¿Realmente estás convencida de que mereces poner límites?

Me agota ver cómo las personas adultas invaden el espacio personal de mi hijo Enric de 4 años solo por el hecho de que es pequeños y “es una monada” o “es divertido”.

A mi hijo no le gusta que nadie le toque, ni siquiera yo, si él no está predispuesto a que lo hagamos. Y no es de extrañar, ¿o es que a las personas en general les apetece siempre que las toquen, que les revoloteen el pelo, que les toquen la barriga o la cara? ¿Por qué debería ser diferente en las criaturas?

Sin embargo, muchas personas de nuestro entorno no aceptan que un niño o niña rechace el contacto físico. En estas situaciones la criatura suele tratarse de arisca, antipática i incluso maleducada. ¿En serio? ¿Qué alguien ponga límites a la invasión de su espacio personal es algo denunciable?

Ciudadanos de segunda

Este es un largo debate que tiene que ver con la idea de que las niñas y niños son ciudadanos de segunda, que se puede hacer con ellos lo que no permitimos en las personas adultas. Sin embargo, no voy a entrar en él ahora.

Ahora quiero que te imagines que tú eres esa criatura. Estás de visita familiar y tu abuela cuando te ve te saluda te despeina con la mano diciendo “estás muy alta”. A ti te pilla por sorpresa y le apartas la mano de un golpe mientras te separas de ella y te escondes detrás de tu madre. La abuela, molesta, le dice a tu madre “qué arisca es esta cría” y tu madre, incómoda por la situación, duda entre dejarte en paz o sacarte de tu escondite tras de ti y reñirte por la reacción que has tenido. En el fondo comprende que te moleste que te toquen, es algo que ya ha visto muchas veces en ti y tú no haces por respeto. Sin embargo, como tiene miedo de que la reunión familiar empiece con mal pie y con el habitual sermón de “a esta niña la estás consintiendo demasiado”, te agarra del brazo y te dice “eso no se le hace a la abuela”. Aunque intenta hacerlo con un tono amable, tú te sientes confusa. ¿Qué es lo que has hecho mal?

 

Algo que se repite una y otra vez y que queda marcado

Ahora quiero que imagines que esta situación se repite una y otra vez, que van pasando los años y que las situaciones cada vez se tornan más complejas, pero siguen la misma estructura. Eres una criatura que va creciendo y se va haciendo mayor. Con el tiempo vas tomando las riendas de tu propia vida y enfrentándote a muchas “otras personas mayores” que invaden tu espacio, que te ridiculizan o que menosprecian. Sin embargo, el modelo para reaccionar ante estas situaciones que has recibido es el de permitir que eso suceda porque el fallo está en ti, porque eras tú la que no permitía que le alborotaran el pelo, la que se enfadaba demasiado cuando te hacían un comentario que consideraban gracioso sobre esa peca que tenías en la cara o porque querías hacer preguntas que muchas veces incomodaban a las personas mayores.  

De toda esta historia, lo que me gustaría remarcar es una idea que no siempre se contempla cuando hablamos de poner límites a los demás: el merecimiento.

Uno de los bloqueos que tenemos ante situaciones en las que vemos vulnerado nuestro espacio y el respeto hacia nosotras es la falta de merecimiento. Se instala en nosotras como creencia de nuestra infancia, que nosotras no nos merecemos poner ese límite y, por lo tanto, tampoco actuar para defenderlo, si hace falta, a capa y espada.

 

Merecemos poner límites 

Sin embargo, yo digo que sí, no solo por mi misma, que también, por supuesto, si no por tener bajo mi responsabilidad la educación de mis hijos e hija.

Merezco poner límites a las personas adultas que me rodean porque es mi responsabilidad dar un modelo a mis hijos y a mi hija del valor que tiene ese espacio para una persona. Porque veo imprescindible que estas criaturas crezcan con la idea de que merecen sentir que ese espacio es respetado y que está en sus manos tomar acción para que así sea, sin esperar a que sean los demás que lo consideren igual de importante y lo respeten.

Por si esto pueda servir a alguien, este ha sido mi motor de cambio. Pensar en mis hijos e hija y darme cuenta de qué sí quiero que sientan esa fortaleza, que sí deseo que aprendan a reaccionar de forma muy diferente a cómo lo hacía yo de pequeña.

Y para dar ese modelo a nuestras criaturas, es necesario que nosotras demos el primer paso y empecemos a poner en práctica lo que nos gustaría que consiguieran ellas.

¿Qué tal llevas los límites con la pareja?

“No permito que haya gritos en casa y no estoy dispuesta a aceptar que expreses tu enfado de esa forma en mi presencia”.

Esta fue la primera vez que hable con mi pareja cuando, en un momento de crispación se enfadó con mi hijo y le dijo gritando que se fuera a lavar los dientes.Mientras mi hijo estaba en el baño me dirigí a mi pareja y le dije:

“Entiendo que es tarde, que estamos cansados y que está costando mucho que los niños se preparen para ir a dormir. Es agotador y comprendo que estás molesto porque no hay colaboración por su parte. Para mí es importante que haya respeto en casa y que podamos hablarnos sin usar el miedo o la amenaza porque todos merecemos respeto. Si necesitas desconectar y tomarte unos minutos, ¿podrías avisarme para que te releve? No permito que haya gritos en casa y no estoy dispuesta a aceptar que expreses tu enfado de esa forma en mi presencia. Tú eres el adulto, si necesitas colaboración estoy segura de que puedes pedirla usando otros recursos”

 

Situaciones personales que empezaron a cambiar las cosas en casa

Esta es una situación muy personal que viví hace tiempo y en la que jugaron un papel muy importante no sólo las palabras que usé, si no también todo lo que transmitía el lenguaje no verbal: comprensión, empatía, serenidad, convencimiento, firmeza y, sobre todo, seguridad en mi misma.

Poner límites a nuestra pareja es todo un reto, lo reconozco. Tenemos una gran mochila cargada de creencias y mitos sobre las relaciones sentimentales (y humanas, en general) que nos dificultan poder fijar esa línea que debería ser infranqueable y que es la base del respeto que sentimos por nosotras mismas.

 

Las reglas en una partida de 2 jugadores

Sin embargo, creo que poner esos límites es realmente necesario. Es como marcar las reglas del juego para evitar malentendidos durante una partida. Definir y expresar ese espacio que no queremos que nadie pise es el primer paso para dejar claro qué tipo de relación tenemos con la persona con la que convivimos a diario y que, al mismo tiempo, también es responsable de la educación de nuestros hijos.

Marcar esa línea nos permite tomar las acciones necesarias para defenderla, para respetarla. Pero para ello, es imprescindible saber dónde ponerla. Para ello, en la mayoría de situaciones se hace imprescindible adentrarnos en el autoconocimiento para saber definir cuáles son nuestros límites reales. Este es el primer paso para conseguir ponerlos con eficacia, con seguridad y convencimiento, tal y como nos merecemos.

Poner límites con agresividad y buen rollo

Hoy quiero hablar sobre poner límites creando buen rollo y teniendo mala leche al mismo tiempo. Siempre que hablo de este tema a mí me entra la risa, porque realmente parece algo contradictorio. 

Digo parece porque estamos acostumbradas a que cuando ponemos límites, nuestra actitud es agresiva, saltando a la yugular de quien nos molesta. En la sociedad, sobre todo a las mujeres, se nos ha transmitido esa idea de que ser agresivo es malo. Nos han enseñado a ser dulces, serviciales, a cargarnos con las emociones de los demás y responsabilizarnos de ellas.

Esta educación que hemos recibido hace que ante un conflicto o un intercambio de opiniones tendamos a no enfrentarnos. Ceder, bajar la cabeza, cuestionar nuestra propia opinión son algunas de las reacciones que más se presentan. Esta forma de actuar parece incompatible con establecer límites con firmeza.

En el siguiente vídeo profundizo más en el tema, te animo a verlo:

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El deseo de ser una mujer poderosa

Todas conocemos a esa mujer valiente que toma decisiones sin miedo o aquella que sabe decir lo que piensa sin rodeos en una reunión ante todos los padres de la escuela.

Nos llama la atención este tipo de personas porque, en el fondo, seguramente admiramos que sean capaces de exponerse ante otras personas que no piensan igual que ellas o que incluso pueden criticarlas por defender según qué posición. 

¿Pero a qué se expone realmente una mujer que, por ejemplo, decide emprender sin el apoyo de su entorno o dice a la tutora de su hijo que no va a permitir que haga deberes en casa porque no está de acuerdo?

Pues seguramente la respuesta más común es que estas personas se exponen a ser criticadas, juzgadas, menospreciadas por sus decisiones u opiniones. Y sí, en ocasiones, a veces con más frecuencia de la deseada, suele ser así.

Cuando tomamos decisiones o mostramos nuestra opinión sobre algo nos exponemos a que se haga evidente que no pensamos, decimos o actuamos como lo harían las personas que nos rodean. Y en cuanto esto sucede cabe la posibilidad de que estas personas nos critiquen, abiertamente o a nuestras espaldas, incluso juzguen nuestras ideas, decisiones o acciones.

Sin embargo, volvamos a esa mujer a la que admiramos y a la que consideramos valiente por mostrar su opinión o tomar decisiones que aparentemente parecen difíciles o arriesgadas.

¿Qué hace que esta persona, pese a ese riesgo de ser juzgada o criticada, decida igualmente actuar o mostrarse?

Más que un poder, yo diría que lo que la hace tan especial es la ausencia de un estado emocional que, en según qué ocasiones, puede ser una gran debilidad: el miedo

Una persona que decide actuar pese a lo que dirán, pese a la opinión que tendrán de ella, pese a que es posible que se encuentre nadando a contracorriente es una mujer que no suele tener miedo. Al menos no ese miedo que nos impide avanzar, que no nos deja actuar en la dirección que en el fondo desearíamos.

Estamos hablando de ese estado emocional que nos invade cuando quiere protegernos de un peligro. Esta emoción tiene su función y gracias a ella nuestra mente se pone alerta. ¿Pero alerta a qué? 

El sentimiento que puede instalarnos es el miedo al rechazo, a no ser queridas y aceptadas. Y es por esta razón por la que, cumpliendo su misión de protección, el miedo aparece para que no hagamos o digamos nada que pueda ponernos en peligro en ese sentido. 

Y sería así de sencillo si no fuera porque haciendo caso al miedo y no actuando en un momento determinado para poner un límite claro exponiéndonos ante los demás no nos estamos respetando a nosotras mismas. Y eso nuestro cerebro también lo capta y entones entran en escena la frustración, la insatisfacción e incluso la tristeza. Es también una forma de decirnos a nosotras mismas que algo no funciona bien y nos invita a plantearnos qué podemos hacer.

Así que el miedo nos intenta proteger, pero al mismo tiempo, en ocasiones impide que podemos cuidarnos a nosotras mismas poniendo los límites que vemos convenientes para respetarnos y ser fieles a nosotras mismas. 

Y para que ese miedo desaparezca en ese momento en el que quieres decir no a alguien y deseas dejar clara cuál es tu posición ante un tema que te afecta poniendo un límite es necesario sacudir a ese miedo, hablar con él, decirle que estando instalado en ti no puedes ser tú porque no te permite decir y hacer lo que crees y es coherente a ti misma.

Te invito a que, aunque tengas miedo, actúes ante estas situaciones. Porque cuando descubres lo bien que sienta vencer al miedo y la satisfacción que se instala en ti cuando ver lo que puedes conseguir al hacerlo ya no quieres volver atrás.

Es precisamente cuando sacudes al miedo al decir lo que piensas y actúas poniendo un límite claro y con seguridad, es cuando puedes sentir el poder de esa mujer valiente que toma decisiones sin miedo o aquella que sabe decir lo que piensa sin rodeos

La técnica del muro de cristal

Hoy quiero hacer un ejercicio. Ayer en un directo estuve hablando de una herramienta que yo uso con mucha frecuencia y utilizo en mis talleres, formación, incluso en asesorías individuales. Se trata de la técnica del muro de cristal.

Es una herramienta, enfocada en la educación y crianza de nuestros hijos, pero que nos permite vivir con tranquilidad en situaciones en las que recibimos una crítica. Porque merecemos vivir estas situaciones sin perder los nervios, sin sentirnos incómodas, nerviosas o irritadas.

Dale al <<play>> y descúbrela:

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Descubre el botón que activa tu ira al poner límites.

Quiero hacerte una confesión.

Durante un tiempo he saltado a la yugular cada vez que alguien criticaba mi forma de criar y educar a mis hijos. Desde comentarios dirigidos a dar el pecho a mi hijo de 4 años hasta los que juzgaban la forma de resolver una mentira de mi hija, hacían que me posicionara ante el enemigo enseñando uñas y dientes para protegerme a mí y a mis crías del impacto negativo que generaban esos mensajes.

Sin embargo, descubrir el motivo real que activaba esa forma de reaccionar ante las críticas y los juicios, hizo posible cambiar y que empezara a vivir esas situaciones con una seguridad y confianza que, una vez probada, ya no he querido soltar para nada.

Esta forma de reaccionar que yo tenía me convirtió en una persona que solía estar a la defensiva cuando me relacionaba con las personas que hacían estos comentarios. Muy a mi pesar, formaban parte de mi entorno habitual y trataba con ellas a menudo. Así que estaba en este estado de alerta con frecuencia y me sentía agotada. Ahora que lo veo desde la lejanía, me doy cuenta de que tenía instalado en mí un enfado constante con el mundo.

¿Y cuál es ese botón que hace que se active nuestra ira?

Para responder a esta pregunta es necesario comprender que la ira es un sentimiento que tiene una función específica que nos ha ayudado a sobrevivir a lo largo de nuestra historia. La ira se activa cuando hay algo o alguien que impide que nosotras podamos satisfacer alguna de nuestras necesidades universales. Si esto ocurre, ese botón se enciende para protegernos y eliminar con nuestras acciones las barreras que obstaculizan nuestro objetivo.

Traducido al contexto de la crianza, nuestra necesidad es la de elegir con libertad cómo educamos a nuestros hijos. Y vivimos como barrera que impide que podamos alcanzar esa meta la crítica o el juicio que expresan las personas de nuestro entorno.

¿Pero eso es realmente así? ¿De verdad tienen ese poder?

Mi respuesta es no. Por supuesto que no.

Ahora que ya conoces el origen y la función de esa ira que en ocasiones te invade, te va a resultar más sencillo realizar pequeños cambios que van a dar resultados muy significativos. Llegados a este punto te voy a proponer que afrontes estas situaciones desde otra perspectiva.

En primer lugar, cuando empieces a notar que te invade la ira, dale las gracias. Ella es la que te va a ayudar a comprender que hay algo importante en ti que quieres proteger. ¿No es maravilloso que te pueda avisar? Dale suficiente espacio en tu interior para asimilar el mensaje que quiere transmitirte y decidir de forma consciente cómo quieres darle respuesta.

Después, hazte las siguientes preguntas:

¿A quién le vas a dar el poder de tomar tus propias decisiones para poder elegir libremente cómo educar a tu hija o hijo?

¿Qué estás dispuesta a hacer para dar respuesta a esa necesidad que se ha visto vulnerada al recibir la crítica o juicio?

Como ves, te invito a que pongas en practica la teoría. Porque, en realidad, es cuando vas a ver qué ocurre al vivir estas experiencias desde nuestro interior.

Y esta es la idea que quiero transmitir en el taller “No pisar. Cómo poner límites a las personas que nos rodean”, puesto que durante las 2 horas que va a durar, vas a descubrir cómo, realizando pequeños cambios, puedes empezar a vivir estas situaciones con la calma, seguridad y aplomo que te mereces.

Porque estar constantemente enfadada con el mundo te aseguro que no es nada agradable.

Reaccionar ante las críticas sí es importante

Hoy quiero hablar sobre cómo reaccionamos ante las críticas que recibimos de las personas que nos rodean.

¿Por qué sí es importante saber reaccionar ante estas críticas? Un denominador común que yo he observado sobre nuestras reacciones a las críticas es que muchas veces no sabemos cómo reaccionar. “¿Y ahora qué le digo yo a esta persona? ¿Le salto a la yugular?, ¿me pongo en modo zen?, ¿me callo?”

Muchas veces la forma en que reaccionamos al comentario nos afecta, nos remueve muchísimo. Porque en el fondo la forma que hemos tenido de reaccionar no nos está haciendo sentir bien, porque no cubre lo que realmente queremos en ese momento. 

En el vídeo siguiente te cuento más:

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Los efectos de quedarte callada que vas a desear evitar

Nuestra forma de reaccionar afecta a nuestros estados de ánimo, a nuestra autoestima y también a nuestros hijos, puesto que aprenden por imitación cómo reaccionar ante personas que traspasan nuestros límites o, lo que es más grave, no tienen claro que son los límites y por qué son tan necesarios.

Recuerdo la primera vez que una persona se dirigió a mí diciéndole a mi hijo de año y medio que ya era demasiado mayor para tomar teta y que si seguía iba a ser siempre un bebé y nunca crecería.

No supe reaccionar y me quedé sin saber qué decir. Dudaba de cómo responder: ¿debía ser agresiva y decirle que no se metiera en temas que no le incumbían? ¿quitarle importancia al comentario y hacer como si nada hubiera pasado? ¿decirle algo al niño? Pero no, no hice nada.

Estas situaciones son muy comunes y soy consciente que pueden hacernos sentir frustradas por no saber parar los pies a la persona que hace este tipo de comentarios.

En mi caso, no sólo fue la frustración, si no también la rabia por no haber tenido la habilidad en ese momento de reaccionar ante aquella persona. ¿No os ha pasado nunca que después de un conflicto habéis tenido un montón de ideas de cómo hubierais reaccionado? Pues también me pasaba a mí.

Pero lo que realmente me hizo reaccionar y sentir miedo y preocupación fue darme cuenta de cómo podía afectar a mi hijo y a mi hija, que por aquel entonces solo era un bebé de 3 meses, no sólo por las críticas y comentarios que iban recibiendo si no por el modelo que aprenderían si yo no reaccionaba protegiéndome a mí y a ellos.  

El blanco de las críticas podemos ser nosotras: “ya no tienes leche”, “lo que haces es malcriarlo”, “si le das la teta cada vez que llora, siempre la querrá cuando se frustre”… Pero también lo pueden ser nuestras criaturas: “eres un consentido”, “lo que haces es de bebés”, “así no te harás mayor nunca”…

¿No se merecen ellos recibir protección ante esos ataques?

¿Y nosotras? ¿No nos merecemos saber protegernos ante esos comentarios?

En mi opinión sí, y ahora puedo afirmar que no me quedo callada, aunque no siempre uso los mismos recursos para afrontar los comentarios desagradables o críticas que me han hecho las personas de mi entorno.

No todas las situaciones son iguales y por eso no siempre es necesario reaccionar de la misma manera. En ocasiones se requiere dirigirnos directamente al niño, obviando al adulto, para protegerlo y revertir el impacto que pueda tener la crítica o comentario que ha hecho el adulto.

En otras ocasiones, sobre todo cuando no estamos con nuestras criaturas, hablar con el adulto y establecer el límite con firmeza será clave. Sin embargo, incluso aquí habría muchos matices sobre cómo intervenir: frase corta y concisa, exposición de tu límite con la consecuencia de no respetarlo, explicación detallada sobre el porqué de tu límite… Dependiendo de la persona con la que hablemos, de cómo nos encontremos nosotras e incluso del tema en cuestión que estemos tratando, hará que usemos unos u otros recursos.

Sea como sea, saber reaccionar ante la crítica y los ataques sí es necesario ¿y sabéis cuándo yo lo vi perfectamente claro?

Pues fue el día en el que vi a mi hija Cèlia responder a su padre con firmeza y convencimiento ante un juicio que éste había emitido sobre cómo iba vestida. Tenía alrededor de los 3 años, hablaba por los codos, pero solo emitió 2 palabra: “vale papa”. Continuó con lo que estaba haciendo y al cabo de nada se giró y le dijo “yo me pongo la ropa que me gusta” Y siguió con su juego.

Esa misma reacción se la he visto repetir en varias ocasiones y en contextos diferentes y, que queréis que os diga. 

Mi tranquilidad en este tema está prácticamente asegurada.

Saber reaccionar ante la crítica y los ataques a nuestras decisiones es necesario para evitar nuevas situaciones, para protegernos a nosotras mismas sintiéndonos más seguras y confiadas y, sobre todo, para proteger a nuestros hijos e hijas, no solo dando un modelo al que imitar de firmeza y autoestima, si no también para que ellos mismos se sientan seguros y con confianza y crezcan sabiendo que merecen sentirse así.

¿Cuántas veces has dado explicaciones y te han tomado por el pito del sereno?

Hoy quiero compartir la experiencia personal que marcó un antes y un después en la forma de relacionarme con las personas de mi entorno y que en muchas ocasiones me generaba malestar y crispación. 

Es muy probable que hayas vivido situaciones en las que un familiar te critica por darle el pecho a tu hijo de 2 años, por no castigarle cuando rompe algo o por llevarlo en brazos cuando está cansado. 

En mi caso, la experiencia que viví fue en una comida familiar. Por aquel entonces mi hijo mayor tenía 6 años y no hacía más que sentarse y levantarse de la mesa a medida que iban apareciendo o terminando platos nuevos. Eso pareció molestar a una de las personas adultas que estaban sentadas en la mesa, que terminó riñendo al niño amenazándolo de no darle postre si no se estaba sentado. 

Recuerdo perfectamente que en ese momento me invadió la rabia y la indignación, y a punto estuve de saltar a la yugular. Sin embargo, mi reacción esa vez fue muy diferente. Y el resultado también. 

Pude mantener la calma porque, antes de decir nada, me puse a mí delante, con mis necesidades, mis principios y, sobre todo, los límites claros que no estaba dispuesta a obviar. Esos instantes que llevaba trabajando durante tiempo me permitieron enviar el siguiente mensaje:
– Yo quería respetar el desarrollo de mi hijo y sus necesidades y la de estar sentado en una silla durante 2 horas como mínimo no estaba dentro de mis planes
– Quería pasar un buen rato en familia y no quería entrar en discusiones absurdas sobre decisiones que ya había tomado y sobre las cuales no pedía opinión. 
– Que comprendía y aceptaba que otras personas no pensaran igual que yo y que todo era cuestión de encontrar un contexto en el que encontrarnos para estar todos contentos. 
– Estaba dispuesta a encontrar otra forma de relacionarme con mi familia si no se respetaba mi decisión sobre el conflicto que estaba ocurriendo, y que de la misma forma que nos encontrábamos en una casa para comer, nos podíamos encontrar en un parque para hacer un pick-nick. 

Tengo que reconocer que yo misma me quedé sorprendida de mi reacción y, sobre todo,  del poder que tenían esos instantes previos a la reacción que solemos tener cuando alguien nos critica o increpa a nuestro hijo o hija ante una situación determinada. 

Y es que cuando queremos poner límites, solemos cometer el error de pensar que son siempre las otras personas las que tiene que actuar de forma automática para sentirnos en paz nosotras y se nos olvida que, en la mayoría de casos, tenemos la capacidad de tomar acción para cuidar de nosotras mimas. 

A lo largo de este tiempo he desarrollado habilidades para poder afrontar la crítica con seguridad y confianza y os tengo que confesar que es un placer inmenso de poder y capacidad de decisión que, una vez lo pruebas no quieres soltarlo jamás. 

Ahora, tú también tienes la oportunidad de vivir estas situaciones desde la confianza y seguridad que te mereces, no sólo por ti, también para tu hijo o hija, que te ve cada día y aprende de cómo reacciona y te relacionas con los demás. 

¡No pisar! es un taller on line en el que encontrarás herramientas y recursos prácticos para poner límites a las personas que te rodean con seguridad y confianza en ti misma.

Comprende la culpa cuando aparece y actúa

Hoy vengo a hablar de culpa.

Parte de mi trabajo consiste en acompañar a mujeres en el reaprendizaje de la resolución de conflictos con sus hijos e hijas. En ese trabajo, suelen intervenir otras personas, y esos conflictos aparecen también con otras personas adultas: nuestra pareja, la suegra, la maestra del cole…

¿Qué tiene que ver esto con la culpa? Un denominador común que aparece en este tema es la aparición de la culpa cuando intentamos poner límites a la forma que tienen esas personas de intervenir ante un conflicto que tienen con nuestro hijo o hija.

En el vídeo siguiente te cuento más:

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