¿Afecta nuestra organización en la aparición de conflictos?

¿Vamos con prisas?

¿Elegimos el mejor momento para pedirles algo a nuestro hijo?

¿Sabemos priorizar nuestras obligaciones para compaginarlas con nuestra maternidad?

Estas son algunas de las preguntas que les hago a muchas familias cuando analizamos el día a día y los momentos que más cuesta gestionar con sus hijos. 

El pasado 27 de enero di una charla en la que hablaba de cómo podemos mejorar nuestra organización para evitar los conflictos con nuestros hijos e hijas. 

Aquí tienes el video para que lo puedas disfrutar:

 

Priorizar nuestras tareas teniendo en cuenta nuestras necesidades es uno de los temas que abordamos en la formación Comunicación Eficaz. 

 

Cómo acompañar la ira de nuestros hijos

Hoy en el grupo, hemos hablado de cómo abordar la ira de nuestros hijos. 

En este espacio hemos abordado este tema desde la perspectiva de diferenciar emociones y sentimientos. También hemos visto cuáles son los pasos más importantes para actuar ante estas situaciones.

Si quieres comprender los motivos por los que tu hijo no te hace caso y tener herramientas para resolverlo.

Si estás cansada de pelear cada vez que pides algo en casa.

Si deseas que tu hijo te escuche cuando le explicas o pides algo.

No queremos que nuestros hijos se enfaden, somos egoístas

Hoy Marçal ha querido hacer un experimento de un juego que tenemos en casa. Es una afición que le viene de muy pequeño y a lo que está muy habituado. Al principio era algo que hacíamos juntos, bueno, de hecho lo continuamos haciendo. Pero desde hace unos meses, le gusta preparar solo el material y afrontarse al reto. Y así ha sido esta vez, ha dispuesto todo lo necesario y ha seguido las instrucciones para hacer una bocina. Pero el experimento no ha funcionado y se ha enfadado.

En muchas ocasiones, el enfado de nuestro hijo nos remueve internamente. Podríamos decir que, de algún modo, no nos gusta que nuestro hijo muestre ese sentimiento. Un enfado está relacionado con la desaprobación, con mostrar desagrado o rechazo hacia algo que ha sucedido. Y eso es algo que no siempre nos parece bien.

Analizar qué nos ocurre internamente a nosotras cuando nuestro hijo se enfada es una fuente de información muy valiosa para saber acompañarlo de forma respetuosa. Pero no siempre lo hacemos, sobre todo en aquellas ocasiones en las que cuando pasamos lo que ha ocurrido por el filtro de nuestra experiencia de vida, no lo consideramos importante. El ejemplo del experimento de hoy de mi hijo podría ser una muestra.

Hoy quiero hablaros de la reacción que tenemos algunas veces ante el enfado de nuestro hijo. Me gustaría que viéramos esas situaciones en las que reaccionamos intentado convencerle de que no debe enfadarse por algo que tiene poca importancia.  ¿Pero no tiene importancia para quién?

A mí las ciencias me resultan fascinantes. Durante toda de mi vida he hecho experimentos. De pequeña en casa y de mayor como maestra. No podría contar la de veces que mis experimentos han fallado, ya sea por preparar mal el material, por no tener en cuenta información importante, o, simplemente, por no ser viables. Para mí, el hecho que un experimento no funcione no es un problema, al contrario, es un aliciente. Sí, es algo que me crea un aliciente extra: saber dónde falla o cómo puedo mejorar algo que deseo que funcione. Esta experiencia vital en este tema tan concreto podría hacer que el acompañamiento del enfado de mi hijo fuera un completo desastre, pero tengo la clave para que no sea así.  

Cuando creemos que algo que ha sucedido no es un problema, pero nuestro hijo se enfada, la mayoría de veces estamos analizamos la situación desde la perspectiva de un adulto, de nuestra experiencia, y eso nos lleva a quitarle peso, a no dar importancia a lo que le está ocurriendo a nuestro hijo. Pero eso no es todo.

En nuestro afán por conseguir que nuestro hijo vea la situación con nuestros ojos con frases del tipo “esto no tiene importancia”, podemos encontrarnos con reacciones por su parte totalmente contrarias al efecto que estamos intentando conseguir, cerrándose aún más en aquello que siente. Y eso, todavía puede preocuparnos más.

Si no vemos que nuestro hijo es capaz de relativizar algo que le ha sucedido, nos preocupa que no tenga las herramientas necesarias para afrontar muchas de las situaciones que se va a encontrar a lo largo de su vida. Eso seguramente nos genera preocupación y, además, puede que pensemos que no estamos aportando lo suficiente para que pueda desenvolverse con éxito en un futuro. Si nuestro hijo se enfada por algo a lo que no damos importancia, vemos como un peligro esa falta de tolerancia a la frustración. Podemos entonces pensar que, como padres, no lo estamos educando correctamente a nuestro hijo, ya que somos muy conscientes de que la tolerancia a la frustración, saber afrontar las dificultades y los errores son claves para el éxito de una persona adulta.

Así que, en el fondo, somos egoístas. Estamos preocupados por ser unos buenos padres, queremos que no se nos juzgue por fallar a nuestros hijos.

¿Pero sabéis que? Eso no es malo, al contrario. Y es perfectamente normal tener esos sentimientos. De hecho, es maravillo preocuparnos por el futuro de nuestros hijos, de querer aportar todo lo que está en nuestras manos para que puedan desenvolverse con éxito en un futuro.

El enfado de mi hijo cuando no ha sabido hacer el experimento ha generado en mí una preocupación puesto que yo necesito asegurarme de que mi hijo sepa afrontar el error para poder superarse y mejorar como persona. Por lo que he visto ese enfado como una fuente de oportunidades para acompañarlo en lo que le estaba ocurriendo, ayudándole a que comprender cómo se estaba sintiendo y por qué. Pero, además, no solo ha sido beneficiosa en este sentido.

Como maestra y madre también sé la importancia de saber acompañar desde el error. En una situación como esta es fácil caer en acciones que giran alrededor de “a ver, que yo lo hago”. Reaccionando así, es probable que, aunque no sea nuestra intención, el mensaje que recibe nuestro hijo/alumno sea el de “yo no sé, ella sí”.

En el caso del experimento que  quería hacer mi hijo, el proceso hasta que hemos conseguido que funcionara ha sido mucho más enriquecedor que si hubiera seguido yo las instrucciones y le hubiera dicho dónde estaba el error. Pero cuidado, también desde esa perspectiva, podemos estar pidiéndole al niño que comprenda o haga algo para lo que no está preparado, y el mensaje de “yo no puedo, yo no valgo”, también es fácil que llegue.

Acompañar de tal forma que sean los niños los que vayan construyendo por sí mismos es todo un reto. Si se consigue hacer bien, la confianza en sí mismos y su autoestima adquieren una fuerza de un valor inmenso para su futuro.

Qué podemos controlar de lo que sentimos

Cuando empecé a investigar sobre sentimientos y emociones, de lo primero que me di cuenta es que, en la gran mayoría de páginas que hablan de crianza, de relación con los niños, gestión de emociones, etc., se usa indistintamente la palabra emoción y sentimiento, no se distingue una cosa de la otra. Pese a que es un error, entiendo que es algo muy frecuente y habitual que nos pase, puesto que no tenemos una conciencia real y hace relativamente poco tiempo que hemos empezado a darle importancia. Es ahora qué se comenzamos a cuestionarnos y a buscar información sobre este tema para saber más.

La forma correcta de englobar sentimientos y emociones sería usar el concepto de estado emocional, que incluiría a ambos.

La principal diferencia entre una emoción y un sentimiento es que una emoción es la alteración de nuestro ánimo, es temporal, suele ser muy intensa y está asociada a reacciones que suceden dentro de nuestro cuerpo. Es una reacción a un estímulo exterior que no controlamos, suele ser breve. 

A diferencia de la emoción, el sentimiento es una alteración de nuestro estado del ánimo, por lo que interviene el pensamiento, es nuestra interpretación de una emoción. Podríamos decir que una emoción es algo mucho más visceral que nos sucede sin que nosotras podamos controlar. En cambio, un sentimiento está sujeto al proceso mental que interviene en ese momento. De aquí la idea de que un sentimiento pueda ser controlado a través de nuestros pensamientos. Un sentimiento pasa por nuestro pensamiento, lo que implica que cada cual lo vive y lo percibe de una manera diferente, lo asocia con contexto concreto porque es algo personal. Vamos construyendo los sentimientos a lo largo de nuestra vida porque los vamos moldeando según las experiencias y vivencias. En cambio, una emoción es algo que vivimos desde nuestro nacimiento.

Una emoción es lo que le ocurre a nuestro cuerpo por dentro. Entran aspectos fisiológicos, conductuales, cognitivos, etc. Tienen un elemento importante que nos facilita distinguirlas de un sentimiento: tienen una función concreta de adaptación. Tienen una razón de existir, nos ayudan a adaptarnos a nuestro medio.

[siteorigin_widget class=”SiteOrigin_Widget_Image_Widget”][/siteorigin_widget]

Cuando hablamos de emociones podemos distinguir 6 emociones básicas: sorpresa, asco, tristeza, alegría, ira y miedo. Cada una de ellas tiene una función adaptativa concreta. Cuando aparecen tienen una función. Es algo que no controlamos, surgen porque hay una necesidad de adaptarnos mejor a nuestro entorno

Sorpresa

Cumple una función adaptativa relacionada con la exploración, con conocer nuestro entorno. Nos ayuda a centrar la atención y despertar la curiosidad, captando la atención de cosas nuevas. Se activan los procesos cognitivos de nuestro cerebro asociados a esta emoción.

Asco

Cumple una función de rechazo. Así como la de sorpresa nos ayuda a activar la curiosidad sobre nuestro entorno, el asco lo rechaza, con lo que podemos activar un sistema de alerta que nos ayude a evitar estímulos que puedan ser perjudiciales o desagradables. Un ejemplo curioso es la reacción de algunas criaturas que sienten asco por un alimento concreto y a lo largo del tiempo darse cuenta de que ese alimento le generaba una intolerancia o una alergia.

Alegría

Tienen una función adaptativa de afiliación. Aumentamos nuestra capacidad, nuestra apertura y conexión con nuestro entorno. Se generan unas actitudes positivas hacia las personas que nos rodean, se activan procesos de memoria, cognitivos y de aprendizaje que nos abren al exterior y nos permiten conectar con otras personas. De aquí la palabra afiliar, unirte a tu entorno.

Miedo

El miedo tiene una función adaptativa de protección. Es una emoción que nos permite generar respuestas que nos ayuden a evitar elementos que puedan sernos perjudiciales o situaciones peligrosas. Esas reacciones no tienen que ser de protección hacia nosotras, sino que también podemos sentir esa emoción activándose para proteger a terceras personas, como los hijos. En el caso del miedo, se activan toda una serie de funciones que nos permiten reaccionar de forma física, a veces con movimientos rápidos para escapar. Otras, nos paraliza para protegernos. En ambos casos son reacciones de nuestro cuerpo que no podemos controlar.

Ira

La ira tiene una función adaptativa de autodefensa. Estaría relacionada a nuestra defensa personal, aumentando la movilización para que seamos capaces de dar una respuesta de autoprotección. Nos genera agitación y la energía necesaria para reaccionar ante algo que percibimos que nos daña, que va en contra de nuestra seguridad vital. Con esa función lo que intentamos es que no hayan obstáculos a nuestro alrededor para poder llegar al objetivo que buscamos, a la situación que percibimos como agradable, placentera, no peligrosa. La ira surge para reactivar la energía y podamos dar una respuesta desde el punto de vista de la autodefensa y proteger nuestras prioridades.

Tristeza

La tristeza es una emoción a la que cuesta verle la parte positiva. Tiene una función adaptativa de reintegración, pero cuando hablo de tristeza me gusta hablar de conexión con una misma para establecer nuevas prioridades. La función de reintegración te permite entrar en conexión con otras personas que están sintiendo y percibiendo una situación del mismo modo que tú al mismo tiempo. Se baja el ritmo de actividad y eso permite prestar mucha más atención a lo que está ocurriendo, no sólo a nivel interno sino a nivel externo también.  Sólo el hecho de hablar de tristeza hace que bajemos el ritmo de nuestra actividad. Nos permite reconectar con todo aquello de tu entorno para poder analizar desde el pensamiento lógico y priorizar qué aspectos de la vida te importan, qué tipo de actividad realizas, a qué no habías prestado atención y que ahora sí. Es esta tristeza que sientes cuando alguien próximo ha fallecido y entonces reconectas con todas tus prioridades reales, vuelves de nuevo a la esencia de lo que realmente deseamos.

Las emociones, entonces, cumplen una función, es algo que  conscientemente no controlamos. Nuestro cuerpo reacciona a algo que ocurre para ayudaronos a adaptarnos mejor al medio con aquello que ha percibido. Como ya hemos dicho, suelen ser intensas pero breves, ya que luego entra el pensamiento. Y en ese momento ya no estamos hablando de emociones si no de sentimientos, que sería la gran diferencia entre estos dos conceptos.

[siteorigin_widget class=”SiteOrigin_Widget_Image_Widget”][/siteorigin_widget]

Un sentimiento no deja de ser una emoción o varias emociones entrelazadas interpretadas por nuestro pensamiento. Es, pues, subjetivo. Además, el hecho de que entre el pensamiento hace posible también el poderlo controlar, a diferencia de las emociones.

Cuando trabajo con madres en mis talleres o en las asesorías personalizadas, hablo de que nadie puede obligarnos a sentir algo. Si los sentimientos están condicionados por los pensamientos, si yo tengo el control de éstos, puedo regularlos, tanto desde la perspectiva temporal como en la intensidad. Yo puedo hacer perdurar un sentimiento en el tiempo o me puedo recrear en él haciéndolo grande, o puedo bajar su intensidad o incluso eliminarlo.

Y ya, para terminar, me gustaría poneros un ejemplo para ver la diferencia entre estos dos tipos de estados emocionales.

Cuando sentimos amor por alguien, cuando nos enamoramos, ese sentimiento inicial, que sería el amor, es una mezcla de dos emociones que cumplen su función adaptativa. Por un lado, la alegría, que nos permite conectar con el exterior. Por otro, estaría la sorpresa de descubrir algo nuevo en nuestro entorno. La mezcla de esas dos emociones, que no controlamos y que son la respuesta a un estímulo exterior, generan un sentimiento pasado por nuestro filtro, que sería el amor. El estímulo inicial que ha activado las dos emociones puede desaparecer, por lo que la alegría y la sorpresa también desaparecen. Al mismo tiempo, se ha construido un sentimiento nuevo que podríamos llamar amor romántico, que sería la cola que dejan esas emociones mezcladas con nuestro pensamiento.

Con todo lo expuesto aquí, podéis analizar cómo podemos cambiar nuestros sentimientos partiendo de la idea que lo único que no podemos controlar son las emociones, que no son muchas. Todo lo demás son sentimientos que no son más que interpretaciones modificables de nuestras emociones.

Las 3 cosas más importantes que he aprendido de tener 3 hijos

 

¿Tienes más de un hijo? Si es que sí, seguro que has tenido uno de esos momentos en los que te reclaman todos a la vez. Uno te estira de la camiseta, otro te llama a gritos, otro se cae. En esos momentos, ¿has tenido ganas de largarte, salir corriendo y enviarlos a todos a que se vayan a otro sitio?

Las que tenemos más de un hijo sabemos lo difícil que puede llegar a ser poder dar siempre la atención que reclaman. Nos puede poner muy nerviosas escuchar un “mama” constante. Además, aunque haya más personas adultas con nosotras, parece que sólo tú tengas la llave para dar respuesta a sus peticiones y no recurren a ellas. “¡No, tú no, mamá!”, mientras le estás dando teta al bebé, escribiendo en el ordenador o haciendo cualquier otra cosa.

No siempre se dan estas situaciones, está claro, de hecho, si analizamos nuestro día es posible que solo sean momentos puntuales. Pero sí es cierto que cuando se dan parece que se junta todo, que ocurren mil cosas al mismo tiempo y tienes la sensación de no llegar.

 

Cuando ocurren estas cosas es posible que el agobio te haga reaccionar de una forma de la que luego te arrepientes: no atenderlos, contestar con un grito, amenazar con que se quedan sin lo que están pidiendo como no dejen de insistir, cargar la culpa al mayor por no saberse esperar, reñir al pequeño por no querer dejar la teta cuando necesitas levantarte…  En esos momentos de crisis aparecen los recursos que, cuando estamos en calma, sabemos mantener a distancia.

Pero también sé que estas situaciones se pueden llevar de otra manera. Aunque la experiencia es un grado, no lo voy a negar, puedes dar un giro a cómo afrontas estos contextos en los que los nervios suelen aparecer y jugarnos malas pasadas.

Después de años siendo mamá de más de una criatura he llegado a las siguientes conclusiones:

  • La mayoría de los problemas y peticiones que hacen nuestros hijos pueden esperar desde nuestro punto de vista. Esa perspectiva nos hace perder los papeles muchas veces, puesto que se nos olvida ver la situación con los ojos de nuestros hijos y no comprendemos cómo pueden ser tan insistentes. Queremos que vean los problemas tal y como los vemos nosotros y nos olvidamos de que tienen la experiencia de los años que han vivido y no la nuestra. Así pues, comprender y conectar con lo que piden nos ayuda a ser más conscientes de lo que está ocurriendo.

 

  • Al ponernos nerviosas, la mayoría de veces esperamos obtener la calma si nuestros hijos ceden a su reclamo. Eso implica que cargamos sobre sus espaldas nuestro bienestar, no estamos bien si ellos no dejan de pedir, de quejarse. Pero lo cierto es que nosotras somos dueñas de nuestros sentimientos, podemos decidir cómo nos sentimos y debemos tomar la responsabilidad de dar respuesta a nuestras necesidades de forma consciente. Para mantener la calma en esos momentos es importante trabajar conscientemente la necesidad de poder atender a nuestros hijos de uno a uno en la medida que eso sea posible. 

 

  • Pero incluso cuando somos conscientes de la importancia de mantener la calma y que atenderlos es para ellos una muestra de que tenemos en cuenta sus necesidades, en la mayoría de ocasiones en las que nuestros hijos nos reclaman a la vez, no podemos multiplicarnos para dar respuesta a todas las peticiones al mismo tiempo. En estas ocasiones hay varios recursos que pueden ser eficaces para poder enviarles la señal que para ti es importante atenderlos y que estén bien. El contacto visual, ver qué atenciones pueden ser compatible al mismo tiempo (dar la teta y explicar un cuento, por ejemplo), usar recursos como apuntar las peticiones en un papel cuando hablamos de niños mayores… En cualquier caso, todos estos recursos pueden ir acompañados de un diálogo en el que dar empatía tenga un papel principal. Si sienten que la persona adulta comprende lo que les ha ocurrido será más fácil que puedan esperar a que sea satisfecha su petición.

Cuando nuestro hijo no quiere hablar

 

Hay momentos en los que intentamos hablar con nuestro hijo y obtenemos el silencio como respuesta. Se ha dado un conflicto entre tú y él, con su herman@ o sencillamente viene callando desde que lo has recogido en el colegio.

El silencio puede ser desesperante, sobre todo si vemos a nuestro hijo que no está tranquilo. Nos damos cuenta de que hay algo que lo tiene cabizbajo o preocupado.  Nos gustaría que nos explicara qué le ocurre, cómo se siente o qué necesita. 

A veces pasa, en ocasiones preguntamos y no obtenemos respuesta. Pero el silencio también nos da información.

Cómo en cualquier situación, el primer paso es reconocer cómo nos está afectando a nosotras que nuestro hijo no quiera comunicarse. Esos sentimientos de preocupación, frustración, miedo, enfado… afloran en esa situación. Tienen un mensaje que darnos, nos quieren advertir que hay algo en nosotras que no está tranquilo y descubrirlo es nuestro primer objetivo. ¿Qué necesitamos? ¿Qué desearíamos que estuviera ocurriendo?

 

Cuando ya tenemos identificados nuestros sentimientos y nuestras necesidades podemos comprender por qué necesitamos hacer algo para sentirnos “bien”. ¿Pero el qué?

Y si el silencio no emite palabras, ¿qué puede estar sintiendo nuestro hijo? Como hay algo que frena la comunicación por su parte, nos va a tocar a nosotras realizar hipótesis.

A veces se trata de algo a lo que no quiere o no sabe cómo ponerle nombre y sólo es cuestión de que nosotras lo nombremos para que se abra el canal de comunicación: ¿estás enfadado porque te has peleado con un amigo en el cole?, ¿te preocupa la prueba que tienes mañana?, ¿estás molesto por un comentario que te ha hecho tu hermano? Normalmente, cuando acertamos con lo que ocurre, nuestro hijo suele mostrar con un gesto o con palabras que hemos dado en el clavo.

Otras veces, el silencio no está tan relacionado con un hecho concreto sino con las consecuencias que tiene decir lo que uno piensa y siente. Y eso suele ser uno de los motivos más habituales: el miedo a la reacción del adulto.

Es posible que nuestro hijo no quiera hablar porque teme la reacción que tengamos si expresa sus sentimientos y necesidades. No me refiero a que tema un castigo, reprimenda, desaprobación o rechazo, que también podría ser. A veces el temor es a algo más sutil: saber que su conducta, aquello por lo que no habla, es motivo de preocupación por parte de los adultos. Un ejemplo podría ser, después de una pelea con un hermano, no atreverse a reconocer que, aun teniendo parte de responsabilidad en el conflicto, sigue sintiendo odio y rencor.  En cualquiera de estos casos, saber transmitir la tranquilidad de que no será juzgado o que no cargaremos nuestros sentimientos sobre sus espaldas es crucial para conseguir que la comunicación que deseamos tener con nuestro hijo se produzca.

En el fondo se trata de construir una relación de confianza y por eso es importante trabajarlo desde el primer día, desde el primer minuto.

Cómo superar la forma en la que fuimos educadas

“No debería haberle gritado”, “podría haber sido más flexible”, “me hubiera gustado saber mantener la calma cuando ha insultado a su hermano”…

 

¿Te resulta familiar alguna de estas expresiones? ¿Tienes la impresión de que, pese a tener claro cómo quieres educar a tu hijo, hay veces que no consigues cumplir con tus deseos?

Resulta muy habitual escuchar a madres y padres que se lamentan que “pierden los papeles” con sus hijos, que hay situaciones con las que no pueden mantener la calma y les salen gritos y amenazas que desearían haberse tragado una vez instalada la calma.

Y es que, aunque tengamos claros los beneficios que supone educar y criar a nuestros hijos desde el respeto, a veces puede llegar a ser complicado saber cómo reaccionar a ciertas situaciones

 

Criar y educar como queremos

Cuando sabemos cómo queremos reaccionar cuando tenemos un conflicto con nuestro hijo y conseguimos hacerlo tal y como consideramos que es beneficioso para ambos nos invade un sentimiento de satisfacción. Controlar la reacción que no deseamos que vea la luz como el grito o la amenaza nos hace sentir orgullosas de poder darle a nuestro hijo lo que se merece, siendo conscientes de que, al mismo tiempo, estamos construyendo una relación de respeto y confianza.

La barrera que nos impide conseguir lo que deseamos

Pero si fuera tan fácil, si eliminar los gritos y las amenazas fuera tan sencillo, seguramente muchas más personas dejarían de usar esos recursos cuando tienen un conflicto con su hijo.

La mayoría hemos sido educadas desde la perspectiva de la autoridad. Muchos de recursos que aprendimos para resolver un problema estaban encaminados a usar la obediencia sin cuestionar. Además, seguramente el miedo, la amenaza y el chantaje emocional también eran recursos habituales.  

Estos recursos los interiorizamos en su día, los integramos como válidos y aceptados, puesto que eran las personas que nos educaban y acompañaban quienes los usaban.

Y también son estos los recursos que salen cuando actuamos en un momento de crisis, cuando, visto desde una perspectiva instintiva, nos sentimos amenazadas. Al entrar en esa zona roja en la que percibimos que se pone en riego nuestra autoridad, los usamos porque, sencillamente, los tenemos fácilmente a nuestro alcance y necesitamos volver a sentir el control.

La solución fácil ante la dificultad en nuestra elección de crianza

Es doloroso darse cuenta de que no se puede alcanzar un objetivo con la facilidad con la que se pretende hacerlo. Y más cuando sabemos que no llegar a la meta afecta a nuestros hijos.

En algunas ocasiones, cuando somos conscientes de las barreras que se nos plantan delante. Nos puede resultar agradable dejarnos llevar por lo que nos aconsejan las personas de nuestro entorno, que es posible que vean titánico lo que pretendemos. En su afán de mejorar nuestro estado de ánimo, puede que intenten consolarnos con aquello de “haz como lo hemos hecho siempre, que no nos ha ido tan mal”. Es como si nos quitaran la responsabilidad de luchar contra algo que nos abruma. Pero a la vez, no hacerlo, no intentar cambiar la forma de educar y criar a tu hijo nos duele. Sabemos los beneficios que podríamos obtener si lo consiguiéramos y no queremos renunciar a ello. Nuestros hijos se lo merecen todo y sentimos la responsabilidad de proporcionárselo.

Y es en este momento en el que aparece la culpa. Ese fantástico y odioso estado en el que, en el peor de los casos, se nos puede derrumbar todo.

La culpa puede ser una gran aliada si sabes interpretarla

La culpa puede ser realmente devastadora. Sentirse culpable por aquello que no conseguimos nos puede hacer sentir pesados, tristes, frustrados… Pero hay un modo de darle la vuelta y aprovecharlo a nuestro favor. Por eso quiero compartir un pequeño secreto contigo que yo uso en mi día a día.

 

La culpa para mí es mi aliada y cada vez que aparece hablo con ella. Sí, así de raro suena., pero no me falta una tuerca.

Para mí tan sólo es una mensajera que aparece para recordarme algo y sólo cumple ese acometido. Viene, le pregunto qué viene a recordarme y se va. Os explico.

 

Cuando no hemos tenido éxito en nuestro objetivo de criar de forma respetuosa y usamos alguno de los recursos que nos gustaría eliminar de nuestro repertorio suele aparecer la culpa. Y aparece para que nos hagamos las siguientes preguntas:

 

¿Qué debería haber ocurrido para que no hubiera aparecido la culpa?

¿De qué me estaba protegiendo cuando he usado el recurso que la ha hecho aparecer?

 

Para mí son dos preguntas claves que me ayudan a comprender ese estado para, luego, dejarlo marchar.

La primera pregunta nos ayuda a recordar cuál es nuestro objetivo, qué es lo que no queremos para nuestros hijos ni para nosotras mismas y qué es lo que no deseamos que se vuelva a repetir. Sencillamente el mensaje lo podríamos traducir en: te has desviado del camino que te lleva a la meta, sólo tienes que retomarlo y continuar andando.

La segunda pregunta nos ayuda a analizar qué es lo que ha ocurrido. Este proceso es importante ya que, desde la calma, podemos buscar otras herramientas que vayan acordes a nuestra necesidad de criar  y educar a nuestros hijos desde el respeto.

La clave maestra para que no te afecten las críticas de los demás

Hay un aspecto en la crianza de nuestros hijos que resuena mucho a la mayoría de madres: las críticas a nuestra forma de educar y criar a nuestros hijos.

Las recibimos en muchas ocasiones de personas que no conocemos, aunque las que más suelen doler son las que vienen de las personas con las que tenemos un vínculo más cercano o con las tenemos un roce a diario: madre, suegro, vecino, amiga…

¿Qué hacemos con las personas que nos critican?

Entre otras cosas, puede pasar:

  • Que aguantemos todo lo que nos dicen sin rechistar y que nos cuestionemos todo lo que hacemos
  • Que nos pasemos horas discutiendo y justificando todo lo que hacemos
  • Que cada vez distanciemos las visitas para evitar el conflicto
  • Que la distancia haga que os veáis una vez al año.

Sea cual sea la situación, hay un momento en el que la persona en cuestión opina, en formato crítica, sobre cómo actúas cuando tu hija llora porque se ha caído, cuántas veces le das el pecho a tu hijo de 2 años, que lo llevas en brazos cuando debería estar andando, que lo consientes, que no lo consientes, qué le das, qué no le das…. y generalizo porque si no, no terminaría.

Todo este tipo de críticas normalmente suelen hacerse con un objetivo: mejorar la calidad de la crianza que tú llevas a cabo.

¿Perdona?

Sí, sí, las críticas constantes que estás recibiendo seguramente tienen un fondo que está considera socialmente bueno: querer mejorar la calidad de vida de otra persona. El error que se comete, y que por eso las críticas nos molestan tanto, es que se hace desde una perspectiva del “yo sí sé, tú no sabes” o el que percibimos nosotras de “¿quién te ha dado vela en este entierro?”.

Está claro que una opinión, que podría ser perfectamente una crítica, es bien recibida si se pide. Pero cuando a ti no te importa lo que opinen los demás… pues eso, que no la quieres y punto.

¿Pero, realmente nos da igual lo que piensen los demás?

Pues en la mayoría de casos no, y esa es la gran dificultad.

Nos puede doler que nuestra madre diga que somos demasiado flojas con nuestro pequeño, que el suegro nos invite a cambiar de estrategia cuando nuestro hijo dice “No” porque según él sólo entienden el lenguaje del azote o que la vecina esté comentando cada vez que salimos de casa que si no sé controlar a mi hijo cuando juega en el patio que lo meta en casa para que no moleste. Por poner sólo unos ejemplos. Estas y demás críticas nos pueden afectar, de hecho, por eso nos sentimos “mal”.

Entones mi pregunta es la siguiente: para que las críticas de los demás no sean un problema para ti, ¿cuál es la mejor solución, intentar acallarlas mediante razonamientos e información, acallar poniendo una barrera e intentar que no nos afecten?

Pues desde mi punto de vista las dos son importantes, pero la que más ha mejorado mi calidad de vida en este tema es la segunda      .

Acallar la crítica implica dejar al otro sin la posibilidad de rebatir. Con el tiempo y la experiencia vas adquiriendo herramientas para ir dando respuesta a todas las críticas para que las personas que las emiten no puedan o tengan menos posibilidades o ganas de volver a discutir contigo. Eso requiere estar bien informado, tener conocimientos sobre aquello que te están criticando… Y también puede resultar realmente agotador.

También podemos acallar sin rebatir. Se trata de saber reaccionar con una frase que nos permita zanjar la discusión. Si no hay debate, no hay qué criticar ni discutir. Y es en este recurso en el que el control de lo que se siente es importante.

Si la acción de otra persona no estimula en mí un sentimiento que me resulte desagradable, ¿me importa lo que haya hecho o dicho? No, y ese es el gran poder de los sentimientos, la posibilidad de poderlos controlar. Aunque a veces puede no resultar tan sencillo, lo sé. Se trata de un camino de conocimiento y crecimiento personal que empieza en una misma, por supuesto, y eso implica en desear querer cambiar a nivel personal.

Te animo a que empieces a investigar tus sentimientos y emociones cuando alguien te critica para irte conociendo un poco mejora. Es el primer paso para poder tomar el control.

Una trampa que te impide encontrar tiempo para ti

En mi círculo de amistades y conocidos hay muchas personas que tienen hijos.  Cada una de ellas ha decidido organizar de un modo u otro su vida personal, social y familiar. A qué dedicas tu tiempo o cómo te organizas suele ser un tema recurrente en los encuentros con estas personas. Ir al gimnasio, quedar para tomar el café con las amigas, salir juntas a pasear, ir a clases de inglés o tomar clases de guitarra… ¿Pero sabéis cuál es la frase que más he usado desde que soy madre cuando hablaba de este tema?

“Yo no tengo tiempo de nada”

Y es verdad, durante algunos meses, cuando mis hijos han sido muy pequeños y me han necesitado, el tiempo disponible para mí ha sido más bien escaso, por no decir prácticamente nulo. Pero ahora que lo veo con perspectiva, incluso en aquellos momentos, podría haber encontrado un hueco para hacer algo sólo para mi bienestar, aunque en esos momentos lo veía imposible. Es más, cuanto más insistían las personas de mi entorno que debía cuidarme y hacer algo que no fuera estar con mis hijos, más molesta me sentía y más difícil lo veía.

Yo no tengo tiempo de nada, ¿de verdad?

No había cosa que más me irritara que me dijeran que “tenía que hacer algo sin mis hijos”. Era como si me estuvieran pidiendo que dejara de lado una de las responsabilidades más grandes y más importantes de mi vida: atender a mis pequeños. La sola idea de delegar alguna de las responsabilidades que yo consideraba que eran mías, hacía que me cerrara a cualquier propuesta de ocio o bienestar para mí.

¿Pero por qué?

Pues en mi caso era muy sencillo. Yo no quería renunciar a estar con mis hijos. Yo no deseaba hacer nada que pudiera implicar no darles el pecho, calmar su llanto o dormirlos en mis brazos. Sabía que era algo que yo quería hacer, que me necesitaban, que el tiempo pasaba volando y quería aprovechar cada minuto con ellos. Pero eso también empezó a hacerme sentir mal.

Cuando ves que la mayoría de personas que están a tu alrededor organizan su día a día haciendo cosas que tú no haces te entran dudas. ¿De verdad quiero estar todos los días con mis hijos? ¿No preferiría irme al gimnasio un par de horas tres días a la semana como hacía antes? A mí me empezaron a invadir esas preguntas, y algo se gestó en mi mente: quizás no lo estoy haciendo tan bien y debería dejar de lado un poco la crianza. Así que intenté delegar a mi marido el cuidado de mis hijos cuando estos eran muy pequeño y retomé una de las actividades que hacía antes de tenerlos. En concreto una que implicaba estar tres horas fuera de casa en una época en la que mi hijo mayor sólo tenía 3 años y mi hija 1 y medio.

El resultado fue desastroso. Mis hijos lo pasaban mal, mi marido lo pasaba mal y yo, al volver a casa, viendo la situación, lo pasaba también muy mal. Así que todo el beneficio que podía suponer dedicar tiempo para mí se convertía en llanos, mal rollo, enfados, angustia y culpa, mucha culpa. Culpa por no poder dedicarme a mí si renunciaba a mi ocio y culpa por no poder atender a mis hijos tal y como ellos necesitaban. Entones, ¿qué hacer?

Encontré el origen del problema y, así, fue más fácil dar con la solución

Un día, en una conversación con una persona muy cercana, estuvimos haciendo un listado de cosas que nos hacían sentir bien. Ambas teníamos hijos, así que muchos de los elementos de esa lista estaban relacionado con los hijos. Bueno, de hecho, fueron prácticamente todos. Eso nos hizo darnos cuenta de algo importante: renunciar a algo que te hace sentir bien par substituirlo por algo que antes de tener hijos te hacía sentir bien no era buena idea.

Cuando eres madre cambia tu vida, pero no sólo me refiero a la organización, menos tiempo, incluir un miembro más que hay que tener en cuenta, etc. Me refiero a que puede cambiar tu vida porque tú ya no eres la misma. Hay algo que, como me decía esta amiga, se instala en nuestro cerebro como si fuera un programa de ordenador que lo hace funcionar de forma completamente diferente.

Creo que uno de los errores que podemos cometer cuando intentamos cuidar nuestros tiempo y espacio personal al tener hijos, es que intentemos asociar esa necesidad a hacer y llevar el ritmo que teníamos cuando no los teníamos. Al menos fue ese mi error: intentar reencontrarme con mi yo anterior.

Pero resulta que ese yo, ya no existía tal y como había sido hasta entonces.

Saber encontrar espacios de tiempo en el que nos cuidemos como personas es importante ya que de nuestro bienestar depende el de nuestros hijos. Y ese cuidado debe ser único y especial según el momento y la etapa vital en la que nos encontramos.

Si intentamos hacer las cosas que hacíamos antes, puede que nos encontremos que nuestro contexto y situación ha cambiado tanto que nos sea imposible recuperarlas y anclarnos en esa idea nos puede hacer sentir frustradas. Por el contrario, si somos capaces de adaptarnos a nuestra nueva situación al mismo tiempo que somos conscientes de la necesidad de ese cuidado hacia nosotras mismas, nos será más fácil encontrar momentos en los que podamos satisfacer nuestra necesidad de espacio personal adaptándolo a nuestro contexto.

En un puerperio, un masaje de la pareja, una bañera con sales, escuchar música o leer un libro pueden ser actividades sencillas que nos llenen. A medida que van creciendo, ese espacio puede ir modificándose, ya que las necesidades de nuestros hijos también cambian. La clave está en saberse adaptar sin perder de vista el objetivo de cuidarnos.

3 tips para superar la barrera de las críticas en la crianza de tus hijos

No es extraño escuchar a muchas mujeres quejarse de lo duro que resulta a veces criar siguiendo unos principios que nos son aceptados en su entorno familiar o de amistades.

La mayoría de mujeres que decidimos educar desde el respeto, sin gritos ni castigos nos encontramos con frecuencias con frases como:

  • Dentro de dos años estará haciendo lo que quiera contigo
  • Hay que enseñarles quién tiene la autoridad
  • No pueden tener siempre lo que quieren
  • Tiene que comerse todo lo que le pones en el plato
  • Tienes demasiada paciencia, deberías ponerte más firme
  • Si no le obligas a hacerlo nunca lo aprenderá
  • Debería irse solo a la cama
  • Es muy mayor para ir en brazos

Podría seguir y seguir con miles de frases que he escuchado en los años que llevo siendo madre.  Todas ellas emitidas por personas más o menos lejanas que, consciente o inconscientemente, aportaban sus opiniones con el propósito de mejorar mi actuación como madre. Consejos que llevaban implícito la afirmación: no estás criando bien a tu hijo.

Hoy quiero compartir en este post, los tres recursos que mejor me funcionan cuando recibo una crítica relacionada con cómo manejo la crianza de mis hijos. Cada una de estas estrategias me funcionan dependiendo del contexto, la persona que tengo en frente y el tipo de crítica que hace.

1- Usa una “frase comodín”.

Cuando la persona que tengo delante no me inspira ternura o ya he tenido varios encuentros con ella relacionados con el mismo tema es un recurso que funciona muy bien.

Se trata de responder con una frase tipo “no te preocupes, de esto me encargo yo”. Esta afirmación tiene como objetivo establecer un límite entre esa persona y tú. Es una forma fácil y clara de dejarle claro que no te interesa ni vas a tener en cuenta su opinión.

Para que este recurso sea realmente eficaz, es imprescindible tener en cuenta cuál es el lenguaje corporal y el tono de voz que estamos usando. Una postura cerrada de nuestro cuerpo y una voz floja y dubitativa va a tener menor efecto que una postura erguida y una voz firme y decidida.

2- Aporta información que no pueda ser rebatida en un mensaje claro y preciso

Si la crítica tiene que ver con la alimentación, el sueño o la salud de la criatura puede resultar útil aportar información relacionada con estudios que se hayan hecho al respeto o información que provenga de entidades que estén “validadas” por nuestro entorno. Las críticas que recibimos sobre estos temas suelen venir de personas cercanas con las que puedes tener conversaciones largas y, seguramente, en muchas ocasiones. Pero cuidado, no caigas en la tentación de intentar convencer ni justificar lo que estás haciendo si no es necesario dando pie a que lo pongan en duda, que seguro que lo hacen con otra frase recurrente como “pues lo hemos hecho así toda la vida”. Sencillamente limítate a aportar información y afirmar que has tomado una decisión y no quieres cambiarla.

Así, por ejemplo, si das de mamar más allá del año y te dicen: “es demasiado mayor para tomar pecho” puedes contestar: “según la asociación española de pediatría, se recomienda mantener la lactancia hasta, como mínimo, los dos años por todos los beneficios que aporta. Nosotros hemos decidido seguir estas indicaciones, nos van muy bien y no queremos cambiarlas.”

Si la explicación no convence, siempre te queda recurrir al punto uno.

3- Apela a tus deseos de no preocuparte tanto del presente y más de la relación que quieres tener en un futuro con tus hijos.

A veces, las críticas vienen dadas por cómo manejas la educación de tus hijos. La mayoría de adultos busca, en la resolución de un conflicto con un niño, una solución que le permita zanjar el tema en ese mismo momento satisfaciendo únicamente su necesidad. Así, frases que terminan con: “y punto”, “porque lo digo yo”, “o te vas a enterar”… , son recursos que normalmente, dada su naturaleza impositiva, no tienen en cuenta la necesidad de la criatura en ese momento.

Las personas que decidimos resolver el conflicto desde la perspectiva del respeto a nuestros hijos e hijas, lo hacemos, en parte, porque queremos construir una relación de confianza con ellos. Eso nos lleva a no imponer, a no ser que sea por razones de seguridad e integridad de nuestros hijos, lo que deseamos para nosotras, sino que establecemos diálogos y usamos herramientas que nos permitan respetar también sus necesidades.

Este recurso viene bien en estas situaciones, y la forma de usarlo también se limita a recurrir a una frase que podría ser del tipo: “cuando tenga 20 años, lo que quieres que ahora le diga/haga no va a tener efecto, así que he decidido que prefiero usar un recurso que me sirva ahora y también dentro de 15 años”. 

Como en las otras dos anteriores, el lenguaje corporal y nuestro tono de voz es muy importante para poder transmitir seguridad y confianza en ti misma. Y si este recurso no te funciona, te animo que uses el primero, que suele dar muy buen resultado con aquellas personas más insistentes.

Además de estas estrategias que he mostrado en este post, también uso otros recursos que funcionan bien. Pero me ha parecido interesante destacar las que practico en más situaciones y resultan más sencillas de implementar.

Si te parecen interesantes o tienes otras que te gustaría comentar, no dudes en dejar tu comentario y en compartir este post.