Cinco ideas que harán que no dudes ante las críticas de otras personas.

¿Te has encontrado alguna vez en esa situación desagradable que personas de tu entorno suelten una crítica detrás de otra cuando intervienes en un conflicto con tu hijo o hija?

“Pues así no se va a desenganchar de ti nunca”

“Si sigues haciéndole caso te va a tomar el pelo siempre”

“Come poco, deberías forzarlo más”

El vecino, la suegra, tu padre, tu cuñada, tu amigo de la infancia… da lo mismo, todos tiene la verdad sobre cómo deberías educar y criar a tu hija o hijo.

Ante estas críticas, muchas veces usamos recursos que nos terminan desgastando o, en el peor de los casos, hacen que perdamos los papeles y acabemos gritando o discutiendo de manera desagradable. El malestar se instala en nosotras, nos sentimos agobiadas, rabiosas y, por si eso fuera poco, nos tachan de histéricas y de piel sensible.  Y esto ocurre porque, en la mayoría de ocasiones, porque cometemos el error de intentar que sea la otra persona la que cambie intentndole hacer ver nuestro razonamiento.

Sin embargo, estoy segura de que te resulta familiar esa expresión de “no hay peor alumno que el que no quiere aprender”, ¿verdad? Y es que se trata de eso, de no malgastar nuestra energía en dar más explicaciones de las realmente consideras necesarias a personas que no quieren escucharlas.

Así que yo te voy a proponer 5 ideas para afrontar estas situaciones desde otra perspectiva que, si bien no va a solucionar los conflictos por arte de magina ni va a convertir a las personas que te rodean en evangelistas de la crianza respetuosa, te harán sentir más tranquila y segura en esos momentos.

 

1-Crea un mantra: yo soy la madre, yo decido. Merezco y tengo el poder de decidir cómo educar a mis criaturas.

La seguridad y confianza en nosotras mismas es clave para vivir las situaciones de crítica con calma. La mayoría de nosotras tenemos la autoestima dañada y, además, tenemos integrado un botón que se enciende cuando alguien desaprueba lo que hacemos que nos indica que “estamos haciendo algo malo”. Este botón suele ser la herencia de la educación recibida y, pese a que ahora somos personas adultas, suele activarse en momentos determinados.

 

2-Habla con tu hijo: si la crítica va dirigida a tu hijo, ponte a su altura y desmiente el mensaje que ha recibido.

Con esta acción no sólo te centras en quien verdaderamente es importante, si no que, además, estás enviando un mensaje a la persona adulta que ha emitido el juicio sin enfrentarte directamente.

Por ejemplo, si esa persona dice “¿todavía con la teta? ¡Déjala que eso es malo!”, puedes mirar a tu hijo poniéndote a su altura y decirle “tú sabes que eso no es verdad, y que tomas teta porque los dos podemos hacerlo y queremos hacerlo”

 

3-Respira: poner límites no suele gustar a las personas que tu entorno y, seguramente no van a aprobarlo.

Dejar claro qué es lo que no permites a los demás es unos de los pilares más importantes del respeto que sientes hacia ti misma y, al mismo tiempo, de cuán fiel eres a tus principios, ideas, creencias…

Sin embargo, el principal error que cometemos es el de pensar que las personas que nos rodean van a aceptar el límite sin rechistar y saltando de alegría. Eso no suele ser así, lo que implica que se instale en nosotras frustración e impotencia de ver que no conseguimos que los demás comprendan y acepten nuestra posición.

 

4-No entres en discusión: deja claro que vas a hacer lo que tú crees, pueden aceptarlo o no, es su decisión.

Esta es mi preferida, aunque también es la que requiere más fortaleza. Se trata de asumir que no vas a conseguir que los demás cambien de opinión y que, al mismo tiempo, no esperas ni deseas su aprobación.

Poner límites es centrarte en ti misma, en tus necesidades y sentimientos. Implica tomar tú las riendas de la situación que te permitan tomar la acción necesaria para sentirte como quieres sentirte. Y dejarlo claro a los demás sin esperar ni aceptación ni aprobación.

 

5-Anticpate: si hay situaciones recurrentes se previsora.

Hablar con las personas con las que te relacionas con frecuencia de discrepancias que tenéis antes de que se den situaciones de conflicto da calidad de vida.

Se trata de recordar el límite que en su día estableciste, de recordar que no estás dispuesta a que se supere esa línea. Como guinda final, y para tener claro cuál será tu siguiente paso, te animo a preguntar:

Con todo lo que te he explicado, ¿estás dispuesto/a a respetarlo?

 

Y ahora te pregunto yo a ti, ¿que estás dispuesta tú a hacer si la respuesta es que no?

Y juras que la próxima vez le pararás los pies

Hoy tienes una reunión familiar. Os juntáis un montón de personas de la familia de tu pareja, entre ellas, el cuñado que siempre le está tocando las narices a tu hijo, de 5 años, alborotándole el pelo, diciéndole que si llora será como una niña, que juega con él a empujones y luchas, que le dice que es un quejica cuando se cae y llora… Solo de pensarlo te entran todos los males.

Pero es la familia de tu marido… y vas. Y empiezan a darse esas situaciones que tanto os remueven a ti y a tu hijo.

 

Decides intervenir:

“A Miguel no le gusta que le toquen el pelo. No lo hagas, por favor”

“Llorar no es de niñas ni de niños”

“Si jugar a luchas no es divertido para los dos es necesario cambiar de juego”

Pero sigue en sus trece y a ti te invade la rabia, la impotencia y te dan ganas de largarte y no volver a pisar ese lugar nunca más. Notas que tu crispación aumenta cuando, después de intervenir en estas situaciones, tu cuñado te suelta:

“Eres una exagerada”

“Lo estás consintiendo demasiado y lo vas a volver un blandengue”

“Deja que se haga fuerte, que si no la vida le va a dar un montón de palos”

Tú no te quedas callada, por su puesto. Sin embargo, lo que sale de tu boca ya no son solo palabras. Atacas y te pones a la defensiva esperando el contraataque de la otra persona. Te sientes nerviosa porque sabes que digas lo que digas, la otra persona va a seguir insistiendo en que tú eres la que lo estás educando mal. Es una mezcla de rabia e impotencia por no saber cómo cambiar la situación.

 

Porque, en el fondo, te gustaría que esa persona cerrara la boca y no se metiera en tus asuntos.

Porque desearías poder disfrutar de una comida tranquila haciéndole ver a tu cuñado cómo le afecta a tu hijo y también a ti su forma de relacionarse con ambos.

Porque te gustaría hacer desaparecer esa sensación tan incómoda en tu pecho y en tu estómago que no te deja relajar tu cuerpo.

Una vez más, esa reunión familiar resulta ser una pesadilla y te prometes a ti misma no volver a ir.

Pero lo vas a hacer, y esta vez con otras herramientas. Con recursos que te permitan poder poner un límite a esas personas que intervienen de forma no respetuosa contigo o con tu hijo. Con la capacidad de tomar decisiones que os protejan y os permita sentir el respeto que os merecéis.

¿Tienes estás herramientas? ¿Te gustaría tenerlas?

Comunicación empática para resolver conflictos

¿Te has parado a pensar cuánto puede ayudarte una buena comunicación empática para resolver esos conflictos que surgen aunque no los busques?

Autoestima en su punto justo: la clave básica

Cuando queremos comunicar algo necesitamos motivación para ello. Desde luego que las razones que tengamos van a ser necesarias. Pero también se requiere que el mensaje vaya de ida y, también, regrese. Es decir, requiere una actitud de escucha activa y empatía hacia la otra persona.

Si solamente tienes en cuenta tu punto de vista pero subestimas el de la otra persona puedes provocar dos efectos: que la otra persona se someta para no discutir o que se rebele. En ambos casos el conflicto se agrava.

Necesitas averiguar cuáles son sus necesidades y conseguir llegar a un punto intermedio entre sus requerimientos y los tuyos. Para eso sirve la comunicación no violenta.

Aquí, la autoestima tiene que estar en su centro, ni demasiado alta ni tampoco baja. De esa forma conseguirás expresarte con asertividad y el efecto suele ser una apertura y confianza proveniente de la otra parte.

¿Y por qué será que se produce esa apertura? Precisamente, porque no hay ninguna agresión ni coacción. Comunicar es un acto de libertad y respeto mutuos.

Sigue a tu corazón. Cuando hables desde el profundo sentimiento, sin críticas, quejas ni reproches, probablemente vas a estar más cerca de una comunicación con escucha activa, objetividad y empatía.

Rutinas diarias que ayudan a resolver conflictos

Llegar a ese punto de mediación requiere de un entrenamiento diario y concienzudo.

No des por supuesta la posición de la otra persona. Realmente no sabes lo que piensa hasta que te lo dice.

Observa tu interior antes de hablar, lo que piensas y lo que sientes. Muchas veces creerás que estás comunicando con respeto y, en realidad, llevas una carga interna de la que no eres consciente.

El diálogo es una de las rutinas diarias más importantes, pero sin críticas, quejas o reproches. Tampoco sirven las palabras con doble sentido ni las cargas de profundidad.

– No olvides que para dialogar hace falta que escuches con atención y sin juzgar lo que te dice la otra persona. Esto puede resultar algo difícil, pero es básico para aprender a respetar otros puntos de vista distintos del nuestro.

Intenta ponerte en la situación de la otra persona cuando escuches. No se trata de que justifiques sus errores, sino de aceptar que tiene sus defectos así como sus cualidades. Cuando la otra parte se sienta aceptada y comprendida, va a dejar su posición defensiva para iniciar una apertura.

– La solución del conflicto siempre consiste en un acuerdo que aceptan de buen grado todas las partes implicadas.

– No hace falta la agresividad. El punto de partida de la firmeza es el respeto hacia uno mismo y hacia los demás y siempre se expresa con suavidad y cariño.

Cuando utilices una comunicación empática, te vas a dar cuenta de que la situación fluye hacia un respeto, entendimiento, comprensión e integración de todos los puntos de vista.

!Y qué! ¡Tú también gritas cuando te enfadas!

“¡Y qué! ¡Tú también gritas cuando te enfadas!”

Recuerdo cómo me impactó la primera vez que escuché estas palabras hace 5 años.  Mi hijo sólo tenía 4 años y acababa de enfadarse muchísimo porque le dijimos que no podía salir al parque. Empezó a patalear y a gritar y al intentar calmarlo y pedirle que no gritara me recriminó que un día yo también había gritado cuando estaba muy enfadada.

 Independientemente de cómo acompañé esa situación (visto ahora, lo haría con más recursos, por supuesto) , ¡cómo me dolieron esas palabras! Por dos razones. La primera, por recordar que en otras situaciones no había podido mantener la calma. La segunda, por darme cuenta de la importancia que tiene el modelo que damos a nuestros hijos e hijas. 

 

Cómo nos remueven estas situaciones

Podemos vivir estos momentos en los que nuestros hijos nos recuerdan que no siempre aplicamos una educación respetuosa como verdaderos torbellinos internos. Pensamientos como “yo sólo grito de vez en cuando y tú cada día”, “por una vez que pierdo los papeles y mira cómo me lo echa en cara”, “es que hay cosas y cosas por las que enfadarse”…  son muy frecuentes y todos tienen un denominador común: buscamos comprensión y empatía… al igual que nuestro hijo en ese preciso momento. No siempre tenemos las herramientas ni estamos preparadas para abordar una situación desde el respeto y la empatía. Sin embargo nos esforzamos día y noche para seguir creciendo y mejorando como madres. Y en muchas ocasiones buscamos el reconocimiento y respeto a ese esfuerzo. 

Dos personas faltas de empatía difícilmente podrán dar comprensión a la otra persona. Este es el principal motivo por el que estas situaciones terminan en una lucha de poder que tiene como telón de fondo el “y tú más”. ¿Resulta familiar?

Entonces, ¿qué hacer? Porque si se supone que yo soy la persona adulta y tengo que empatizar y acompañar a mi hijo en estos momentos y resulta que soy yo la que necesita de ese acompañamiento parece que el tema está complicado. 

Pues sí… y no. 
Uno de los pilares para dar respuesta la necesidad que tenemos en momentos como estos es el crecimiento personal. Conocernos, aceptarnos y saber darnos a nosotras mismas lo que necesitamos es uno de los recursos más valioso que yo he descubierto en este camino. 

Mi reacción ante situaciones con frases del tipo “y tú un día gritaste”, 5 años después, son muy diferentes y se resuelven de forma respetuosa, siendo capaz de empatizar con mis sentimientos y necesidades y las de mis hijos. 

Ahora, también quiero que tú puedas conseguirlo. ¿Quieres?

7 errores que cometes cuando quieres aplicar las bases de una educación respetuosa en un momento de conflicto

En varias ocasiones he comentado que han llegado a mí mujeres con una idea clara de lo que querían para sus hijos e hijas, con libros leídos e incluso cursos sobre crianza respetuosa hechos. Mujeres que, pese a la formación y conocimientos adquiridos, seguían teniendo bloqueos cuando se encontraban ante un conflicto con sus pequeños. 
 
En este post, voy a contarte 7 errores muy frecuentes que pueden ser el origen de los bloqueos que tienes cuando surge un problema con tu hijo y quieres aplicar las herramientas de una comunicación empática dentro de la crianza respetuosa.  
 
1. Marcas objetivos inalcanzables fácilmente

Un fallo muy común que cometemos cuando queremos poner en práctica la teoría que ya sabemos es el de querer hacerlo todo perfecto. Cambiar nuestra forma de actuar implica un aprendizaje en el que es muy fácil cometer errores. Marcarnos metas adecuadas al momento en el que nos encontramos nos ayudará a no sentir que fracasamos y que no podemos con lo que nos proponemos

2. Falla algún concepto teórico

¿Tienes dudas en un momento determinado? ¿No sabes si la forma de reaccionar es la que “deberías hacer”? Quizás hay alguna cosa que se escapa y es necesario investigar

3. Te rindes antes de volverlo a intentar

Equivocarse no es malo si sabes aprender de los errores. Nadie dijo que el camino fuera fácil, pero tampoco imposible. ¿Quién te dice que no lo conseguirás la próxima vez?

4. Olvidas qué es lo que quieres hacer

¿Qué es lo que quieres conseguir? ¿Qué motivación deseas que se active en tu hijo? ¿Qué estás haciendo para que sea esa motivación realmente y no otra?

5. No tienes presentes tus objetivos cuando actúas

Tener claros tus objetivos te ayudará a relativizar lo que está sucediendo en ese momento. Todo está integrado en un objetivo a largo plazo. Es clave estar convencida de cuál es.

6. Te falta tomar aires y bajar el ritmo cuando conduces la situación

Resolver conflictos requiere espacio y tiempo. ¿Estás dispuesta a destinarlo? Para, respira y date el tiempo necesario para plantear una buena estrategia que te permita usar los recursos respetuosos que tu hijo y tu os merecéis.

7. No has cerrado lo que te ha ocurrido justo antes

A veces acumulamos estrés. A lo largo del día acumulamos tensiones que explotan en un momento determinado. Los conflictos con nuestros hijos suelen ser uno de estos momentos. Asegúrate de que cuando estás resolviendo un problema con tu hijo no estás liberando otro tipo de conflicto.

 

Estos son algunos de los errores más comunes, pero no los únicos. 

Si quieres seguir investigando y profundizando sobre los bloqueos que te impiden usar los recursos de una crianza respetuosa puedes obtener más información pinchando en el enlacesiguiente. 

Viví castigos injustos como alumna, sin embargo, yo de maestra también castigué

Recuerdo perfectamente lo que me cabreaba que nos castigaran a todos en clase por la acción de una sola persona.
Era algo que consideraba tremendamente injusto y hacía que sintiera odio por el maestro en cuestión que aplicaba dicho castigo.

¿Qué teníamos que ver las personas que no sabíamos de qué iba el tema? ¿Qué motivo había para quedarnos sin patio si ni siquiera sabíamos lo que había pasado?

Ahora sigo pensando que era injusto, pero tengo que haceros una confesión.

Yo, como maestra, también apliqué en su día ese castigo.

¿Cómo se explica que algo vivido como desagradable e injusto podamos repetirlo ahora desde el otro lado? ¿Es que no nos acordamos de lo que vivimos? ¿Es que no somos conscientes del impacto que tuvieron esas experiencias en la relación con la persona adulta que las activó?

Pues no, seguramente.

Lo que hacemos es repetir patrones, aunque sea de forma inconsciente.

Esa es la gran dificultad a la que nos enfrentamos cuando queremos cambiar la forma que tenemos de educar, ya sean a nuestros hijos como a nuestros alumnos. El principal escollo es cambiar esos patrones anclados.

Pero os voy a decir una cosa: se puede cambiar. ¡Vaya si se puede! Y si no, miradme, aquí estoy ?

¿Cuál es el truco? Pues estas son algunas de las cosas que para mí han sido más importantes:

– Darme cuenta de cómo me estaba relacionando con los niños y cómo afectaba a la relación que estaba construyendo con ellos.
– Marcarme un objetivo claro y repetirme día y noche que lo iba a alcanzar.
– Plantearme pequeñas metas que me ayuden a ver que crezco, que avanzo y que todo es posible si me lo propongo
– Mejorar mi autoestima: yo puedo, yo valgo, yo merezco ser esa persona que quiero ser.
– Ver los avances, por pequeños que sean, como grandes logros, y los fracasos como simples errores de los que aprender.
– Rodearme de personas que sí lo han logrado y que pueden ser un referente para mí.
– Formarme, por supuesto.
– Salir de mi zona de confort. Esperar cambios implica dejar de hacer lo mismo.

Y vosotras, ¿qué estáis dispuestas a hacer para conseguir el cambio que estáis deseando?

¿Quieres saber cómo ser la protagonista principal de lo que te ocurre?

Existen momentos en los que puedes sentirte desbordada por las circunstancias externas. Momentos que te producen algún tipo de malestar y que, sin embargo, no afrontas de forma asertiva. La empatía es una cualidad humana y, por ello, tienes la capacidad de reinterpretar estas situaciones de conflicto desde esta perspectiva asertiva.

Sin embargo, existen patrones de conducta adquiridos y reafirmados a través del poder de la educación y de las experiencias vividas y repetidas en la infancia y la adolescencia, escenas que perduran hasta la etapa adulta y se convierten en mecanismos de defensa habituales cuando te posicionas ante un conflicto en actitud de alerta.

Cómo evitar la reproducción de patrones

La educación que ha recibido una persona genera una influencia directa en cómo aborda los problemas. Por ejemplo, una persona que ha sido educada en un ambiente estricto en el que la fortaleza se confunde con la ausencia de manifestación de emociones que en este contexto se interpretan desde el marco de debilidad, por ejemplo, la tristeza, el llanto, la pena o la compasión, en este caso, la persona ha aprendido a reprimir sus emociones. Cuando la lucha de poder se instaura en el seno de un conflicto, surge una rivalidad con la otra persona al querer dar voz a la propia autoridad.

Cuando vives un momento de conflicto, ese hecho no se desarrolla únicamente en el plano exterior de la situación observable a nivel objetivo. Es decir, existe también una realidad subjetiva que reinterpretas desde un diálogo interno del que tal vez no eres consciente porque no te has parado a escucharte con calma en ese momento. Comprender qué te ocurre en una situación de estas características significa ampliar la mente y el corazón para asumir las emociones, las sensaciones y las ideas que surgen en una situación de conflicto que a veces se traduce en un enfado.

Las emociones y los sentimientos no son positivos o negativos, sin embargo, existe una tendencia frecuente de censurar aquellas sensaciones que se estigmatizan con el adjetivo de la negatividad. Todas las emociones son positivas, te ofrecen una información valiosa sobre ti misma, por tanto, te permiten conocerte mejor. Pero, además, al escuchar qué te ocurre, puedes expresarlo y verbalizarlo ya que gracias al poder del lenguaje también obtienes un mayor autocontrol sobre la situación.

El ser humano tiene la capacidad de desaprender algunos hábitos para entrenar otros nuevos. Pero, también, es un ser condicionado por sus experiencias previas. Eso no significa que estés determinada por la educación que has recibido o por tus propias experiencias pasadas. No estás determinada a modo de causa y efecto, sin embargo, todo ese legado sí ha generado una influencia en ti. Ha producido una huella porque durante mucho tiempo, esa información vital ha formado parte de tu zona de confort.

Eres la persona más valiosa y significativa de tu vida, sencillamente, porque eres dueña de tu destino en aquellas decisiones sobre las que tú tienes el control de la realidad. Por tanto, mereces darte importancia. Cuando experimentas un conflicto interior, tienes que escuchar qué te está pasando, cómo te afecta esa situación, cómo te hace sentir en presente. Entrenas la asertividad cuando profundizas en el plano personal para explorar tu universo interior. ¿Y por qué es tan importante que dediques este tiempo a conocerte? Porque si no lo haces, corres el riesgo de actuar en automático en otras situaciones similares, en lugar de tomar una distancia emocional para valorar distintas posibilidades de actuación.

 

Recuerda que si habitualmente reaccionas de forma similar, los resultados serán también previsibles. Por el contrario, si desarrollas nuevas herramientas de actuación, tu calidad de vida emocional mejora a partir de la libertad como creatividad. Es decir, como persona libre, tienes un potencial inagotable de respuesta para tener una nueva actitud ante esa situación que incrementa tu vulnerabilidad.

 

La educación influye de forma muy positiva en la formación emocional que has recibido. Sin embargo, más allá de las fortalezas personales que te ha aportado esa influencia familiar, también puedes observar algunas carencias internas que te gustaría corregir por medio del desarrollo personal. La buena noticia es que como protagonista única e irrepetible de esta aventura de tu presente y de tu potencial futuro tienes el tiempo necesario para perfeccionar tu inteligencia emocional y, de este modo, resolver y gestionar los conflictos a partir de tu propio bienestar.

La aceptación de las emociones te ayuda crecer

La empatía es uno de los sentimientos más humanos. Es esa capacidad que te permite comprender al otro como otro. Es la aceptación incondicional de la alteridad. Sin embargo, la empatía comienza por ti misma al darte la importancia que mereces. Al escucharte y comprenderte. Los conflictos pueden ser incómodos, pero no son negativos.

Son experiencias positivas que te ofrecen nuevas oportunidades de desarrollo para entrenar la expresión asertiva y evitar la lucha de poder. ¿Qué vas a hacer para crecer a nivel interno?    

Esto es lo que debes saber para incluir la empatía en tu día a día

Dicen que la empatía es la capacidad de ponerse en el lugar de otra persona y comprender cómo se siente. Pero, ¿cuántas veces has sentido que conectas inmediatamente con otra persona, incluso cuando la has visto solamente una vez?

Por otro lado, ¿en cuántas ocasiones no encuentras la forma de llegar a otra persona con quien convives a diario y vas creando un muro de incomprensiones? ¿Te resulta familiar? ¿Consideras que tienes una comunicación empática con las personas con las que te relacionas en tu día a día?

Empatía y emoción: la clave para sintonizar la misma onda

Cuando te das importancia a ti misma abres tu corazón a otras personas. No nos estamos refiriendo a hablar sobre intimidades o revelar tus más profundos secretos.

Simplemente, escuchar con atención, no juzgar a la otra persona y comprender su situación, forma de ser o momento personal vital. Tal vez estés de acuerdo con la otra persona, o no. Eso no es obstáculo para “sintonizar su onda” y comprenderla en un momento dado.

Todos necesitamos sentirnos escuchados, comprendidos, apoyados y que nuestra emoción no quede como un eco en el vacío. Pero tampoco querríamos que pensaras que tienes que apoyar a los demás en sus caprichos e imposiciones.

Conocer bien tus límites, no imponer tu perspectiva, comunicar de forma respetuosa y clara lo que sientes. Pero, al mismo tiempo, dejar espacio para que la otra persona también se exprese, como mejor pueda, para hacerse comprender.

Y tú, simplemente escuchar y estar ahí, acompañando con la mirada, con tus manos, con tu atención. Y con lo más importante: tu corazón para acoger con los brazos abiertos las expresiones de los sentimientos de la otra parte.

No hace falta dar consejos ni querer animar u orientar. Los desacuerdos se suavizan cuando aclaras que tienes otro punto de vista, pero comprendes el suyo.

Hay mucha teoría sobre la empatía. Y aunque es necesaria, en la práctica, se reduce a la simplicidad de escuchar con el corazón abierto y dejar espacio de expresión al otro.

Accede al grupo gratuito de FB Apoyo para la comunicación empática y la empatía

De miedos, auto-sabotajes y autoestima

Si ya me conoces un poco sabrás que, además de dedicarme a acompañar familias en la crianza y educación de los niños, soy maestra de primaria. Es una profesión que llevo ejerciendo durante más de 15 años y que ha ido creciendo conmigo. Y también es cierto que ese desarrollo profesional se ha visto influenciado por mi maternidad en los últimos 9 años.

La maternidad ha tenido un peso muy importante en la transformación de mi vida profesional, hasta tal punto que es gracias a ella que estoy ahora en el punto en el que me encuentro. Así que, actualmente, intento compaginar mi profesión “de siempre” y una nueva versión de mí misma que se ha lanzó al emprendimiento hace más de 2 años.

¿Y por qué te cuento todo esto? La verdad es que, aparentemente, no tiene mucho que ver con el título que he puesto, ¿verdad?

Llevar dos trabajos no es tarea fácil, y menos si se tienen 3 criaturas que tienen edades en las que todavía necesitan mucha presencia de su madre. ¿Pero a qué renunciar? En el post de hoy quiero hablar de lo que ha implicado para mí tomar una decisión tan importante como la de plantar mi futuro profesional y de lo que nos suele ocurrir cuando decidimos dar un giro importante. No me refiero a tomar una decisión sencilla y aparentemente simple, sino a aquellas que afectan significativamente a nuestro futuro y a las personas que nos rodean. En mi caso, una de las ideas que ronda desde hace un año es poder dedicarme plenamente a mi emprendimiento y dejar, aunque sea de forma temporal, la escuela.

¿Pero qué implica tomar una decisión de tal envergadura?

No voy a entrar en detalles y comentar los pros y los contras de una decisión como la mía, es algo muy personal. Aún así, cuando una persona toma la determinación de dar un paso importante, suele darse un hecho común: tener que salir de la zona de confort.

Lanzarse a hacer algo diferente implica que todo lo que hemos construido a nuestro alrededor tiende a tambalearse. Miedo a la crítica, a la falta de solvencia económica, a no “dar la talla”, a no tener suficientes recursos… y un largo etcétera tan variopinto como la decisión que podemos tomar y que consideramos tan trascendental. El miedo, ese gran controlador que está instalado habitualmente en nuestro cerebro nos impulsa a desestimar decisiones que nos llevan a salir de lo que hemos hecho siempre.

El miedo, pese a todo, nos mantiene alerta y puede ser un elemento clave para evitar desastres y decisiones erróneas, pero al mismo tiempo, es el que nos puede privar de vivir y hacer lo que realmente deseamos.

¿Y cómo sé si hacer o no hacer caso al miedo?

Creo firmemente que al miedo se le vence con el convencimiento, y éste va a depender de lo firmes que sean nuestras creencias, que son, para mí, los pilares de lo que realmente queremos y deseamos ser.

Pero incluso con el convencimiento necesario que nos permite tomar una decisión que nos haga salir de nuestra zona de confort, hay otro obstáculo que se nos va a presentar con frecuencia: nosotras mismas y nuestro auto-sabotaje.

Si el miedo es el que hace que no tomemos decisiones que se salgan de lo que tenemos configurado como “normal”, el auto-sabotaje lo que hará, una vez hayamos tomado la decisión de salir, es intentar por todos los medios que volvamos al punto inicial sembrándonos de dudas y de esos famosos “y si…” que nos harán pensar que nuestra decisión no ha sido correcta.

Por eso, una vez más, creo tan firmemente que cuidar nuestra autoestima debería ser una de nuestras prioriades. Ésta se sustenta en el respeto hacia nosotras mismas, a sabernos merecedoras del bienestar que buscamos cuando nos planteamos un cambio, no sólo físico, si no también emocional y de esa creencia en nuestras capacidades y decisiones. Con todo esto, es con lo que conseguiremos vencer al miedo que no nos permite avanzar.

A veces, para empezar, sólo es necesario dar pequeños pasos. Ten en cuenta el momento en el que te encuentras, qué es lo que tienes y hacia dónde quieres andar. Si tienes claro el objetivo, el convencimiento y dónde está tu meta, ir saliendo de tu zona de confort será, como mínimo, un poco más sencillo. Confía en ti.