Ni quiere que esté, ni quiere que me vaya.

Recuerdo a mi hija sentada en el suelo del baño gritando desesperadamente por algo que, ahora mismo, no recuerdo. 

No era la primera vez. Tampoco fue la última. Pero sí tengo grabado a fuego mi sensación de impotencia al ver que, hiciera lo que hiciera, mi forma de actuar agravaba siempre la situación. 

Y es que yo venía de educar a mi hijo mayor, un niño al que, para consolarlo, solo hacía falta darle un abrazo. Así que, cuando mi hija empezó con las rabietas, intenté hacer lo mismo. 

Pero no. El simple hecho de acercarme y extender los brazos para tocarla la hacía entrar en cólera. 

Así que, visto que los abrazos no daban resultado, el segundo recurso que puse en práctica fue el de alejarme de ella. 

Pero, muy a mi pesar, tampoco funcionó. Al irme, sus gritos aumentaban pidiendo que me quedara con ella. 

Frustración. Reconozco que ese era el sentimiento que me invadía con intensidad cada vez que mi hija tenía una rabieta. Me sentía impotente y sin saber qué era lo que estaba haciendo mal. 

La presencia es la respuesta, pero no toda vale

Probablemente pienses que un abrazo lo cura todo. Pero no es así. De hecho, piensa en ti misma cuando estás realmente enojada, ¿si alguien te toca no sientes rechazo?

El contacto físico es uno de los recursos que tienes para mostrar a otra persona que estás presente, que deseas aportar, escuchar o, sencillamente mostrar tu afecto. 

Sin embargo, con el contacto físico también se invade el espacio personal, y puede ser contraproducente cuando se trata de tu hija o hijo en medio de una rabieta. 

Te vuelves tú la persona rechazada

Que tu hija rechace la mano que extiendes puede doler. Y, siendo sincera, cuando mi hija no quería ese abrazo, era yo la que me sentía rechazada. 

“No quiere que esté con ella”

“No me necesita”

“No me quiere”

Sea cual sea el pensamiento que te invada, cuando el contacto físico no funciona, tu respuesta es la de alejarte. 

Pero tampoco resulta.

Entonces, ¿me quedo o me voy?

Quédate.  Pero como te he dicho antes, no toda presencia funciona. 

Para que sea efectiva es necesario:

  • Dejar atrás los juicios: no te dice que te vayas y te quedes a la vez por llevarte la contraria. Lo hace porque es la única forma que tiene de dar respuesta a lo que necesita en ese momento: que se respete su espacio y sentirse comprendida. 
  • Aceptar que tu contacto no es siempre bienvenido: aunque quieras abrazar para calmar, ese no es más que tu deseo. Respeta que puede no coincidir con el de la otra persona. También así estás educando. 
  • Ser conscientes de que a veces toca, simplemente, estar sin mediar palabra.  

Eso sí, es necesario que tu hije sepa qué sientes y que es lo que realmente deseas en ese momento con una simple introducción:

“Te quiero, para mí es importante que estés bien. Mamá se queda aquí contigo. Cuando tú quieras, puedo darte un abrazo.”

Saber estar presente desde la calma te hace sentir tranquila y segura de ti misma. Estás cuidando de ti y de tu hije al mismo tiempo. 

¿Qué otras situaciones te hacen perder los papeles? 

Escríbeme un mail a laiasimonmartin@gmail.com y cuéntame tu experiencia.

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