empática para resolver esos conflictos que surgen aunque no los busques?

Autoestima en su punto justo: la clave básica

Cuando queremos comunicar algo necesitamos motivación para ello. Desde luego que las razones que tengamos van a ser necesarias. Pero también se requiere que el mensaje vaya de ida y, también, regrese. Es decir, requiere una actitud de escucha activa y empatía hacia la otra persona.

Si solamente tienes en cuenta tu punto de vista pero subestimas el de la otra persona puedes provocar dos efectos: que la otra persona se someta para no discutir o que se rebele. En ambos casos el conflicto se agrava.

Necesitas averiguar cuáles son sus necesidades y conseguir llegar a un punto intermedio entre sus requerimientos y los tuyos. Para eso sirve la comunicación no violenta.

Aquí, la autoestima tiene que estar en su centro, ni demasiado alta ni tampoco baja. De esa forma conseguirás expresarte con asertividad y el efecto suele ser una apertura y confianza proveniente de la otra parte.

¿Y por qué será que se produce esa apertura? Precisamente, porque no hay ninguna agresión ni coacción. Comunicar es un acto de libertad y respeto mutuos.

Sigue a tu corazón. Cuando hables desde el profundo sentimiento, sin críticas, quejas ni reproches, probablemente vas a estar más cerca de una comunicación con escucha activa, objetividad y empatía.

Rutinas diarias que ayudan a resolver conflictos

Llegar a ese punto de mediación requiere de un entrenamiento diario y concienzudo.

No des por supuesta la posición de la otra persona. Realmente no sabes lo que piensa hasta que te lo dice.

Observa tu interior antes de hablar, lo que piensas y lo que sientes. Muchas veces creerás que estás comunicando con respeto y, en realidad, llevas una carga interna de la que no eres consciente.

El diálogo es una de las rutinas diarias más importantes, pero sin críticas, quejas o reproches. Tampoco sirven las palabras con doble sentido ni las cargas de profundidad.

– No olvides que para dialogar hace falta que escuches con atención y sin juzgar lo que te dice la otra persona. Esto puede resultar algo difícil, pero es básico para aprender a respetar otros puntos de vista distintos del nuestro.

Intenta ponerte en la situación de la otra persona cuando escuches. No se trata de que justifiques sus errores, sino de aceptar que tiene sus defectos así como sus cualidades. Cuando la otra parte se sienta aceptada y comprendida, va a dejar su posición defensiva para iniciar una apertura.

– La solución del conflicto siempre consiste en un acuerdo que aceptan de buen grado todas las partes implicadas.

– No hace falta la agresividad. El punto de partida de la firmeza es el respeto hacia uno mismo y hacia los demás y siempre se expresa con suavidad y cariño.

Cuando utilices una comunicación empática, te vas a dar cuenta de que la situación fluye hacia un respeto, entendimiento, comprensión e integración de todos los puntos de vista.

!Y qué! ¡Tú también gritas cuando te enfadas!

“¡Y qué! ¡Tú también gritas cuando te enfadas!”

Recuerdo cómo me impactó la primera vez que escuché estas palabras hace 5 años.  Mi hijo sólo tenía 4 años y acababa de enfadarse muchísimo porque le dijimos que no podía salir al parque. Empezó a patalear y a gritar y al intentar calmarlo y pedirle que no gritara me recriminó que un día yo también había gritado cuando estaba muy enfadada.

 Independientemente de cómo acompañé esa situación (visto ahora, lo haría con más recursos, por supuesto) , ¡cómo me dolieron esas palabras! Por dos razones. La primera, por recordar que en otras situaciones no había podido mantener la calma. La segunda, por darme cuenta de la importancia que tiene el modelo que damos a nuestros hijos e hijas. 

 

Cómo nos remueven estas situaciones

Podemos vivir estos momentos en los que nuestros hijos nos recuerdan que no siempre aplicamos una educación respetuosa como verdaderos torbellinos internos. Pensamientos como “yo sólo grito de vez en cuando y tú cada día”, “por una vez que pierdo los papeles y mira cómo me lo echa en cara”, “es que hay cosas y cosas por las que enfadarse”…  son muy frecuentes y todos tienen un denominador común: buscamos comprensión y empatía… al igual que nuestro hijo en ese preciso momento. No siempre tenemos las herramientas ni estamos preparadas para abordar una situación desde el respeto y la empatía. Sin embargo nos esforzamos día y noche para seguir creciendo y mejorando como madres. Y en muchas ocasiones buscamos el reconocimiento y respeto a ese esfuerzo. 

Dos personas faltas de empatía difícilmente podrán dar comprensión a la otra persona. Este es el principal motivo por el que estas situaciones terminan en una lucha de poder que tiene como telón de fondo el “y tú más”. ¿Resulta familiar?

Entonces, ¿qué hacer? Porque si se supone que yo soy la persona adulta y tengo que empatizar y acompañar a mi hijo en estos momentos y resulta que soy yo la que necesita de ese acompañamiento parece que el tema está complicado. 

Pues sí… y no. 
Uno de los pilares para dar respuesta la necesidad que tenemos en momentos como estos es el crecimiento personal. Conocernos, aceptarnos y saber darnos a nosotras mismas lo que necesitamos es uno de los recursos más valioso que yo he descubierto en este camino. 

Mi reacción ante situaciones con frases del tipo “y tú un día gritaste”, 5 años después, son muy diferentes y se resuelven de forma respetuosa, siendo capaz de empatizar con mis sentimientos y necesidades y las de mis hijos. 

Ahora, también quiero que tú puedas conseguirlo. ¿Quieres?

Párale los pies a la vecina

Hay personas de nuestro entorno que son realmente un incordio. “Niña, que se te va a caer el crío” “Mujer, ¿no ves que te está tomando el pelo?”. “Hija, como siga así la criatura no habrá quien lo domine de mayor”. 
¿Te suena? Estoy segura de que entre las dos escribimos un libro con frases que nos han dicho o hemos escuchado decir en más de una ocasión. 
 

Pero el caso es ¿qué haces?

Si no dices nada, es aquello de que “quien calla otorga”. Y según qué mensajes no queremos que tengan un impacto en nuestros hijos y nos sale, casi sin pensarlo, una intervención que no siembre termina de buen rollo. Sin embargo, en otras ocasiones y según el comentario que nos hagan,consideramos que es mejor ignorar y no decir nada. 

Y si dices algo… Ay, si dices algo. A veces se te comen los demonios por dentro y no te quedas tranquila con todo lo que le dirías a la persona metomentodo que te da lecciones constantemente sin habérselas pedido. 
En otras ocasiones no te muerdes la lengua, y lo que muerdes es la yugular de la otra persona. Ya ahí es cuando te dicen “pero qué piel más fina tienes, no se te puede decir nada, mujer”

¿En cuál de estas situaciones te sientes más identificada?
Yo creo que he pasado por todas 😉
 

Y la frase comodín es…

Con el tiempo y una caña, que dicen por aquí, he ido superando estas situaciones, incluso con personas muy próximas a mi con las que tenía verdaderos  conflictos. 
Me ha llevado mucho trabajo de crecimiento personal y de seguridad en mi misma, no lo voy a negar. Sin embargo, quiero compartir una frase que he usado muchísimo en todo este camino y que me ha ayudado a afrontar situaciones en las que otras personas se metían donde yo no quería que lo hicieran. Y es:
 

“De esto me encargo yo, gracias”

Esta es una, pero no la única. Y no sólo son palabras, por supuesto, el lenguaje no verbal tiene un poder comunicador muy importante que tiene que ser coherente con estas palabras. 

Uno de los temas con los que más disfruto en mis talleres, asesorías personalizadas y formaciones es, precisamente, poner límite a las personas que nos rodean. Es un trabajo realmente enriquecedor tanto para las mujeres que trabajan conmigo, que adquieren herramientas para enfrentarse a estas situaciones, como para mí misma. 

Niños con baja autoestima. Detéctalos a tiempo

Dicen los expertos que la autoestima del niño será decisiva para disfrutar de una vida plena cuando se es adulto. Es cierto que siempre estaremos a tiempo de sanar nuestras heridas emocionales de la infancia. Sin embargo, la autoestima será una herramienta fundamental para que nuestros hijos crezcan sin privarse de realizar todo aquello que realmente desean y hasta de reivindicar sus derechos ante los demás.

Cuando la autoestima no se construye satisfactoriamente desde la infancia, la persona necesitará terapias para superar sus inseguridades. En algunos casos, la baja autoestima puede afectar gravemente a los alumnos provocándoles incluso una depresión en situaciones extremas. Por eso, es tan importante dar ayuda desde los centros escolares, ofreciendo acompañamiento familiar y profesional en todo momento.

¿Cómo puedes saber si tu hijo tiene una autoestima baja?

Tendremos que estar atentos a estas señales:

Es un niño retraído y que tiene pocas habilidades sociales. Por lo común, veremos que el niño no se relaciona con otros niños, que no juega y es solitario. Especial atención a la hora del recreo o de jugar en el parque, momentos en los cuales el niño no irá a jugar con los demás amigos, sino que preferirá quedarse solo.

Es poco constante. La inseguridad le lleva a pensar que no es capaz de hacer las cosas y rechaza ni siquiera intentarlo. Una frase muy habitual en un niño con poca autoestima es: “yo no puedo”.

Es muy dependiente. Un niño con problemas de autoestima pedirá que sus padres u otros adultos se lo hagan todo, como si fuera un niño pequeño, aunque ya no lo sea tanto.

El niño inseguro tiene miedos y evita dar su opinión para no enfrentarse al juicio o desaprobación de los demás.

Las personas con baja autoestima son muy perfeccionistas. No aceptan sus propios errores y se sienten torpes.

No tiene sentido del humor, se toma las bromas como ofensas y se siente mal con ellas.

Son niños pesimistas que lo ven todo del lado negativo.

Muchas veces, los niños con baja autoestima esconden sus inseguridades tratando de humillar a los demás.

Qué hacer si detectamos una posible baja autoestima

Al igual que los padres, los profesores ejercen un papel fundamental en la construcción de la autoestima de los niños. Por eso, si detectamos que un menor sufre de baja autoestima tendremos que trabajar con él.

La primera línea de actuación será identificar el talento que tiene el niño y potenciarlo. La pintura, el dibujo, la escritura o el deporte. Cada niño tiene un talento particular.

Si un niño tiene problemas con una asignatura, tendremos que buscar soluciones, como por ejemplo, reforzar con clases particulares. Nunca desmotivar al pequeño o llamarle torpe ni regañarle por ello.

Los profesores tenemos la obligación de educar en igualdad y evitar que otros niños ridiculicen o hagan acoso a sus compañeros.

Además, en el aula hay que fomentar que los niños pregunten sus dudas y curiosidades. De esta manera, no se quedarán con dudas que les impidan comprender los conceptos y se sentirán más integrados.

Mi hijo se agarra a mí y no quiere que me vaya

¿Te has encontrado en esa situación en la que tu hijo no quiere que te vayas? Yo ayer lo viví y pude resolver el conflicto por la separación con éxito teniendo en cuenta una serie de elementos clave.

Eran las 20:00 y, como cada martes, me disponía a salir de casa para ir a casa de mis padres y poder trabajar. Normalmente a las 10 de la noche tengo clase de la formación Comunicación Eficaz, así que la cita que tenía era importante. 

Clave número 1: el tiempo

Como ya he dicho, eran las 8 cuando me dispuse a salir. Así que cuento con 2 horas de margen que, si todo va bien, aprovecho para avanzar trabajo. Pero en el caso de ayer, me sirvieron para poder abordar el problema sin el agobio del tiempo. ¡2 horas! Sí, es mucho tiempo y no siempre cuento con tanto, como comprenderás. Sin embargo, cuando planifico mi día a día, siempre intento dejar un margen suficiente por si tengo que parar y acompañar a alguno de mis hijos en una situación de frustración o enfado. 

Clave número 2: la complicidad

Antes de irme hablo con mi hijo mayo y mi hija y les explico qué es lo que necesito: salir de casa. Les pide colaboración y ellos mismos suelen darle juego y entretenimiento al pequeño para que no de tanta importancia a mi partida. La verdad, normalmente le suele tirar más el juego de ninjas o las guerras de cojines que mi presencia. Pero pese a los intentos de ayer, Enric solo quería estar conmigo y no estaba dispuesto a dejarme marchar tranquilamente. 

Clave número 3: la conexión

Luchar a contracorriente puede ser realmente agotador. Cuando nos encontramos en una situación como esta, intentamos convencer a nuestro hijo de lo bien que lo va a pasar con sus hermanos, lo divertido que va a ser ver un capítulo de sus dibujos favoritos o de lo que se nos ocurra en ese momento. Lo cierto es que los recursos que usamos se olvidan de algo importante: sus verdaderas necesidades. En este caso, mi hijo quería contacto, abrazos, mimos y algo de teta. Así que, cambié de chip y le di a raudales todo lo que necesitaba. Poco a poco se fue calmando, le acompañe a sentarse en la mesa, donde estaban sus hermanos mirando la tele y…

fin de la historia. 
Saciado de mamá y entretenido, por supuesto, me dijo adiós sin problemas. 
Soy consciente que lidiar estas situaciones con una criatura de 4 años a veces es complejo. Lo comprendo. He pasado por ello 3 veces 😉 Sin embargo, también sé que saber afrontar estos contextos desde le autoconocimiento y la aceptación da una calidad de vida impagable, os lo aseguro. 

Estas y otras situaciones son las que podrás trabajar en mis cursos y talleres. Si todavía no conoces mi trabajo, te invito a que te des una vuelta por la web 😉