Las 3 cosas más importantes que he aprendido de tener 3 hijos

 

¿Tienes más de un hijo? Si es que sí, seguro que has tenido uno de esos momentos en los que te reclaman todos a la vez. Uno te estira de la camiseta, otro te llama a gritos, otro se cae. En esos momentos, ¿has tenido ganas de largarte, salir corriendo y enviarlos a todos a que se vayan a otro sitio?

Las que tenemos más de un hijo sabemos lo difícil que puede llegar a ser poder dar siempre la atención que reclaman. Nos puede poner muy nerviosas escuchar un “mama” constante. Además, aunque haya más personas adultas con nosotras, parece que sólo tú tengas la llave para dar respuesta a sus peticiones y no recurren a ellas. “¡No, tú no, mamá!”, mientras le estás dando teta al bebé, escribiendo en el ordenador o haciendo cualquier otra cosa.

No siempre se dan estas situaciones, está claro, de hecho, si analizamos nuestro día es posible que solo sean momentos puntuales. Pero sí es cierto que cuando se dan parece que se junta todo, que ocurren mil cosas al mismo tiempo y tienes la sensación de no llegar.

 

Cuando ocurren estas cosas es posible que el agobio te haga reaccionar de una forma de la que luego te arrepientes: no atenderlos, contestar con un grito, amenazar con que se quedan sin lo que están pidiendo como no dejen de insistir, cargar la culpa al mayor por no saberse esperar, reñir al pequeño por no querer dejar la teta cuando necesitas levantarte…  En esos momentos de crisis aparecen los recursos que, cuando estamos en calma, sabemos mantener a distancia.

Pero también sé que estas situaciones se pueden llevar de otra manera. Aunque la experiencia es un grado, no lo voy a negar, puedes dar un giro a cómo afrontas estos contextos en los que los nervios suelen aparecer y jugarnos malas pasadas.

Después de años siendo mamá de más de una criatura he llegado a las siguientes conclusiones:

  • La mayoría de los problemas y peticiones que hacen nuestros hijos pueden esperar desde nuestro punto de vista. Esa perspectiva nos hace perder los papeles muchas veces, puesto que se nos olvida ver la situación con los ojos de nuestros hijos y no comprendemos cómo pueden ser tan insistentes. Queremos que vean los problemas tal y como los vemos nosotros y nos olvidamos de que tienen la experiencia de los años que han vivido y no la nuestra. Así pues, comprender y conectar con lo que piden nos ayuda a ser más conscientes de lo que está ocurriendo.

 

  • Al ponernos nerviosas, la mayoría de veces esperamos obtener la calma si nuestros hijos ceden a su reclamo. Eso implica que cargamos sobre sus espaldas nuestro bienestar, no estamos bien si ellos no dejan de pedir, de quejarse. Pero lo cierto es que nosotras somos dueñas de nuestros sentimientos, podemos decidir cómo nos sentimos y debemos tomar la responsabilidad de dar respuesta a nuestras necesidades de forma consciente. Para mantener la calma en esos momentos es importante trabajar conscientemente la necesidad de poder atender a nuestros hijos de uno a uno en la medida que eso sea posible. 

 

  • Pero incluso cuando somos conscientes de la importancia de mantener la calma y que atenderlos es para ellos una muestra de que tenemos en cuenta sus necesidades, en la mayoría de ocasiones en las que nuestros hijos nos reclaman a la vez, no podemos multiplicarnos para dar respuesta a todas las peticiones al mismo tiempo. En estas ocasiones hay varios recursos que pueden ser eficaces para poder enviarles la señal que para ti es importante atenderlos y que estén bien. El contacto visual, ver qué atenciones pueden ser compatible al mismo tiempo (dar la teta y explicar un cuento, por ejemplo), usar recursos como apuntar las peticiones en un papel cuando hablamos de niños mayores… En cualquier caso, todos estos recursos pueden ir acompañados de un diálogo en el que dar empatía tenga un papel principal. Si sienten que la persona adulta comprende lo que les ha ocurrido será más fácil que puedan esperar a que sea satisfecha su petición.

Cuando razonar con nuestro hijo no funciona

Dicen que en esta vida todo es relativo y estoy bastante de acuerdo con esta afirmación. Aunque, usada en un contexto en el que intentamos razonar con nuestro hijo o hija, me pone en alerta y me la cuestiono. Y voy a explicaros porqué.

La experiencia en la vida hace que veamos los problemas desde otra perspectiva con el paso del tiempo. Las decisiones y preocupaciones de hace 15 años seguramente nos resultan una tanto banales ahora mismo. Recuerdo lo importante que era para mí, cuando tenía unos 16 años, cómo iba peinada. Antes de salir de casa podía pasarme delante del espejo más de media hora. Salir de casa “mal peinada” no entraba dentro de mi cabeza, aunque eso implicara llegar tarde al instituto. Ahora puedo decir que, si bien me gusta ir bien arreglada, si tengo que salir corriendo con una coleta hecha mientras cierro la puerta no me supone ningún problema.

Las prioridades cambian a lo largo de nuestra vida y eso resulta bastante fácil de entender. Pero seguramente te estarás preguntando por qué te cuento esta historia. No te preocupes, enseguida lo verás.

Seguramente habrás tenido experiencias similares a la mía cuando tenía 16 años a lo largo de tu vida. Y posiblemente recordarás lo importante que eran, en ese momento, las emociones que se te activaban en esas vivencias. Si de algo me acuerdo perfectamente es de cómo me sentía cuando me hacían comentarios mis padres y hermanos al verme pasar tanto tiempo en el baño. No os penséis que me reñían ni que criticaban lo que hacía. Solían ser comentarios bienintencionados que pretendían restar importancia para que yo no me obsesionara con mi aspecto físico. Frases como “no hace falta que te peines tanto, estás guapa igual”, entre otras, se formulaban con la intención de hacerme sentir mejor. Pero, sin quererlo, conseguían el efecto totalmente contrario.

¿Por qué? Muy sencillo. Sólo tenían por objetivo relativizar un problema, mi problema. Y eso, muchas veces se vive como falta de comprensión, de conexión. Es como cuando tienes un problema y sientes que las personas que te rodean no te comprenden. ¿Os suena? Eso no sólo nos pasa de adolescentes, también como adultos nos encontramos con frecuencia en situaciones similares.

Y es que cuando opinamos sobre un problema lo hacemos desde nuestra experiencia, usando nuestra lógica. Pero lo que es lógico y normal para nosotros puede no serlo para los demás.

Relativizar un problema puede ser muy útil cuando las personas que están dialogando sobre la cuestión están al mismo nivel. Cuando pueden analizar la situación con más o menos experiencia similar, resulta mucho más fácil que ese recurso sea efectivo, puesto que es más sencillo conectar con la lógica de la otra persona.

Pero, ¿qué ocurre cuando no es así?. ¿Qué pasa cuando usamos nuestra lógica con personas? ¿Con quién nos puede pasar eso? ¡Exacto! Con nuestros hijos e hijas.

Hoy quisiera compartir un video con vosotras. En él analizo porqué nuestra lógica no suele funcionar cuando intentamos relativizar un problema con nuestros hijos e hijas

Espero que te haya resultado interesante el video y espero tus comentarios para poder compartir experiencias que seguro seran muy enriquecedoras.

Laia Simón

Asesora de maternidad

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Cómo evitar sentirte juzgada en la educación de tu hij@

Una de las dificultades más habituales a la que se nos enfrentamos muchas madres es a ser jugadas.

Recuerdo perfectamente la primera rabieta que mi hijo mayor tuvo en mitad de un supermercado. No fue un simple enfado de: “quiero esto y tengo un no por respuesta” como hasta entonces solía pasar.  En esa ocasión, se tiró al suelo y empezó a gritar tan fuerte que incluso yo me asusté. De hecho, asustada, asustada no me sentía. Más bien, lo que quería era que se me tragara la tierra.

Ahí estaba yo, entre la espada y la pared. Deseaba estirarme en el suelo con mi hijo para acompañarle en ese momento tan difícil para él. Pero al mismo tiempo, sabía que hacer eso seguramente significaba una desaprobación total por parte de todas las personas que me estaban mirando. Algunas pasaban más de prisa a mi lado para “desentenderse” de todo aquello, cosa que agradecía enormemente. Otras, caminaban a ralentí para observar con detalle lo que estaba ocurriendo. Todavía puedo sentir lo mal que lo pasaba. Estaba convencida de que todas las personas que me observaban pensaban lo mal que ejercía de madre.

Con el tiempo me fui dando cuenta de que las cosas son, en el fondo, bastante más sencillas. A lo largo de mi maternidad se han repetido situaciones como las que acabo de contar, aunque ya no las vivo del mismo modo, ni mucho menos. Pero para ello, han tenido que suceder varias cosas que me gustaría compartir contigo.

En el post de hoy quería plantearte una pregunta relacionada con lo que yo viví con las primeras rabietas de mi hijo mayor. Es la siguiente:

¿Te sientes juzgada fuera de casa cuando interaccionas en la gestión de las emociones de tu hijo o hija?

A continuación, te muestro un video en el que reflexiono sobre esta pregunta y te muestro cuál es mi visión. Estoy segura que a ti también te va a permitir observar qué es lo que te sucede cuando tu hij@ se enfada y hay personas observando cómo reaccionas.

Me encantaría conocer tu opinión

¿Te afecta que otras personas opinen sobre cómo gestionas los enfados de tu hij@? ¿Tienes recursos para reaccionar cuando alguien quiere interferir? ¿Cuál es tu experiencia con las personas más cercanas que te rodean? Deja tu comentario y hablamos sobre ello.

 

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