Ten una mentalidad abierta para educar desde el respeto

Este tema lo podemos abordar desde dos perspectivas, desde la crianza de nuestros hijos o desde la vertiente de las que nos dedicamos a acompañar a familias en los conflictos con sus allegados.

Empezaré hablando desde esta segunda perspectiva. Cuando asesoramos a mujeres en la crianza de sus hijos es importante darnos cuenta de que lo que estamos haciendo es salir de nuestra zona de confort. Esto también ocurre cuando nos enfrentamos al abordaje de un conflicto con nuestro propio hijo o hija.

¿Por qué? 

Bien es cierto que no todas tenemos que salir de esa zona de confort. Aunque la mayoría de nosotras no hemos crecido con estos recursos a nuestro alcance y tenemos que re-aprender a utilizarlos.

Te cuento más en el siguiente vídeo. Dale al PLAY:

 

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Cómo tener éxito en la crianza respetuosa

No hace mucho tuve una sesión con una clienta que me comentaba que había perdido los papeles en una reunión familiar. En una comida, el niño había empezado a tirar objetos al suelo y ella se había puesto muy nerviosa. El resultado: terminó pegándole un grito. Ante esa situación las personas de su entorno la acribillaron a críticas.

“¿Dónde está esa crianza respetuosa de la que tanto alardeas?”

“¡Ves como no pasa nada por pegarle un grito y qué rápido se soluciona el problema!”

Muchas de nosotras hemos estado ahí. Hemos tenido que ponernos muchas veces a la defensiva con nuestro entorno.

El ideal de alcanzar una reacción respetuosa no siempre se cumple. Hay veces que estamos cansadas o que simplemente no nos sale bien. Y ahí aparecen las críticas y ataques hacia nuestra elección en la forma de criar a nuestro hijo o hija.

¿Qué ocurre cuando este problema aparece? Te cuento más en el vídeo siguiente:

 

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Educar a contracorriente y no morir en el intento

¡Hola de nuevo! Hoy vengo a hablaros de cómo educamos a contracorriente sin morir en el intento. Este tema es recurrente en mis conversaciones con mujeres. El cansancio de sentir que tienen que dar explicaciones sobre todo lo que hacen. Dar la teta, agacharse para hablar con los hijos, por qué invierten tiempo en resolver un conflicto,… Puede llegar a ser agotador.

Yo comparto este sentimiento, pasé una temporada, como muchas de vosotras, en la que tomando decisiones con respecto a la crianza de mis hijos, he vivido ese tipo de situaciones agobiantes. Lidiar con personas de mi entorno, tener que estar continuamente justificando cada paso que daba.

¿Quieres saber cuál es la más agobiante que yo he vivido? ¿De qué tipo de personas estamos hablando cuando nos enfrentamos a estos casos? Respondo a estas y otras preguntas en el siguiente vídeo.

Dale al PLAY.

 

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7 errores que cometes cuando quieres aplicar las bases de una educación respetuosa en un momento de conflicto

En varias ocasiones he comentado que han llegado a mí mujeres con una idea clara de lo que querían para sus hijos e hijas, con libros leídos e incluso cursos sobre crianza respetuosa hechos. Mujeres que, pese a la formación y conocimientos adquiridos, seguían teniendo bloqueos cuando se encontraban ante un conflicto con sus pequeños. 
 
En este post, voy a contarte 7 errores muy frecuentes que pueden ser el origen de los bloqueos que tienes cuando surge un problema con tu hijo y quieres aplicar las herramientas de una comunicación empática dentro de la crianza respetuosa.  
 
1. Marcas objetivos inalcanzables fácilmente

Un fallo muy común que cometemos cuando queremos poner en práctica la teoría que ya sabemos es el de querer hacerlo todo perfecto. Cambiar nuestra forma de actuar implica un aprendizaje en el que es muy fácil cometer errores. Marcarnos metas adecuadas al momento en el que nos encontramos nos ayudará a no sentir que fracasamos y que no podemos con lo que nos proponemos

2. Falla algún concepto teórico

¿Tienes dudas en un momento determinado? ¿No sabes si la forma de reaccionar es la que “deberías hacer”? Quizás hay alguna cosa que se escapa y es necesario investigar

3. Te rindes antes de volverlo a intentar

Equivocarse no es malo si sabes aprender de los errores. Nadie dijo que el camino fuera fácil, pero tampoco imposible. ¿Quién te dice que no lo conseguirás la próxima vez?

4. Olvidas qué es lo que quieres hacer

¿Qué es lo que quieres conseguir? ¿Qué motivación deseas que se active en tu hijo? ¿Qué estás haciendo para que sea esa motivación realmente y no otra?

5. No tienes presentes tus objetivos cuando actúas

Tener claros tus objetivos te ayudará a relativizar lo que está sucediendo en ese momento. Todo está integrado en un objetivo a largo plazo. Es clave estar convencida de cuál es.

6. Te falta tomar aires y bajar el ritmo cuando conduces la situación

Resolver conflictos requiere espacio y tiempo. ¿Estás dispuesta a destinarlo? Para, respira y date el tiempo necesario para plantear una buena estrategia que te permita usar los recursos respetuosos que tu hijo y tu os merecéis.

7. No has cerrado lo que te ha ocurrido justo antes

A veces acumulamos estrés. A lo largo del día acumulamos tensiones que explotan en un momento determinado. Los conflictos con nuestros hijos suelen ser uno de estos momentos. Asegúrate de que cuando estás resolviendo un problema con tu hijo no estás liberando otro tipo de conflicto.

 

Estos son algunos de los errores más comunes, pero no los únicos. 

Si quieres seguir investigando y profundizando sobre los bloqueos que te impiden usar los recursos de una crianza respetuosa puedes obtener más información pinchando en el enlacesiguiente. 

¿Y qué significa ser buena? La respuesta de mi hija a un adulto

“Hoy todavía estás a tiempo para ser buena y que te traigan algo los Reyes Magos”
Esta es la frase que le ha soltado una persona adulta a mi hija al salir de la tienda a la que habíamos ido a comprar.
“¿Y qué es ser buena?”
Y esto es lo que le ha contestado mi hija.
Hoy es una de las noches más mágicas del año para nuestros hijos. Bueno, y para muchas personas adultas como yo también, lo confieso. En esta noche, la ilusión, el deseo y la fantasía están en nuestras mentes y usar el chantaje que supone decirles a nuestros hijos que si no son buenos no van a recibir regalos es, como poco, cruel y mezquino.
¿Qué hay detrás de ese tipo de comentarios? Pues sencillo, el control a través del miedo.
Y me dirás, “pero mujer, si sólo es un comentario inofensivo, está claro que no van a dejar de traer regalos”.
Entonces, ¿con qué fin se usan?
Durante los meses antes a la llegada de los Reyes (o del Papa Noel, o de lo que sea mágico que trae regalos) usamos con mucha frecuencia este tipo de sentencias con un objetivo concreto: conseguir que nuestros hijos e hijas hagan o dejen de hacer algo que les pedimos “si no recoges tus juguetes los Reyes no te van a traer más”, “los Reyes están viendo cómo tratas a tu hermano y no te van a dejar lo que les has pedido”…
No son herramientas inocentes, son la pura expresión del chantaje emocional. Y con eso solo conseguimos que nuestros hijos sean obedientes por miedo. ¿Es eso lo que queremos?
Mi respuesta es no. Yo no quiero que mis hijos e hija sean obedientes. Los quiero auténticos. Los quiero críticos con lo que ven a su alrededor, incluso si se trata de sus padres o amigos, y con lo que ellos mismos hacen y dicen. Y eso es un trabajo que lleva tiempo, conocimiento y perseverancia. Es un proyecto a largo plazo que implica ser consciente de con qué estrategias y herramientas abordamos los conflictos en nuestro día a día durante todo el año y con el que conseguimos que se sientan seguros de sí mismos y confiados. Es este crecimiento que le permite a mi hija cuestionar al adulto que le ha dicho que debía ser buena, puesto que ella misma sabe que lo de ser bueno es algo subjetivo y personal. Que de lo que se trata es ser respetuosa, no obediente.
A ella no le ha afectado el comentario de esa persona, pero sé que a muchos niños y niñas sí. ¿Qué estamos dispuestas a hacer para evitarlo?
Empoderarnos, primero de todo, para reaccionar ante estas situaciones con frases que protejan a nuestros hijos e hijas de estas máximas que sueltan algunos adultos. Y, en segundo lugar, pero no por ello menos importante, educar a nuestros hijos para que crezcan seguros de si mismos y con una buena autoestima.
Si ya tienes las herramientas para poder seguir por este camino me encantaría que las compartieras conmigo. Estoy seguro de que juntas podemos ayudar a muchas más personas para que sepan por dónde empezar.
Si estas situaciones te desbordan, te invito a que busques herramientas para crecer y empoderarte. Estaré encantada de poderte ayudar.

Cuando nuestro hijo no quiere hablar

 

Hay momentos en los que intentamos hablar con nuestro hijo y obtenemos el silencio como respuesta. Se ha dado un conflicto entre tú y él, con su herman@ o sencillamente viene callando desde que lo has recogido en el colegio.

El silencio puede ser desesperante, sobre todo si vemos a nuestro hijo que no está tranquilo. Nos damos cuenta de que hay algo que lo tiene cabizbajo o preocupado.  Nos gustaría que nos explicara qué le ocurre, cómo se siente o qué necesita. 

A veces pasa, en ocasiones preguntamos y no obtenemos respuesta. Pero el silencio también nos da información.

Cómo en cualquier situación, el primer paso es reconocer cómo nos está afectando a nosotras que nuestro hijo no quiera comunicarse. Esos sentimientos de preocupación, frustración, miedo, enfado… afloran en esa situación. Tienen un mensaje que darnos, nos quieren advertir que hay algo en nosotras que no está tranquilo y descubrirlo es nuestro primer objetivo. ¿Qué necesitamos? ¿Qué desearíamos que estuviera ocurriendo?

 

Cuando ya tenemos identificados nuestros sentimientos y nuestras necesidades podemos comprender por qué necesitamos hacer algo para sentirnos “bien”. ¿Pero el qué?

Y si el silencio no emite palabras, ¿qué puede estar sintiendo nuestro hijo? Como hay algo que frena la comunicación por su parte, nos va a tocar a nosotras realizar hipótesis.

A veces se trata de algo a lo que no quiere o no sabe cómo ponerle nombre y sólo es cuestión de que nosotras lo nombremos para que se abra el canal de comunicación: ¿estás enfadado porque te has peleado con un amigo en el cole?, ¿te preocupa la prueba que tienes mañana?, ¿estás molesto por un comentario que te ha hecho tu hermano? Normalmente, cuando acertamos con lo que ocurre, nuestro hijo suele mostrar con un gesto o con palabras que hemos dado en el clavo.

Otras veces, el silencio no está tan relacionado con un hecho concreto sino con las consecuencias que tiene decir lo que uno piensa y siente. Y eso suele ser uno de los motivos más habituales: el miedo a la reacción del adulto.

Es posible que nuestro hijo no quiera hablar porque teme la reacción que tengamos si expresa sus sentimientos y necesidades. No me refiero a que tema un castigo, reprimenda, desaprobación o rechazo, que también podría ser. A veces el temor es a algo más sutil: saber que su conducta, aquello por lo que no habla, es motivo de preocupación por parte de los adultos. Un ejemplo podría ser, después de una pelea con un hermano, no atreverse a reconocer que, aun teniendo parte de responsabilidad en el conflicto, sigue sintiendo odio y rencor.  En cualquiera de estos casos, saber transmitir la tranquilidad de que no será juzgado o que no cargaremos nuestros sentimientos sobre sus espaldas es crucial para conseguir que la comunicación que deseamos tener con nuestro hijo se produzca.

En el fondo se trata de construir una relación de confianza y por eso es importante trabajarlo desde el primer día, desde el primer minuto.

Lo que recordé haciendo el reto del cubo de Rubik

No hace mucho que inicé un reto personal con el cubo de Rubik. Es posible que viérais algunos de los FBlive que hice en directo #elretodelcubodía1

Durante los días que duró el reto hubo muchas situaciones en las que me acorde de cómo he ido aprendiendo a enfrentarme a otros retos personales. Y ahora me apetece compartir uno que ha cambiado mucho mi día a día.
Hace tiempo decidí que la comunicación no violenta, o la comunicación empática, iba a ser la base sobre la cual educaría a mis pequeños. Pero tengo que reconocer que me enfrenté a grandes dificultades.
Hay momentos, en los que tienes claro hacia dónde dirigir tus pasos, pero los tropezones y las caídas pueden ser realmente dolorosas. Cuando empecé me di cuenta de que muchísimos de los recursos que yo tenía a mi alcance para gestionar los conflictos que se daban diariamente con mis hijos, no tenían nada que ver con lo que quería conseguir.

Igual que con el reto del cubo, aunque parezca mentira. Os cuento.

Mi idea en la resolución del cubo estaba asociada a la capacidad intelectual, tenía integrado desde que era pequeña, que sólo unos pocos elegidos podían realizarlo, y, evidentemente, yo no formaba parte de ese grupo. Pero pude, ¿qué cambio? Tuve que deshacer lo aprendido y volver a aprender. Y eso es mucho más complicado que si tienes un lienzo en blanco y empiezas de 0.
El primer paso fue deshacer la idea de que para realizar el cubo debía ser supermegainteligente, tener unas capacidades determinadas y una lógica de ingeniero de la NASA (vamos a darle un poco de humor 🙂 ) y en segundo lugar, aprender a realizar el cubo de una manera totalmente diferente a la que había intentado antes de darlo por imposible cuando tenía 10 años (más o menos, no lo recuerdo con exactitud).

Difícil si, pero no imposible.

A medida que vas avanzando en un reto personal, creces. El ir descubriendo que puedes hacer cosas que antes no podías te hace sentir más fuerte.
Cuanto más confías en ti, más fácil es mirar hacia delante con el objetivo que te has marcado. Y cada vez creces con más fuerza y energía.
Y ese crecimiento te lleva a encontrar personas en el camino que te ayudan a crecer. No te van a decir cómo, ni cuándo, ni qué exactamente. Sencillamente, estarán ahí cuando tú estés preparada y puedas agarrar con fuerza lo que te ofrecen.

Yo necesité ayuda para realizar el cubo, una ayuda que estuvo durante tiempo ahí y no me vi capaz de usar.

Yo necesité asesoramiento, mucho, para implementar la comunicación empática. Y llego en el momento en el que decidí tomar las riendas del cambio.

Si necesitas recursos para gestionar los conflictos con tu hijo o hija de una manera respetuosa pero sin perder de vista tus necesiades te estamos esperando.

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Dejar el pañal, ¿hay vuelta atrás?

A veces damos por sentado que hay un momento determinado para que nuestros hijos dejen el pañal. Y eso, en cierto modo, es así. Pero, ¿cuál es ese momento?

 

Mi hijo hizo 3 años hace menos de un mes, y ya llevamos más de un año encontrándonos con personas que nos aconsejan sobre el tema. “Lo normal” es quitar el pañal a los dos años, o así lo tenemos entendido. Y eso da pie a que si no lo has hecho en esa edad, llegas tarde. Parece como si no lo haces a los dos años, ya no lo vas a poder hacer más adelante.

 

Pero el periodo en el que una criatura puede sentir la necesidad de “dejar” el pañal es bastante largo. De hecho, una criatura puede llegar hasta los 5 años para controlar completamente sus esfínteres y no se considera un problema. Y durante todo este periodo, hay temporadas en que parece que ya lo tenga superado y otros en los que parece que volvamos a empezar. Cada niño es un mundo y crece a su ritmo, no debemos olvidarlo. 

 

A raíz de un post que he escrito en las redes sociales he gravado un video para hablar un poco sobre cómo hemos llevado el tema de los pañales con mi hijo pequeño. También quería compartirlo aquí para que podamos intercambiar opiniones y experiencias. Espero que os sirva para reflexionar sobre el tema.

 

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Cuando razonar con nuestro hijo no funciona

Dicen que en esta vida todo es relativo y estoy bastante de acuerdo con esta afirmación. Aunque, usada en un contexto en el que intentamos razonar con nuestro hijo o hija, me pone en alerta y me la cuestiono. Y voy a explicaros porqué.

La experiencia en la vida hace que veamos los problemas desde otra perspectiva con el paso del tiempo. Las decisiones y preocupaciones de hace 15 años seguramente nos resultan una tanto banales ahora mismo. Recuerdo lo importante que era para mí, cuando tenía unos 16 años, cómo iba peinada. Antes de salir de casa podía pasarme delante del espejo más de media hora. Salir de casa “mal peinada” no entraba dentro de mi cabeza, aunque eso implicara llegar tarde al instituto. Ahora puedo decir que, si bien me gusta ir bien arreglada, si tengo que salir corriendo con una coleta hecha mientras cierro la puerta no me supone ningún problema.

Las prioridades cambian a lo largo de nuestra vida y eso resulta bastante fácil de entender. Pero seguramente te estarás preguntando por qué te cuento esta historia. No te preocupes, enseguida lo verás.

Seguramente habrás tenido experiencias similares a la mía cuando tenía 16 años a lo largo de tu vida. Y posiblemente recordarás lo importante que eran, en ese momento, las emociones que se te activaban en esas vivencias. Si de algo me acuerdo perfectamente es de cómo me sentía cuando me hacían comentarios mis padres y hermanos al verme pasar tanto tiempo en el baño. No os penséis que me reñían ni que criticaban lo que hacía. Solían ser comentarios bienintencionados que pretendían restar importancia para que yo no me obsesionara con mi aspecto físico. Frases como “no hace falta que te peines tanto, estás guapa igual”, entre otras, se formulaban con la intención de hacerme sentir mejor. Pero, sin quererlo, conseguían el efecto totalmente contrario.

¿Por qué? Muy sencillo. Sólo tenían por objetivo relativizar un problema, mi problema. Y eso, muchas veces se vive como falta de comprensión, de conexión. Es como cuando tienes un problema y sientes que las personas que te rodean no te comprenden. ¿Os suena? Eso no sólo nos pasa de adolescentes, también como adultos nos encontramos con frecuencia en situaciones similares.

Y es que cuando opinamos sobre un problema lo hacemos desde nuestra experiencia, usando nuestra lógica. Pero lo que es lógico y normal para nosotros puede no serlo para los demás.

Relativizar un problema puede ser muy útil cuando las personas que están dialogando sobre la cuestión están al mismo nivel. Cuando pueden analizar la situación con más o menos experiencia similar, resulta mucho más fácil que ese recurso sea efectivo, puesto que es más sencillo conectar con la lógica de la otra persona.

Pero, ¿qué ocurre cuando no es así?. ¿Qué pasa cuando usamos nuestra lógica con personas? ¿Con quién nos puede pasar eso? ¡Exacto! Con nuestros hijos e hijas.

Hoy quisiera compartir un video con vosotras. En él analizo porqué nuestra lógica no suele funcionar cuando intentamos relativizar un problema con nuestros hijos e hijas

Espero que te haya resultado interesante el video y espero tus comentarios para poder compartir experiencias que seguro seran muy enriquecedoras.

Laia Simón

Asesora de maternidad

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