¿Te resulta difícil acompañar a los niños para que sean empáticos?

Enseñar empatía a los más pequeños de la casa puede resultar difícil, al menos si lo que se pretende es conseguir de forma inmediata que nuestros niños sean empáticos inmediatamente. Aplicar la teoría de la comunicación empática requiere de mucha paciencia, y en este proceso de acompañarlos para que integren este concepto suelen surgir ciertos problemas que, como madre o padre, nos pueden resultar complejos.

La empatía y su forma de aplicación en los niños

Lo empático que tiene el ser humano, a diferencia de lo que se piensa en algunas ocasiones, es una conducta aprendida. Es algo que se aprende, y como en muchos otros aprendizajes, la imitación juega un papel muy importante.

Esta capacidad de ponerse en la piel del otro se puede ir integrando progresivamente en el transcurso de la vida. Para ello es importante prestar atención a los sentimientos de nuestros niños y niñas, alimentando la empatía con el papel que ejercemos como personas adultas de referencia.

Demostrar comprensión. Una forma de que las criaturas aprendan a ser empáticas es, como todo en la vida, mediante imitación. A su vez, esta imitación termina por formar parte de su carácter. Todo es tan sencillo como mostrarles comprensión en cada momento.

Cuando nos interesamos por cada cosa que hacen, les estamos ayudando a que se sientan importantes. Está acción por parte de los padres y madres no requiere de explicación a los menores, puesto que termina siendo una conducta mimética que ellos mismos repetirán en su momento.

– Aprovechar siempre que podamos para explicarles un estado emocional. Ya sea mediante la tele o en una situación encontrada, podemos hacerles ver qué están sintiendo determinadas personas, especialmente cuando se muestra un contexto de dolor o sufrimiento.

Cuando se presentan dificultades y no sabemos cómo actuar

Porque no todo es tan sencillo como a veces nos pretenden mostrar, existen circunstancias en la que nos podemos bloquear o nos cuesta salir del atolladero.

Los bloqueos se hacen comunes, sobre todo cuando los pequeños no atienden y se ponen exigentes ante algo que quieren. En ese momento, en vez de intentar hacerlos razonar, lo primero que nos suele salir es el enfado por lo que consideramos su desobediencia.

No siempre es sencillo conseguir que nuestros niños se abran a empatizar en una situación determinada. Hay que cogerles en el momento indicado, cuando sepamos que son más perceptibles. Dejarles que se expresen y hacerles ver que les oímos implica un campo abierto a los padres, para que puedan aplicar la teoría empática.

Pero antes de que todo ocurra como esperamos, debemos tener paciencia, ya que los niños se entretienen rápidamente con otras cosas. Así que olvidémonos de los discursos largos, puesto que llegará un momento en que dejarán de oírnos, aunque tendamos a obligarles a que estén ahí para escucharnos.

Así pues, es necesario que nos focalicemos en hacerles interactuar, formulándoles preguntas sencillas y no cayendo en estereotipos que puedan confundirles.

Es clave que tengamos también una visión crítica de las dificultades que, como personas adultas, se nos presentan a la hora de ponernos en la situación de los niños. Esta es la primera regla para transmitir la empatía que deseamos que aprendan los más pequeños de la casa. El primer paso es tener trabajar la empatía en nosotros mismos.

 

Agredir o huir por sistema, ¿es una buena opción?

Enfrentarte a que tu hijo de 9 años esté viviendo un trato agresivo en la escuela es una de las experiencias que nos gustaría evitar a toda costa.

En el fondo, queremos que tengan herramientas para que pueda enfrentarse a esos niños que insultan, empujan, ridiculizan…

¿Y es posible que tenga esas herramientas? Y si es que sí, ¿cuáles crees que deberían ser?

¿Responder con otro empujón? ¿Devolver los insultos con más fuerza? Si son esas las reacciones que esperamos que tengan “para defenderse”, ¿dónde queda el respeto?

Quizás entonces pensemos que lo mejor es apartarse e ignorar.
Puede ser una opción en un momento dado de peligro. Pero si estas situaciones son reiteradas, ¿por qué debe ser la víctima la que no pueda moverse o relacionarse con libertad y es ella la que deba apartarse? ¿Eso es justo?

Ser agresivo o alejarnos como sistema no parece que sean las opciones que más nos convenzan como forma habitual de resolver una situación de agresión entre niños.

¿Entonces qué nos queda? Pues en mi opinión es la confianza.

NO la confianza en que nuestros hijos aprendan a resolver por sí solos estos problemas, ni muchísimo menos. Si no la confianza que deben tener en que hay una persona adulta con las herramientas necesarias para mediar en ese conflicto de forma respetuosa y que puedan recurrir a ella sin miedo a ser tachados de chivatos, “débiles” o quejicas.

Una persona adulta que pueda empatizar con el niño agredido, defendiendo sus derechos a ser respetado y a ayudarlo a dejar claras cuáles son sus necesidades.

Una persona que sepa acompañar al niño que agrede, conectando con lo que necesita en ese momento y que le ayude a traducir en palabras esa agresividad para sentirse comprendido.

Una persona adulta que tenga la capacidad de fomentar esa relación de respeto siendo un modelo.

¿Tenemos las personas adultas que trabajamos con niños estas herramientas?

Mucho me temo que hay trabajo por hacer. ¿Quién se atreve a salir de lo que se ha hecho siempre y ser valiente para empezar a cambiar las cosas?

¿Usas tus fases mensuales para afrontar conflictos?

“A veces siento que no tengo energía suficiente para afrontar el día. Y si, además, mis hijos tienes una de esas tardes de retos continuos más se complica la situación y termino o bien cediendo a cosas que no quiero o bien estallo y me invaden los demonios. Pero no me ocurre siempre. En ocasiones los niños se pelean y yo me tomo esas situaciones como una oportunidad para poder hablar y crecer juntos”.

¿Te resulta familiar esta reflexión? ¿También sientes que no siempre puedes afrontar situaciones desde la misma posición?

Es evidente que no nos sentimos igual cada día. Las horas de sueño, las posibles complicaciones del día o el “estado de alteración máxima” al que puede llegar nuestro hijo son, entre otras cosas, condicionantes importantes que tengamos más posibilidad de afrontar un conflicto de éxito o no.

Sin embargo, cuando analizamos las posibles causas que hacen que no siempre estemos igual, nos olvidamos un factor muy importante como mujeres que somos: nuestro ciclo.

Siempre he defendido que el primer paso para poder acompañar un conflicto desde el respeto y la empatía, el primer paso que debemos dar es el de conocernos bien y, sobre todo, aceptarnos. Y dentro de esa aceptación, entra una realidad que no siempre conocemos y abrazamos: somos cíclicas.

Cuando hace aproximadamente un año hice un taller intensivo con Lily Yuste enfocado al emprendimiento, me quedé maravillada de cómo el simple hecho de observar mis fases menstruales me ayudaban a conocerme mejorando mi productividad. Pero lo sorprendente no fue eso para mí. Ese mismo conocimiento me llevo a aceptar ciertos estados físicos y mentales que no tenía presentes y me limitaban o ayudaban cuando intentaba resolver un conflicto con las personas de mi entorno.

Fue en ese momento cuando vi la importancia de conocer y escuchar a nuestro cuerpo puesto que, una vez más, vivimos con una desconexión importante que no nos permite tomar acción de forma plenamente consciente tanto a nivel físico como mental.

Este año, tengo el honor de comunicarte que Lily ha creado un taller específico para esta formación Comunicación Eficaz que está enfocado a, no sólo conocer nuestros ciclos y fases, si no a poder aprovechar las características de cada una de ellas para afrontar de manera más eficaz la resolución de los conflictos que tenemos en nuestro día a día.

A continuación, te dejo la entrevista que le hice en Facebook el pasado 19 de febrero.

Lo que aprendí de accidente de mi hija

Hoy he hablado de la relación entre hermanos con las mujeres que están dentro de la formación Comunicación Eficaz.
Es un tema que toco muy de cerca, puesto que en casa hay tres criaturas, y dos de ellas, precisamente, no se llevan “muy bien”, que digamos.

Le he contado qué significa para mi el “amor de hermanos” y cómo dista de vivirlo como relación sin conflictos. Y para ello, les he explicado una situación traumática que vivió mi hija hace 3 años.

Por aquel entonces, Marçal y Cèlia ya se peleaban con bastante frecuencia, cosa que a mi me crispaba muchísimo. Pese a tener conocimientos y herramientas para mediar entre ellos, seguía arraigada en mi la idea de que esos conflictos podían ser sinónimo de no quererse. Esos problemas que surgían entre ellos eran signos de alarma para mí, eran señales que ponían en peligro el concepto de amor fraternal que consideraba (considero) importante.

Mi hija sufrió un accidente que nos hizo salir corriendo precipitadamente al hospital y que la tuvo con médicos y cuidados durante un mes. Fue una experiencia dura, os soy sincera. De hecho, todavía hoy, cuando la recuerdo, se me hace un nudo en el estómago.

Y fue a raíz de esta experiencia que me di cuenta de lo que realmente era importante y deseaba para la relación de mis dos hijos, esos que habitualmente se pelean y discuten.

Fue mi marido quién agarró a la niña corriendo y se fue al hospital. Estábamos fuera de casa los cinco y yo acompañe a mi hijo mayor a casa de mi cuñada para que se quedara con él e ir inmediatamente (con el peque, que era un bebé de 9 meses) a estar con mi hija.

Las palabras de Marçal antes de irme fueron para mí impactantes: “mamá, sé que me enfado con muchas cosas que hace Cèlia, pero no quiero que le pase nada malo, la quiero muchísimo. “

Aquel amor que yo ponía en duda cuando mis hijos se peleaban existía.

Durante el tiempo en el que mi hija estuvo convalesciente, tuvo que afrontar cuidados dolorosos, miedos y aceptar una nueva situación. ¿Sabéis quién la animó, cuidó y mimó?

Lo que hoy hemos visto en la clase es, precisamente, la importancia de permitir a nuestros hijos enfadarse, a mostrar desacuerdos y a verbalizar injusticias cuando se producen entre ellos. No por ello ponemos en peligro la relación de hermanos que queremos que tengan en un futuro. Nuestro trabajo, como personas adultas que educamos a esas criaturas, es el de darles herramientas que les permitan expresarse desde el respeto y la empatía.

Porque, en el fondo, cuando sean mayores, seguramente una de las cosas que más nos importará es que, en un momento de peligro, de problemas o de situación en la que necesiten a alguien, puedan contar con ella.

Mis baches, lo que no siempre explico de mi transformación

El proceso de transformar la forma de educar a mis hijos ha sido un proceso revelador a la vez que duro, muy duro. No tanto por todas las herramientas nuevas que he tenido que aprender a usar, sino por tener que enfrentarme a la persona más crítica conmigo: yo misma.


Hace nueve años, cuando fui madre por primera vez, no me planteé que educar pudiera suponer un cambio tan radical en mi forma de pensar. 

Si tengo que ser sincera, hasta entonces, como maestra y como persona que de forma puntual trataba con otras criaturas fuera de mi trabajo, creía que a los niños había que educarlos con disciplina, con «mano firme». Que muchas de las chiquillerías que podía observar en sobrinas, vecinos y alumnos no debían ser consentidas y que era necesario actuar sin rodeos, incluso con castigos si fuera necesario, para corregir dichos comportamientos. En esa etapa de mi vida, el sistema de premios y castigos era habitual como herramienta para «educar» a mis alumnos y alumnas. Si bien siempre he sido una persona a la que le ha gustado motivar con recursos, materiales y metodologías alternativas, en el fondo, la idea de la obediencia estaba siempre presente, y eso, queridas, va muy ligado a usar para conseguirla estrategias que implican una lucha de poder y que, al mismo tiempo, distan mucho de una educación basada en el respeto, la empatía y la confianza.

Nueve años no son muchos; aun así, veo lejos ese inicio. Imagino que todo lo vivido en este tiempo ha sido un proceso de transformación tan intenso y revelador que poco queda de esa Laia de entonces. De hecho (y que quede entre nosotras), hasta hace poco más de un año me avergonzaba haber sido aquella persona, no me veía capaz de reconocer que había existido. Lo sentía como un gran fracaso personal. 

La culpa, esa carga que llevamos tan limitante

Ser consciente de mis «errores» me llevó a sentir mucha culpa. No una culpa constructiva que te ayuda a avanzar y no repetir las acciones que no te aportan beneficios. Una culpa que en muchas ocasiones veo que surge para mortificarnos y que, personalmente, me impidió avanzar con más eficacia hacia los objetivos que me había planteado. «Yo nunca podré ser esa maestra que quiero ser», «yo nunca podré ser la madre que mis hijos se merecen». Sí, esos eran mis pensamientos. Lo creía firmemente, ¿y sabéis por qué? Yo también recibí esa educación que merma la autoestima, que desfigura la creencia en una misma y hace que los errores en la vida se transformen en fracasos. Esos obstáculos que, dado el convencimiento de que no vamos a poder solucionarlos, damos por perdidos y ni levantamos la cabeza para ver el problema desde otra perspectiva. 

Fui madre. Y muchos de los pilares que sustentaban mi forma de pensar y educar se rompieron en mil pedazos.

En muchas ocasiones he afirmado que la maternidad es un punto de inflexión en la vida de una mujer. Puede ser vivida de formas muy diversas: más intensas, más traumáticas, tranquilas o llenas de felicidad. Más o menos empoderadas, cada una de las mujeres que llega a la maternidad la vive pasándola por su propio filtro personal. Pero me atrevo a afirmar que, para la gran mayoría de mujeres, la llegada de un hijo no deja indiferente. 

Creo que el fuego que encendió la mecha de mi transformación fue el hecho de ser consciente de que todas, absolutamente todas las decisiones que tomaba afectaban en mayor o menor grado a mis hijos. Antes de ser madre, era una persona sanamente egoísta que, sin dejar de tener presente que toda acción tiene un impacto en las personas que le rodeaban, no tuvo nunca muchos problemas en tomar decisiones aunque no gustasen o aunque afectasen a la familia, pareja o amigos. Esas decisiones nunca implicaron reflexiones y planteamientos tan profundos como los que empezaron a invadirme desde el primer momento en el que supe que iba a ser madre. 

Así pues, todas las decisiones que he ido tomando como persona que entra en el mundo de la maternidad han estado directamente relacionadas con el impacto que podrían tener en la vida de mis hijos. Empezando por la lactancia, el contacto, el colecho y el porteo y siguiendo por la educación elegida para mis hijos: todas han condicionado el rumbo que ha tomado mi vida. Por eso siempre digo que, para mí, la maternidad ha sido un proceso de transformación brutal, maravilloso y absolutamente empoderante.

Y toda esta transformación es la que yo ahora quiero transmitir a todas las mujeres que me leen y me siguen en las redes, las que han confiado en mí y participan en mis charlas, cursos y talleres. Porque creo firmemente que se puede cambiar. Porque yo tomé las riendas del rumbo de mi vida con decisiones que realmente quería asumir.

Os animo a dejaros acompañar por mí en ese camino.

Lo que he aprendido de criar a mis hijos en pareja

¿Tu pareja y tú tenéis conflictos por cómo abordáis los problemas con vuestros hijos? ¿Crees que podría hacer las cosas de otra forma? ¿Os cuesta poneros de acuerdo cuando se trata de decisiones sobre límites y normas en casa?

La educación de una criatura no siempre depende de una sola persona y cada una tiene su forma de comprender la educación y sus propias creencias y prioridades. Esto hace que, de forma puntual o por sistema, se generen conflictos que pueden llegar a ser verdaderos dolores de cabeza. 

En este vídeo que comparto aquí, quiero mostrarte cuáles son las reacciones más frecuentes que tenemos cuando abordamos un conflicto con nuestra pareja.

¿Quieres tener más herramientas que te permitan saber afrontar un conflicto con tu pareja u otras personas del entorno?

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¡No quiero que me laves el pelo!

Hay situaciones que pueden llegar a ser realmente desesperantes. Recuerdo perfectamente el día en que mi hija se negó en redondo a que le lavara el pelo. Hasta entonces había disfrutado en la bañera jugando conmigo: salpicar, a que yo le tirara agua sobre su cabeza y cara con la regadora o incluso haciendo formas con el pelo enjabonado y riéndose a carcajada cuando se miraba en el espejo.

Pero un día dijo que no, que no quería que el agua tocara su cabeza. Tenía, aproximadamente, 2 años.

 

Es muy probable que nuestra hija o hijo tenga que pasar por una experiencia que no le resulta agradable: una visita al médico, tomar un medicamento, cortarse el pelo o las uñas… Y ante estas situaciones nos preguntamos muchas veces cómo actuar.

En un primer momento, nuestra primera reacción es la de intentar convencer: el pelo está sucio y hay que lavarlo, el medicamento es necesario para curarte, las uñas largas pueden lastimarte, el pelo largo se enreda y molesta…

 

 ¿Pero por qué no suelen funcionar estos recursos?

En primer lugar, es importante tener en cuenta la edad madurativa de nuestra hija o hijo. Antes de los 4-5 años (edad orientativa y no determinante), utilizar estrategias que están basadas en el razonamiento no suelen ser muy fructíferas. Estamos hablando de una etapa en la que la mayoría de experiencias de nuestras hijas e hijos giran entorno a las sensaciones y emociones que viven y a las que, de forma progresiva, van aprendiendo a poner nombre. El razonamiento que usamos para intentar convencerles queda, la mayoría de veces que lo usamos, lejos aún de la forma en la que perciben el mundo.  

En el momento en que nos centramos únicamente en nuestra forma de ver este tipo de situaciones, no damos espacio a que nuestra hija o hijo pueda expresar lo que siente. Así pues, expresiones como, “esto no es nada”, “ya verás como estarás mejor”, “te lo pasarás genial jugando con el agua”, etc., anulan sus sentimientos y los reemplazan por lo que, en el fondo, queremos que sientan. Esperamos que lo vivan como algo sin importancia, deseamos que se sientan bien, queremos que sea una experiencia agradable… ¿Por qué? Pues porque la mayoría de veces nos aterra afrontar la vivencia de estas situaciones en nuestros hijos.

 

Entonces, si no puedo convencerle de que es necesario, ¿cómo hago que acceda a tomarse el medicamento o a lavarse el pelo?

La clave está en el tiempo. Sí, el tiempo que destinamos a preparar el terreno, a hablar de lo que va a suceder, a aceptar el rechazo, a volver a hablar, a ser creativas, a cuidar nuestro lenguaje, a confiar, a conectar con lo que está sintiendo nuestra hija o hijo, a respirar para actuar desde la calma, a estar convencidas de lo que hacemos y, sobre todo, porqué lo hacemos.

Invertir tiempo en este tipo de vivencias entra dentro del planteamiento que como madres y padres nos hacemos sobre cómo queremos criar y educar a nuestras hijas e hijos. Y para ello debemos tener claros cuáles son nuestros objetivos a largo plazo.

Si nuestra meta es construir una relación basada en la confianza y el respeto, estos conceptos deben formar parte de las experiencias que vivimos con nuestras hijas e hijos. Incluso aquellas que puedan ser desagradables para ellos.

¿Quieres aprender a acompañar a tu hija o hijo en este tipo de vivencias?

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¡No quiero ir al cole!

Nuestros hijos pasan muchas horas en un centro escolar, y el hecho de que no quieran ir puede llegar a suponer un remolino de sentimientos, preocupaciones y alguna que otra discusión. 

Hoy, en el espacio “El baúl de los recursos” del grupo de Facebook, he estado hablando de estas situaciones y de cómo podemos comprenderlas y abordarlas desde el respeto. 

Descubre cómo puedes acompañar a tu hijo desde el respeto y la empatía en situaciones en las que le invaden sentimientos y emociones como la frustración, el miedo, el enfado…

Superar los conflictos recurrentes

 

Los conflictos con nuestros hijos no son situaciones que nos resulten agradables. En muchas ocasiones nos causan un malestar que desearíamos eliminar. Estas situaciones se dan por un choque de necesidades que, aparentemente, parecen incompatibles: yo quiero que recoja los juguetes, él quiere seguir jugando; yo quiero que se ponga rápido los zapatos, ella se entretiene con un muñequito que ha encontrado detrás de una mesa.

En la mayoría de situaciones en las que entramos en conflicto con nuestro hijo, lo que hacemos es intentar solucionar el problema en ese mismo momento. Si lo conseguimos, el problema pasa a nuestro archivo mental de “solucionado”, y suele desaparecer de nuestra cabeza con bastante facilidad. Esto es así por nuestra salud mental, no más. Es un maravilloso recurso que tiene nuestro cerebro para economizar energía, para no dedicar atención a aquello que no la necesita. ¿Pero, ocurre lo mismo cuando no conseguimos solucionarlo? Pues por lo que he ido observando, sí, y con frecuencia.

Hay conflictos con nuestros hijos que parece que se vuelvan crónicos. Son aquellos problemas recurrentes que se repiten una y otra vez. Situaciones que se dan cada vez que nos sentamos a comer, que hay que irse a dormir o que tenemos que salir de casa. Es como esa película tan famosa en la que el protagonista se levantaba al sonar el despertador y ocurría siempre lo mismo.

¿Por qué nos pasa eso? ¿Por qué delante del mismo problema nos encontramos la mayoría de veces ante reacciones similares?

Hoy no voy a centrarme en el origen de estos problemas recurrentes, sino que me gustaría poner atención en la reacción que tenemos cuando se nos presentan. Y es que, en el fondo, nuestra respuesta a esos conflictos también va a condicionar que se vuelvan o no a repetir con tanta frecuencia.

Una de las reacciones que podemos tener ante un problema con nuestro hijo es esperar que con el tiempo deje de suceder.

Si nuestro hijo de 2 años, por ejemplo, pega cada vez que se enfada, podemos autoconvencernos que con el tiempo dejará de hacerlo y no hay que ahora no debemos tomar acción. Es cierto que, con la edad, nuestro pequeño irá adquiriendo cada vez más recursos que le permitan expresar su enfado y su frustración. Pero no afrontar el hecho de lo que está sucediendo ahora puede llevar a que ese problema cada vez sea más grande. Si nuestro hijo percibe que pegar es una opción no limitada y una herramienta para expresar emociones, así como para alcanzar objetivos, seguramente será un recurso que irá creciendo en su sistema de comunicación, en vez de desaparecer podríamos pensar.

Con esta idea que los conflictos se pueden solucionar solos, podemos caer en la trampa de aceptar situaciones, de convivir y normalizar el conflicto. Y eso es realmente peligroso. Podemos llegar a vivir con normalidad que nuestro hijo haga algo que va totalmente en contra de lo que creemos conveniente. No hablo de la flexibilidad necesaria para educar a una criatura pequeña. Estoy hablando de situaciones que pueden ser dañinas física y emocionalmente para nuestros hijos. Si nuestro hijo es de aquellos que se suben a todas partes y suele ser un conflicto en casa. Al optar por pensar que tarde o temprano dejará de hacerlo podemos hacer peligrar su integridad física según sea el lugar al que está trepando (un armario que no esté bien sujetado, por ejemplo). Eso no implicaría que no le dejáramos subir a ningún sitio, por supuesto, ahí entraría la flexibilidad de la que hablaba.

Es posible que haya conflictos con nuestros hijos que desaparezcan con el paso del tiempo, pero los hay que requieren tomar acción, abordarlos desde una perspectiva que nos permita avanzar y que sea positiva para ambos.

Encontrar aspectos positivos y transformarlos en aprendizaje, en oportunidades para crecer y mejorar.

La opción opuesta a no tomar acción ante un conflicto puede tomar otro rumbo: encaminar toda nuestra energía en incorporar todo lo que podamos aprender de una situación para salir reforzadas, para aprender más sobre nosotras, sobre nuestras reacciones y las de nuestro hijo, que, al mismo tiempo, nos dé más información para afrontar de nuevo situaciones similares.

Solo nosotras sabemos cómo nos sentimos y qué necesitamos cuando se producen los conflictos con nuestros hijos u otras personas. Ser conscientes de lo que nos ocurre es la base para cambiar nuestros patrones de conducta y, así, conseguir que los conflictos no se vuelvan crónicos.

Os voy a ser muy sincera, hace falta perseverancia y determinación para cambiar nuestros esquemas, pero cada vez que conseguimos solucionar un problema tal y como deseamos, salimos reforzadas. Esa fortaleza, no sólo nos ayuda a afrontar nuevos retos, sino que también son un ejemplo para nuestros hijos, que aprenden constantemente de nosotras.

Habrá veces en las que una acumulación de problemas nos lleve a pensar que no somos capaces de resolverlos. Es una pregunta que deberíamos hacernos y ver si es necesaria, ante esa crisis, hacer una introspección más profunda para comprender qué nos ha hecho llegar hasta donde estamos. Pero tanto si hablamos de problemas concretos como si estamos ante una crisis, para transformarlo en una oportunidad de crecimiento hay que dar con nuestra faceta más creativa que nos permita salir de nuestra zona de confort, de aquello que venimos haciendo hasta entonces y que nos ha llevado hasta donde estamos para dar un giro que nos permita alcanzar nuevas metas. Y para ello es necesario dar rienda suelta a nuestra creatividad y a nuestro ingenio para encontrar otras formas de afrontar la misma situación que nos genera, una y otra vez, el conflicto.