¿Y qué significa ser buena? La respuesta de mi hija a un adulto

“Hoy todavía estás a tiempo para ser buena y que te traigan algo los Reyes Magos”
Esta es la frase que le ha soltado una persona adulta a mi hija al salir de la tienda a la que habíamos ido a comprar.
“¿Y qué es ser buena?”
Y esto es lo que le ha contestado mi hija.
Hoy es una de las noches más mágicas del año para nuestros hijos. Bueno, y para muchas personas adultas como yo también, lo confieso. En esta noche, la ilusión, el deseo y la fantasía están en nuestras mentes y usar el chantaje que supone decirles a nuestros hijos que si no son buenos no van a recibir regalos es, como poco, cruel y mezquino.
¿Qué hay detrás de ese tipo de comentarios? Pues sencillo, el control a través del miedo.
Y me dirás, “pero mujer, si sólo es un comentario inofensivo, está claro que no van a dejar de traer regalos”.
Entonces, ¿con qué fin se usan?
Durante los meses antes a la llegada de los Reyes (o del Papa Noel, o de lo que sea mágico que trae regalos) usamos con mucha frecuencia este tipo de sentencias con un objetivo concreto: conseguir que nuestros hijos e hijas hagan o dejen de hacer algo que les pedimos “si no recoges tus juguetes los Reyes no te van a traer más”, “los Reyes están viendo cómo tratas a tu hermano y no te van a dejar lo que les has pedido”…
No son herramientas inocentes, son la pura expresión del chantaje emocional. Y con eso solo conseguimos que nuestros hijos sean obedientes por miedo. ¿Es eso lo que queremos?
Mi respuesta es no. Yo no quiero que mis hijos e hija sean obedientes. Los quiero auténticos. Los quiero críticos con lo que ven a su alrededor, incluso si se trata de sus padres o amigos, y con lo que ellos mismos hacen y dicen. Y eso es un trabajo que lleva tiempo, conocimiento y perseverancia. Es un proyecto a largo plazo que implica ser consciente de con qué estrategias y herramientas abordamos los conflictos en nuestro día a día durante todo el año y con el que conseguimos que se sientan seguros de sí mismos y confiados. Es este crecimiento que le permite a mi hija cuestionar al adulto que le ha dicho que debía ser buena, puesto que ella misma sabe que lo de ser bueno es algo subjetivo y personal. Que de lo que se trata es ser respetuosa, no obediente.
A ella no le ha afectado el comentario de esa persona, pero sé que a muchos niños y niñas sí. ¿Qué estamos dispuestas a hacer para evitarlo?
Empoderarnos, primero de todo, para reaccionar ante estas situaciones con frases que protejan a nuestros hijos e hijas de estas máximas que sueltan algunos adultos. Y, en segundo lugar, pero no por ello menos importante, educar a nuestros hijos para que crezcan seguros de si mismos y con una buena autoestima.
Si ya tienes las herramientas para poder seguir por este camino me encantaría que las compartieras conmigo. Estoy seguro de que juntas podemos ayudar a muchas más personas para que sepan por dónde empezar.
Si estas situaciones te desbordan, te invito a que busques herramientas para crecer y empoderarte. Estaré encantada de poderte ayudar.

Cómo superar la forma en la que fuimos educadas

“No debería haberle gritado”, “podría haber sido más flexible”, “me hubiera gustado saber mantener la calma cuando ha insultado a su hermano”…

 

¿Te resulta familiar alguna de estas expresiones? ¿Tienes la impresión de que, pese a tener claro cómo quieres educar a tu hijo, hay veces que no consigues cumplir con tus deseos?

Resulta muy habitual escuchar a madres y padres que se lamentan que “pierden los papeles” con sus hijos, que hay situaciones con las que no pueden mantener la calma y les salen gritos y amenazas que desearían haberse tragado una vez instalada la calma.

Y es que, aunque tengamos claros los beneficios que supone educar y criar a nuestros hijos desde el respeto, a veces puede llegar a ser complicado saber cómo reaccionar a ciertas situaciones

 

Criar y educar como queremos

Cuando sabemos cómo queremos reaccionar cuando tenemos un conflicto con nuestro hijo y conseguimos hacerlo tal y como consideramos que es beneficioso para ambos nos invade un sentimiento de satisfacción. Controlar la reacción que no deseamos que vea la luz como el grito o la amenaza nos hace sentir orgullosas de poder darle a nuestro hijo lo que se merece, siendo conscientes de que, al mismo tiempo, estamos construyendo una relación de respeto y confianza.

La barrera que nos impide conseguir lo que deseamos

Pero si fuera tan fácil, si eliminar los gritos y las amenazas fuera tan sencillo, seguramente muchas más personas dejarían de usar esos recursos cuando tienen un conflicto con su hijo.

La mayoría hemos sido educadas desde la perspectiva de la autoridad. Muchos de recursos que aprendimos para resolver un problema estaban encaminados a usar la obediencia sin cuestionar. Además, seguramente el miedo, la amenaza y el chantaje emocional también eran recursos habituales.  

Estos recursos los interiorizamos en su día, los integramos como válidos y aceptados, puesto que eran las personas que nos educaban y acompañaban quienes los usaban.

Y también son estos los recursos que salen cuando actuamos en un momento de crisis, cuando, visto desde una perspectiva instintiva, nos sentimos amenazadas. Al entrar en esa zona roja en la que percibimos que se pone en riego nuestra autoridad, los usamos porque, sencillamente, los tenemos fácilmente a nuestro alcance y necesitamos volver a sentir el control.

La solución fácil ante la dificultad en nuestra elección de crianza

Es doloroso darse cuenta de que no se puede alcanzar un objetivo con la facilidad con la que se pretende hacerlo. Y más cuando sabemos que no llegar a la meta afecta a nuestros hijos.

En algunas ocasiones, cuando somos conscientes de las barreras que se nos plantan delante. Nos puede resultar agradable dejarnos llevar por lo que nos aconsejan las personas de nuestro entorno, que es posible que vean titánico lo que pretendemos. En su afán de mejorar nuestro estado de ánimo, puede que intenten consolarnos con aquello de “haz como lo hemos hecho siempre, que no nos ha ido tan mal”. Es como si nos quitaran la responsabilidad de luchar contra algo que nos abruma. Pero a la vez, no hacerlo, no intentar cambiar la forma de educar y criar a tu hijo nos duele. Sabemos los beneficios que podríamos obtener si lo consiguiéramos y no queremos renunciar a ello. Nuestros hijos se lo merecen todo y sentimos la responsabilidad de proporcionárselo.

Y es en este momento en el que aparece la culpa. Ese fantástico y odioso estado en el que, en el peor de los casos, se nos puede derrumbar todo.

La culpa puede ser una gran aliada si sabes interpretarla

La culpa puede ser realmente devastadora. Sentirse culpable por aquello que no conseguimos nos puede hacer sentir pesados, tristes, frustrados… Pero hay un modo de darle la vuelta y aprovecharlo a nuestro favor. Por eso quiero compartir un pequeño secreto contigo que yo uso en mi día a día.

 

La culpa para mí es mi aliada y cada vez que aparece hablo con ella. Sí, así de raro suena., pero no me falta una tuerca.

Para mí tan sólo es una mensajera que aparece para recordarme algo y sólo cumple ese acometido. Viene, le pregunto qué viene a recordarme y se va. Os explico.

 

Cuando no hemos tenido éxito en nuestro objetivo de criar de forma respetuosa y usamos alguno de los recursos que nos gustaría eliminar de nuestro repertorio suele aparecer la culpa. Y aparece para que nos hagamos las siguientes preguntas:

 

¿Qué debería haber ocurrido para que no hubiera aparecido la culpa?

¿De qué me estaba protegiendo cuando he usado el recurso que la ha hecho aparecer?

 

Para mí son dos preguntas claves que me ayudan a comprender ese estado para, luego, dejarlo marchar.

La primera pregunta nos ayuda a recordar cuál es nuestro objetivo, qué es lo que no queremos para nuestros hijos ni para nosotras mismas y qué es lo que no deseamos que se vuelva a repetir. Sencillamente el mensaje lo podríamos traducir en: te has desviado del camino que te lleva a la meta, sólo tienes que retomarlo y continuar andando.

La segunda pregunta nos ayuda a analizar qué es lo que ha ocurrido. Este proceso es importante ya que, desde la calma, podemos buscar otras herramientas que vayan acordes a nuestra necesidad de criar  y educar a nuestros hijos desde el respeto.

Cuando razonar con nuestro hijo no funciona

Dicen que en esta vida todo es relativo y estoy bastante de acuerdo con esta afirmación. Aunque, usada en un contexto en el que intentamos razonar con nuestro hijo o hija, me pone en alerta y me la cuestiono. Y voy a explicaros porqué.

La experiencia en la vida hace que veamos los problemas desde otra perspectiva con el paso del tiempo. Las decisiones y preocupaciones de hace 15 años seguramente nos resultan una tanto banales ahora mismo. Recuerdo lo importante que era para mí, cuando tenía unos 16 años, cómo iba peinada. Antes de salir de casa podía pasarme delante del espejo más de media hora. Salir de casa “mal peinada” no entraba dentro de mi cabeza, aunque eso implicara llegar tarde al instituto. Ahora puedo decir que, si bien me gusta ir bien arreglada, si tengo que salir corriendo con una coleta hecha mientras cierro la puerta no me supone ningún problema.

Las prioridades cambian a lo largo de nuestra vida y eso resulta bastante fácil de entender. Pero seguramente te estarás preguntando por qué te cuento esta historia. No te preocupes, enseguida lo verás.

Seguramente habrás tenido experiencias similares a la mía cuando tenía 16 años a lo largo de tu vida. Y posiblemente recordarás lo importante que eran, en ese momento, las emociones que se te activaban en esas vivencias. Si de algo me acuerdo perfectamente es de cómo me sentía cuando me hacían comentarios mis padres y hermanos al verme pasar tanto tiempo en el baño. No os penséis que me reñían ni que criticaban lo que hacía. Solían ser comentarios bienintencionados que pretendían restar importancia para que yo no me obsesionara con mi aspecto físico. Frases como “no hace falta que te peines tanto, estás guapa igual”, entre otras, se formulaban con la intención de hacerme sentir mejor. Pero, sin quererlo, conseguían el efecto totalmente contrario.

¿Por qué? Muy sencillo. Sólo tenían por objetivo relativizar un problema, mi problema. Y eso, muchas veces se vive como falta de comprensión, de conexión. Es como cuando tienes un problema y sientes que las personas que te rodean no te comprenden. ¿Os suena? Eso no sólo nos pasa de adolescentes, también como adultos nos encontramos con frecuencia en situaciones similares.

Y es que cuando opinamos sobre un problema lo hacemos desde nuestra experiencia, usando nuestra lógica. Pero lo que es lógico y normal para nosotros puede no serlo para los demás.

Relativizar un problema puede ser muy útil cuando las personas que están dialogando sobre la cuestión están al mismo nivel. Cuando pueden analizar la situación con más o menos experiencia similar, resulta mucho más fácil que ese recurso sea efectivo, puesto que es más sencillo conectar con la lógica de la otra persona.

Pero, ¿qué ocurre cuando no es así?. ¿Qué pasa cuando usamos nuestra lógica con personas? ¿Con quién nos puede pasar eso? ¡Exacto! Con nuestros hijos e hijas.

Hoy quisiera compartir un video con vosotras. En él analizo porqué nuestra lógica no suele funcionar cuando intentamos relativizar un problema con nuestros hijos e hijas

Espero que te haya resultado interesante el video y espero tus comentarios para poder compartir experiencias que seguro seran muy enriquecedoras.

Laia Simón

Asesora de maternidad

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4 Errores que cometemos al decir “no” a nuestros hij@s

Seguramente has tenido uno de aquellos días en los que estás constantemente diciendo “no “ a tu hij@. “No, ahora no puedes coger ese juguete”, “no, ahora no te puedes comer esa galleta”, “no, ahora no puedes…”

Recuerdo perfectamente esa etapa. Mi hijo mayor debía tener alrededor de los 2 años. Tenía la sensación de que sólo pedía cosas que creía que no podía darle o consentirle. La mayoría de las veces esa situación terminaba en un llanto inconsolable. Eso, a mí, realmente me angustiaba porque no sabía qué hacer para calmarlo.

Se apoderaba de mí la desesperación. Quería que entendiera que lo que estaba pidiendo no había modo alguno de podérselo dar o no era importante. A veces, era más una cuestión de mantenerme en una posición que creía necesaria. No quería acceder a su petición por considerarla, sencillamente, un capricho. Otras veces era un no rotundo, innegociable, por ser un tema relacionado con su propia seguridad. Sea cual fuera el motivo, necesitaba que él viera lo mismo que yo. Pero eso muy raramente sucedía y me sentía muy frustrada.

En situaciones como las que viví con mi hijo, me hubiera sido muy útil analizar los sentimientos que me invadían en ese momento. Ser conscientes de lo que nos ocurre a nosotras por dentro cuando decimos un no y es rechazado por nuestro hij@, nos puede ayudar a llevar con más eficacia esas situaciones. En un principio parece que no tenga nada que ver Pero empatizar con nosotras mismas al mismo tiempo que con nuestros pequeños es importante. De hecho, puede ser la clave para evitar la mayoría de las rabietas que tienen nuestros hij@s.

1r error: pasamos de largo la gestión de sus emociones

En nuestro día a día, deseamos un montón de cosas. A algunas les damos satisfacción. A otras, nuestro cerebro racional nos hace bajar de las nubes. Nos autoconvencemos que aquello que deseamos no es posible, al menos no en ese momento. Nuestro funcionamiento cerebral nos ayuda a llevar la frustración de la mejor manera posible.

Pero eso no siempre puede hacerlo una criatura que tiene una parte del cerebro que hace posible el razonamiento lógico en pleno proceso de desarrollo.

Una criatura que pide algo responde a la emoción que le provoca una necesidad. Puede ser jugar con un juguete muy concreto, comer algo que en ese momento le apetece, tener el contacto o la presencia física de alguien… Sea lo que sea, para nuestro pequeño es aquello, y no otra cosa, la que va a cubrir la necesidad que se le ha despertado. Esa emoción es la que le aflora en ese momento. Saber reaccionar, como adultos, es crucial para que una negación, si es necesaria, no se convierta en un gran problema para nuestro hij@.

2º error: contestamos impulsivamente

Este error para mí fue el más difícil de gestionar. Es en el que más tuve que trabajar a nivel personal para conseguir el efecto deseado en mi hijo: no responder de forma automática.

Cuando respondemos de manera automática, muchas veces lo hacemos de forma un tanto impulsiva, desde nuestro lado más visceral. Y en esas situaciones normalmente no somos nosotros los que contestamos, sino nuestras propias vivencias como criaturas, ya que solemos reaccionar apelando a lo que nos resulta más familiar, más común. Así pues, seguramente reaccionaremos como si fuéramos la parte adulta de lo que vivimos como niñ@s.

Así, si nuestro hijo o hija nos pide una galleta antes de cenar, seguramente le contestaremos un no inmediatamente, sin cuestionarnos nada más, sin ver y analizar qué está necesitando él o ella realmente y si podemos darle respuesta a esa necesidad de otro modo.

Para evitar esa respuesta automática es imprescindible parar unos instantes antes de contestar. A veces sólo es cuestión de que pases un par de segundos para que todas esas respuestas que nos vienen a la cabeza de manera automática e inmediata lleguen y se vayan. Y si luego, después de la reflexión, son la respuesta que queremos dar realmente, adelante.

3r error: demasiadas veces queremos decir “no”

Hemos empezado este post poniendo como ejemplo esos días en los que estamos constantemente diciendo “no” a nuestr@ hij@. ¿Os imagináis una situación similar como adultos que somos? ¿Podéis sentir  las emociones que nos  invaden si estamos escuchando un no por respuesta a prácticamente todo lo que decimos?

Reflexionar sobre lo que realmente nos está pidiendo la criatura es un primer paso: un juguete, comida, salir al parque, la televisión… Con esta primera reflexión hay que analizar si es de vital importancia negar esa petición.

Un “no” debería ser rotundo si está en juego la integridad física y moral de nuestro hij@. En caso contrario, todo es relativo, y dependerá de cada familia estableces cuál es el límite de lo permitido. Así pues, las negaciones que podemos tener claras se reducen a cualquier cosa que suponga un peligro para nuestros retoños. No abrocharse el cinturón de seguridad, saltar de un muro demasiado alto, meterse una canica en la boca… podrían ser motivo de que, como adultos, estableciéramos un no rotundo. A partir de ahí… no hay una respuesta única.

Pero aun teniendo claro ese no rotundo, hay que tener en cuenta cómo se presenta esa negación.

4o error: apelamos al razonamiento

Hemos dicho al principio que cuando nos decimos a nosotras mismas que no, nuestro cerebro racional nos ayuda a convencernos. La dificultad que se nos presenta con nuestros hij@s es que ese cerebro racional no está desarrollado al 100%. Esa situación no nos permite usar la lógica con nuestros pequeños durante un enfado como lo haríamos con un adulto. De hecho, si la usamos, seguramente vamos a agrandar el problema. Cuando nuestros hijos se enfadan o se disgustan, su cerebro funciona desde una parte en la que se gestionan las emociones. La zona que “razona”, además de no estar totalmente formada, queda “temporalmente fuera de servicio”.

Para salvar este obstáculo, el primer paso que deberíamos dar es empatizar con sus emociones. Nuestro objetivo se centrará en hacerle ver a nuestro hij@ que entendemos lo que está sintiendo. Le ayudaremos dándole nombre y creando una conexión con ese cerebro emocional responsable de hacerlo funcionar en ese momento.

A partir de ahí, podremos aplicar las estrategias necesarias que nos permitirán comunicarnos con nuestro hij@ de una manera eficaz. Eso será la base para poder llega a acuerdos que tengan como punto de unión satisfacer las necesidades de ambos.

¿Te apetece compartir tu experiencia? ¿Crees que estas estratégias te pueden ayudar a mejorar la comunicación con tu hijo o hija? 

Deja tu comentario, ¡me encantará leerte!

Cómo evitar sentirte juzgada en la educación de tu hij@

Una de las dificultades más habituales a la que se nos enfrentamos muchas madres es a ser jugadas.

Recuerdo perfectamente la primera rabieta que mi hijo mayor tuvo en mitad de un supermercado. No fue un simple enfado de: “quiero esto y tengo un no por respuesta” como hasta entonces solía pasar.  En esa ocasión, se tiró al suelo y empezó a gritar tan fuerte que incluso yo me asusté. De hecho, asustada, asustada no me sentía. Más bien, lo que quería era que se me tragara la tierra.

Ahí estaba yo, entre la espada y la pared. Deseaba estirarme en el suelo con mi hijo para acompañarle en ese momento tan difícil para él. Pero al mismo tiempo, sabía que hacer eso seguramente significaba una desaprobación total por parte de todas las personas que me estaban mirando. Algunas pasaban más de prisa a mi lado para “desentenderse” de todo aquello, cosa que agradecía enormemente. Otras, caminaban a ralentí para observar con detalle lo que estaba ocurriendo. Todavía puedo sentir lo mal que lo pasaba. Estaba convencida de que todas las personas que me observaban pensaban lo mal que ejercía de madre.

Con el tiempo me fui dando cuenta de que las cosas son, en el fondo, bastante más sencillas. A lo largo de mi maternidad se han repetido situaciones como las que acabo de contar, aunque ya no las vivo del mismo modo, ni mucho menos. Pero para ello, han tenido que suceder varias cosas que me gustaría compartir contigo.

En el post de hoy quería plantearte una pregunta relacionada con lo que yo viví con las primeras rabietas de mi hijo mayor. Es la siguiente:

¿Te sientes juzgada fuera de casa cuando interaccionas en la gestión de las emociones de tu hijo o hija?

A continuación, te muestro un video en el que reflexiono sobre esta pregunta y te muestro cuál es mi visión. Estoy segura que a ti también te va a permitir observar qué es lo que te sucede cuando tu hij@ se enfada y hay personas observando cómo reaccionas.

Me encantaría conocer tu opinión

¿Te afecta que otras personas opinen sobre cómo gestionas los enfados de tu hij@? ¿Tienes recursos para reaccionar cuando alguien quiere interferir? ¿Cuál es tu experiencia con las personas más cercanas que te rodean? Deja tu comentario y hablamos sobre ello.

 

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Todo bajo control: comemos de todo

Tengo un menú semanal superequilibrado. En casa comemos de todo. Tengo una lista de la compra con las cantidades exactas que necesito comprar de cada alimento. Soy muy metódica haciendo la comida, las raciones… no quiero que mis hijos pasen hambre ni que coman demasiado, se que eso también es malo. Quiero que se sienten a la mesa durante las comidas, con nosotros, y que coman correctamente, sin sorber, sin jugar, sin hacer ruiditos, terminándose todo lo que hay en el plato sin rechistar, que se que es la cantidad de comida que deben comer a diario.

Y lo preparo todo con mucho amor. Pero la hora de la comida es un desastre. A los pocos minutos de empezar a comer se ponen a jugar entre ellos o con la comida. Me preguntan que hay de segundo y me miran ante la respuesta con cara de asco, como si no hubieran comido nunca aquello… A veces incluso les dejo estar un ratito en la cocina mirando como prepado la comida. O quieren levantarse para seguir jugando en el salón, como si no tuvieran hambre. A menudo no les apetece terminar su plato y tengo que ponerme sargento. Después a media tarde parece que vayan a comerse una vaca entera para merendar del hambre que tienen. ¿Por qué no…

… comen a las horas previstas?

… quieren terminarse su ración?

… les apetece aquello que siempre les había gustado?

… están sentaditos y en silencio comiendo tal como les enseñamos, como adultos, sin mancharse, sin moverse, …?

Tener todo bajo control es estresante e imposible. Porque nuestro cuerpo no es una máquina. Es eso, un cuerpo. El cuerpo sabe autoregularse: a los adultos no nos apetece comer siempre las mismas cosas, ni a las mismas horas, ni en la misma cantidad. Nuestro cuerpo nos indica cuando tiene hambre y cuando no, podemos intuir cuando nos apetece dulce y cuando salado… incluso sabemos si preferimos comer o hacer otra cosa. Al final de la semana, comemos de todo igualmente, ¿no crees?

No es algo que hayamos aprendido. Nuestro cuerpo nace sabiendo. Al crecer, nos acostumbramos a cumplir unas normas sociales, nos convencemos de que esa es la cantidad de comida que hay que comer y no otra porque lo dice tal o cual nutricionista de moda, creemos que es muy importante que comamos DE TODO (que no es lo mismo que de todos los grupos de alimentos)… y creemos que debe ser así también en nuestros hijos, ya que queremos lo mejor para ellos. Es para nosotros primordial que sean adultos bien educados y nutridos, preparados para todo.

Y se nos olvida que los niños, desde el momento en que nacen, SABEN cuando tienen hambre y cuando no, SABEN qué les apetece. Tienen curiosidad por descubrir el mundo y a veces SUS necesidades son distintas de las nuestras.

Y aunque el objetivo de su cuerpo y nuestro objetivo son el mismo, intentamos que coman de todo y nos preocupamos por su salud cuando pensamos que no es así.

NO hace falta tener todo bajo control. Dejemos un margen a la improvisación y la espontaneidad. Al fin y al cabo, seguro que comemos de todo (de todos los grupos de alimentos) de forma equilibrada planificando las comidas y teniendo variedad de alimentos en casa (frutas, verduras, legumbres, carne y pescado).

Si ahora no apetece comer, apetecerá en un rato.

Si quieren participar en la elaboración de la comida, dejemos que esten con nosotros, que nos ayuden de verdad. Ellos disfrutaran y les sabrá mejor la comida. Nosotros pasaremos un ratito con ellos a la vez que hacemos algo en casa: conviviremos sin darnos cuenta. Y es divertido.

Los horarios fijos, los menús incambiables, las normas sociales, los gurús de las dietas , las combinaciones perfectas de alimentos… pueden esperar.

Dejemos que sean criaturas, que descubran y experimenten y puedan comer lo mismo para desayunar durante meses, siendo su elección (por ejemplo atún con tomate) en lugar de la nuestra (cereales con leche). También están aprendiendo, a decidir y a ELEGIR POR ELLOS MISMOS, a tener una relación sana con la comida. ¿y ese es el objetivo, verdad?