Cómo sobrevivir a las reuniones familiares

Odio las reuniones familiares. Aunque solo en contadas ocasiones.

La verdad es que estoy en un momento de mi vida en el  que disfruto compartiendo espacio con tías, cuñados o padres. Incluso con aquellas personas con las que no coincido en la forma de ver la educación de los más pequeños de la casa.

Tengo mi propia teoría sobre este tema y he tomado decisiones que son muy particulares y personales. Y de hecho, creo que este es un tema que depende tanto de cada contexto que encontrar una única fórmula válida para todas las personas es imposible.

Es por esta razón que he querido invitar a expertas en maternidad y crianza para hablar sobre lo que implican las reuniones familiares y cómo podemos vivirlas con calma y seguridad en nosotras mismas.

Del odio al disfrute de las reuniones familiares: mi cambio de perspectiva

Si bien es cierto que ahora las reuniones familiares no suelen ser fuente de conflicto para mí, sí lo fueron hace unos años. Sobre todo en aquellas en las que yo era la anfitriona y debía atender a los invitados a la vez que a mis hijos.

Gloria Miravalls (facilitadora de Disciplina positiva para la familia y asistente Montessori) nos comenta: “creamos unas expectativas que no son realistas, es decir, si pretendemos hacer un menú elaborado, que los niños no griten o estén tranquilos,que no surja algún roce con algún familiar, no estamos siendo objetivos ni realistas con las circunstancias”

Y es que se trata de eso. Queremos vivir una experiencia que quizás no es viable. Visión que también comparte Maca Millar (Asesora de Crianza Respetuosa, especializada en Primera Infancia y gestión del estrés en la crianza), que aconseja “ser realistas con el escenario que nos espera y tomar decisiones en base a eso, no a quedar bien con nadie”.

Y es que en una reunión, como apunta Belén Latorre (asesora de maternidad),  “es mucha gente con diferentes visiones de ver la vida y la crianza y con la confianza de decirte lo que les parece mejor sin que nadie les haya preguntado nadie”

Y este es uno de los principios que hicieron que mis reuniones dejaran de ser estresantes: no esperar algo que no iba a ocurrir y actuar con consecuencia siendo fiel a mi misma.

Siempre hay un cuñado de turno: la realidad de las reuniones familiares

Ser realista implica tener en cuenta que hay personas que forman parte del grupo familiar que van a aparecer en estos eventos. Sabemos lo que es probable que ocurra  y eso lo podemos tomar como una ventaja.

Patricia (fundadora de Mamá Arcoiris)comenta: “es importante tener en cuenta situaciones que ya hemos vivido para ser conscientes de lo que podemos cambiar o en qué podemos ceder o, por lo contrario, debemos seguir firmes y dejar claros los límites.”

Y es que la experiencia es un grado, y si a ello le sumamos que está bajo nuestra responsabilidad tomar una u otra decisión sobre estos eventos, siempre estamos a tiempo de cambiar el planteamiento de nuestra asistencia. Maca (Jugar mimar, hablar) comenta: “Planteate si realmente te compensa acudir a esa reunión, si el horario, el posible ruido etc., se adaptan a la etapa de tu hijo, o sabes ya con antelación que terminará con un gran berrinche muerto de sueño, por ejemplo, mientras todos te culpan de no saber poner límites porque no se paran a querer comprender lo que está pasando en realidad. En todo caso, sé previsora con tus opciones: Vas justo para comer y os vais temprano; si te agobia que tu hijo se suele pelear con sus primos y los otros adultos no intervienen, hazte a la idea de que no vas a poder relajarte a conversar, sino estar en todo momento cerca de tu hijo y mira si estás dispuesta a hacerlo sin que te amargue el día, en lugar de dejar que te pille por sorpresa, por poner un par de ejemplos.”

El caso es que no hay una única opción y nuestra palabra sobre la asistencia es la última. Tenemos ese derecho. Aunque no siempre lo tenemos en cuenta o le damos la suficiente importancia.

Tenemos más opciones de las que nos imaginamos.

Morder, pelear o invertir en calma y confianza

Gloria (jugarcreceramar.com) hace una reflexión sobre cómo solemos vivir las reuniones familiares: “La sobreexigencia que nos imponemos de que todo tiene que estar perfecto no lo vamos a conseguir a menos que sacrifiquemos nuestra tranquilidad, nuestra serenidad. Admítelo, el menú bien cocinado, la decoración de la mesa, la casa, todos vestidos inmaculados para estos encuentros, no es una expectativa realista sin que haya gritos, nerviosismo y/o castigos de por medio”

Es necesario un cambio de “chip” cuando planteamos encuentros con la familia. No me refiero únicamente a si vamos o no vamos, si nos quedamos toda la velada o si la organizamos en nuestra casa por la comodidad de nuestros hijos (si es que esa es la opción más cómoda, por supuesto.) Me refiero a cambiar la manera en la que escuchamos esas críticas que tanto nos remueven o las reacciones impulsivas cuando usan recursos poco respetuosos con nuestros hijos o con nosotras mismas.

“Creo firmemente que es la manera que tienen de validarse como madres cuando ven que tú lo haces de manera diferente. Son otra generación, hicieron lo que estaba en su mano en su contexto, pero creo que muchas se sienten agraviadas cuando ven que tú lo haces de forma diferente, teniendo en cuenta al menor. Lo más importante es recordar que es tu maternaje y que tú mejor que nadie sabe las necesidades de tu hij@. Recordar el por qué hemos elegido esa forma de criar. Y sobre todo saber cuál es tu límite, es decir hasta qué punto sonríes y contestas un gracias por tu consejo pero nos va bien así, a partir del cual cambias el tono e invitas a dejar que se sigan entrometiendo.” (Belén Latorre)

Sin embargo, la práctica y los años que llevo acompañando a mujeres me hace afirmar que no siempre es fácil. Para tener éxito en estas situaciones, es imprescindible sentirnos seguras y creer en nuestras propias decisiones.

La seguridad en mi misma es la base de mi felicidad. Si de algo puedo sentirme orgullosa es de haber aprendido a vivir las reuniones familiares con el equilibrio maravilloso de sentirme bien conmigo misma sin grandes y costosas discusiones familiares.

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