Superar los conflictos recurrentes

 

Los conflictos con nuestros hijos no son situaciones que nos resulten agradables. En muchas ocasiones nos causan un malestar que desearíamos eliminar. Estas situaciones se dan por un choque de necesidades que, aparentemente, parecen incompatibles: yo quiero que recoja los juguetes, él quiere seguir jugando; yo quiero que se ponga rápido los zapatos, ella se entretiene con un muñequito que ha encontrado detrás de una mesa.

En la mayoría de situaciones en las que entramos en conflicto con nuestro hijo, lo que hacemos es intentar solucionar el problema en ese mismo momento. Si lo conseguimos, el problema pasa a nuestro archivo mental de “solucionado”, y suele desaparecer de nuestra cabeza con bastante facilidad. Esto es así por nuestra salud mental, no más. Es un maravilloso recurso que tiene nuestro cerebro para economizar energía, para no dedicar atención a aquello que no la necesita. ¿Pero, ocurre lo mismo cuando no conseguimos solucionarlo? Pues por lo que he ido observando, sí, y con frecuencia.

Hay conflictos con nuestros hijos que parece que se vuelvan crónicos. Son aquellos problemas recurrentes que se repiten una y otra vez. Situaciones que se dan cada vez que nos sentamos a comer, que hay que irse a dormir o que tenemos que salir de casa. Es como esa película tan famosa en la que el protagonista se levantaba al sonar el despertador y ocurría siempre lo mismo.

¿Por qué nos pasa eso? ¿Por qué delante del mismo problema nos encontramos la mayoría de veces ante reacciones similares?

Hoy no voy a centrarme en el origen de estos problemas recurrentes, sino que me gustaría poner atención en la reacción que tenemos cuando se nos presentan. Y es que, en el fondo, nuestra respuesta a esos conflictos también va a condicionar que se vuelvan o no a repetir con tanta frecuencia.

Una de las reacciones que podemos tener ante un problema con nuestro hijo es esperar que con el tiempo deje de suceder.

Si nuestro hijo de 2 años, por ejemplo, pega cada vez que se enfada, podemos autoconvencernos que con el tiempo dejará de hacerlo y no hay que ahora no debemos tomar acción. Es cierto que, con la edad, nuestro pequeño irá adquiriendo cada vez más recursos que le permitan expresar su enfado y su frustración. Pero no afrontar el hecho de lo que está sucediendo ahora puede llevar a que ese problema cada vez sea más grande. Si nuestro hijo percibe que pegar es una opción no limitada y una herramienta para expresar emociones, así como para alcanzar objetivos, seguramente será un recurso que irá creciendo en su sistema de comunicación, en vez de desaparecer podríamos pensar.

Con esta idea que los conflictos se pueden solucionar solos, podemos caer en la trampa de aceptar situaciones, de convivir y normalizar el conflicto. Y eso es realmente peligroso. Podemos llegar a vivir con normalidad que nuestro hijo haga algo que va totalmente en contra de lo que creemos conveniente. No hablo de la flexibilidad necesaria para educar a una criatura pequeña. Estoy hablando de situaciones que pueden ser dañinas física y emocionalmente para nuestros hijos. Si nuestro hijo es de aquellos que se suben a todas partes y suele ser un conflicto en casa. Al optar por pensar que tarde o temprano dejará de hacerlo podemos hacer peligrar su integridad física según sea el lugar al que está trepando (un armario que no esté bien sujetado, por ejemplo). Eso no implicaría que no le dejáramos subir a ningún sitio, por supuesto, ahí entraría la flexibilidad de la que hablaba.

Es posible que haya conflictos con nuestros hijos que desaparezcan con el paso del tiempo, pero los hay que requieren tomar acción, abordarlos desde una perspectiva que nos permita avanzar y que sea positiva para ambos.

Encontrar aspectos positivos y transformarlos en aprendizaje, en oportunidades para crecer y mejorar.

La opción opuesta a no tomar acción ante un conflicto puede tomar otro rumbo: encaminar toda nuestra energía en incorporar todo lo que podamos aprender de una situación para salir reforzadas, para aprender más sobre nosotras, sobre nuestras reacciones y las de nuestro hijo, que, al mismo tiempo, nos dé más información para afrontar de nuevo situaciones similares.

Solo nosotras sabemos cómo nos sentimos y qué necesitamos cuando se producen los conflictos con nuestros hijos u otras personas. Ser conscientes de lo que nos ocurre es la base para cambiar nuestros patrones de conducta y, así, conseguir que los conflictos no se vuelvan crónicos.

Os voy a ser muy sincera, hace falta perseverancia y determinación para cambiar nuestros esquemas, pero cada vez que conseguimos solucionar un problema tal y como deseamos, salimos reforzadas. Esa fortaleza, no sólo nos ayuda a afrontar nuevos retos, sino que también son un ejemplo para nuestros hijos, que aprenden constantemente de nosotras.

Habrá veces en las que una acumulación de problemas nos lleve a pensar que no somos capaces de resolverlos. Es una pregunta que deberíamos hacernos y ver si es necesaria, ante esa crisis, hacer una introspección más profunda para comprender qué nos ha hecho llegar hasta donde estamos. Pero tanto si hablamos de problemas concretos como si estamos ante una crisis, para transformarlo en una oportunidad de crecimiento hay que dar con nuestra faceta más creativa que nos permita salir de nuestra zona de confort, de aquello que venimos haciendo hasta entonces y que nos ha llevado hasta donde estamos para dar un giro que nos permita alcanzar nuevas metas. Y para ello es necesario dar rienda suelta a nuestra creatividad y a nuestro ingenio para encontrar otras formas de afrontar la misma situación que nos genera, una y otra vez, el conflicto.

Siento que mi hijo me desafía

“No me da la gana”

“No lo pienso hacer”

“No, no y no”

¿Has recibido alguno de estas respuestas de tu hijo o hija? Yo sí, os lo aseguro. 

Antes de ser madre, como maestra, recibía estas respuestas de mis alumnos como verdaderos ataques hacia mí. 

Ahora, desde la comunicación empática, puedo dar respuesta a estas situaciones aprovechandolas para crecer junto a ellos. 

En el directo que hice el pasado miércoles en el espacio “El baúl de los recursos” estube hablando de porqué recibimos esta oposción de los niños como un desafía. Os dejo el video a continuación.

Descubre cómo puedes transformar las oposiciones de tu niño en oportunidades para conseguir una relación de respeto y confianza en un futuro con la formación Comuncación Eficaz. 

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Cómo recibir un no de nuestro hijo o hija

El pasado miércoles 3 de enero estuve hablando de cómo recibir un no de nuestro hijo en el grupo gratuito de apoyo a la comunicación eficaz y la empatía de Facebook.

Te dejo el video para que puedas verlo.

“Es que cuando me dice varias veces que no ya no sé que decirle y me termino enfadando”

“Hay veces que es un no porque no y no hay modo de convencerle”

¿Te suenan estas situaciones? Son comentarios de padres y madres que han llegado a mi con la preocupación de que, ante algunas situaciones, los únicos recursos que les funcionan son precisamente aquellos que no quieren usar, como el castigo, el chantaje y el grito.

En la formación Comunicación Eficaz trabajamos en profundidad estas situaciones dándole un giro diferente para poder conseguir resultados diferentes. 

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Cuando nuestro hijo no quiere hablar

 

Hay momentos en los que intentamos hablar con nuestro hijo y obtenemos el silencio como respuesta. Se ha dado un conflicto entre tú y él, con su herman@ o sencillamente viene callando desde que lo has recogido en el colegio.

El silencio puede ser desesperante, sobre todo si vemos a nuestro hijo que no está tranquilo. Nos damos cuenta de que hay algo que lo tiene cabizbajo o preocupado.  Nos gustaría que nos explicara qué le ocurre, cómo se siente o qué necesita. 

A veces pasa, en ocasiones preguntamos y no obtenemos respuesta. Pero el silencio también nos da información.

Cómo en cualquier situación, el primer paso es reconocer cómo nos está afectando a nosotras que nuestro hijo no quiera comunicarse. Esos sentimientos de preocupación, frustración, miedo, enfado… afloran en esa situación. Tienen un mensaje que darnos, nos quieren advertir que hay algo en nosotras que no está tranquilo y descubrirlo es nuestro primer objetivo. ¿Qué necesitamos? ¿Qué desearíamos que estuviera ocurriendo?

 

Cuando ya tenemos identificados nuestros sentimientos y nuestras necesidades podemos comprender por qué necesitamos hacer algo para sentirnos “bien”. ¿Pero el qué?

Y si el silencio no emite palabras, ¿qué puede estar sintiendo nuestro hijo? Como hay algo que frena la comunicación por su parte, nos va a tocar a nosotras realizar hipótesis.

A veces se trata de algo a lo que no quiere o no sabe cómo ponerle nombre y sólo es cuestión de que nosotras lo nombremos para que se abra el canal de comunicación: ¿estás enfadado porque te has peleado con un amigo en el cole?, ¿te preocupa la prueba que tienes mañana?, ¿estás molesto por un comentario que te ha hecho tu hermano? Normalmente, cuando acertamos con lo que ocurre, nuestro hijo suele mostrar con un gesto o con palabras que hemos dado en el clavo.

Otras veces, el silencio no está tan relacionado con un hecho concreto sino con las consecuencias que tiene decir lo que uno piensa y siente. Y eso suele ser uno de los motivos más habituales: el miedo a la reacción del adulto.

Es posible que nuestro hijo no quiera hablar porque teme la reacción que tengamos si expresa sus sentimientos y necesidades. No me refiero a que tema un castigo, reprimenda, desaprobación o rechazo, que también podría ser. A veces el temor es a algo más sutil: saber que su conducta, aquello por lo que no habla, es motivo de preocupación por parte de los adultos. Un ejemplo podría ser, después de una pelea con un hermano, no atreverse a reconocer que, aun teniendo parte de responsabilidad en el conflicto, sigue sintiendo odio y rencor.  En cualquiera de estos casos, saber transmitir la tranquilidad de que no será juzgado o que no cargaremos nuestros sentimientos sobre sus espaldas es crucial para conseguir que la comunicación que deseamos tener con nuestro hijo se produzca.

En el fondo se trata de construir una relación de confianza y por eso es importante trabajarlo desde el primer día, desde el primer minuto.