Vivir el parto, o sobre cómo tu cuerpo y tu bebé eligen por ti

Recuerdo vívidamente las horas que pasé durante mis embarazos imaginando el momento exacto en que mi bebé salía por mi vagina.

 

En cómo estaría: furiosa, dolorida, empoderada, insegura, feliz…. Decidía que estaría feliz, cansada y poderosa.

 

En cómo sería el momento exacto de conocer el rostro de mi hija… Sería maravilloso y extraño a la vez, sería un momento en el que sólo cabríamos mi bebé y yo: el resto del mundo en off.

 

Incluso me visualizaba, en mi primer embarazo, paseando tranquilamente por los caminos entre viñedos y almendros que hay alrededor de mi pueblo. Respirando en las contracciones, serena, confiando en mí, contenta, esperando a que mi pareja volviera del trabajo nervioso, para acompañarme en el paseo hasta que decidiera acudir al hospital.

 

Mi primera hija, aunque yo se lo pedí muchas veces (creo que hasta en sueños), decidió esperar mucho para nacer. Yo estaba algo intranquila, porque no quería que me provocaran el parto, claro. Y aunque quería que pasara cuando decidiera suceder… ¡deseaba que pasara ya!

 

Tenía las piernas hinchadas, la barriga me pesaba horrores y estaba harta de andar…

 

A ratos me asaltaban las dudas: ¿irá todo bien?, ¿seré capaz?, ¿tendrán que hacer cesárea?

 

Finalmente, rompí aguas en casa, mientras cenaba viendo la tele.

 

Llegamos sin prisas, después de cenar y asearme, al hospital al que había elegido ir a parir.

 

Las horas pasaron como si el tiempo no existiera. Algunas fueron muy tranquilas, otras muy inseguras.

 

Y, sin tener en cuenta algunos detalles, me sentí cansada, feliz, agradecida y poderosa.

Y sí, el mundo desapareció al mirarnos por primera vez, mi hija Laia y yo.

 

pregnant allargat

 

Mi segunda hija no pudo decidir. Hubo un error médico, un detalle absurdo en mi primer postparto, del que nadie se dio cuenta hasta la semana 35 de mi segundo embarazo. Un detalle que precipitó el parto a la semana 37+0, después de días de pruebas e incertezas.

 

No podía ser.

 

No había hablado suficiente con mi bebé. No me había despedido de mi niña ni le había contado que su hermana ya llegaba y no nos iba a ver en muchas horas. No podía dejar de llorar, desesperada, sin poder encontrar la calma ni la tranquilidad ni el poder que necesitaba. Miraba a mi pareja, que intentaba consolarme sin saber como..

 

Nos fuimos al hospital de referencia, nos esperaban. Era muy distinto del lugar donde nació Laia.

 

De pronto, me vi diciendo al equipo médico que quería la mínima medicalización y que no quería oxitocina sintética. Sabía que teníamos unas horas.

De pronto, me vi hablándole a mi bebé, explicándole que lo sentía mucho pero tenía que nacer ya.

De pronto me vi sacando fuerzas de lo más profundo de mis entrañas mientras cantaba para mís adentros que todo iría bien.

Y, aunque preocupada, mi hija nació y volví a sentirme cansada, feliz, agradecida y esta vez, enormemente poderosa.

 

Y el mundo volvió a desaparecer al mirarnos por primera vez, mi hija Selma y yo.

 

En mi primer parto, todo era dulce, inocente, nuevo y desconocido.

Mi segundo parto estuvo teñido de incertidumbre.

 

Algunas cosas habían mejorado en mí para poder tomar decisiones. Conocía los protocolos de algunos hospitales, sabía que tenía derecho a que me explicaran lo que querían hacerme y a decidir si lo aceptaba o no. Sabía más que nunca que quería ser parte activa de mi propio parto, sabía que quería acompañar a mi hija en su nacimiento.

 

El conocimiento me dió confianza en un momento muy difícil. Y me hizo sentir las contracciones de una forma distinta, me dejó chillar cuando quise, bailar cuando lo sentí, me ayudó a dejar que el trabajo de parto fluyera, me empoderó.

 

Conocer mi cuerpo, el proceso del parto, mis derechos y los derechos de mi bebé me hizo sentir y vivir intensamente y con equilibrio, aquella vivencia.

 

Por supuesto que todo puede cambiar en un segundo, desde luego que dar a luz es un proceso fisiológico que empieza cuando tu bebé decide que está listo para nacer, claro que no puedes controlar todo… Pero el saber permite que encuentres la confianza y el equilibrio necesarios para vivir tu parto intensamente y con claridad, poderosa y serena. Para que puedas decidir durante el embarazo qué quieres en tu parto, cómo quieres que tu pareja, o la persona que te acompañe, te ayude.

 

Conocer la gran cantidad de opciones y qué conlleva cada una, te da una serenidad y una confianza maravillosas, te permite vivir plenamente esos momentos cruciales en tu vida, y recordarlos con mucho amor.

 

Mònica Pons

 

Mi primera vez

Estoy cansada, hace meses que no  puedo dormir.  Es mi primer embarazo y estoy nerviosa por cómo me va a ir el parto.

He asistido a las clases de preparación al parto que da la matrona de mi localidad. Es una persona encantadora. Nos habla de cómo ir adquiriendo recursos para llevar lo mejor posible las contracciones: música, masajes, pelota… Cada cual debe preparar su maleta personal, nos cuenta.

La verdad, no sé cómo va a ir mi parto, voy a dejar que las cosas sucedan para ir decidiendo sobre la marcha. No tengo ninguna experiencia y no me veo capaz de decidir nada ahora mismo.

Estoy de 41 semanas, casi 42. Parece que mi bebé no tiene prisa por salir. Y yo tengo mucho sueño hoy.

Son las 2 de la madrugada y me despierto, como viene siendo habitual, para ir al baño. Cuando vuelvo a la habitación, justo antes de entrar, tengo la sensación de estar meándome encima. Por unos momentos me pregunto cómo puede ser posible que no pueda retener el pipí… Hasta que caigo en la cuenta: he roto aguas. ¿O no? Empiezan las dudas. Después de un rato parada en la puerta de mi cuarto, y viendo que el agua que va bajando por mis piernas no cesa decido despertar a mi compañero: “Cariño, he roto aguas”. La escena a continuación es cómica, reímos y nos atolondramos sin saber bien qué hacer. Me ducho y me visto para ir al hospital donde voy a tener a mi pequeñín.

Sé que aunque haya roto aguas no tengo que sacar el pañuelo blanco por la ventana del coche, pero también me dijeron que, sin prisas pero sin pausas, había que dirigirse al hospital aunque no hubiera contracciones.

Voy a parir en un hospital privado que está a una hora de camino. No es que lo haya decidido de forma consciente. Ni siquiera me planteé hacerlo en otro sitio.

Durante el viaje sigo mojando. No hay dolor. Tan sólo unas contracciones muuuuuy leves pero regulares cada 4-6 minutos.

Llegamos al hospital, estoy muy emocionada. Parece mentira que, por fin, vaya a nacer mi primer hijo.

Me atienden enseguida. ¿Has roto aguas? ¿Y cómo lo sabes? ¿Cómo estás tan segura? Pues tengo que hacerte una prueba para comprobarlo.

Mi seguridad se disipa… ¿Me habré meado encima y resulta que no estoy de parto? Visto des de fuerautismoa y con la distancia puede parecer divertido. Pero las palabras del enfermero que me atiende me hacen sentir vulnerable, débil, poca cosa.

Después de comprobar que, efectivamente, he roto aguas, me llevan a la sala de partos. Me monitorizan. El bebé está bien, pero el hecho de estar tumbada me hacer ver las estrellas. Tengo un dolor de espalda terrible y la presión de la barriga me ahoga. No me permiten incorporarme. Estoy muy incómoda y  quiero andar.  Me estoy poniendo nerviosa.

No recuerdo cuanto tiempo ha pasado desde que estoy en la sala de partos. Ahora mismo estoy sola, no sé bien por qué.

Entra una enfermera que me comunica que van a ponerme un calmante. No entiendo nada. Tampoco pregunto. Me limito a observar cómo manipula el gotero (llevo una vía puesta, claro). En ese momento no tengo ni idea de que me está poniendo oxitocina.

Entonces empieza el infierno. Hasta ese momento no he sentido dolor.  Unas contracciones muy fuertes hacen que me retuerza en la camilla. La enfermera me dice que debo quedarme quieta porque se pierde la señal y no puede controlar el latido de mi bebé.

Me preocupa mi bebé, no quiero que le pase nada y quiero saber en todo momento si va bien. Pero el dolor es insoportable. Quiero moverme, necesito moverme para poder controlarlo.

Pero no puedo. Estoy estirada y muy nerviosa. Le pido a la enfermera, no, le imploro si tanto dolor es normal. No tengo ni idea de qué me está pasando. “Estás un poco histérica” es toda la explicación que recibo. Yo estoy a punto de ponerme a llorar. Me siento débil y estúpida por no poder soportar el dolor de unas contracciones ni mi estado emocional.

Sigo estando sola cuando llega el anestesista con la enfermera al cabo de un rato. Firmo una autorización. “Ahora debes ponerte de lado con las rodillas dobladas y debes estarte muy quieta puesto que sino podrían provocarte problemas graves con la punción”, me dice la enfermera. Yo sigo con unas contracciones tan dolorosas que ni siquiera me dejan pensar en todo lo que me está ocurriendo. Hago lo que me dice y entonces entra en acción el anestesista. Ni siquiera me dirige la palabra y le grita a la enfermera que como no me doble más y me esté quieta no me puede pinchar. Ella me pide que me doble más. Mi barriga y las contracciones me lo impiden. Él sigue gritando que así no me pincha.

Me pongo a llorar. Quiero que todo salga bien. Quiero colaborar y hacer lo que me piden pero no sé cómo. Le pido al anestesista con desesperación que me diga cómo puedo doblarme más. Al final consigo ponerme como a él le va bien y justo después de una contracción me pone la epidural.

Llega la calma. Dejan entrar a mi compañero. Me siento tranquila teniendo a alguien conocido al lado después de lo ocurrido.

Sigo notando las contracciones, no sé si eso es normal y se lo pregunto a la enfermera, que vuelve a estar por la sala mirando el monitor. Como respuesta: “Aviso al anestesista”. Al cabo de un rato aparece y me inyecta más anestesia sin decirme nada.

Ya no noto ni una leve contracción. No sé qué hora es. Estoy muy cansada y me quedo dormida.

Me despierto con muchas ganas de devolver, los labios y la boca secos. No me dejan beber. Sólo mojarme los labios con una gasa humedecida. Es una sensación muy desagradable, pero soportable.

“Hay sufrimiento fetal” me indica la enfermera. “Ponte esta mascarilla de oxígeno y túmbate de lado”.

Estoy asustada. La enfermera me presenta al ginecólogo y la matrona de guardia por si no llega a tiempo mi ginecólogo. Se van sin decirme nada más ¿A tiempo? ¿Ocurre algo? ¿Es que están esperando a que para cuando llegue mi ginecólogo?

Sólo quiero que acabe y que mi bebé salga bien.

Finalmente aparece mi ginecólogo en la sala de partos. Se muestra contento y eso me anima. Es una cara conocida y me relajo.

Lo primero que hace es cortar, sin yo saber nada, claro.

“Ahora vas a tener que empujar”. Me viene en mente las típicas imágenes de las películas de mujeres pariendo gritando y empujando. Pero yo no noto nada. “Cuando te diga empuja”. Cierro los ojos e intento concentrarme para hacerme una imagen mental de a dónde debo enviar la fuerza puesto que de cintura hacia abajo no noto absolutamente naclinica gonzalez-lince-partosda. “Vuelve a empujar”. Y sigo con los ojos cerrados todo el rato para intentar focalizar la fuerza. Parece ser que hay problemas. Lo noto.  El bebé no sale y tiene que usar espátulas. Yo no quiero abrir los ojos. Intento concentrarme para hacer el máximo de fuerza posible. Es lo único que me hace sentir útil.

“Para ya de empujar, y abre los ojos, que ya lo tienes aquí”. Me siento ridícula. “Cógelo, anda”.

Sin darme cuenta, sin notarlo, sin sentirlo, he parido a mi hijo. Mi primer hijo. El sufrimiento y el miedo desaparecen.  Me pongo a llorar.

Todo terminó. Ahora empieza otra fase que también me resulta demasiado desconocida. Pero es otra historia que ya contaré en otra ocasión.

Tardaré algunos años en relatar mi primer parto sin ponerme a llorar. Y no precisamente de felicidad, sino de angustia, de impotencia y rabia por no haber sido bien tratada.

No quiero juzgar aquí los pasos que siguieron los profesionales sanitarios, aunque sé que muchas personas los criticarán.

Mi pena, mi duelo personal, fue por el trato recibido y han tenido que pasar 6 años para que me atreva a escribirlo.