¡No quiero que me laves el pelo!

Hay situaciones que pueden llegar a ser realmente desesperantes. Recuerdo perfectamente el día en que mi hija se negó en redondo a que le lavara el pelo. Hasta entonces había disfrutado en la bañera jugando conmigo: salpicar, a que yo le tirara agua sobre su cabeza y cara con la regadora o incluso haciendo formas con el pelo enjabonado y riéndose a carcajada cuando se miraba en el espejo.

Pero un día dijo que no, que no quería que el agua tocara su cabeza. Tenía, aproximadamente, 2 años.

 

Es muy probable que nuestra hija o hijo tenga que pasar por una experiencia que no le resulta agradable: una visita al médico, tomar un medicamento, cortarse el pelo o las uñas… Y ante estas situaciones nos preguntamos muchas veces cómo actuar.

En un primer momento, nuestra primera reacción es la de intentar convencer: el pelo está sucio y hay que lavarlo, el medicamento es necesario para curarte, las uñas largas pueden lastimarte, el pelo largo se enreda y molesta…

 

 ¿Pero por qué no suelen funcionar estos recursos?

En primer lugar, es importante tener en cuenta la edad madurativa de nuestra hija o hijo. Antes de los 4-5 años (edad orientativa y no determinante), utilizar estrategias que están basadas en el razonamiento no suelen ser muy fructíferas. Estamos hablando de una etapa en la que la mayoría de experiencias de nuestras hijas e hijos giran entorno a las sensaciones y emociones que viven y a las que, de forma progresiva, van aprendiendo a poner nombre. El razonamiento que usamos para intentar convencerles queda, la mayoría de veces que lo usamos, lejos aún de la forma en la que perciben el mundo.  

En el momento en que nos centramos únicamente en nuestra forma de ver este tipo de situaciones, no damos espacio a que nuestra hija o hijo pueda expresar lo que siente. Así pues, expresiones como, “esto no es nada”, “ya verás como estarás mejor”, “te lo pasarás genial jugando con el agua”, etc., anulan sus sentimientos y los reemplazan por lo que, en el fondo, queremos que sientan. Esperamos que lo vivan como algo sin importancia, deseamos que se sientan bien, queremos que sea una experiencia agradable… ¿Por qué? Pues porque la mayoría de veces nos aterra afrontar la vivencia de estas situaciones en nuestros hijos.

 

Entonces, si no puedo convencerle de que es necesario, ¿cómo hago que acceda a tomarse el medicamento o a lavarse el pelo?

La clave está en el tiempo. Sí, el tiempo que destinamos a preparar el terreno, a hablar de lo que va a suceder, a aceptar el rechazo, a volver a hablar, a ser creativas, a cuidar nuestro lenguaje, a confiar, a conectar con lo que está sintiendo nuestra hija o hijo, a respirar para actuar desde la calma, a estar convencidas de lo que hacemos y, sobre todo, porqué lo hacemos.

Invertir tiempo en este tipo de vivencias entra dentro del planteamiento que como madres y padres nos hacemos sobre cómo queremos criar y educar a nuestras hijas e hijos. Y para ello debemos tener claros cuáles son nuestros objetivos a largo plazo.

Si nuestra meta es construir una relación basada en la confianza y el respeto, estos conceptos deben formar parte de las experiencias que vivimos con nuestras hijas e hijos. Incluso aquellas que puedan ser desagradables para ellos.

¿Quieres aprender a acompañar a tu hija o hijo en este tipo de vivencias?

¿Deseas aprender a reaccionar ante experiencias que le resultan desagradables?

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¡No quiero ir al cole!

Nuestros hijos pasan muchas horas en un centro escolar, y el hecho de que no quieran ir puede llegar a suponer un remolino de sentimientos, preocupaciones y alguna que otra discusión. 

Hoy, en el espacio “El baúl de los recursos” del grupo de Facebook, he estado hablando de estas situaciones y de cómo podemos comprenderlas y abordarlas desde el respeto. 

Descubre cómo puedes acompañar a tu hijo desde el respeto y la empatía en situaciones en las que le invaden sentimientos y emociones como la frustración, el miedo, el enfado…

Superar los conflictos recurrentes

 

Los conflictos con nuestros hijos no son situaciones que nos resulten agradables. En muchas ocasiones nos causan un malestar que desearíamos eliminar. Estas situaciones se dan por un choque de necesidades que, aparentemente, parecen incompatibles: yo quiero que recoja los juguetes, él quiere seguir jugando; yo quiero que se ponga rápido los zapatos, ella se entretiene con un muñequito que ha encontrado detrás de una mesa.

En la mayoría de situaciones en las que entramos en conflicto con nuestro hijo, lo que hacemos es intentar solucionar el problema en ese mismo momento. Si lo conseguimos, el problema pasa a nuestro archivo mental de “solucionado”, y suele desaparecer de nuestra cabeza con bastante facilidad. Esto es así por nuestra salud mental, no más. Es un maravilloso recurso que tiene nuestro cerebro para economizar energía, para no dedicar atención a aquello que no la necesita. ¿Pero, ocurre lo mismo cuando no conseguimos solucionarlo? Pues por lo que he ido observando, sí, y con frecuencia.

Hay conflictos con nuestros hijos que parece que se vuelvan crónicos. Son aquellos problemas recurrentes que se repiten una y otra vez. Situaciones que se dan cada vez que nos sentamos a comer, que hay que irse a dormir o que tenemos que salir de casa. Es como esa película tan famosa en la que el protagonista se levantaba al sonar el despertador y ocurría siempre lo mismo.

¿Por qué nos pasa eso? ¿Por qué delante del mismo problema nos encontramos la mayoría de veces ante reacciones similares?

Hoy no voy a centrarme en el origen de estos problemas recurrentes, sino que me gustaría poner atención en la reacción que tenemos cuando se nos presentan. Y es que, en el fondo, nuestra respuesta a esos conflictos también va a condicionar que se vuelvan o no a repetir con tanta frecuencia.

Una de las reacciones que podemos tener ante un problema con nuestro hijo es esperar que con el tiempo deje de suceder.

Si nuestro hijo de 2 años, por ejemplo, pega cada vez que se enfada, podemos autoconvencernos que con el tiempo dejará de hacerlo y no hay que ahora no debemos tomar acción. Es cierto que, con la edad, nuestro pequeño irá adquiriendo cada vez más recursos que le permitan expresar su enfado y su frustración. Pero no afrontar el hecho de lo que está sucediendo ahora puede llevar a que ese problema cada vez sea más grande. Si nuestro hijo percibe que pegar es una opción no limitada y una herramienta para expresar emociones, así como para alcanzar objetivos, seguramente será un recurso que irá creciendo en su sistema de comunicación, en vez de desaparecer podríamos pensar.

Con esta idea que los conflictos se pueden solucionar solos, podemos caer en la trampa de aceptar situaciones, de convivir y normalizar el conflicto. Y eso es realmente peligroso. Podemos llegar a vivir con normalidad que nuestro hijo haga algo que va totalmente en contra de lo que creemos conveniente. No hablo de la flexibilidad necesaria para educar a una criatura pequeña. Estoy hablando de situaciones que pueden ser dañinas física y emocionalmente para nuestros hijos. Si nuestro hijo es de aquellos que se suben a todas partes y suele ser un conflicto en casa. Al optar por pensar que tarde o temprano dejará de hacerlo podemos hacer peligrar su integridad física según sea el lugar al que está trepando (un armario que no esté bien sujetado, por ejemplo). Eso no implicaría que no le dejáramos subir a ningún sitio, por supuesto, ahí entraría la flexibilidad de la que hablaba.

Es posible que haya conflictos con nuestros hijos que desaparezcan con el paso del tiempo, pero los hay que requieren tomar acción, abordarlos desde una perspectiva que nos permita avanzar y que sea positiva para ambos.

Encontrar aspectos positivos y transformarlos en aprendizaje, en oportunidades para crecer y mejorar.

La opción opuesta a no tomar acción ante un conflicto puede tomar otro rumbo: encaminar toda nuestra energía en incorporar todo lo que podamos aprender de una situación para salir reforzadas, para aprender más sobre nosotras, sobre nuestras reacciones y las de nuestro hijo, que, al mismo tiempo, nos dé más información para afrontar de nuevo situaciones similares.

Solo nosotras sabemos cómo nos sentimos y qué necesitamos cuando se producen los conflictos con nuestros hijos u otras personas. Ser conscientes de lo que nos ocurre es la base para cambiar nuestros patrones de conducta y, así, conseguir que los conflictos no se vuelvan crónicos.

Os voy a ser muy sincera, hace falta perseverancia y determinación para cambiar nuestros esquemas, pero cada vez que conseguimos solucionar un problema tal y como deseamos, salimos reforzadas. Esa fortaleza, no sólo nos ayuda a afrontar nuevos retos, sino que también son un ejemplo para nuestros hijos, que aprenden constantemente de nosotras.

Habrá veces en las que una acumulación de problemas nos lleve a pensar que no somos capaces de resolverlos. Es una pregunta que deberíamos hacernos y ver si es necesaria, ante esa crisis, hacer una introspección más profunda para comprender qué nos ha hecho llegar hasta donde estamos. Pero tanto si hablamos de problemas concretos como si estamos ante una crisis, para transformarlo en una oportunidad de crecimiento hay que dar con nuestra faceta más creativa que nos permita salir de nuestra zona de confort, de aquello que venimos haciendo hasta entonces y que nos ha llevado hasta donde estamos para dar un giro que nos permita alcanzar nuevas metas. Y para ello es necesario dar rienda suelta a nuestra creatividad y a nuestro ingenio para encontrar otras formas de afrontar la misma situación que nos genera, una y otra vez, el conflicto.

¿Me estoy asegurando que mi hijo adolescente confíe en mí?

Cuando llegamos a la adolescencia y no hemos construido una relación de confianza se vuelve complejo que podamos tener vías de comunicación con nuestros hijos que permitan que no sientan que invadimos su terreno o que tengan miedo a nuestra reacción y opinión.

Soy consciente que la adolescencia es una etapa en la que necesitan reafirmar con mucha intensidad quiénes son y, una de las necesidades que más afloran es la de formar parte de un grupo con el que se sientan identificados, cosa que hace que el núcleo familiar ya no esté en primera línea de sus intereses y necesidad de aprobación.

Es precisamente por esta razón, que la relación de confianza que queramos tener con nuestro hijo adolescente debe empezar a construirse mucho antes para, llegado el momento de “separarse”, el marco en el que queremos comunicarnos con nuestro hijo ya esté claro y definido por palabras como: respeto, confianza, seguridad, empatía, apoyo…

Si queremos que estas sean las palabras que definan nuestra relación de futuro, también deberían ser las que tengamos presente cuando nos relacionemos con nuestro hijo pequeño.

Ahora bien, ¿son esas las palabras que tenemos en cuenta cuando abordamos un conflicto con nuestro hijo?

 

Cuando estoy enfadada, ¿busco también que aflore el respeto y la confianza hacia ambas partes?

Si mi hijo quiere hacer algo en lo que yo no estoy de acuerdo, ¿dónde queda la empatía y el apoyo?

En los momentos de conflicto, que pueden llegar a marcar muchísimo en una relación, es cuando a la mayoría, se nos hace más complejo poder tener presentes estos pilares sobre los cuales queremos construir la relación con nuestros hijos.

 

Y resulta más difícil porque tenemos integrada una forma de comprender las relaciones entre padres e hijos que, en muchas ocasiones, entran en conflicto con esas palabras que antes nombrábamos.

Si me enfado porque mi hijo no ha recogido los juguetes y se lo he dicho 5 veces, termino gritando y, seguramente, soltando frases como “es que siempre haces lo mismo”  o similares. Ahí, el respeto y la confianza brillan por su ausencia.

Si mi hijo quiere ver la televisión y creo que ha estado demasiado tiempo, seguramente surgirá en mí la necesidad de imponer mi criterio olvidándome de empatizar realmente con mi hijo o haciéndolo sin mucho éxito diciendo: “entiendo que quieras mirar la televisión pero ahora la voy a apagar porque ya la has mirado demasiado”

Y si en estos dos ejemplos que he puesto no ves cómo podrías cambiar el mensaje para fomentar el crecimiento de una relación basada en el respeto y la confianza te animo a que busques nuevas estrategias, recursos y herramientas que te permitan abordar situaciones como estas desde otra perspectiva.

De momento, te animo a mirar la grabación de la charla “Recibir un no de nuestro hijo” que di en el grupo gratuito de Facebook “Apoyo para la Comunicación Eficaz y la Empatía”, dentro del espacio “El baúl de los recursos. Espero que lo disfrutes.

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Se trata de una formación on line en la que encontrarás las herramientas y recursos necesarios para abordar el conflicto con tu hijo desde el respeto y la confianza. 

Da un giro a tu forma de educar actual para conseguir los resultados que deseas en un futuro. 

Empezamos el 13 de marzo

 

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El primer paso que puedes dar para tener más paciencia

¿Te gustaría que tus reacciones ante algo que está haciendo tu hijo fueran más calmadas?

En ocasiones la impresión de que “perdemos los papeles” con mucha facilidad. Es una preocupación muy habitual entre las madres que llegan a mí para hablar de las dificultades que tienen habitualmente para educar a sus hijos e hijas.

“Es que llega un punto en el que ya no puedo más y grito”

“Hay momentos en los que no estoy para dialogar y se hace difícil abordar un conflicto sin chantajes”

¿Te resuenan estas experiencias? ¿Vives situaciones similares en casa?

Yo las he vivido, y os aseguro que me angustiaban mucho. Era esa sensación de llegar a tu límite, de no poder más y de decirme “yo no puedo hacerlo de otra forma”.

Pero se puede, y uno de los primeros pasos a dar para llegar a vivir estas situaciones desde la calma y tener más paciencia es saber parar antes de hablar y aprender a conocerse mejor.

Muchas de las veces en las que actuamos en un conflicto lo hacemos de forma automática y sin pensar y analizar qué nos ocurre realmente. Nos cuesta darnos tiempo a nosotras mismas, a escucharnos y a conocer qué nos mueve a perder la paciencia realmente.

¿Cuánto tiempo te das a reflexionar en cómo te sientes entre que se crea en ti la necesidad de dar un grito y lo das?

En el momento en el que estamos a punto de perder la paciencia podemos hacernos una serie de preguntas que nos ayuden a tomar conciencia de nuestro interior: ¿necesitamos colaboración?, ¿queremos comprensión?, ¿buscamos sentirnos relajadas y tranquilas?…

Por ejemplo, si nuestro hijo de 2 años no para de tirar juguetes al suelo y el salón parece un mar de libros, coches y muñecos, y, por más que le digamos que no tire, lo sigue haciendo, hay un momento en el que explotamos. ¿Te resuena?

Pero para analizar nuestras necesidades, vamos a olvidarnos de nuestro hijo por un momento ¿Qué necesitamos en ese momento? Pues seguramente necesitamos calma, orden, colaboración… y el hecho de que nuestro hijo esté tirando sus juguetes nos hace más complicado que en ese preciso momento podamos dar respuesta a nuestras necesidades.

Nuestras necesidades reales, las que existen en ese momento ante algo que está pasando (o ha pasado) nos son a veces totalmente desconocidas. Pero poner nombre a lo que nos está pasando nos puede ayudar a comprender que lo podemos desvincular de nuestro hijo, puesto que es algo nuestro.

Sí, me dirás, pero mi hijo sigue tirando los juguetes y eso me crispa.

Y aquí está la clave. Esos segundos que te has tomado para ti y que te han servido para definir tu necesidad, te permiten determinar qué estás dispuesta a hacer y cómo decides hacerlo.

A veces, el sólo hecho de pensar el cómo hace desaparecer el automatismo que nos activa la crispación e impide que salgan los recursos que queremos tener escondidos bajo llave.

En la formación Comunicación Eficaz trabajamos en profundidad en ese autoconocimiento que te permite controlar las situaciones abordandolas desde otra perspectiva muy diferente.

Si quieres saber más, pincha en el enlace siguiente:

Siento que mi hijo me desafía

“No me da la gana”

“No lo pienso hacer”

“No, no y no”

¿Has recibido alguno de estas respuestas de tu hijo o hija? Yo sí, os lo aseguro. 

Antes de ser madre, como maestra, recibía estas respuestas de mis alumnos como verdaderos ataques hacia mí. 

Ahora, desde la comunicación empática, puedo dar respuesta a estas situaciones aprovechandolas para crecer junto a ellos. 

En el directo que hice el pasado miércoles en el espacio “El baúl de los recursos” estube hablando de porqué recibimos esta oposción de los niños como un desafía. Os dejo el video a continuación.

Descubre cómo puedes transformar las oposiciones de tu niño en oportunidades para conseguir una relación de respeto y confianza en un futuro con la formación Comuncación Eficaz. 

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Sentirnos más seguras educando

¿Os habéis encontrado en una de esas situaciones en las que alguien comenta algo sobre la forma en la que se educan los niños y no sabes qué contestar para defender tu posición?

Sentirnos seguras de nosotras mismas, de la forma de educar a nuestros hijos es algo que nos gustaría sentir en más de una ocasión.

El pasado 31 de enero, en el espacio el “El baúl de los recursos” de Facebook hablé sobre cómo mejorar nuestra seguridad y confianza en nosotras mismas.

Te dejo aquí el video para que puedas verlo.

La seguridad y confianza en nosotras mismas es uno de los pilares de la formación Comunicación Eficaz. Uno de los objetivos que tiene esta formación es conseguir que tengamos la certeza que la decisiones que tomamos son las que realmente queremos tomar, mejorando nuestra autoestima y posición frente a las personas que nos rodean.

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La sorpresa que te llevas cuando los escuchas pelear

Esta mañana se ha producido uno de esos momentos en los que ves claro que el trabajo que realizas con tus hijos va generando los frutos deseados.

Al salir de casa, Enric ha querido ir al baño y les he pedido a los otros dos que fueran subiendo al coche porque íbamos un poco justos de tiempo.

Mientras esperaba a que el pequeño terminara, he escuchado gritos en el patio: “ya está, ya se están peleando de nuevo”. Ha sido una de esas tantas situaciones que muchas veces agobian porque ves que todo lo que tratas con ellos sobre formas de expresarse respetuosamente parece que hayan sido en vano. Reflexiones que muchas veces van llenas de prejuicios que hay que dejar pasar y transformarlas en necesidades que nos ayuden a tomar a acción y seguir avanzando. Como nos pasa en muchas ocasiones, vivir situaciones como esta nos hace dudar de si lo estamos haciendo o no bien, puesto que vemos que nuestros objetivos no se cumplen.

Pero la sorpresa ha sido mía al subir al coche.

La situación que me he encontrado ha sido muy diferente a la que yo me había imaginado cuando he juzgado los gritos que había escuchado. He entrado sin decir nada porque estaban hablando entre ellos y lo que estaban diciendo me ha emocionado.

A diferencia de otras ocasiones en las que se producen enfados y peleas entre ellos, esta vez estaban hablando con calma. Expresaban cómo se habían sentido, qué era lo que necesitaban en el momento en el que se había producido el problema y exponían cómo les gustaría que se resolviera si se volvían a encontrar en una situación similar.

Soy perfectamente consciente de que es posible que los próximos conflictos que se den en el día de hoy entre mis hijos no se solucionen como lo han hecho esta mañana. Ni lo pretendo.

Aprender a expresarse de forma asertiva y empatizar con la otra parte de un conflicto es una tarea compleja que ni siquiera nosotras podemos llevar a cabo en muchas ocasiones. Porque no se trata de explicarles la teoría y pretender que la apliquen siempre en cualquier situación, sea cuál sea el contexto.

Educar en el respeto a nuestros hijos es algo que hacemos de forma progresiva. Poco a poco, mediante el modelo que nosotras mismas les ofrecemos y los espacios de tiempo que dedicamos a acompañarlos en esas situaciones, van integrando lo que les enseñamos y, sobre todo, lo que aprenden de nosotras cuando nos ven en acción en situaciones similares.

Cuando nos planteamos la educación de nuestros hijos no podemos perder el norte. Es un proyecto a largo termino que se trabaja día a día para ir recogiendo los frutos en un futuro más o menos próximo.

Si deseas explorar el mismo camino que yo he seguido te invito a conocer el taller “Acompaña los conflictos entre hermanos” , en el que encontrarás información para comprender qué ocurre cuando nuestros hijos se pelean y obtendrás estrategias para favorecer la construcción de una relación entre ellos basada en el respeto, la confianza y la empatía.

¿Y qué significa ser buena? La respuesta de mi hija a un adulto

“Hoy todavía estás a tiempo para ser buena y que te traigan algo los Reyes Magos”
Esta es la frase que le ha soltado una persona adulta a mi hija al salir de la tienda a la que habíamos ido a comprar.
“¿Y qué es ser buena?”
Y esto es lo que le ha contestado mi hija.
Hoy es una de las noches más mágicas del año para nuestros hijos. Bueno, y para muchas personas adultas como yo también, lo confieso. En esta noche, la ilusión, el deseo y la fantasía están en nuestras mentes y usar el chantaje que supone decirles a nuestros hijos que si no son buenos no van a recibir regalos es, como poco, cruel y mezquino.
¿Qué hay detrás de ese tipo de comentarios? Pues sencillo, el control a través del miedo.
Y me dirás, “pero mujer, si sólo es un comentario inofensivo, está claro que no van a dejar de traer regalos”.
Entonces, ¿con qué fin se usan?
Durante los meses antes a la llegada de los Reyes (o del Papa Noel, o de lo que sea mágico que trae regalos) usamos con mucha frecuencia este tipo de sentencias con un objetivo concreto: conseguir que nuestros hijos e hijas hagan o dejen de hacer algo que les pedimos “si no recoges tus juguetes los Reyes no te van a traer más”, “los Reyes están viendo cómo tratas a tu hermano y no te van a dejar lo que les has pedido”…
No son herramientas inocentes, son la pura expresión del chantaje emocional. Y con eso solo conseguimos que nuestros hijos sean obedientes por miedo. ¿Es eso lo que queremos?
Mi respuesta es no. Yo no quiero que mis hijos e hija sean obedientes. Los quiero auténticos. Los quiero críticos con lo que ven a su alrededor, incluso si se trata de sus padres o amigos, y con lo que ellos mismos hacen y dicen. Y eso es un trabajo que lleva tiempo, conocimiento y perseverancia. Es un proyecto a largo plazo que implica ser consciente de con qué estrategias y herramientas abordamos los conflictos en nuestro día a día durante todo el año y con el que conseguimos que se sientan seguros de sí mismos y confiados. Es este crecimiento que le permite a mi hija cuestionar al adulto que le ha dicho que debía ser buena, puesto que ella misma sabe que lo de ser bueno es algo subjetivo y personal. Que de lo que se trata es ser respetuosa, no obediente.
A ella no le ha afectado el comentario de esa persona, pero sé que a muchos niños y niñas sí. ¿Qué estamos dispuestas a hacer para evitarlo?
Empoderarnos, primero de todo, para reaccionar ante estas situaciones con frases que protejan a nuestros hijos e hijas de estas máximas que sueltan algunos adultos. Y, en segundo lugar, pero no por ello menos importante, educar a nuestros hijos para que crezcan seguros de si mismos y con una buena autoestima.
Si ya tienes las herramientas para poder seguir por este camino me encantaría que las compartieras conmigo. Estoy seguro de que juntas podemos ayudar a muchas más personas para que sepan por dónde empezar.
Si estas situaciones te desbordan, te invito a que busques herramientas para crecer y empoderarte. Estaré encantada de poderte ayudar.