Hace 2 años fui tutora de un grupo de 2ª de primaria. Ese año se unió al grupo una criatura nueva.

 

A las 3 semanas de empezar el curso, se presentó la madre, emocionada. Quería saber cómo dábamos las matemáticas en la clase. Hasta entonces, la niña había manifestado hastío y rechazo hacia esa área y tenía metida en la cabeza que ella era mala y no servía.

 

La madre me contó cómo su hija salía de la escuela contenta y feliz diciendo que las mates eran su asignatura preferida y que había descubierto que a ella se le daban muy bien.

 

En resumidas cuentas, mi forma de plantear las matemáticas dista mucho de usar cuadernos y hacer ejercicios sin sentido para les niñes (que también usaba en la clase, no os voy a engañar).

 

Las mates forman parte de su día a día y prácticamente cualquier situación es susceptible de ser abordada desde esta área curricular. Si, además, tenemos en cuenta que hay formas variadas de enseñar un mismo concepto, la asignatura se vuelve creativa y divertida. Y es precisamente en esa variación dónde podemos encontrar la motivación de una criatura. Algo que le llame la atención, que parta de sus inquietudes pero también de sus habilidades. Como fue el caso de esta criatura.

 

Pero no todo es tan bonito como os lo cuento.

 

Salirse de lo establecido genera recelo, inseguridad e incluso rechazo en algunas personas. Y eso también me ha pasado a mí, como maestra, al aplicar nuevas formas de educar en el aula.

 

He discutido en muchas ocasiones sobre la utilidad de los cuadernos de operaciones, las formas de evaluación basadas únicamente en pruebas escritas o la motivación e implicación del alumnado. Y no vayas a creer que han sido temas tratados únicamente con compañeros y compañeras de profesión. También con familias, preocupadas por los resultados académicos de tus hijes, con las que he tenido entrevistas donde hemos abordado estos y otros asuntos relacionados.

 

Aprenderse las tablas de multiplicar de memoria, saberse los nombres de los diferentes tipos de triángulos o resolver un problema únicamente con el algoritmo de la suma parecen tener mucha importancia para padres, madres y profesionales de la educación. Sin embargo, desde mi punto de vista, no tiene sentido abordar las matemáticas (o cualquier otra área) si no se vinculan a la motivación y la curiosidad del propio niño o niña. Y para ello es necesario tener en cuenta dos pilares fundamentales:

 

  • Dónde aparecen las matemáticas en el día a día de esa criatura para que éstas sean significativas.
  • Qué habilidades y potencia están despiertos en ella para que el aprendizaje sea más motivador.

Y saber enseñar partiendo de estas dos premisas requiere salirse de muchas de las ideas preconcebidas de lo que creemos que es la enseñanza de las matemáticas.

 

Y volviendo al caso que te explicaba al principio.

 

Por casualidades de la vida, tuve la oportunidad de volver a hablar con los padres de esa criatura no hace mucho  (para las que no lo sepáis, ya no estoy en activo como maestra desde hace un año). Y, evidentemente, pregunté por ella.

 

“Le cuestan mucho las multiplicaciones. Las mates ya no le gustan como antes”.

 

¿Las multiplicaciones? ¿Y todo lo demás que a ella le apasionaba? ¿Dónde queda?

 

¿En qué se invierte el tiempo y la energía cuando se enseña esta área?

 

Volvemos a caer una y otra vez en el mismo error.

 

Y sí, a veces cambiar las cosas es agotador. Pero sigo pensando que es posible. Llámame ilusa.

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