Cinco ideas que harán que no dudes ante las críticas de otras personas.

¿Te has encontrado alguna vez en esa situación desagradable que personas de tu entorno suelten una crítica detrás de otra cuando intervienes en un conflicto con tu hijo o hija?

“Pues así no se va a desenganchar de ti nunca”

“Si sigues haciéndole caso te va a tomar el pelo siempre”

“Come poco, deberías forzarlo más”

El vecino, la suegra, tu padre, tu cuñada, tu amigo de la infancia… da lo mismo, todos tiene la verdad sobre cómo deberías educar y criar a tu hija o hijo.

Ante estas críticas, muchas veces usamos recursos que nos terminan desgastando o, en el peor de los casos, hacen que perdamos los papeles y acabemos gritando o discutiendo de manera desagradable. El malestar se instala en nosotras, nos sentimos agobiadas, rabiosas y, por si eso fuera poco, nos tachan de histéricas y de piel sensible.  Y esto ocurre porque, en la mayoría de ocasiones, porque cometemos el error de intentar que sea la otra persona la que cambie intentndole hacer ver nuestro razonamiento.

Sin embargo, estoy segura de que te resulta familiar esa expresión de “no hay peor alumno que el que no quiere aprender”, ¿verdad? Y es que se trata de eso, de no malgastar nuestra energía en dar más explicaciones de las realmente consideras necesarias a personas que no quieren escucharlas.

Así que yo te voy a proponer 5 ideas para afrontar estas situaciones desde otra perspectiva que, si bien no va a solucionar los conflictos por arte de magina ni va a convertir a las personas que te rodean en evangelistas de la crianza respetuosa, te harán sentir más tranquila y segura en esos momentos.

 

1-Crea un mantra: yo soy la madre, yo decido. Merezco y tengo el poder de decidir cómo educar a mis criaturas.

La seguridad y confianza en nosotras mismas es clave para vivir las situaciones de crítica con calma. La mayoría de nosotras tenemos la autoestima dañada y, además, tenemos integrado un botón que se enciende cuando alguien desaprueba lo que hacemos que nos indica que “estamos haciendo algo malo”. Este botón suele ser la herencia de la educación recibida y, pese a que ahora somos personas adultas, suele activarse en momentos determinados.

 

2-Habla con tu hijo: si la crítica va dirigida a tu hijo, ponte a su altura y desmiente el mensaje que ha recibido.

Con esta acción no sólo te centras en quien verdaderamente es importante, si no que, además, estás enviando un mensaje a la persona adulta que ha emitido el juicio sin enfrentarte directamente.

Por ejemplo, si esa persona dice “¿todavía con la teta? ¡Déjala que eso es malo!”, puedes mirar a tu hijo poniéndote a su altura y decirle “tú sabes que eso no es verdad, y que tomas teta porque los dos podemos hacerlo y queremos hacerlo”

 

3-Respira: poner límites no suele gustar a las personas que tu entorno y, seguramente no van a aprobarlo.

Dejar claro qué es lo que no permites a los demás es unos de los pilares más importantes del respeto que sientes hacia ti misma y, al mismo tiempo, de cuán fiel eres a tus principios, ideas, creencias…

Sin embargo, el principal error que cometemos es el de pensar que las personas que nos rodean van a aceptar el límite sin rechistar y saltando de alegría. Eso no suele ser así, lo que implica que se instale en nosotras frustración e impotencia de ver que no conseguimos que los demás comprendan y acepten nuestra posición.

 

4-No entres en discusión: deja claro que vas a hacer lo que tú crees, pueden aceptarlo o no, es su decisión.

Esta es mi preferida, aunque también es la que requiere más fortaleza. Se trata de asumir que no vas a conseguir que los demás cambien de opinión y que, al mismo tiempo, no esperas ni deseas su aprobación.

Poner límites es centrarte en ti misma, en tus necesidades y sentimientos. Implica tomar tú las riendas de la situación que te permitan tomar la acción necesaria para sentirte como quieres sentirte. Y dejarlo claro a los demás sin esperar ni aceptación ni aprobación.

 

5-Anticpate: si hay situaciones recurrentes se previsora.

Hablar con las personas con las que te relacionas con frecuencia de discrepancias que tenéis antes de que se den situaciones de conflicto da calidad de vida.

Se trata de recordar el límite que en su día estableciste, de recordar que no estás dispuesta a que se supere esa línea. Como guinda final, y para tener claro cuál será tu siguiente paso, te animo a preguntar:

Con todo lo que te he explicado, ¿estás dispuesto/a a respetarlo?

 

Y ahora te pregunto yo a ti, ¿que estás dispuesta tú a hacer si la respuesta es que no?

Comunicación empática para resolver conflictos

¿Te has parado a pensar cuánto puede ayudarte una buena comunicación empática para resolver esos conflictos que surgen aunque no los busques?

Autoestima en su punto justo: la clave básica

Cuando queremos comunicar algo necesitamos motivación para ello. Desde luego que las razones que tengamos van a ser necesarias. Pero también se requiere que el mensaje vaya de ida y, también, regrese. Es decir, requiere una actitud de escucha activa y empatía hacia la otra persona.

Si solamente tienes en cuenta tu punto de vista pero subestimas el de la otra persona puedes provocar dos efectos: que la otra persona se someta para no discutir o que se rebele. En ambos casos el conflicto se agrava.

Necesitas averiguar cuáles son sus necesidades y conseguir llegar a un punto intermedio entre sus requerimientos y los tuyos. Para eso sirve la comunicación no violenta.

Aquí, la autoestima tiene que estar en su centro, ni demasiado alta ni tampoco baja. De esa forma conseguirás expresarte con asertividad y el efecto suele ser una apertura y confianza proveniente de la otra parte.

¿Y por qué será que se produce esa apertura? Precisamente, porque no hay ninguna agresión ni coacción. Comunicar es un acto de libertad y respeto mutuos.

Sigue a tu corazón. Cuando hables desde el profundo sentimiento, sin críticas, quejas ni reproches, probablemente vas a estar más cerca de una comunicación con escucha activa, objetividad y empatía.

Rutinas diarias que ayudan a resolver conflictos

Llegar a ese punto de mediación requiere de un entrenamiento diario y concienzudo.

No des por supuesta la posición de la otra persona. Realmente no sabes lo que piensa hasta que te lo dice.

Observa tu interior antes de hablar, lo que piensas y lo que sientes. Muchas veces creerás que estás comunicando con respeto y, en realidad, llevas una carga interna de la que no eres consciente.

El diálogo es una de las rutinas diarias más importantes, pero sin críticas, quejas o reproches. Tampoco sirven las palabras con doble sentido ni las cargas de profundidad.

– No olvides que para dialogar hace falta que escuches con atención y sin juzgar lo que te dice la otra persona. Esto puede resultar algo difícil, pero es básico para aprender a respetar otros puntos de vista distintos del nuestro.

Intenta ponerte en la situación de la otra persona cuando escuches. No se trata de que justifiques sus errores, sino de aceptar que tiene sus defectos así como sus cualidades. Cuando la otra parte se sienta aceptada y comprendida, va a dejar su posición defensiva para iniciar una apertura.

– La solución del conflicto siempre consiste en un acuerdo que aceptan de buen grado todas las partes implicadas.

– No hace falta la agresividad. El punto de partida de la firmeza es el respeto hacia uno mismo y hacia los demás y siempre se expresa con suavidad y cariño.

Cuando utilices una comunicación empática, te vas a dar cuenta de que la situación fluye hacia un respeto, entendimiento, comprensión e integración de todos los puntos de vista.

!Y qué! ¡Tú también gritas cuando te enfadas!

“¡Y qué! ¡Tú también gritas cuando te enfadas!”

Recuerdo cómo me impactó la primera vez que escuché estas palabras hace 5 años.  Mi hijo sólo tenía 4 años y acababa de enfadarse muchísimo porque le dijimos que no podía salir al parque. Empezó a patalear y a gritar y al intentar calmarlo y pedirle que no gritara me recriminó que un día yo también había gritado cuando estaba muy enfadada.

 Independientemente de cómo acompañé esa situación (visto ahora, lo haría con más recursos, por supuesto) , ¡cómo me dolieron esas palabras! Por dos razones. La primera, por recordar que en otras situaciones no había podido mantener la calma. La segunda, por darme cuenta de la importancia que tiene el modelo que damos a nuestros hijos e hijas. 

 

Cómo nos remueven estas situaciones

Podemos vivir estos momentos en los que nuestros hijos nos recuerdan que no siempre aplicamos una educación respetuosa como verdaderos torbellinos internos. Pensamientos como “yo sólo grito de vez en cuando y tú cada día”, “por una vez que pierdo los papeles y mira cómo me lo echa en cara”, “es que hay cosas y cosas por las que enfadarse”…  son muy frecuentes y todos tienen un denominador común: buscamos comprensión y empatía… al igual que nuestro hijo en ese preciso momento. No siempre tenemos las herramientas ni estamos preparadas para abordar una situación desde el respeto y la empatía. Sin embargo nos esforzamos día y noche para seguir creciendo y mejorando como madres. Y en muchas ocasiones buscamos el reconocimiento y respeto a ese esfuerzo. 

Dos personas faltas de empatía difícilmente podrán dar comprensión a la otra persona. Este es el principal motivo por el que estas situaciones terminan en una lucha de poder que tiene como telón de fondo el “y tú más”. ¿Resulta familiar?

Entonces, ¿qué hacer? Porque si se supone que yo soy la persona adulta y tengo que empatizar y acompañar a mi hijo en estos momentos y resulta que soy yo la que necesita de ese acompañamiento parece que el tema está complicado. 

Pues sí… y no. 
Uno de los pilares para dar respuesta la necesidad que tenemos en momentos como estos es el crecimiento personal. Conocernos, aceptarnos y saber darnos a nosotras mismas lo que necesitamos es uno de los recursos más valioso que yo he descubierto en este camino. 

Mi reacción ante situaciones con frases del tipo “y tú un día gritaste”, 5 años después, son muy diferentes y se resuelven de forma respetuosa, siendo capaz de empatizar con mis sentimientos y necesidades y las de mis hijos. 

Ahora, también quiero que tú puedas conseguirlo. ¿Quieres?

Mi hijo se agarra a mí y no quiere que me vaya

¿Te has encontrado en esa situación en la que tu hijo no quiere que te vayas? Yo ayer lo viví y pude resolver el conflicto por la separación con éxito teniendo en cuenta una serie de elementos clave.

Eran las 20:00 y, como cada martes, me disponía a salir de casa para ir a casa de mis padres y poder trabajar. Normalmente a las 10 de la noche tengo clase de la formación Comunicación Eficaz, así que la cita que tenía era importante. 

Clave número 1: el tiempo

Como ya he dicho, eran las 8 cuando me dispuse a salir. Así que cuento con 2 horas de margen que, si todo va bien, aprovecho para avanzar trabajo. Pero en el caso de ayer, me sirvieron para poder abordar el problema sin el agobio del tiempo. ¡2 horas! Sí, es mucho tiempo y no siempre cuento con tanto, como comprenderás. Sin embargo, cuando planifico mi día a día, siempre intento dejar un margen suficiente por si tengo que parar y acompañar a alguno de mis hijos en una situación de frustración o enfado. 

Clave número 2: la complicidad

Antes de irme hablo con mi hijo mayo y mi hija y les explico qué es lo que necesito: salir de casa. Les pide colaboración y ellos mismos suelen darle juego y entretenimiento al pequeño para que no de tanta importancia a mi partida. La verdad, normalmente le suele tirar más el juego de ninjas o las guerras de cojines que mi presencia. Pero pese a los intentos de ayer, Enric solo quería estar conmigo y no estaba dispuesto a dejarme marchar tranquilamente. 

Clave número 3: la conexión

Luchar a contracorriente puede ser realmente agotador. Cuando nos encontramos en una situación como esta, intentamos convencer a nuestro hijo de lo bien que lo va a pasar con sus hermanos, lo divertido que va a ser ver un capítulo de sus dibujos favoritos o de lo que se nos ocurra en ese momento. Lo cierto es que los recursos que usamos se olvidan de algo importante: sus verdaderas necesidades. En este caso, mi hijo quería contacto, abrazos, mimos y algo de teta. Así que, cambié de chip y le di a raudales todo lo que necesitaba. Poco a poco se fue calmando, le acompañe a sentarse en la mesa, donde estaban sus hermanos mirando la tele y…

fin de la historia. 
Saciado de mamá y entretenido, por supuesto, me dijo adiós sin problemas. 
Soy consciente que lidiar estas situaciones con una criatura de 4 años a veces es complejo. Lo comprendo. He pasado por ello 3 veces 😉 Sin embargo, también sé que saber afrontar estos contextos desde le autoconocimiento y la aceptación da una calidad de vida impagable, os lo aseguro. 

Estas y otras situaciones son las que podrás trabajar en mis cursos y talleres. Si todavía no conoces mi trabajo, te invito a que te des una vuelta por la web 😉

¡No quiero ir al cole!

Nuestros hijos pasan muchas horas en un centro escolar, y el hecho de que no quieran ir puede llegar a suponer un remolino de sentimientos, preocupaciones y alguna que otra discusión. 

Hoy, en el espacio “El baúl de los recursos” del grupo de Facebook, he estado hablando de estas situaciones y de cómo podemos comprenderlas y abordarlas desde el respeto. 

Descubre cómo puedes acompañar a tu hijo desde el respeto y la empatía en situaciones en las que le invaden sentimientos y emociones como la frustración, el miedo, el enfado…

El primer paso que puedes dar para tener más paciencia

¿Te gustaría que tus reacciones ante algo que está haciendo tu hijo fueran más calmadas?

En ocasiones la impresión de que “perdemos los papeles” con mucha facilidad. Es una preocupación muy habitual entre las madres que llegan a mí para hablar de las dificultades que tienen habitualmente para educar a sus hijos e hijas.

“Es que llega un punto en el que ya no puedo más y grito”

“Hay momentos en los que no estoy para dialogar y se hace difícil abordar un conflicto sin chantajes”

¿Te resuenan estas experiencias? ¿Vives situaciones similares en casa?

Yo las he vivido, y os aseguro que me angustiaban mucho. Era esa sensación de llegar a tu límite, de no poder más y de decirme “yo no puedo hacerlo de otra forma”.

Pero se puede, y uno de los primeros pasos a dar para llegar a vivir estas situaciones desde la calma y tener más paciencia es saber parar antes de hablar y aprender a conocerse mejor.

Muchas de las veces en las que actuamos en un conflicto lo hacemos de forma automática y sin pensar y analizar qué nos ocurre realmente. Nos cuesta darnos tiempo a nosotras mismas, a escucharnos y a conocer qué nos mueve a perder la paciencia realmente.

¿Cuánto tiempo te das a reflexionar en cómo te sientes entre que se crea en ti la necesidad de dar un grito y lo das?

En el momento en el que estamos a punto de perder la paciencia podemos hacernos una serie de preguntas que nos ayuden a tomar conciencia de nuestro interior: ¿necesitamos colaboración?, ¿queremos comprensión?, ¿buscamos sentirnos relajadas y tranquilas?…

Por ejemplo, si nuestro hijo de 2 años no para de tirar juguetes al suelo y el salón parece un mar de libros, coches y muñecos, y, por más que le digamos que no tire, lo sigue haciendo, hay un momento en el que explotamos. ¿Te resuena?

Pero para analizar nuestras necesidades, vamos a olvidarnos de nuestro hijo por un momento ¿Qué necesitamos en ese momento? Pues seguramente necesitamos calma, orden, colaboración… y el hecho de que nuestro hijo esté tirando sus juguetes nos hace más complicado que en ese preciso momento podamos dar respuesta a nuestras necesidades.

Nuestras necesidades reales, las que existen en ese momento ante algo que está pasando (o ha pasado) nos son a veces totalmente desconocidas. Pero poner nombre a lo que nos está pasando nos puede ayudar a comprender que lo podemos desvincular de nuestro hijo, puesto que es algo nuestro.

Sí, me dirás, pero mi hijo sigue tirando los juguetes y eso me crispa.

Y aquí está la clave. Esos segundos que te has tomado para ti y que te han servido para definir tu necesidad, te permiten determinar qué estás dispuesta a hacer y cómo decides hacerlo.

A veces, el sólo hecho de pensar el cómo hace desaparecer el automatismo que nos activa la crispación e impide que salgan los recursos que queremos tener escondidos bajo llave.

En la formación Comunicación Eficaz trabajamos en profundidad en ese autoconocimiento que te permite controlar las situaciones abordandolas desde otra perspectiva muy diferente.

Si quieres saber más, pincha en el enlace siguiente: