Gracias hijo por ser tan insistente

Gracias hijo por ser tan insistente.

No tuviste la mejor llegada al mundo. Te parí, eso dicen, aunque ahora pienso que poca fue mi implicación. Fue un parto muy desvinculado de mi cuerpo, sin que tú y yo fuéramos los protagonistas de la historia y en el que poco tuvimos que decir. Matrona, anestesista y ginecólogo tomaron las riendas.

Fuiste tú el que decidió que era el momento. Me avisaste rompiendo aguas. Yo sólo me limité a ir al hospital, tal y como me habían dicho. Pero ahí se queda.

Tuviste un parto traumático, lo siento. Por aquel entonces mis conocimientos sobre partos eran prácticamente nulos. Y aunque los hubiera tenido, en un momento en el que te sientes tan vulnerable, si el contexto no te cobija, todo se puede desmoronar con facilidad.

 

Pero naciste. Y yo lloré de emoción.baby-696353_960_720

Tardaste horas en reaccionar al pecho. Estabas adormecido. Todos decían lo bueno que eras, y yo me lo creía, porque en esas primeras horas de tu vida no llorabas, porque sólo dormías.

Los efectos de la epidural y la oxitocina que nos subministraron tuvieron sus consecuencias. No lo tuvimos fácil.

Y, aun así, lo lograste. Lograste que me activara, que luchara, que no me venciera. Creaste en mí esa necesidad de protegerte, de tenerte en mis brazos, en mis senos.

Hiciste posible que se despertara en mí una madre totalmente diferente a las que había visto en los anuncios. Una maternidad que, así de golpe, me resultaba prácticamente irreconocible.

Una madre loba, protectora, que iba a cambiar muchos de sus principios para que todos esos cambios tuvieran, por fin, un sentido que finalmente cobraba todo su significado más existencial para mí.

Conseguiste, con tan sólo unas horas de vida, con tan sólo unos días, con tan sólo unas semanas, que todo fuera relativo. Que todo lo que tenía aprendido sobre el concepto de madre no correspondiera a lo que yo sentía.

Conseguiste que me diera cuenta que ya lo tenía todo para darte lo que necesitabas, mi cuerpo. Sólo debía confiar en ello. Igual que tú sabías, lo llevabas escrito en un lugar recóndito de tu cerebro más primitivo, que podías, que debías confiar en quien te había traído al mundo, porqué lo tenía todo, todo lo que tú necesitabas. Porque no requeríamos nada más: tú a mí, yo a ti.

Conseguiste que esa lactancia llegara a buen término, pese a las dificultades, pese que por el medio se interpusieran muchas cosas, entre las cuales había el odioso miedo y la terrible inseguridad y desconfianza en mí misma.

Conseguiste crear en mí la necesidad de cuidarte. Aunque, lo siento cariño, todavía no comprendía mucho lo que estaba ocurriendo y me tomó su tiempo darme cuenta. Tú sí sabías lo que querías. Lo llevabas grabado dmammy-331712_960_720esde mucho antes de nacer. Nacías diáfano de miedos y temores creados por el entorno. Estabas programado para sobrevivir en un lugar concreto y luchaste para conseguirlo.

Porque fuiste tú el que me hiciste madre tal y como lo fui. Sólo cuando tu decidiste, aquel día, nacer.

Porque, pese a que no te dieron tiempo, ni confiaron en nosotros, pese a que nos separaron, pese a que yo no me creía necesaria para cuidarte, tu hiciste posible que tuviera la certeza de que era yo, mi cuerpo, tu lugar. El lugar donde querías estar, donde necesitabas estar para demostrarme a mí, que ahí, lo tenías todo y no necesitabas nada más.

 

Fue esa conexión, esa necesidad imperiosa, la que no me permitía dejar de mirarte, de tocarte y que acabó por hacer que te tuviera siempre encima, notando tu piel sobre la mía. En todo momento.

Fue ese sentimiento poderoso, casi egoísta, de que yo, sólo yo, podía acallar tu angustia. Sólo mis brazos, mi olor, mi voz, mi pecho.

Porque fuiste tú el que despertó esa sensación de poder, de seguridad, que yo misma rechazaba y boicoteaba. No me permitía darme ese placer. Nobaby-878770_960_720 era eso lo que yo tenía aprendido.

Pero lo conseguiste. Insististe, con tu demanda, con tus llantos, con tu desesperación para que te cogiera. Reclamabas lo que era necesario. Lo que era vital para ti. Lo que considerabas tuyo, tu sitio.

Me reclamabas a mí, sólo a mí.

Y fue esa insistencia la que me hizo tu madre como siento que lo soy. No sólo la condición de mujer que te había parido.

Fue esa insistencia la que hizo que te amamantara.

Fue esa insistencia la que me hizo quererte, como nadie podrá quererte jamás.

Gracias

 

Laia Simón

 

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Mamá, ¿estás ahí? Mirando con ojos de bebé.

Abro los ojos y no noto el calor de mamá, me siento sola y tengo miedo. Lloro.

“Buenos días, preciosa”

Mamá me coge. Siento ese olor que me activa y busco su pecho moviendo la cabeza de lado a lado: quiero teta. Me pone en la bandolera y me ofrece el pecho. Mientras, prepara la ropa de mi hermano mayor y levanta la persiana de la habitación. Noto la luz que entra por la ventana y me refugio en su pecho. Escucho a mi hermano mayor quejarse, no se quiere levantar. Mamá se agacha y le da un beso. Mi hermano me ve y me besa también. Noto como ella se va moviendo mientras ayuda a mi hermano a quitarse el pijama y vestirse. Los escucho hablar y les observo. De fondo se oye la voz de papá: “El desayuno está listo”.

 

Nos sentamos en la mesa. Mamá me quita de la bandolera y me recuesta en su regazo y la veo llevarse una taza a la boca. Parece importante, intento cogerla. La toco. Está caliente y es agradable. Quiero volver a tocarla agitando el brazo y mamá me la acerca.

 

Nos vamos a la habitación. Mamá me estira en la cama y me habla. Mientras ella se viste escucho su voz, me sonríe, la sonrío y observo sus movimientos, que sigo con interés con la mirada.

 

Después noto el frío en el cuerpo, me está quitando la ropa. No me gusta y lloro. Mamá me coge y me envuelve en una manta que huele también a ella. Noto otra vez esa sensación de refugio y busco su pecho. Lo encuentro y me relajo. Escucho de fondo a papá y a mi hermano. Los oigo cada vez más cerca, más fuerte. Papá se despide: noto en la cabeza un ligero beso y el sonido de un chasquido en la mejilla de mamá.

 

Me suelto de la teta. Mamá me vuelve a estirar en la cama, mi hermano se estira conmigo y me habla. Yo me intento girar hacia él, quiero ver qué hace. Mi madre me va poniendo la ropa y escucho su voz mientras va explicando a mi hermano lo que vamos a hacer esa mañana: “hay que ir al cole y por la tarde iremos a merendar a casa de los abuelos”.

 

Una vez vestida, mamá me coloca en el fular. Mi hermano reclama su atención, no puede abrocharse su chaqueta. Noto como mi madre se agacha para ayudarle, mi cuerpo se inclina suavemente hacia atrás. Después me envuelve en su chaqueta y salimos a la calle.

 

Noto el frío en mis mejillas al mismo tiempo que el calor que desprende el cuerpo de mamá me reconforta. El balanceo del caminar de mamá me relaja, y me entra sueño.

Voy cerrando los ojos mientras escucho la voz de mi madre cerca de mí y la de mi hermano al lado, todo me resulta familiar y me siento tranquila y segura.

De lejos, la bocina de un coche, el taladro de un obrero o el sonido de las voces de las personas con las que nos cruzamos quedan en segundo plano, como si formaran parte de un exterior que ahora mismo no me interesa. Me quedo dormida escuchando el latido del corazón de mamá.

 

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Me despierto, sigo con mamá y su balanceo al andar. Mientras dormía ha ido a comprar y estamos llegando a casa.  Me remuevo en el fular, hay algo que me molesta y me quejo. Mamá para de andar, recoloca el fular para poder ofrecerme el pecho y sigue andando hasta llegar a casa con la compra. 

 

Ahora mamá me pone en un fular en su espalda. No le veo la cara, pero sus movimientos me resultan familiares y escucho su voz, que me va diciendo cosas, que no entiendo, pero me hacen sentir mejor su presencia. Empiezo a notar olores y sonidos distintos. Mamá está haciendo la comida. Canturrea, me habla y se mueve constantemente.

 

Me balanceo, huelo, escucho y miro todo lo que ocurre a mi alrededor. No me pierdo nada y me siento segura: estoy con mamá.

 

Después mamá se sienta tranquilamente y me da el pecho. Me entra sueño. Pero no me puedo dormir: mamá me ha quitado el pecho y eso no me gusta. Tiene que salir de casa y lloro para decir que no estoy bien. Mamá vuelve a ponerme en el fular y me ofrece la teta. Volvemos a salir a la calle. La teta, el calor del cuerpo de mamá y su balanceo al andar son la combinación normalmente infalible para que me entre un sueño irresistible.

 

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Me despierto, sigo sobre el cuerpo de mamá. Mientras he estado dormida hemos ido a buscar a mi hermano al cole. Ahora estamos en casa. Escucho a mi hermano jugar con sus muñecos y la voz de mi madre que le dice que hay que lavarse las manos e ir a comer. Puedo escuchar sus voces, y veo a mamá llevarse la comida a la boca, beber de un vaso, limpiarse con la servilleta… todo eso mientras, tranquila en la bandolera, estoy mamando.

 

Después de comer mamá me estira en el suelo encima de una mantita y me deja ahí un ratito. Puedo ver y escuchar a mi hermano, que de vez en cuando me dice cosas. Intento moverme y ver qué hace. . Mamá está a mi lado, la escucho hablar. Está sentada en el sofá doblando la ropa.

 

Volvemos a la calle. Otra vez el frío en la cara y el calor de mamá . Esta vez no me duermo. De hecho empiezo a llorar porque hay algo que me molesta. Mamá reajusta el fular y me ofrece la teta. Eso me calma y me siento un poco mejor. De camino a casa de los abuelos nos encontramos con unas amigas de mamá. Puedo escuchar a mamá conversar con ellas. También se dirigen a mí, que miro de reojo todo lo que ocurre a mi alrededor sin soltar la teta de la boca. Una de ellas me sonríe y me dice cosas, yo me suelto de la teta y le devuelvo el comentario con otra sonrisa.

 

Entramos en casa de los abuelos. Son voces y caras conocidas. Me dicen cosas y sonrío, desde la seguridad de los brazos de mamá. La abuela me coge en brazos y me mece mientras me canturrea una canción y me dice cosas. Le sonrío y ella me vuelve a decir cosas. Mamá aprovecha que estoy tranquila para jugar con mi hermano. Están haciendo una construcción muy difícil. A mi madre y a mi hermano les encanta construir cosas juntos.

 

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Volvemos a casa, y al cabo de poco llega papá. Yo estoy muy intranquila. Mamá intenta pasearme por la casa, pero hay algo que me duele y lloro. Mi hermano reclama la atención de mamá, también quiere estar con ella y la situación se vuelve un poco tensa. Papá le propone salir a dar un paseo en bicicleta, sabe que a mi hermano le encanta.

 

Nos quedamos tranquilas en casa. No se escucha a nadie. Mamá continúa paseándome por casa. Al final, me tranquilizo y mamá me pone en la espalda mientras ordena el comedor.

 

Llegan papá y mi hermano. Mi hermano se ha caído y llora. Pide los brazos de mamá. Noto cómo se inclina hacia delante, se agacha y le abraza. Le consuela y lo acompaña al baño a limpiar la herida que se ha hecho en la rodilla.

 

Mientras, papá prepara la cena.

 

Mamá me estira encima de una mantita en el suelo y juega conmigo y mi hermano hasta que se hace la hora de cenar.

Recostado en el regazo de mamá y mientras estoy tomando pecho, mamá, papá y mi hermano están cenando. Yo observo, escucho, huelo…

 

Después de cenar papá me estira en la mantita de nuevo y juega conmigo un ratito. Mamá acompaña a mi hermano a lavarse los dientes y a ponerse el pijama. Es la hora de ir a dormir y mamá siempre le cuenta un cuento para que se duerma.

 

Empiezo a llorar, no me siento bien. Papá me pone en la bandolera y paseamos juntos por el comedor. Finalmente llega mamá y me da la teta. Luego me pone en el fular en la espalda mientras recoge la cocina junto a papá. Los escucho conversar y noto cómo mamá se va moviendo mientras limpia la encimera. Esa voz, ese movimiento, la luz tenue de la cocina… me está entrando mucho sueño.

Nos estiramos en la cama, mamá me da el pecho y me duermo.

 

Durante la noche me voy despertando y noto la presencia de mamá. La huelo, me engancho a la teta y luego sigo durmiendo.

 

No noto el calor del cuerpo de mamá. Me siento sola y tengo miedo. Pero esta vez no lloro.

Sé que mamá me cogerá en brazos:

“Buenos días, mi amor”

 

Laia Simón

 

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¿Dónde va a estar mejor?

Siempre me había parecido que muchos de los artículos que se supone que necesita tu bebé, o necesitas tu, cuando nace, eran innecesarios. Aún así, mi pareja y yo nos preocupamos por tener aquellos que nos parecían útiles: un moisés, un cambiador sencillo, una cuna, objetos varios de colores pastel suaves y musicales…

Después del parto, la habitación del hospital estaba llena de familiares ruidosos y felices por la llegada de un nuevo miembro en la familia. Mi bebé iba pasando de unos brazos a otros -¡que bien se porta!-, -no se extraña de nada-, se oía entre sonrisas. Y yo y mi pareja enormemente cansados después de un parto nocturno de 15 horas…

 

Algo chirriaba en mi: estaba muy feliz, pletórica, deseando cantar a los cuatro vientos que era madre, que mi hija había nacido ya… y a la vez, sólo tenía ganas de que se fueran todos: TODOS, y nos dejaran vivir aquellos momentos mágicos a nosostros tres.

 

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Pero mi instinto estaba todavía acallado por las normas sociales aceptadas, por la necesidad de creer que yo estaba perfecta, fuerte, que lo podía todo, y todo con la sonrisa y la calma de una madre serena y descansada.

 

Cuando mi niña ya había bailado por todos los brazos presentes en la habitación (tengo 20 primos y 6 tíos, todos adultos y con sus respectivas parejas… para que os hagáis una idea de la gente que había en la habitación del hospital), alguien decía: la dejamos en la cuna para que puedas descansar, que está dormidita. Ahí. Con toda la autoridad de “lo que tiene que ser”, según el saber popular.
Y mi instinto, diciéndome:
cógela…cógela…¡cógela!

 

¿De dónde sale, ése saber popular?

¿Quién sienta cátedra con sus argumentos, para que una sociedad acepte que la madre y el bebé deben descansar después del parto, cada uno en su cama?

¿Dónde empezó la ruptura del paradigma original?

¿Cuándo nos olvidamos de que somos animales mamíferos?

 

Pasadas esas primeras 24 horas de jolgorio familiar, la cosa empezó a calmarse. Y yo decidí coger a mi niña. Y cuanto más la cogía, menos la soltaba. Cuanto más cerca la tenía, más la olía, la observaba, la acariciaba y besaba. Y ella, después de unas horas que a mí se me hicieron eternas, de medio letargo y  de no querer teta, empezó a buscar de nuevo el pezón para amamantarse. Nos costó un tiempo y unos pezones enrogecidos y grietosos, entendernos con la teta. A ella, y a mí.

Estaba embelesada, encantada, enamorada de mi hija.

No podía dormir bien si la dejaba en el moisés, al lado de mi cama. Lo más cerca de mí que yo creía que debía dormir.  Me despertaba y me encontraba observándola: ¿tiene frío? ¿está dormida? ¿no tiene hambre?

Al cabo de unos días, mi pareja, dando un empujón a mi instinto me dijo con toda naturalidad: “ponla en la cama con nosotros”. Y eso hice. Y no sucedió nada. Nada malo. Pero dormimos mejor, y cuando empezaba a quejarse, ninguna de las dos terminaba de despertarse, sin abrir los ojos sacaba la teta, y ella comía, y nos volvíamos a quedar fritas. Ganó el instinto.

Es curioso, que aunque yo sintiera la necesidad de cogerla, fuera el hábito de cogerla lo que me generara más ganas de estar con ella, de tocarla, de llevarla en brazos conmigo. Igual que me había percatado de que era ella la que decidió cuándo nacer (intenté convencerla desde la semana 39 hasta la 41, me rendí, y nació en la semana 42); también descubrí que es el bebé, su presencia, y no nosotras, el que desencadena y  establece el vínculo con la madre, y con el resto de cuidadores.

Al fin y al cabo, somos el resultado del bagaje evolutivo de millones de individuos de especies distintas durante millones de años; una especie más dentro de los Mamíferos. Definirnos como “humanos” no nos distancia del resto de animales: nuestros cuerpos y nuestras reacciones siguen siendo el resultado de ese bagaje, traducido en unos niveles hormonales determinados en cada situación.

 

En los primeros meses de maternidad aprendí que lo más importante, ya lo tenemos. Aprendí que lo mejor que podía hacer era dejarme llevar, hacer lo que sintiera que quería hacer, escuchar mis emociones y mi corazón. Tuve que hacer un esfuerzo para encontrar mis emociones y entender lo que mi corazón me pedía, porque mis vivencias, mi educación, la comunidad en la que vivo y mi familia con la mejor de las intenciones, de algún modo me habían apartado de ese instinto primitivo. Menos mal que ahí estaba mi bebé para hacer el camino más fácil.

Soy una madre mamífera.

 

¿Cómo te conociste con tu bebé?

¿Escuchaste a tu instinto?

Cuéntanos tu vivencia, comenta lo que quieras…  o comparte nuestro post.

Gracias

 

Mònica Pons

 

 

¿Y ahora qué hago para que dejes de llorar?

Tengo la lista hecha desde hace días. Al principio no sabía por dónde empezar, pero la gente me ha ido dando ideas y ahora ya sé lo que quiero que me regalen.

 

Por si no lo sabes, chiquitín, estoy haciendo la lista de cosas que necesito para cuando llegues a nuestras vidas.

El cochecito me lo va a regalar tu tía, ya verás qué pasada. El accesorio que lleva nos va a servir para cuando vayamos en coche. Y la hamaquita nos la regala tu tío. Le he pedido una que tiene unos muñequitos lindísimos, estoy segura que te encantarán y jugarás muchísimo con ellos. También he pedido un parque. Te lo llenaré con los juguetes que te vayan regalando, así estarás entretenido mientras mamá hace otras cosas.

Pero no todo está en la lista de regalos. Papá y mamá también hemos elegido cositas para ti. Hemos visto un móvil precioso con una música muy dulce y lo tenemos preparado en tu cuna. Con ese sonido te quedarás dormido enseguida, ya lo verás.

Lo tenemos todo, no te hará falta de nada. Estamos deseando conocerte y hemos preparado toda la casa para cuando llegues.

Y ya llegaste. El parto ha sido duro, muy duro, pero ya estás con nosotros y no me importa nada más. Eres lo más maravilloso que me ha ocurrido nunca. Ha sido un amor a primera vista. Te quiero y sé que te voy a querer toda la vida.

Pero estoy desesperada.

Lloras. Lloras muchísimo. Y no sé consolarte. Me siento impotente. Yo también lloro.Imagen_018

 

Daría lo que fuera por poder remediar tu pena.

¿Qué más necesitas?

¿Y ahora qué hago para que dejes de llorar?

La música de la cuna no parece gustarte. Tampoco en la hamaca te relajas. Parece que sólo mi pecho te calma. Ahí puedes estarte mucho tiempo, un tiempo que se me hace eterno. Pero ese tiempo pasa y te duermes, y ahora puedo dejarte en tu cuna, con la música tan bonita que tiene.

Pero en cuanto tocas las sábanas te vuelves a despertar. Y yo me desespero.

De nuevo el pecho es lo único que quieres.

 

Y vuelvo a sentarme en el sofá, al mismo tiempo que miro a mi alrededor y veo todas las cosas que todavía tengo por hacer.

 

Me estiro en la cama contigo, ya dormido. Estoy muy cansada, yo también me quedo dormida.

No entiendo qué hago mal. No entra en mis planes quedarme relegada a un sofá teniéndote en mis brazos todo el día porque sólo yo puedo calmarte con mis pechos.

La hamaca, el parque, el cochecito… están siendo trastos que no te sirven. En las dos semanas que llevamos conociéndonos he descubierto que sólo quieres estar en mis brazos, junto a mí. En mi pecho te duermes, y en él puedes descansar todo el tiempo que necesita tu pequeño cuerpecito.

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Pero yo no puedo, yo no quiero estarme en el sofá. Tiene que haber una solución.

Hay algo en mí que me dice que la maternidad no puede ser algo que exprima tanto, que anule y que no te deje avanzar. Algo me dice que tiene que haber alguna otra manera de hacer las cosas que nos haga sentir bien a ambos.

Decido empezar a buscar información en las redes sociales y encuentro otras mujeres que viven lo mismo que yo, y me siento acompañada. Esas mujeres hablan de cosas que para mi son desconocidas, pero son palabras que dan sentido a muchas de la emociones que me ha hecho despertar tu nacimiento: contacto piel con piel, dormir sin llorar, apego…

Y entonces descubro el porteo. 

Ahora vas pegado a mí. Junto a mi corazón. Y yo me siento libre al mismo tiempo. Salgo a comprar, organizo la casa, incluso paseo tranquilamente sin que te despiertes, sin molestarte.

Al mismo tiempo que voy reorganizando e integrándote en mi vida te doy lo que tú más necesitas: contacto. Para saber que existo, para sentirte protegido, necesitas tocarme, olerme, sentirme. Es así de simple, pero a la vez nos parece tan complicado. 

 

Siento no haberme dado cuenta antes. Pero ahora en el fular los dos hacemos y tenemos lo que necesitamos.

Laia Simón