Los 10 mensajes que tus hijos querrán escuchar cada día

En muchas ocasiones las personas que llegan a mí me preguntan cómo pueden mejorar la autoestima de sus hijos.

La autoestima es la imagen que tiene una persona de sí misma, y en la etapa que viven nuestros hijos e hijas se va formando a partir de los mensajes que reciben de sus figuras de referencia.

No podemos generar una autoestima positiva en nuestros hijos porque es algo que crean ellos mismo a partir de cómo reciben, filtran y procesan la información que les llega de su alrededor. Pero lo que sí que podemos hacer es acompañarlos para que el concepto que tienen de sí mismos les ayude a tener una autoestima saludable.

Hoy quiero compartir 10 mensajes que podemos enviar cada día a nuestros hijos para llevar a cabo este acompañamiento:

  1. Eres maravilloso, no cambiaría ni un solo pelo de tu cabeza

  2. Eres único

  3. Tu opinión es importante, qué elegirías tú.

  4. Tú puedes.

  5. Te quiero porque eres…

  6. Cuando me necesites me llamas, estaré aquí

  7. Contigo disfruto haciendo…

  8. Esta idea es muy interesante, gracias por compartirla conmigo

  9. Confío en ti.

  10. Mereces lo mejor

Estos son solo algunos ejemplos, estoy segura de que tú tendrás muchos más que compartir aquí. Estaré encantada de leerte.

¿Usas estos mensajes con tu hijo cada día? Recuerdo cuando yo me propuse acompañar a mis hijos a mejorar su autoestima mi planteé como rutina diaria decirles, uno a uno, 10 cosas que me gustaban de ellos. Hoy en día ellos, pueden decir sin muchas dificultades ni ayuda, 30 cosas que les gustan de sí mismos. Vamos avanzando, pero aún nos queda trabajo por hacer.

Aprende a pedir colaboración y obtén la participación de tus hijos en las tareas de casa

¿Quieres que tu hijo colabore en las tareas domésticas? ¿Te cuesta motivarlo para que se implique participe sin que el día a día sea una discusión constante?

Si es así, hoy quiero darte unas ideas que te pueden ayudar a conseguirlo.

Cuando le pedimos a nuestro hijo que recoja su habitación, que ponga la mesa o que no deje la ropa en el suelo del baño después de ducharse, podemos obtener varias respuestas. La ideal, la que en el fondo estamos esperando, es un sí acompañado de la acción concreta que estamos pidiendo. Si ésta es la reacción que tiene nuestro hijo, el conflicto no aparece y todo fluye. Pero si estás interesada en este post es que, en tu caso, no suele ser la habitual.

Cuando tenemos la impresión de que nuestro hijo no colabora es porque vemos que aquello que pedimos no suele realizarse. Podemos recibir la negativa directa y clara de nuestro hijo con respuestas como “no quiero”, “estoy es un rollo”, “no me apetece”…; o esos famosos “ahora va”, “enseguida voy”, “en cuanto termine”, ¿os suena?

Cuando no obtenemos la colaboración que deseamos de nuestro hijo, es clave plantearnos qué está fallando. Por eso, os animo a que tengáis en cuenta los 10 puntos siguientes.

1- Márcate objetivos

¿Por qué necesitas que tu hijo colabore? ¿Qué quieres conseguir?

Es importante tener en cuenta qué nos mueve a pedir la colaboración de nuestro hijo, cuál es nuestra motivación real. Pero, sobre todo, cuando nos planteamos nuestros objetivos, es necesario analizar si esa motivación está basada en alguna creencia que no es coherente con nuestra idea de crianza respetuosa al mismo tiempo que tenemos claros los valores que deseamos transmitir cuando nos planteamos esa colaboración.

2- Empieza por algo sencillo

Para plantear cualquier objetivo es imprescindible saber cuál es el punto de partida.

La edad madurativa de nuestro hijo, el carácter o el trabajo previo que hayamos hecho puede ayudarnos a determinar qué es viable que le pidamos y qué no. Parece algo sencillo, sin embargo, en muchas ocasiones podemos dar por sentado que con X años “deben” hacer una cosa concreta, compararlo con otros niños o evocar una imagen de nuestra infancia en la que basarnos.

Ser realista y dar pasos pequeños pero firmes son los pilares que nos ayudarán a cumplir nuestra meta.

3- Implica a tu hijo en las decisiones

¿Sabes la diferencia que hay entre plantear lo que “debe hacer para colaborar en casa” y lo que “cree que puede hacer para colaborar en casa”? La motivación que se deriva de tomar sus propias decisiones.

En ocasiones se nos mete entre ceja y ceja que una de las responsabilidades de los niños es la de recoger los juguetes. Nuestra batalla se centra en que asuman esa responsabilidad. Si nuestro objetivo es la de transmitir el valor de la cooperación y la colaboración, ¿por qué nos centramos en que deban hacer algo concreto?

Implicarles en tomar sus propias decisiones es darles el mensaje de que no buscamos obediencia, si no colaboración.

4- Acuerda tempos y momentos adecuados

Implicarlos en las tareas domésticas nos lleva a hablar de qué y cómo van a participar. Cuanto más detallado sea el acuerdo y más fácil será que evitemos interpretaciones que nos lleven a un conflicto. ¿Os suena eso de “ahora mismo lo hago” pero que no se realice?

Tan importante es acordar qué es lo que pueden hacer para colaborar como definir cuándo lo van a realizar o cuál es el marco en el que lo van a hacer.

5- Empatiza con sus necesidades

Si pese a todo, llega el momento y nuestra hija o hijo no colabora o no respeta el pacto acordado, empatiza.

¿Qué está necesitando en ese momento? ¿Podemos darle empatía para que reciba que comprendemos su estado emocional y sus necesidades?

Realizar este primer paso no implica que perdamos de vista el acuerdo ni que cedamos. Sencillamente es un trabajo que nos permite asegurarnos que se sienta comprendido y esté más receptivo a escuchar nuestro punto de vista en el asunto.

6- Evita la exigencia cuando pidas

Cuando vayamos recordarle a nuestro hijo lo que queremos que haga o el acuerdo que tenemos sobre la colaboración en las tareas domésticas cuidado con el lenguaje que usas. Y cuando digo lenguaje no sólo me refiero al verbal.

Nuestras palabras son importantes para no enviar un mensaje de exigencia que bloquee la capacidad de comprender una situación de forma empática por parte de nuestro hijo. Sin embargo, nuestro mensaje no sólo se define por las palabras que usamos, también entra en juego el lenguaje no verbal, que si no lo tenemos en cuenta, puede jugarnos malas pasadas al ser contradictorio a lo que decimos con palabras.

7- Confía en la capacidad de colaboración

Ten confianza en tu hijo, es clave.  Y no solo lo pienses, transmíteselo constantemente. La imagen que tiene de sus capacidades, de lo que puede o no puede hacer depende, en gran medida, de lo que recibe de las personas referentes para él o ella. Tú eres una de ellas.  

8- Valora su esfuerzo

No todo son batallas perdidas. Estoy segura de que hay momentos, aunque sean pocos y te parezca que no son de mucha importancia, en los que tu hijo ha realizado una acción que implica colaboración: participar en la elaboración de la comida, colocar un objeto en un lugar determinado, ir a buscar un producto en un supermercado… Sea lo que sea, valora su participación. Se trata de fomentar estas pequeñas acciones, no sólo cuando le pedimos colaboración en las tareas domésticas, si no que perciba que es algo positivo en otros momentos también.

9- Habla de consecuencias naturales siempre que puedas

Aprender a partir de las conversaciones (y no sermones, ojo) que tenemos con nuestros hijos es uno de los aprendizajes más significativos que podemos realizar. Por eso, aprovecha cualquier oportunidad para mostrar las consecuencias que tiene no realizar una acción concreta, por ejemplo, si no ponemos los juguetes en las cajas cuando los buscamos para jugar no los encontramos en su sitio.

Pero cuidado, estas conversaciones pueden convertirse en sermones moralistas con facilidad. Es clave poder expresarnos sin juicios.

10- Piensa en tus objetivos a largo plazo

En momento de conflicto en el que nuestro hijo no quiere colaborar es importante tener en cuenta cuáles son nuestros objetivos a largo plazo. No perder de vista nuestra perspectiva nos puede ayudar a relativizar, a tomar cierta distancia del conflicto que se está dando en ese momento que nos permita tomar decisiones con objetividad.

Si crees que estas ideas pueden ayudarte a mejorar la forma en la que abordas los conflictos con tu hijo te invito a que me cuentes cuál es tu situación y en qué momentos te cuesta más encontrar la colaboración y participación de tu hija o hijo en las tareas de casa. Estaré encantada de leerte.

Ir al restaurante con niños y no morir en el intento

Comer, una acción súper sencilla ¿verdad? Piensa en un restaurante, lleno de gente, con tus amigos que hace tanto que no los ves… ¿Todo genial? Ahora piensa lo mismo, pero con gritos, llantos, una vocecilla que dice “papá, mamá” constantemente sin dejarte articular palabra… según cómo, ya no es tan genial. O sí.

Esa acción social tan utilizada para quedar con los amigos y evadirte del mundo queda olvidada en cuanto los niños empiezan a andar. Así que lo mínimo que deberíamos saber es cómo seguir disfrutando de estos momentos cuando nos convertimos en padres y madres.

Situaciones que nos irritan y que podemos solucionar
  1. Gritos y más gritos

    Para evitar esos gritos insoportables y conflictos entre los demás comensales lo mejor es el entretenimiento sobre la mesa: pequeños juegos de viajes, colores y cuadernos. Recuerdo una temporada que en el coche siempre llevábamos una gran bolsa con un “kit” especial por si la decisión de ir a un restaurante nos pillaba desprevenidos. Quizás en estas situaciones somos reacios a usar móviles, tablets y videojuegos, pero hay que tener en cuenta qué necesidades queremos cubrir (las nuestras y las de los niños) y si tenemos alternativas. Si la comida va a ser larga y nos apetece hacer una buena sobremesa, tal vez esas maquinillas nos pueden echar una mano, ¿no os parece?

    2. ¿Dónde se han metido?

    No todos los niños son iguales, lo sé. Lo he vivido yo misma con mis tres hijos. Recuerdo perfectamente lo relativamente fácil que era ir a los restaurantes con mi hijo mayor, al que se le podía entretener fácilmente con cualquier cosa en la mesa. Pero cuando tuvimos a nuestra pequeña y empezó a corretear… ¡Ni os explico la de veces que nos teníamos que levantar para buscarla entre los comensales! Y los la encontrábamos en cualquier rincón, ¡hasta en la cocina se nos coló una vez. Te pensabas que estaba en el suelo entretenida y de pronto había desaparecido

Los juicios a la hora de elegir un restaurante tienen que ser claros. Una opción a considerar para las criaturas más inquietas es informarse si el restaurante tiene zona de juegos o incluso personas que puedan estar a su cargo.

3. ¡Puagg, qué asco!

“No me gusta” es la frase más repetida por los niños en un restaurante. Cuando llames para reservar o antes de entrar en un sitio, pregunta siempre si tienen menú especial para los niños. Y con esto no me refiero a que tengan macarrones, carne, patatas fritas con ketchup y un huevo frito. Oye, que si es eso lo que les gusta, adelante. Sin embargo, considero que muchas veces, por el simple hecho de ser niño, se les priva de la posibilidad de comer los mismo que un adulto. Al fin y al cabo, lo que puede pasar es que un menú entero o una ración “de adulto” sea demasiada cantidad. ¿Os imagináis lo frustrante que puede ser para un niño a la que no le gustan los macarrones con tomate o la carne rebozada que le pongan siempre el mismo menú en los restaurantes? Yo sí, tengo a una en casa.

4- ¿Cuándo nos vamos?

La segunda frase más repetida por nuestros hijos puede ser la pregunta: ¿cuándo nos vamos? En el momento que sacan el café y nos apetece estar ese rato reconfortante después de la comida, nuestros hijos están ya cansados, se aburren y quieren irse cuanto antes. Tener un as en la manga guardado es una idea fantástica: un postre extra, una actividad especial… algo que les anime a estar un rato más mientras los adultos terminamos el placer de la sobremesa.

Soluciones sin complicaciones

Si todos estos consejos ya los has probado y no han funcionado, no te agobies. Quizás la solución definitiva nos es ir juntos y otra opción puede ser dejar a los niños en casa. Ir a un restaurante en familia implica tener la capacidad de comprender que todos tenemos nuestras necesidades, incluidos los niños. 

A veces lo que buscamos no es una actividad en familia, si no tener un momento íntimo con la pareja o un reencuentro con los amigos.  

Sin embargo, puede resultarnos complicado encontrar a alguien para que tenga a los niños, pero siempre habrá una persona que nos salve. Estas son algunas de las soluciones que proponemos:

1. Adorables abuelos

Nuestros padres pueden quedarse ellos. En la mayoría de casos son personas cercanas a los niños que pueden cuidarlos, complacerlos con gusto.

2- ¿Tíos? Por supuesto

La otra opción son los tíos. La familia puede ser una gran tribu y mucho más divertida si los primos tienen una edad parecida. Harán buena amistad, compartirán recuerdos y disfrutarán de la infancia todos juntos.

3- Me debes una

Todos tenemos algún amigo que nos debe un favor y esta es la ocasión perfecta. Además, si este fiel compañero tiene hijos y son amigos será toda una aventura para los pequeños. También las amistades pueden ser una maravillosa tribu a la que recurrir cuando se necesita.

4- Canguro por una noche

Una vez al año no hace daño. Contratar a un canguro por una noche es lo ideal si hay alguna celebración especial. Puede llegar a ser un poco caro, pero si no tienes otra opción elige esta. Te mereces una comida o una cena con tus seres queridos.

No hay excusa. Hay muchas opciones para disfrutar de los restaurantes. Olvídate de preocupaciones y disculpas ante los camareros. Hay que ser inteligente y ver siempre el lado positivo de las cosas. Saborea los pequeños momentos de desconexión y disfruta de la mejor manera de tus hijos. Parecen pequeños diablos, pero si sabes cómo tratarlos parecerán angelitos ante tus amigos.

¿Te resulta difícil acompañar a los niños para que sean empáticos?

Enseñar empatía a los más pequeños de la casa puede resultar difícil, al menos si lo que se pretende es conseguir de forma inmediata que nuestros niños sean empáticos inmediatamente. Aplicar la teoría de la comunicación empática requiere de mucha paciencia, y en este proceso de acompañarlos para que integren este concepto suelen surgir ciertos problemas que, como madre o padre, nos pueden resultar complejos.

La empatía y su forma de aplicación en los niños

Lo empático que tiene el ser humano, a diferencia de lo que se piensa en algunas ocasiones, es una conducta aprendida. Es algo que se aprende, y como en muchos otros aprendizajes, la imitación juega un papel muy importante.

Esta capacidad de ponerse en la piel del otro se puede ir integrando progresivamente en el transcurso de la vida. Para ello es importante prestar atención a los sentimientos de nuestros niños y niñas, alimentando la empatía con el papel que ejercemos como personas adultas de referencia.

Demostrar comprensión. Una forma de que las criaturas aprendan a ser empáticas es, como todo en la vida, mediante imitación. A su vez, esta imitación termina por formar parte de su carácter. Todo es tan sencillo como mostrarles comprensión en cada momento.

Cuando nos interesamos por cada cosa que hacen, les estamos ayudando a que se sientan importantes. Está acción por parte de los padres y madres no requiere de explicación a los menores, puesto que termina siendo una conducta mimética que ellos mismos repetirán en su momento.

– Aprovechar siempre que podamos para explicarles un estado emocional. Ya sea mediante la tele o en una situación encontrada, podemos hacerles ver qué están sintiendo determinadas personas, especialmente cuando se muestra un contexto de dolor o sufrimiento.

Cuando se presentan dificultades y no sabemos cómo actuar

Porque no todo es tan sencillo como a veces nos pretenden mostrar, existen circunstancias en la que nos podemos bloquear o nos cuesta salir del atolladero.

Los bloqueos se hacen comunes, sobre todo cuando los pequeños no atienden y se ponen exigentes ante algo que quieren. En ese momento, en vez de intentar hacerlos razonar, lo primero que nos suele salir es el enfado por lo que consideramos su desobediencia.

No siempre es sencillo conseguir que nuestros niños se abran a empatizar en una situación determinada. Hay que cogerles en el momento indicado, cuando sepamos que son más perceptibles. Dejarles que se expresen y hacerles ver que les oímos implica un campo abierto a los padres, para que puedan aplicar la teoría empática.

Pero antes de que todo ocurra como esperamos, debemos tener paciencia, ya que los niños se entretienen rápidamente con otras cosas. Así que olvidémonos de los discursos largos, puesto que llegará un momento en que dejarán de oírnos, aunque tendamos a obligarles a que estén ahí para escucharnos.

Así pues, es necesario que nos focalicemos en hacerles interactuar, formulándoles preguntas sencillas y no cayendo en estereotipos que puedan confundirles.

Es clave que tengamos también una visión crítica de las dificultades que, como personas adultas, se nos presentan a la hora de ponernos en la situación de los niños. Esta es la primera regla para transmitir la empatía que deseamos que aprendan los más pequeños de la casa. El primer paso es tener trabajar la empatía en nosotros mismos.

 

Agredir o huir por sistema, ¿es una buena opción?

Enfrentarte a que tu hijo de 9 años esté viviendo un trato agresivo en la escuela es una de las experiencias que nos gustaría evitar a toda costa.

En el fondo, queremos que tengan herramientas para que pueda enfrentarse a esos niños que insultan, empujan, ridiculizan…

¿Y es posible que tenga esas herramientas? Y si es que sí, ¿cuáles crees que deberían ser?

¿Responder con otro empujón? ¿Devolver los insultos con más fuerza? Si son esas las reacciones que esperamos que tengan “para defenderse”, ¿dónde queda el respeto?

Quizás entonces pensemos que lo mejor es apartarse e ignorar.
Puede ser una opción en un momento dado de peligro. Pero si estas situaciones son reiteradas, ¿por qué debe ser la víctima la que no pueda moverse o relacionarse con libertad y es ella la que deba apartarse? ¿Eso es justo?

Ser agresivo o alejarnos como sistema no parece que sean las opciones que más nos convenzan como forma habitual de resolver una situación de agresión entre niños.

¿Entonces qué nos queda? Pues en mi opinión es la confianza.

NO la confianza en que nuestros hijos aprendan a resolver por sí solos estos problemas, ni muchísimo menos. Si no la confianza que deben tener en que hay una persona adulta con las herramientas necesarias para mediar en ese conflicto de forma respetuosa y que puedan recurrir a ella sin miedo a ser tachados de chivatos, “débiles” o quejicas.

Una persona adulta que pueda empatizar con el niño agredido, defendiendo sus derechos a ser respetado y a ayudarlo a dejar claras cuáles son sus necesidades.

Una persona que sepa acompañar al niño que agrede, conectando con lo que necesita en ese momento y que le ayude a traducir en palabras esa agresividad para sentirse comprendido.

Una persona adulta que tenga la capacidad de fomentar esa relación de respeto siendo un modelo.

¿Tenemos las personas adultas que trabajamos con niños estas herramientas?

Mucho me temo que hay trabajo por hacer. ¿Quién se atreve a salir de lo que se ha hecho siempre y ser valiente para empezar a cambiar las cosas?

¿Usas tus fases mensuales para afrontar conflictos?

“A veces siento que no tengo energía suficiente para afrontar el día. Y si, además, mis hijos tienes una de esas tardes de retos continuos más se complica la situación y termino o bien cediendo a cosas que no quiero o bien estallo y me invaden los demonios. Pero no me ocurre siempre. En ocasiones los niños se pelean y yo me tomo esas situaciones como una oportunidad para poder hablar y crecer juntos”.

¿Te resulta familiar esta reflexión? ¿También sientes que no siempre puedes afrontar situaciones desde la misma posición?

Es evidente que no nos sentimos igual cada día. Las horas de sueño, las posibles complicaciones del día o el “estado de alteración máxima” al que puede llegar nuestro hijo son, entre otras cosas, condicionantes importantes que tengamos más posibilidad de afrontar un conflicto de éxito o no.

Sin embargo, cuando analizamos las posibles causas que hacen que no siempre estemos igual, nos olvidamos un factor muy importante como mujeres que somos: nuestro ciclo.

Siempre he defendido que el primer paso para poder acompañar un conflicto desde el respeto y la empatía, el primer paso que debemos dar es el de conocernos bien y, sobre todo, aceptarnos. Y dentro de esa aceptación, entra una realidad que no siempre conocemos y abrazamos: somos cíclicas.

Cuando hace aproximadamente un año hice un taller intensivo con Lily Yuste enfocado al emprendimiento, me quedé maravillada de cómo el simple hecho de observar mis fases menstruales me ayudaban a conocerme mejorando mi productividad. Pero lo sorprendente no fue eso para mí. Ese mismo conocimiento me llevo a aceptar ciertos estados físicos y mentales que no tenía presentes y me limitaban o ayudaban cuando intentaba resolver un conflicto con las personas de mi entorno.

Fue en ese momento cuando vi la importancia de conocer y escuchar a nuestro cuerpo puesto que, una vez más, vivimos con una desconexión importante que no nos permite tomar acción de forma plenamente consciente tanto a nivel físico como mental.

Este año, tengo el honor de comunicarte que Lily ha creado un taller específico para esta formación Comunicación Eficaz que está enfocado a, no sólo conocer nuestros ciclos y fases, si no a poder aprovechar las características de cada una de ellas para afrontar de manera más eficaz la resolución de los conflictos que tenemos en nuestro día a día.

A continuación, te dejo la entrevista que le hice en Facebook el pasado 19 de febrero.

Lo que aprendí de accidente de mi hija

Hoy he hablado de la relación entre hermanos con las mujeres que están dentro de la formación Comunicación Eficaz.
Es un tema que toco muy de cerca, puesto que en casa hay tres criaturas, y dos de ellas, precisamente, no se llevan “muy bien”, que digamos.

Le he contado qué significa para mi el “amor de hermanos” y cómo dista de vivirlo como relación sin conflictos. Y para ello, les he explicado una situación traumática que vivió mi hija hace 3 años.

Por aquel entonces, Marçal y Cèlia ya se peleaban con bastante frecuencia, cosa que a mi me crispaba muchísimo. Pese a tener conocimientos y herramientas para mediar entre ellos, seguía arraigada en mi la idea de que esos conflictos podían ser sinónimo de no quererse. Esos problemas que surgían entre ellos eran signos de alarma para mí, eran señales que ponían en peligro el concepto de amor fraternal que consideraba (considero) importante.

Mi hija sufrió un accidente que nos hizo salir corriendo precipitadamente al hospital y que la tuvo con médicos y cuidados durante un mes. Fue una experiencia dura, os soy sincera. De hecho, todavía hoy, cuando la recuerdo, se me hace un nudo en el estómago.

Y fue a raíz de esta experiencia que me di cuenta de lo que realmente era importante y deseaba para la relación de mis dos hijos, esos que habitualmente se pelean y discuten.

Fue mi marido quién agarró a la niña corriendo y se fue al hospital. Estábamos fuera de casa los cinco y yo acompañe a mi hijo mayor a casa de mi cuñada para que se quedara con él e ir inmediatamente (con el peque, que era un bebé de 9 meses) a estar con mi hija.

Las palabras de Marçal antes de irme fueron para mí impactantes: “mamá, sé que me enfado con muchas cosas que hace Cèlia, pero no quiero que le pase nada malo, la quiero muchísimo. “

Aquel amor que yo ponía en duda cuando mis hijos se peleaban existía.

Durante el tiempo en el que mi hija estuvo convalesciente, tuvo que afrontar cuidados dolorosos, miedos y aceptar una nueva situación. ¿Sabéis quién la animó, cuidó y mimó?

Lo que hoy hemos visto en la clase es, precisamente, la importancia de permitir a nuestros hijos enfadarse, a mostrar desacuerdos y a verbalizar injusticias cuando se producen entre ellos. No por ello ponemos en peligro la relación de hermanos que queremos que tengan en un futuro. Nuestro trabajo, como personas adultas que educamos a esas criaturas, es el de darles herramientas que les permitan expresarse desde el respeto y la empatía.

Porque, en el fondo, cuando sean mayores, seguramente una de las cosas que más nos importará es que, en un momento de peligro, de problemas o de situación en la que necesiten a alguien, puedan contar con ella.

Mis baches, lo que no siempre explico de mi transformación

El proceso de transformar la forma de educar a mis hijos ha sido un proceso revelador a la vez que duro, muy duro. No tanto por todas las herramientas nuevas que he tenido que aprender a usar, sino por tener que enfrentarme a la persona más crítica conmigo: yo misma.


Hace nueve años, cuando fui madre por primera vez, no me planteé que educar pudiera suponer un cambio tan radical en mi forma de pensar. 

Si tengo que ser sincera, hasta entonces, como maestra y como persona que de forma puntual trataba con otras criaturas fuera de mi trabajo, creía que a los niños había que educarlos con disciplina, con «mano firme». Que muchas de las chiquillerías que podía observar en sobrinas, vecinos y alumnos no debían ser consentidas y que era necesario actuar sin rodeos, incluso con castigos si fuera necesario, para corregir dichos comportamientos. En esa etapa de mi vida, el sistema de premios y castigos era habitual como herramienta para «educar» a mis alumnos y alumnas. Si bien siempre he sido una persona a la que le ha gustado motivar con recursos, materiales y metodologías alternativas, en el fondo, la idea de la obediencia estaba siempre presente, y eso, queridas, va muy ligado a usar para conseguirla estrategias que implican una lucha de poder y que, al mismo tiempo, distan mucho de una educación basada en el respeto, la empatía y la confianza.

Nueve años no son muchos; aun así, veo lejos ese inicio. Imagino que todo lo vivido en este tiempo ha sido un proceso de transformación tan intenso y revelador que poco queda de esa Laia de entonces. De hecho (y que quede entre nosotras), hasta hace poco más de un año me avergonzaba haber sido aquella persona, no me veía capaz de reconocer que había existido. Lo sentía como un gran fracaso personal. 

La culpa, esa carga que llevamos tan limitante

Ser consciente de mis «errores» me llevó a sentir mucha culpa. No una culpa constructiva que te ayuda a avanzar y no repetir las acciones que no te aportan beneficios. Una culpa que en muchas ocasiones veo que surge para mortificarnos y que, personalmente, me impidió avanzar con más eficacia hacia los objetivos que me había planteado. «Yo nunca podré ser esa maestra que quiero ser», «yo nunca podré ser la madre que mis hijos se merecen». Sí, esos eran mis pensamientos. Lo creía firmemente, ¿y sabéis por qué? Yo también recibí esa educación que merma la autoestima, que desfigura la creencia en una misma y hace que los errores en la vida se transformen en fracasos. Esos obstáculos que, dado el convencimiento de que no vamos a poder solucionarlos, damos por perdidos y ni levantamos la cabeza para ver el problema desde otra perspectiva. 

Fui madre. Y muchos de los pilares que sustentaban mi forma de pensar y educar se rompieron en mil pedazos.

En muchas ocasiones he afirmado que la maternidad es un punto de inflexión en la vida de una mujer. Puede ser vivida de formas muy diversas: más intensas, más traumáticas, tranquilas o llenas de felicidad. Más o menos empoderadas, cada una de las mujeres que llega a la maternidad la vive pasándola por su propio filtro personal. Pero me atrevo a afirmar que, para la gran mayoría de mujeres, la llegada de un hijo no deja indiferente. 

Creo que el fuego que encendió la mecha de mi transformación fue el hecho de ser consciente de que todas, absolutamente todas las decisiones que tomaba afectaban en mayor o menor grado a mis hijos. Antes de ser madre, era una persona sanamente egoísta que, sin dejar de tener presente que toda acción tiene un impacto en las personas que le rodeaban, no tuvo nunca muchos problemas en tomar decisiones aunque no gustasen o aunque afectasen a la familia, pareja o amigos. Esas decisiones nunca implicaron reflexiones y planteamientos tan profundos como los que empezaron a invadirme desde el primer momento en el que supe que iba a ser madre. 

Así pues, todas las decisiones que he ido tomando como persona que entra en el mundo de la maternidad han estado directamente relacionadas con el impacto que podrían tener en la vida de mis hijos. Empezando por la lactancia, el contacto, el colecho y el porteo y siguiendo por la educación elegida para mis hijos: todas han condicionado el rumbo que ha tomado mi vida. Por eso siempre digo que, para mí, la maternidad ha sido un proceso de transformación brutal, maravilloso y absolutamente empoderante.

Y toda esta transformación es la que yo ahora quiero transmitir a todas las mujeres que me leen y me siguen en las redes, las que han confiado en mí y participan en mis charlas, cursos y talleres. Porque creo firmemente que se puede cambiar. Porque yo tomé las riendas del rumbo de mi vida con decisiones que realmente quería asumir.

Os animo a dejaros acompañar por mí en ese camino.

Lo que he aprendido de criar a mis hijos en pareja

¿Tu pareja y tú tenéis conflictos por cómo abordáis los problemas con vuestros hijos? ¿Crees que podría hacer las cosas de otra forma? ¿Os cuesta poneros de acuerdo cuando se trata de decisiones sobre límites y normas en casa?

La educación de una criatura no siempre depende de una sola persona y cada una tiene su forma de comprender la educación y sus propias creencias y prioridades. Esto hace que, de forma puntual o por sistema, se generen conflictos que pueden llegar a ser verdaderos dolores de cabeza. 

En este vídeo que comparto aquí, quiero mostrarte cuáles son las reacciones más frecuentes que tenemos cuando abordamos un conflicto con nuestra pareja.

¿Quieres tener más herramientas que te permitan saber afrontar un conflicto con tu pareja u otras personas del entorno?

¿Te preocupa el trato que tienen tus hijos con otra persona adulta?

¿Necesitas saber cómo poner límites a las personas de tu entorno?

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