Cuando razonar con nuestro hijo no funciona

Dicen que en esta vida todo es relativo y estoy bastante de acuerdo con esta afirmación. Aunque, usada en un contexto en el que intentamos razonar con nuestro hijo o hija, me pone en alerta y me la cuestiono. Y voy a explicaros porqué.

La experiencia en la vida hace que veamos los problemas desde otra perspectiva con el paso del tiempo. Las decisiones y preocupaciones de hace 15 años seguramente nos resultan una tanto banales ahora mismo. Recuerdo lo importante que era para mí, cuando tenía unos 16 años, cómo iba peinada. Antes de salir de casa podía pasarme delante del espejo más de media hora. Salir de casa “mal peinada” no entraba dentro de mi cabeza, aunque eso implicara llegar tarde al instituto. Ahora puedo decir que, si bien me gusta ir bien arreglada, si tengo que salir corriendo con una coleta hecha mientras cierro la puerta no me supone ningún problema.

Las prioridades cambian a lo largo de nuestra vida y eso resulta bastante fácil de entender. Pero seguramente te estarás preguntando por qué te cuento esta historia. No te preocupes, enseguida lo verás.

Seguramente habrás tenido experiencias similares a la mía cuando tenía 16 años a lo largo de tu vida. Y posiblemente recordarás lo importante que eran, en ese momento, las emociones que se te activaban en esas vivencias. Si de algo me acuerdo perfectamente es de cómo me sentía cuando me hacían comentarios mis padres y hermanos al verme pasar tanto tiempo en el baño. No os penséis que me reñían ni que criticaban lo que hacía. Solían ser comentarios bienintencionados que pretendían restar importancia para que yo no me obsesionara con mi aspecto físico. Frases como “no hace falta que te peines tanto, estás guapa igual”, entre otras, se formulaban con la intención de hacerme sentir mejor. Pero, sin quererlo, conseguían el efecto totalmente contrario.

¿Por qué? Muy sencillo. Sólo tenían por objetivo relativizar un problema, mi problema. Y eso, muchas veces se vive como falta de comprensión, de conexión. Es como cuando tienes un problema y sientes que las personas que te rodean no te comprenden. ¿Os suena? Eso no sólo nos pasa de adolescentes, también como adultos nos encontramos con frecuencia en situaciones similares.

Y es que cuando opinamos sobre un problema lo hacemos desde nuestra experiencia, usando nuestra lógica. Pero lo que es lógico y normal para nosotros puede no serlo para los demás.

Relativizar un problema puede ser muy útil cuando las personas que están dialogando sobre la cuestión están al mismo nivel. Cuando pueden analizar la situación con más o menos experiencia similar, resulta mucho más fácil que ese recurso sea efectivo, puesto que es más sencillo conectar con la lógica de la otra persona.

Pero, ¿qué ocurre cuando no es así?. ¿Qué pasa cuando usamos nuestra lógica con personas? ¿Con quién nos puede pasar eso? ¡Exacto! Con nuestros hijos e hijas.

Hoy quisiera compartir un video con vosotras. En él analizo porqué nuestra lógica no suele funcionar cuando intentamos relativizar un problema con nuestros hijos e hijas

Espero que te haya resultado interesante el video y espero tus comentarios para poder compartir experiencias que seguro seran muy enriquecedoras.

Laia Simón

Asesora de maternidad

Si necesitas recursos para gestionar los conflictos con tu hijo o hija de una manera respetuosa pero sin perder de vista tus necesiades te estamos esperando.

Curso “Empatía y Comunicación”

Talleres Adiós a los pañales

Este mes de junio hemos facilitado el taller Adiós a los pañales a más de 30 famílias en total, así que estoy muy satisfecha por el trabajo realizado, y por haber ayudado a tantas mamás y a tantos papás a encontrar recursos y herramientas para llevar esta etapa del desarrollo de sus hij@s como una aventura y no como  un “engorro” o un “suplicio”. Y además estuve acogida por un grupo  de mamás (Cu-cut) en Sant Sadurní d’Anoia, y por el espacio polivalente de La Panxamama, en Vilafranca del Penedès.

Lo mejor de estos talleres es que todas las famílias están en el mismo punto, y todas tienen ganas de escuchar y comprender mejor como evoluciona el control de esfínteres, qué capacidades fisiológicas, neurológicas y emocionales debe madurar nuestro bebé para estar preparado y empezar a olvidarse del pañal, y qué recursos tenemos al alcance para acompañar a nuestro hij@ y agilizar el proceso, partiendo de una actitud respetuosa y amorosa por parte de nosotros, los adultos.

También muy contenta con el ambiente acogedor y cómplice que se generó en las tres charlas, puesto que todas las famílias pudieron comentar su situación, sus miedos, temores y dudas. Al terminar el taller recogí respuestas en la evaluación del taller que pido a tod@s los participantes.

Estos son algunos de los testimonios ante la pregunta “¿qué te llevas del taller, para aplicar en casa?“:

 

N.Callau: “La tranquilidad de saber que es un proceso lento que hay que emprender con paciencia para que la niña lo viva con naturalidad”

Jose M.: “Ideas. Sobre todo la de hacerlo partícipe; paciencia y no tener miedo a dar un paso atrás”

Raquel F.: “Mucha información y herramientas para afrontar la etapa con tranquilidad y empatía hacia mi hija”

Linda: “Compartir mis sentimientos, implicarlo más en el proceso”

Jordi: “Unas cuantas pautas a seguir que pueden ser muy útiles”

Meritxell: “más tranquilidad y seguridad”

 

Y aquí algunas fotos de un par de los talleres, que a veces se me olvida esto de inmortalizar el momento…

 

Ha sido una agradable experiencia el poder ayudar a tantas famílias en este momento de la crianza. Hasta igual ¡repetimos en breve…!

 

Mònica Pons
mujer, madre, bióloga y doula

 

Estrategia para criar hijos autónomos (que no autómatas)

 

La ropa nos define. Define nuestro estado de ánimo, cómo nos sentimos, a donde vamos, .. puede proporcionarnos libertad, o ser una cárcel, un factor limitante. Igual que el resto de elementos que rodean nuestra vida: las relaciones, el trabajo, los vecinos, la tele, …

Mi hija mayor, tiene ahora 5 años. Tiene un estilo digamos.. ecléctico: ella puede salir a la calle con una falda gris con corazones blancos y un ribete monísimo de color rojo, una camiseta verde, una chaqueta de chandal marrón con un dibujo en rosa, medias lilas y botas de montaña. A mí me cuesta un poco (a veces horrores) no cambiarla de ropa, no obligarla a vestir de otro modo, no forzarla a ser más “aceptable” para los demás. A ir más”mona”.

 

se tu mism@

 

Por supuesto vivimos en sociedad, somos animales sociales, y buscamos la aceptación de nuestros congéneres. Sentirnos aceptados y parte de una comunidad nos proporciona seguridad y confort. Ese sentimiento de pertenencia a un grupo no debería estar reñido con ser como eres. Pero muchas veces lo está.

Seguramente ahora estáis pensando que soy una exagerada. Probad ésto: pensad en vuestros recuerdos de infancia, en qué ropa os ponían y en cómo os sentíais con ella, en cuántas veces os mandaban callar antes de decir dos palabras seguidas, en si os sentíais juzgados escuchando a los mayores hablar de uno sin tenerle en cuenta (estando presente). ¿Cuántas veces sucedieron esas escenas? ¿Creéis que cambiaron vuestra forma de comportaros, vuestra manera de presentaros al mundo? No hablo de las normas básicas de convivencia, sino de esos detalles sutiles que fueron dando forma a al concepto de vosotros mismos desde el exterior.

 

 

Tampoco se trata de comentarios ni miradas malintencionadas, aunque esconden (muchas veces de forma subconsciente) juicios y suposiciones:

¿te vas a poner esa ropa?

¿ya come bien?

¿es buena niña?

¿se porta bien?

Y podrían traducirse, más o menos así:

¿quieres ir así vestida?

¿come todo lo que tu quieres cuando tu quieres y como tu quieres?

¿está callada y quieta y sin molestar cuando tu deseas?

¿hace lo que le dices cuando y como se lo ordenas?

Llevamos éstas frases llenas de juicios de valor grabadas a fuego en la frente. Y son valoraciones vacías que regalamos a nuestros hijos en cuanto nos despistamos.

 

Los comentarios y valoraciones que expresamos deberían ser positivos y respetuosos, o presentar una crítica constructiva. Eso nos permitiría seguir acompañando el libre desarrollo de la autoestima, la autonomía, el criterio propio y la libertad de nuestros hijos para ser en función de su propia esencia.

 

Durante mis embarazos, pensaba en como me gustaría que mi hija fuera de mayor. Me gustaría que fueran (ambas, cada una a su manera) grandes personas, y pensaba en una lista como ésta:

feliz

valiente

inteligente

divertida

sana

con voz (propia)

con personalidad (propia)

con autestima

cariñosa

con criterio (propio)

 

Si hacéis una lista de vuestros deseos, seguramente se parecerá a ésta.

¿Pero qué sucede en nuestro día a día, cuando no hace lo que necesitamos que haga, cuando no se viste como quisiéramos, cuando no sigue el ritmo marcado (por nosotros)?

¿cómo reaccionáis?

 

Queremos hijos con voz propia, que no se dejen engañar, que sepan defenderse, que tengan opinión. Para que pueda ser así, debemos propiciar que esas cualidades se desarrollen en ellos.

 

Pero como ya he dicho, vivimos en sociedad: hay horarios, responsabilidades, prisas, una logística organizada… y se nos olvidan los deseos y vamos a lo que nos parece más rápido (que conste que eso nos pasa a tod@s), y el resultado suele ser un conflicto.

Cuando no escuchamos ni dialogamos, no estamos permitiendo las opciones, ni que sea el niñ@ quien decida. Entramos en modo institutriz. Y el conflicto acaba en lucha de poder. A la vez, ya no estamos propiciando

su individualismo (quiero hacer algo distinto a lo que tu me dices),

su capacidad de decisión (y si lo hiciéramos de otro modo),

su autoestima (lo que yo digo o pienso no se tiene en cuenta),

ni su criterio (mi opinión no vale, vale la de los demás).

 

Entonces, ¿cómo gestionamos éstas situaciones? Hay algunas estrategias que pueden ayudar. En mi caso, me funciona lo siguiente:

 

  1. Respira. Tu hij@ tiene opinión y sentimientos. Párate un momento y respira hondo antes de hablar. Muchas veces vamos tan acelerados que necesitamos que obedezca a lo que pedimos sin pensarlo dos veces. Tenemos tantas cosas que hacer que el comportamiento de tu hij@ descuadra con el horario establecido.
  2. Escúchate. Pregúntate qué necesitas en ese preciso instante, que te molesta, para esperar que tu hijo te obedezca sin rechistar. Qué hace que no quieras ceder ni escucharle. Por qué te pones a la defensiva. 

    Este punto es muy importante. Vivimos en una sociedad burocratizada, “normalizada”, con horarios, obligaciones, objetivos y reponsabilidades que asumimos como necesarias todo el tiempo, y que a veces, nos limitan. Organizamos nuestro día a día al segundo, no hay espacio para discutir. Ni siquiera con nosotros mismos. Tal vez al pasar por alto nuestras necesidades, también perdemos la capacidad de escuchar las necesidades de los demás.

  3. Escúchale. Que quiere decirte. Establecer un diálogo con tu hij@ te ayudará a conocerle, a saber como se siente, que es lo que piensa.. y si lo haces a menudo, verás como le apetece hablar más contigo y contarte sus cosas. Da igual si tiene un año, tres, cinco o diez. Nuestros hijos tienen vivencias y experiencias desde que nacen (incluso antes), saberse escuchado reconforta; estás plantando la semilla que servirá para crear una relación madre-padre/hij@ basada en la comprensión, la confianza y la complicidad.
  4. Sé práctic@: piensa en cuántas veces la posición “porque lo digo yo” ha iniciado una batalla de leones/leonas que todavía ha alargado más la situación problemática. Ejemplos:-irnos a dormir ya

    -terminarse todo lo que hay en el plato

    -ir a ducharse

    -nos vamos ya del parque

    -la ropa que ponerse

    -…

    Ahora piensa en alguna de éstas situaciones, ¿cómo se hubiera desarrollado si en lugar de insistir en modo institutriz, te hubieras parado a preguntarle a tu hij@ por qué no quiere, qué le pasa, o simplemente escuchar su demanda? Quizás solamente quería hacerte una pregunta, a lo mejor estaba contento y quería darte un abrazo (maravillosos abrazos espontáneos)..

Seguramente en lugar de emplear 10 o 15 minutos en “resolver” el conflicto con rabieta, lloros o chillidos              incluidos, emplearías 5 min en escucharos y llegar a un acuerdo.

 

Todo aquello que hacemos desde la plena conciencia en lo que sentimos y pensamos, nos enriquece a nosotros y a nuestros hijos.

 

Lo mejor de mi estrategia, es que aunque al principio cuesta horrores, a medida que voy practicando, me escucho más, paro a respirar sin pensarlo, cambio mi mirada antes de hablar. Y cuando no lo consigo, también me resulta más fácil rectificar, disculparme (desprenderse del tozudo orgullo de querer tener razón también es un aprendizaje).

Y al meterme en la cama y repasar lo que he vivido ese día, me siento más orgullosa de mí misma. Y más orgullosa de mis hijas.

Y eso es maravilloso, ¿no crees?

LA CURIOSIDAD, LA PINZA Y LA PRISA

collage blw

Tengo un reloj de cuerda que decora una de las estanterías de mi comedor, junto a unos  libros. Nunca le doy cuerda, pero este fin de semana mi hija me preguntó cómo funcionaba. Y le di cuerda. Ahora, me apetecería dejar de oír su incansable tic-tac y aunque lo tiraría por la ventana, me resigno a guardarlo en un cajón. Siempre me ha puesto nerviosa  ese marcar constante y sonoro del paso del tiempo. Me hace tener prisa, correr, como si no fuera a llegar a donde quiero si no voy rápido.

La prisa, en ésta sociedad en la que vivimos, nos hace perdernos detalles muy a menudo. Detalles pequeñitos, pero preciosos, brillantes, tesoros de lo cotidiano que dejamos pasar sin darnos cuenta. Y esa tendencia me preocupa especialmente cuando observo a mis hijas, o más bien, cuando me doy cuenta que en uno o dos días, casi no las he observado. El placer de observar el comportamiento de otro ser lo descubrí en mi época de estudiante: entender mediante la mirada y la escucha lo que sucedía con una manada de lobos, con una família de gorilas, o con dos aves del paraíso apareándose, me fascinaba.

¿Os imagináis a una loba animando a sus crías a cazar antes de estas puedan coordinar bien sus patas con su vista para poder correr y perseguir una presa?

Y del mismo modo, ¿os imagináis a una  chimpancé dándole una fruta a su cría antes de que pueda cogerla con sus manos?

Yo no. A veces da la sensación de que tienen una calma innata, un saber esperar al momento oportuno para cada nuevo reto. Se trata del instinto. Nunca había extrapolado esta visión tranquila y lógica de la evolución y maduración de las crías de otras especies en los humanos. Hasta que fui madre.

Y después del shock inicial de la lista de alimentos, como mezclarlos, cocinarlos y triturarlos y en qué cantidades, y la perplejidad de ver que mi hija no tenía ninguna intención de comer aquellas mezclas (y mucho menos papillas de cereales)… empecé a observarla con más calma. Y luego caí en la cuenta de que ella, era una cría de mamífero, y yo, la estaba haciendo correr.

 

probando pure

Porque cada bebé tiene su propio ritmo de desarrollo, y lo mejor que podemos hacer es seguir la velocidad que lleve el bebé. Llegará a aprender lo mismo, pero lo habrá vivenciado de un modo muy distinto.

 

 

 

 

motricidad fina

Claro, tenemos muchas ganas de verlos comer sentaditos, de ver como alcanzan nuevas metas y crecen.

Esperar a que suceda lo que, al fin y al cabo va a suceder igual, nos cuesta mucho.

Por eso no emocionamos al salir del pediatra con las hojas de alimentación complementaria, y al cabo de tres o cuatro días te preocupas porque tu bebé quiere teta (o biberón) y no la comida que le estás dando. Y terminas preparando papillas deliciosas (que te comes tu), invirtiendo un tiempo valioso en lavar, pelar, cortar y triturar, y luego en lavar todos los utensilios utilizados… para nada. Porque tu bebé no tiene intención de comer aquello y ha desarrollado una habilidad extraordinaria para  esquivar tus manos o escupir lo que consigues meter en su boquita. ¿Hay un modo más fácil, llevadero, sencillo? ¿Otra forma de organizar su introducción a la alimentación sólida?

 

Os propongo un juego de observación. Os aseguro que cuánto más se juega, más se divierte una 😉

Se trata de responderos éstas preguntas mientras estéis con el bebé:

1.¿tu bebé coge objetos con las manos? hacia los 6 o 7 meses, desarrollan la habilidad de hacer la pinza con el dedo pulgar y el resto de la mano, es todavía algo torpe, pero útil. Un par o tres de meses más tarde, ya hacen la pinza con el pulgar y el índice. Entonces el agarre es mucho más preciso.

2.¿puede permanecer sentado sin ayuda? y si és que sí, ¿se inclina a coger los objetos que le llaman la atención? también hacia los 7 meses, pueden estar sentados y mover el tronco y los brazos hacia los objetos a los que quieren llegar.

3.Si llegan a coger los objetos, seguramente verás que también se los llevan a la boca. Es su forma de investigar y conocer el mundo: tocar, oler, probar… si uno de esos objetos es un trozo de comida, ¿escupe  la comida que se lleva a la boca? y no porque no le guste el sabor, me refiero a ver si aún mantiene el reflejo de extrusión (es una defensa involuntaria del cuerpo para evitar tragar algo que no sea el alimento: la leche), que desaparece hacia los 6 meses de edad.

4.¿siente curiosidad por lo que tu estás comiendo? ¿quiere cogerlo, tocarlo, llevárselo a la boca, jugar con la comida? Si a ésta respondes que sí, perfecto porque somos seres curiosos, y la curiosidad es el motor del aprendizaje.

5.Y la última, la del 10: observando varios días a tu bebé, ¿puedes ver una evolución en su forma de probar la comida? fíjate en si primero la tocaba con labio y lengua, después empezó a meter la comida en la boca. Después, la movía por la boca y pareció que intentaba masticarla ( luego resultó que sí, que la masticaba), y finalmente, empezó a tragar algo de comida. Si has conseguido ver esos cambios, ¡enhorabuena! has visto el desarrollo natural de aprender a comer. El alimento de los primeros meses de vida es líquido y muy fácil de tragar. Luego, mientras van apareciendo los dientes, tu hij@ ha aprendido a masticar nuevos alimentos, más duros, espesos, de distintos sabores, y al final, ha aprendido a tragárselo.

 

Entre los 6 y los 12 meses (más o menos, porque cada bebé tiene su ritmo), todos sienten curiosidad por esas cosas que comen papa y mama, y las personas que le rodean. Si seguimos su curiosidad y le dejamos probar la comida, veremos como juegan con ella.

Aunque se ensucia un radio enorme alrededor de una persona tan pequeña, es maravilloso ver el proceso que siguen para conocer el sabor y la textura de los alimentos, y como disfrutan haciéndolo.

Y a partir de ahí, sólo acompañarlos en el descubrimiento. Durante esos primeros meses, no comen mucha cantidad, si respetamos su decisión, veremos que igual comen mucho un día y casi nada al siguiente. Mis hijas, los días en que no comían casi nada del plato, me pedían más teta, vamos que con hambre no se quedaban. Y cada una fue a su ritmo: la mayor tenía mucha curiosidad por probar, pero no por comer. La pequeña tenía mucha curiosidad y muchas ganas de comer. Cuando para los padres, pasan muchos días “sin comer” casi nada (seguro que toman más leche), nos ponemos alerta, pensamos que igual les pasa algo, en llevarlos al médico, en “ofrecer” más comida, en que no va a crecer según el percentil…

Cada bebé se desarrolla a un ritmo diferente de los demás en todos los aspectos de su evolución: cognitivo, emocional, psicomotriz, fisiológico. No hay que alarmarse  🙂

Está bien. No pasa nada. Nos ponemos nerviosas, claro. Pero entonces recordamos que está conociendo la comida, y de momento, es una alimentación complementaria: su alimento principal sigue siendo la leche (materna o artificial). Y podéis seguir viviendo esta etapa de descubrimientos tranquilamente.

 

 

Mònica Pons

 



  

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Mamá, ¿estás ahí? Mirando con ojos de bebé.

Abro los ojos y no noto el calor de mamá, me siento sola y tengo miedo. Lloro.

“Buenos días, preciosa”

Mamá me coge. Siento ese olor que me activa y busco su pecho moviendo la cabeza de lado a lado: quiero teta. Me pone en la bandolera y me ofrece el pecho. Mientras, prepara la ropa de mi hermano mayor y levanta la persiana de la habitación. Noto la luz que entra por la ventana y me refugio en su pecho. Escucho a mi hermano mayor quejarse, no se quiere levantar. Mamá se agacha y le da un beso. Mi hermano me ve y me besa también. Noto como ella se va moviendo mientras ayuda a mi hermano a quitarse el pijama y vestirse. Los escucho hablar y les observo. De fondo se oye la voz de papá: “El desayuno está listo”.

 

Nos sentamos en la mesa. Mamá me quita de la bandolera y me recuesta en su regazo y la veo llevarse una taza a la boca. Parece importante, intento cogerla. La toco. Está caliente y es agradable. Quiero volver a tocarla agitando el brazo y mamá me la acerca.

 

Nos vamos a la habitación. Mamá me estira en la cama y me habla. Mientras ella se viste escucho su voz, me sonríe, la sonrío y observo sus movimientos, que sigo con interés con la mirada.

 

Después noto el frío en el cuerpo, me está quitando la ropa. No me gusta y lloro. Mamá me coge y me envuelve en una manta que huele también a ella. Noto otra vez esa sensación de refugio y busco su pecho. Lo encuentro y me relajo. Escucho de fondo a papá y a mi hermano. Los oigo cada vez más cerca, más fuerte. Papá se despide: noto en la cabeza un ligero beso y el sonido de un chasquido en la mejilla de mamá.

 

Me suelto de la teta. Mamá me vuelve a estirar en la cama, mi hermano se estira conmigo y me habla. Yo me intento girar hacia él, quiero ver qué hace. Mi madre me va poniendo la ropa y escucho su voz mientras va explicando a mi hermano lo que vamos a hacer esa mañana: “hay que ir al cole y por la tarde iremos a merendar a casa de los abuelos”.

 

Una vez vestida, mamá me coloca en el fular. Mi hermano reclama su atención, no puede abrocharse su chaqueta. Noto como mi madre se agacha para ayudarle, mi cuerpo se inclina suavemente hacia atrás. Después me envuelve en su chaqueta y salimos a la calle.

 

Noto el frío en mis mejillas al mismo tiempo que el calor que desprende el cuerpo de mamá me reconforta. El balanceo del caminar de mamá me relaja, y me entra sueño.

Voy cerrando los ojos mientras escucho la voz de mi madre cerca de mí y la de mi hermano al lado, todo me resulta familiar y me siento tranquila y segura.

De lejos, la bocina de un coche, el taladro de un obrero o el sonido de las voces de las personas con las que nos cruzamos quedan en segundo plano, como si formaran parte de un exterior que ahora mismo no me interesa. Me quedo dormida escuchando el latido del corazón de mamá.

 

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Me despierto, sigo con mamá y su balanceo al andar. Mientras dormía ha ido a comprar y estamos llegando a casa.  Me remuevo en el fular, hay algo que me molesta y me quejo. Mamá para de andar, recoloca el fular para poder ofrecerme el pecho y sigue andando hasta llegar a casa con la compra. 

 

Ahora mamá me pone en un fular en su espalda. No le veo la cara, pero sus movimientos me resultan familiares y escucho su voz, que me va diciendo cosas, que no entiendo, pero me hacen sentir mejor su presencia. Empiezo a notar olores y sonidos distintos. Mamá está haciendo la comida. Canturrea, me habla y se mueve constantemente.

 

Me balanceo, huelo, escucho y miro todo lo que ocurre a mi alrededor. No me pierdo nada y me siento segura: estoy con mamá.

 

Después mamá se sienta tranquilamente y me da el pecho. Me entra sueño. Pero no me puedo dormir: mamá me ha quitado el pecho y eso no me gusta. Tiene que salir de casa y lloro para decir que no estoy bien. Mamá vuelve a ponerme en el fular y me ofrece la teta. Volvemos a salir a la calle. La teta, el calor del cuerpo de mamá y su balanceo al andar son la combinación normalmente infalible para que me entre un sueño irresistible.

 

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Me despierto, sigo sobre el cuerpo de mamá. Mientras he estado dormida hemos ido a buscar a mi hermano al cole. Ahora estamos en casa. Escucho a mi hermano jugar con sus muñecos y la voz de mi madre que le dice que hay que lavarse las manos e ir a comer. Puedo escuchar sus voces, y veo a mamá llevarse la comida a la boca, beber de un vaso, limpiarse con la servilleta… todo eso mientras, tranquila en la bandolera, estoy mamando.

 

Después de comer mamá me estira en el suelo encima de una mantita y me deja ahí un ratito. Puedo ver y escuchar a mi hermano, que de vez en cuando me dice cosas. Intento moverme y ver qué hace. . Mamá está a mi lado, la escucho hablar. Está sentada en el sofá doblando la ropa.

 

Volvemos a la calle. Otra vez el frío en la cara y el calor de mamá . Esta vez no me duermo. De hecho empiezo a llorar porque hay algo que me molesta. Mamá reajusta el fular y me ofrece la teta. Eso me calma y me siento un poco mejor. De camino a casa de los abuelos nos encontramos con unas amigas de mamá. Puedo escuchar a mamá conversar con ellas. También se dirigen a mí, que miro de reojo todo lo que ocurre a mi alrededor sin soltar la teta de la boca. Una de ellas me sonríe y me dice cosas, yo me suelto de la teta y le devuelvo el comentario con otra sonrisa.

 

Entramos en casa de los abuelos. Son voces y caras conocidas. Me dicen cosas y sonrío, desde la seguridad de los brazos de mamá. La abuela me coge en brazos y me mece mientras me canturrea una canción y me dice cosas. Le sonrío y ella me vuelve a decir cosas. Mamá aprovecha que estoy tranquila para jugar con mi hermano. Están haciendo una construcción muy difícil. A mi madre y a mi hermano les encanta construir cosas juntos.

 

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Volvemos a casa, y al cabo de poco llega papá. Yo estoy muy intranquila. Mamá intenta pasearme por la casa, pero hay algo que me duele y lloro. Mi hermano reclama la atención de mamá, también quiere estar con ella y la situación se vuelve un poco tensa. Papá le propone salir a dar un paseo en bicicleta, sabe que a mi hermano le encanta.

 

Nos quedamos tranquilas en casa. No se escucha a nadie. Mamá continúa paseándome por casa. Al final, me tranquilizo y mamá me pone en la espalda mientras ordena el comedor.

 

Llegan papá y mi hermano. Mi hermano se ha caído y llora. Pide los brazos de mamá. Noto cómo se inclina hacia delante, se agacha y le abraza. Le consuela y lo acompaña al baño a limpiar la herida que se ha hecho en la rodilla.

 

Mientras, papá prepara la cena.

 

Mamá me estira encima de una mantita en el suelo y juega conmigo y mi hermano hasta que se hace la hora de cenar.

Recostado en el regazo de mamá y mientras estoy tomando pecho, mamá, papá y mi hermano están cenando. Yo observo, escucho, huelo…

 

Después de cenar papá me estira en la mantita de nuevo y juega conmigo un ratito. Mamá acompaña a mi hermano a lavarse los dientes y a ponerse el pijama. Es la hora de ir a dormir y mamá siempre le cuenta un cuento para que se duerma.

 

Empiezo a llorar, no me siento bien. Papá me pone en la bandolera y paseamos juntos por el comedor. Finalmente llega mamá y me da la teta. Luego me pone en el fular en la espalda mientras recoge la cocina junto a papá. Los escucho conversar y noto cómo mamá se va moviendo mientras limpia la encimera. Esa voz, ese movimiento, la luz tenue de la cocina… me está entrando mucho sueño.

Nos estiramos en la cama, mamá me da el pecho y me duermo.

 

Durante la noche me voy despertando y noto la presencia de mamá. La huelo, me engancho a la teta y luego sigo durmiendo.

 

No noto el calor del cuerpo de mamá. Me siento sola y tengo miedo. Pero esta vez no lloro.

Sé que mamá me cogerá en brazos:

“Buenos días, mi amor”

 

Laia Simón

 

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