Estrategia para criar hijos autónomos (que no autómatas)

 

La ropa nos define. Define nuestro estado de ánimo, cómo nos sentimos, a donde vamos, .. puede proporcionarnos libertad, o ser una cárcel, un factor limitante. Igual que el resto de elementos que rodean nuestra vida: las relaciones, el trabajo, los vecinos, la tele, …

Mi hija mayor, tiene ahora 5 años. Tiene un estilo digamos.. ecléctico: ella puede salir a la calle con una falda gris con corazones blancos y un ribete monísimo de color rojo, una camiseta verde, una chaqueta de chandal marrón con un dibujo en rosa, medias lilas y botas de montaña. A mí me cuesta un poco (a veces horrores) no cambiarla de ropa, no obligarla a vestir de otro modo, no forzarla a ser más “aceptable” para los demás. A ir más”mona”.

 

se tu mism@

 

Por supuesto vivimos en sociedad, somos animales sociales, y buscamos la aceptación de nuestros congéneres. Sentirnos aceptados y parte de una comunidad nos proporciona seguridad y confort. Ese sentimiento de pertenencia a un grupo no debería estar reñido con ser como eres. Pero muchas veces lo está.

Seguramente ahora estáis pensando que soy una exagerada. Probad ésto: pensad en vuestros recuerdos de infancia, en qué ropa os ponían y en cómo os sentíais con ella, en cuántas veces os mandaban callar antes de decir dos palabras seguidas, en si os sentíais juzgados escuchando a los mayores hablar de uno sin tenerle en cuenta (estando presente). ¿Cuántas veces sucedieron esas escenas? ¿Creéis que cambiaron vuestra forma de comportaros, vuestra manera de presentaros al mundo? No hablo de las normas básicas de convivencia, sino de esos detalles sutiles que fueron dando forma a al concepto de vosotros mismos desde el exterior.

 

 

Tampoco se trata de comentarios ni miradas malintencionadas, aunque esconden (muchas veces de forma subconsciente) juicios y suposiciones:

¿te vas a poner esa ropa?

¿ya come bien?

¿es buena niña?

¿se porta bien?

Y podrían traducirse, más o menos así:

¿quieres ir así vestida?

¿come todo lo que tu quieres cuando tu quieres y como tu quieres?

¿está callada y quieta y sin molestar cuando tu deseas?

¿hace lo que le dices cuando y como se lo ordenas?

Llevamos éstas frases llenas de juicios de valor grabadas a fuego en la frente. Y son valoraciones vacías que regalamos a nuestros hijos en cuanto nos despistamos.

 

Los comentarios y valoraciones que expresamos deberían ser positivos y respetuosos, o presentar una crítica constructiva. Eso nos permitiría seguir acompañando el libre desarrollo de la autoestima, la autonomía, el criterio propio y la libertad de nuestros hijos para ser en función de su propia esencia.

 

Durante mis embarazos, pensaba en como me gustaría que mi hija fuera de mayor. Me gustaría que fueran (ambas, cada una a su manera) grandes personas, y pensaba en una lista como ésta:

feliz

valiente

inteligente

divertida

sana

con voz (propia)

con personalidad (propia)

con autestima

cariñosa

con criterio (propio)

 

Si hacéis una lista de vuestros deseos, seguramente se parecerá a ésta.

¿Pero qué sucede en nuestro día a día, cuando no hace lo que necesitamos que haga, cuando no se viste como quisiéramos, cuando no sigue el ritmo marcado (por nosotros)?

¿cómo reaccionáis?

 

Queremos hijos con voz propia, que no se dejen engañar, que sepan defenderse, que tengan opinión. Para que pueda ser así, debemos propiciar que esas cualidades se desarrollen en ellos.

 

Pero como ya he dicho, vivimos en sociedad: hay horarios, responsabilidades, prisas, una logística organizada… y se nos olvidan los deseos y vamos a lo que nos parece más rápido (que conste que eso nos pasa a tod@s), y el resultado suele ser un conflicto.

Cuando no escuchamos ni dialogamos, no estamos permitiendo las opciones, ni que sea el niñ@ quien decida. Entramos en modo institutriz. Y el conflicto acaba en lucha de poder. A la vez, ya no estamos propiciando

su individualismo (quiero hacer algo distinto a lo que tu me dices),

su capacidad de decisión (y si lo hiciéramos de otro modo),

su autoestima (lo que yo digo o pienso no se tiene en cuenta),

ni su criterio (mi opinión no vale, vale la de los demás).

 

Entonces, ¿cómo gestionamos éstas situaciones? Hay algunas estrategias que pueden ayudar. En mi caso, me funciona lo siguiente:

 

  1. Respira. Tu hij@ tiene opinión y sentimientos. Párate un momento y respira hondo antes de hablar. Muchas veces vamos tan acelerados que necesitamos que obedezca a lo que pedimos sin pensarlo dos veces. Tenemos tantas cosas que hacer que el comportamiento de tu hij@ descuadra con el horario establecido.
  2. Escúchate. Pregúntate qué necesitas en ese preciso instante, que te molesta, para esperar que tu hijo te obedezca sin rechistar. Qué hace que no quieras ceder ni escucharle. Por qué te pones a la defensiva. 

    Este punto es muy importante. Vivimos en una sociedad burocratizada, “normalizada”, con horarios, obligaciones, objetivos y reponsabilidades que asumimos como necesarias todo el tiempo, y que a veces, nos limitan. Organizamos nuestro día a día al segundo, no hay espacio para discutir. Ni siquiera con nosotros mismos. Tal vez al pasar por alto nuestras necesidades, también perdemos la capacidad de escuchar las necesidades de los demás.

  3. Escúchale. Que quiere decirte. Establecer un diálogo con tu hij@ te ayudará a conocerle, a saber como se siente, que es lo que piensa.. y si lo haces a menudo, verás como le apetece hablar más contigo y contarte sus cosas. Da igual si tiene un año, tres, cinco o diez. Nuestros hijos tienen vivencias y experiencias desde que nacen (incluso antes), saberse escuchado reconforta; estás plantando la semilla que servirá para crear una relación madre-padre/hij@ basada en la comprensión, la confianza y la complicidad.
  4. Sé práctic@: piensa en cuántas veces la posición “porque lo digo yo” ha iniciado una batalla de leones/leonas que todavía ha alargado más la situación problemática. Ejemplos:-irnos a dormir ya

    -terminarse todo lo que hay en el plato

    -ir a ducharse

    -nos vamos ya del parque

    -la ropa que ponerse

    -…

    Ahora piensa en alguna de éstas situaciones, ¿cómo se hubiera desarrollado si en lugar de insistir en modo institutriz, te hubieras parado a preguntarle a tu hij@ por qué no quiere, qué le pasa, o simplemente escuchar su demanda? Quizás solamente quería hacerte una pregunta, a lo mejor estaba contento y quería darte un abrazo (maravillosos abrazos espontáneos)..

Seguramente en lugar de emplear 10 o 15 minutos en “resolver” el conflicto con rabieta, lloros o chillidos              incluidos, emplearías 5 min en escucharos y llegar a un acuerdo.

 

Todo aquello que hacemos desde la plena conciencia en lo que sentimos y pensamos, nos enriquece a nosotros y a nuestros hijos.

 

Lo mejor de mi estrategia, es que aunque al principio cuesta horrores, a medida que voy practicando, me escucho más, paro a respirar sin pensarlo, cambio mi mirada antes de hablar. Y cuando no lo consigo, también me resulta más fácil rectificar, disculparme (desprenderse del tozudo orgullo de querer tener razón también es un aprendizaje).

Y al meterme en la cama y repasar lo que he vivido ese día, me siento más orgullosa de mí misma. Y más orgullosa de mis hijas.

Y eso es maravilloso, ¿no crees?

LAS 3 TRAMPAS A EVITAR EN LA INTRODUCCIÓN A LAS PAPILLAS

6 meses. ¡Qué bien! ¡Cuántas ganas teníamos de que pudiera comer papillas ya!

Tantas, que hace días que tenemos en casa algunas esperando poder prepararlas: una sin gluten, una de 5 cereales y otra de arroz y zanahoria. Buscamos referencias sobre algunas marcas y elegimos cuidadosamente la que nos pareció mejor para ti. También tenemos en la despensa: mazanas, plátanos, peras, pollo, arroz, patata y calabacín… hasta hemos buscado recetas para prepararte la combinación más nutritiva.

Más o menos esta es la ilusión de los padres cuando nos indican que nuestro bebé ya puede empezar con la alimentación complementaria. Seguimos al pie de la letra las instrucciones que hemos recibido: un alimento cada cuatro días, cuando pruebe algo nuevo mejor por la mañana o al mediodía, cómo mezclar la papilla de cereales sin gluten con la que tiene gluten para ir introduciéndolo poco a poco… Refleja unas expectativas y un “timing” que los padres nos hemos creado en nuestro imaginario, es lógico. Lo vemos constantemente en los conocidos, en la tele, en las revistas habituales sobre bebés…

Luego entra en juego un personaje: nuestro bebé.

De hecho, es el protagonista de la historia: él va a empezar a comer alimentos distintos de la leche. Nosotr@s vamos a poner todo nuestro esfuerzo y ganas en que la adaptación sea rápida y fácil: organizamos un menú semanal, planificamos las compras de alimentos frescos casi a diario (habéis buscado una frutería en el trayecto del trabajo a casa donde poder parar a comprar cada día), y compramos baberos y platos y cubiertos (ya nos habían regalado todo eso, pero has visto unos monísimos y total, vas a necesitar uns cuantos para que no se quede sin platos y sin babero…)

Y por fin, preparamos la primera papilla: compota de manzana. Todo listo en la mesa, y tu bebé sentado en su trona. Tu rostro es una mezcla de ilusión, sorpresa, y alegría mientras te acercas a tu hij@ pensando que deberías tener a mano la cámara de fotos (o sea el móbil) para hacer una foto de tu bebé comiendo para enviársela a tu pareja y a los abuelos. Y ahí empieza el embrollo: tu hij@ escupe la compota de manzana que con tanto cariño has preparado, y la escena que te habías imaginado, desaparece mientras la mesa, la silla y la pared de enfrente reciben un poco de compota por si quieren probarla (nota mental: quizás debería poner algo delante por si vuelve a hacerlo, que pintamos hace poquito…).

Pasan los días, escuchas consejos y comentarios de un montón de gente dispuesta a ayudarte en esta empresa, ya puedes mezclar algunos ingredientes, ya puedes darle papilla con gluten (o eso te parece, ha escupido varios días la sin gluten, y la mezcla gluten y sin que has ido preparando..) y crees que de un momento a otro, tu bebé va a empezar a comer (por favor), ya has cogido un ritmo de lavadoras que te permite tener baberos y ropa limpia (de tu hij@ y tuya) y has descubierto un método para limpiar la pared. El suelo… bueno, ya tienes un recambio de la fregona preparado también. Tu cara ya no refleja ilusión, sorpresa y alegría, sólo una sonrisa preparada para intentar que el bebé no tire el plato antes de que puedas coger la cuchara, y algo de nervios.

Pero no hay manera: tu bebé no quiere papillas. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué no come?

Vamos a analizar brevemente las 3 trampas que encierra la introducción a la alimentación complementaria:

  1. La textura errónea: seguro que muchas personas te han dicho que no debes estar triturando bien, tal vez sea demasiado grumoso, o demasiado líquido, o demasiado espeso. El tema es que no estás haciendo bien la papilla.

Tu bebé está acostumbrado a la leche, que es líquida. Quizás todavía tiene reflejo de extrusión o quizás se trate solamente de que a tu bebé no le llaman la atención esas papillas porque además de que le están saliendo los dientes, está en una etapa en la que quiere llevarse todo a la boca, apretar, morder… y con la papilla no puede hacerlo.

 

2. Demasiada mezcla: ¿cuántas veces en la edad adulta comemos mezclas de 6, 7, hasta 9 cereales distintos?, ¿cuántas veces no probamos un plato nuevo porque no identificamos los alimentos individuales que se han usado para hacerlo? No nos hacemos éstas preguntas porque estamos habituados al sistema.

Tu bebé está interesado, quiere conocer los alimentos que te ve comer a ti. Si mezclamos varios de ellos, no va a saber a qué sabe la patata, el pollo, la zanahoria o el arroz, va a conocer el sabor de la mezcla. Y no podrá identificar cada alimento con su textura, su color y su sabor hasta que se lo dejes probar por separado. Pero ahora, ya está preparado para descubrir los alimentos, si lo hacemos del modo adecuado (medida, cocción,..) será más sano y divertido para él, conocer de verdad la comida, sin tener que redescubrirla con 2 o 3 años.

 

3.¡Lo hace a drede!: ésta es la peor de las trampas, y a tod@se nos ha pasado por la cabeza alguna vez. Y si no se nos ha pasado por la mente, alguien nos ha propuesto la explicación al problema que nos preocupa: es el bebé, que se ha empeñado en hacernos enfadar.

Los bebés, no actúan con intenciones veladas. Esa es una forma de relacionarse con el mundo que aprendemos a medida que crecemos, de nuestro entorno. Los bebés se comunican contigo de la forma que pueden hacerlo: al principio, solamente pueden llorar cuando algo les incomoda, les duele, les molesta. Luego pueden empezar a interaccionar con sonrisas y ruiditos contigo. Cuando aprenden a  moverse, añaden el movimiento: se acercan a ti, te tienden los brazos, o los ponen delante de ellos, si no quieren algo. Y todo ese lenguaje que desarrollan, es muy importante, para ellos y para ti, porque es la manera como se comunican contigo. Si le escuchas con la mente abierta, enseguida sabrás qué puedes hacer para ayudarlo, para acompañarlo en su descubrimiento del mundo.

 



  

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LA CURIOSIDAD, LA PINZA Y LA PRISA

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Tengo un reloj de cuerda que decora una de las estanterías de mi comedor, junto a unos  libros. Nunca le doy cuerda, pero este fin de semana mi hija me preguntó cómo funcionaba. Y le di cuerda. Ahora, me apetecería dejar de oír su incansable tic-tac y aunque lo tiraría por la ventana, me resigno a guardarlo en un cajón. Siempre me ha puesto nerviosa  ese marcar constante y sonoro del paso del tiempo. Me hace tener prisa, correr, como si no fuera a llegar a donde quiero si no voy rápido.

La prisa, en ésta sociedad en la que vivimos, nos hace perdernos detalles muy a menudo. Detalles pequeñitos, pero preciosos, brillantes, tesoros de lo cotidiano que dejamos pasar sin darnos cuenta. Y esa tendencia me preocupa especialmente cuando observo a mis hijas, o más bien, cuando me doy cuenta que en uno o dos días, casi no las he observado. El placer de observar el comportamiento de otro ser lo descubrí en mi época de estudiante: entender mediante la mirada y la escucha lo que sucedía con una manada de lobos, con una família de gorilas, o con dos aves del paraíso apareándose, me fascinaba.

¿Os imagináis a una loba animando a sus crías a cazar antes de estas puedan coordinar bien sus patas con su vista para poder correr y perseguir una presa?

Y del mismo modo, ¿os imagináis a una  chimpancé dándole una fruta a su cría antes de que pueda cogerla con sus manos?

Yo no. A veces da la sensación de que tienen una calma innata, un saber esperar al momento oportuno para cada nuevo reto. Se trata del instinto. Nunca había extrapolado esta visión tranquila y lógica de la evolución y maduración de las crías de otras especies en los humanos. Hasta que fui madre.

Y después del shock inicial de la lista de alimentos, como mezclarlos, cocinarlos y triturarlos y en qué cantidades, y la perplejidad de ver que mi hija no tenía ninguna intención de comer aquellas mezclas (y mucho menos papillas de cereales)… empecé a observarla con más calma. Y luego caí en la cuenta de que ella, era una cría de mamífero, y yo, la estaba haciendo correr.

 

probando pure

Porque cada bebé tiene su propio ritmo de desarrollo, y lo mejor que podemos hacer es seguir la velocidad que lleve el bebé. Llegará a aprender lo mismo, pero lo habrá vivenciado de un modo muy distinto.

 

 

 

 

motricidad fina

Claro, tenemos muchas ganas de verlos comer sentaditos, de ver como alcanzan nuevas metas y crecen.

Esperar a que suceda lo que, al fin y al cabo va a suceder igual, nos cuesta mucho.

Por eso no emocionamos al salir del pediatra con las hojas de alimentación complementaria, y al cabo de tres o cuatro días te preocupas porque tu bebé quiere teta (o biberón) y no la comida que le estás dando. Y terminas preparando papillas deliciosas (que te comes tu), invirtiendo un tiempo valioso en lavar, pelar, cortar y triturar, y luego en lavar todos los utensilios utilizados… para nada. Porque tu bebé no tiene intención de comer aquello y ha desarrollado una habilidad extraordinaria para  esquivar tus manos o escupir lo que consigues meter en su boquita. ¿Hay un modo más fácil, llevadero, sencillo? ¿Otra forma de organizar su introducción a la alimentación sólida?

 

Os propongo un juego de observación. Os aseguro que cuánto más se juega, más se divierte una 😉

Se trata de responderos éstas preguntas mientras estéis con el bebé:

1.¿tu bebé coge objetos con las manos? hacia los 6 o 7 meses, desarrollan la habilidad de hacer la pinza con el dedo pulgar y el resto de la mano, es todavía algo torpe, pero útil. Un par o tres de meses más tarde, ya hacen la pinza con el pulgar y el índice. Entonces el agarre es mucho más preciso.

2.¿puede permanecer sentado sin ayuda? y si és que sí, ¿se inclina a coger los objetos que le llaman la atención? también hacia los 7 meses, pueden estar sentados y mover el tronco y los brazos hacia los objetos a los que quieren llegar.

3.Si llegan a coger los objetos, seguramente verás que también se los llevan a la boca. Es su forma de investigar y conocer el mundo: tocar, oler, probar… si uno de esos objetos es un trozo de comida, ¿escupe  la comida que se lleva a la boca? y no porque no le guste el sabor, me refiero a ver si aún mantiene el reflejo de extrusión (es una defensa involuntaria del cuerpo para evitar tragar algo que no sea el alimento: la leche), que desaparece hacia los 6 meses de edad.

4.¿siente curiosidad por lo que tu estás comiendo? ¿quiere cogerlo, tocarlo, llevárselo a la boca, jugar con la comida? Si a ésta respondes que sí, perfecto porque somos seres curiosos, y la curiosidad es el motor del aprendizaje.

5.Y la última, la del 10: observando varios días a tu bebé, ¿puedes ver una evolución en su forma de probar la comida? fíjate en si primero la tocaba con labio y lengua, después empezó a meter la comida en la boca. Después, la movía por la boca y pareció que intentaba masticarla ( luego resultó que sí, que la masticaba), y finalmente, empezó a tragar algo de comida. Si has conseguido ver esos cambios, ¡enhorabuena! has visto el desarrollo natural de aprender a comer. El alimento de los primeros meses de vida es líquido y muy fácil de tragar. Luego, mientras van apareciendo los dientes, tu hij@ ha aprendido a masticar nuevos alimentos, más duros, espesos, de distintos sabores, y al final, ha aprendido a tragárselo.

 

Entre los 6 y los 12 meses (más o menos, porque cada bebé tiene su ritmo), todos sienten curiosidad por esas cosas que comen papa y mama, y las personas que le rodean. Si seguimos su curiosidad y le dejamos probar la comida, veremos como juegan con ella.

Aunque se ensucia un radio enorme alrededor de una persona tan pequeña, es maravilloso ver el proceso que siguen para conocer el sabor y la textura de los alimentos, y como disfrutan haciéndolo.

Y a partir de ahí, sólo acompañarlos en el descubrimiento. Durante esos primeros meses, no comen mucha cantidad, si respetamos su decisión, veremos que igual comen mucho un día y casi nada al siguiente. Mis hijas, los días en que no comían casi nada del plato, me pedían más teta, vamos que con hambre no se quedaban. Y cada una fue a su ritmo: la mayor tenía mucha curiosidad por probar, pero no por comer. La pequeña tenía mucha curiosidad y muchas ganas de comer. Cuando para los padres, pasan muchos días “sin comer” casi nada (seguro que toman más leche), nos ponemos alerta, pensamos que igual les pasa algo, en llevarlos al médico, en “ofrecer” más comida, en que no va a crecer según el percentil…

Cada bebé se desarrolla a un ritmo diferente de los demás en todos los aspectos de su evolución: cognitivo, emocional, psicomotriz, fisiológico. No hay que alarmarse  🙂

Está bien. No pasa nada. Nos ponemos nerviosas, claro. Pero entonces recordamos que está conociendo la comida, y de momento, es una alimentación complementaria: su alimento principal sigue siendo la leche (materna o artificial). Y podéis seguir viviendo esta etapa de descubrimientos tranquilamente.

 

 

Mònica Pons

 



  

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La bioquímica del nido

Somos bioquímica. A mi me encanta pensar en los misterios de la vida, en las cosas que no tienen explicación, y encontrar una. Normalmente, se trata de una explicación más filosófica que científica, pero el 95% de las veces, acabo encontrando una respuesta biológica o física a mis preguntas. Eso le quita romanticismo a mi visión del mundo, pero es así.

Nuestra bioquímica define los comportamientos más básicos, aquellos en los que

descansa nuestra supervivencia como especie.

Me resulta curioso pensar que a pesar de todos los avances de la humanidad, sean las estructuras cerebrales más antiguas que conservamos (el hipotálamo y la hipófisis) y la parte de nuestro sistema nervioso que no controlamos de forma voluntaria, lo que nos guía en la base de nuestra supervivencia: crecer, sobrevivir, reproducirnos.El mundo de las hormonas, siempre ha sido para mi como un universo paralelo, una sutil y gigantesca telaraña donde las respuestas al entorno, a las sustancias que circulan por nuestro cuerpo y a los niveles hormonales existentes son complejas y rápidas, como una canción con varias melodías simultáneas. Menos mal que eso se traduce en comportamientos que podemos diferenciar fácilmente en nuestro universo (:P). La enorme variedad de comportamientos humanos, se pueden resumir (es lo que tiene la ciencia: resume y sintetiza buscando pautas) en tres básicos: la nutrición, la defensa y la reproducción.Cuando nos sentimos en peligro, nuestras pulsaciones, el ritmo cardíaco, la temperatura,…,  cambian para generar una respuesta a aquello que nos parece peligroso, una respuesta que nos ayude a sobrevivir: todo nuestro cuerpo y nuestra mente queda a la disposición de defenderse, atacar o huir y deja de importarnos si teníamos hambre o si queríamos descendencia: han entrado en acción el cortisol, la adrenalina y la noradrenalina.Si nos sentimos seguros, en calma, y sin hambre, nuestro cuerpo puede pensar en reproducirse para perpetuar la especie (estoy hablando en términos biológicos, no voy a entrar en el placer de comer o de tener sexo, aunque eso también sea una respuesta bioquímica que percibimos positiva). Y en muchos casos (somos muchos los humanos en la Tierra) este estado físico culmina en embarazo, y a los 9 meses, en un nacimiento.¿Qué sucede cuando ya ha nacido el bebé? Las crías de otras especies de mamíferos también sobreviven, y sus madres no tienen una idea de lo que socialmente se acepta como “buena madre” en sus círculos de amistades. Y como individuo, ya han cumplido con el objetivo de reproducirse… ¿por qué atienden a sus crías?Todas la crías de mamíferos saben reptar, arquear la espalda, mover las manos, cogerse al pezón y mamar. Y sí, nuestros bebés, también saben hacerlo. Y si no interferimos, veremos cómo ellos solitos se acercan a nuestro pezón para encontrar el alimento que necesitan: ahora es el  bebé el que activa su programa de nutrición, y con él, su mejor estrategia de supervivencia: crear su nido. collage bebes Mientras está en la teta, el bebé está allí donde mejor se va a encontrar, porque es el lugar dónde se siente protegido (su mamá lo acoge con los brazos, siente su respiración, el latir de su corazón y el calor del contacto) y puede estar calmado, y dedicarse a comer y crecer: sus niveles de cortisol y adrenalina son bajos así que su temperatura, su ritmo cardíaco, sus pulsaciones, se mantienen estables y constantes… todo es perfecto, porque además éste comportamiento, ayuda a crear un fuerte vínculo entre la madre  y el bebé. Éste vínculo, el sentimiento de afecto que sentimos por nuestros bebés, también resulta de una reacción bioquímica: nos causa placer estar cerca de nuestro bebé, alimentarlo, acunarlo. La oxitocina nos ayuda aquí, como en otros muchos procesos placenteros. Si si, siempre son procesos placenteros. Podríamos decir, citando a Nils Bergman, que

“el hábitat natural del bebé son los brazos y pechos de su madre”

¿Y que pasa con la nutrición? cuando nuestros niveles de insulina caen, porque ha bajado la cantidad de glucosa que circula por nuestro organismo, se produce la sensación de hambre: antes de la existencia de los supermercados, teníamos que desplazarnos constantemente para encontrar el alimento. Fue uno de los motivos que nos llevó a caminar cada vez distancias más largas y nuestro esqueleto se modificó: nuestra pelvis cambió, dificultando el parto y limitando la duración del embarazo: nuestros bebés nacen inmaduros, por tanto, más dependientes.monkey-1065631_1280 ¿Dependientes, de qué? de un espacio que les proporcione las condiciones óptimas para seguir su desarrollo: oxigenación, calor, protección y nutrición. En ese espacio, son capaces de desarrollarse sin necesitar nada más : ni moisés, ni cuna, ni chupete, … hasta que sean capaces de desplazarse y alimentarse por si mismos. Vendría a ser el tiempo al que llamamos Período de Exterogestación, que va terminando de manera natural según el ritmo de maduración de cada bebé, cuando éste es capaz de desplazarse solo: o sea, cuando puede buscar alimento por si mismo (nutrición) o puede escapar o enfrentarse a un peligro (defensa).  Mientras no es autónomo para poder comer y defenderse solito, tiene todo lo que necesita en su madre. Y si su madre no está, su mundo de seguridad y calma se desvanece, el cortisol y la adrenalina se disparan.. y necesita expresar de algún modo ese estado para intentar volver a la calma, a su nido, a mamá. ¿cuál es la estrategia de supervivencia entonces?

El llanto es la única forma que tienen nuestros bebés de alertarnos: no estoy bien aquí. Esto es demasiado distinto del lugar donde estaba antes (el útero). Tengo hambre, o hay algo que para mi es peliogroso

¿dónde estás?

 

Así que nuestro hipotálamo, nuestra hipófisis y nuestro sistema nervioso vegetativo, que segregan muchas de las hormonas implicadas en los comportamientos básicos de los que he hablado, forman parte de esas estructuras ancestrales que nos acercan a lo animales que somos -no a lo sociales-, marcan en parte nuestro comportamiento y ayudan a nuestra supervivencia. No deja de ser algo romántico también, ¿no?

 

Resumiendo:1.No hemos dejado de ser animales sociales, nuestros comportamientos básicos (los que nos permiten la supervivencia) son el resultado de nuestros niveles hormonales2.Es el bebé, quien busca activamente el contacto con su madre, es su estrategia de supervivencia3.Es el contacto con la madre, lo que desarrolla el vínculo afectivo entre la madre y el bebé (lo que llamamos piel con piel)4.El lugar más parecido al útero que puede encontrar el bebé, donde sentirse protegido, es en brazos de su madre (exterogestación)

 

Elige cómo quieres criar a tu bebé según tus sentimientos y tu instinto (ese que es ancestral, animal y muy antiguo): hay muchas teorías, creencias, costumbres sociales… pero lo más importante, es que dejes salir de vez en cuando a la mamífera que llevas dentro, escúchala con el corazón, es una mujer sabia.

 

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¿Dónde va a estar mejor?

Siempre me había parecido que muchos de los artículos que se supone que necesita tu bebé, o necesitas tu, cuando nace, eran innecesarios. Aún así, mi pareja y yo nos preocupamos por tener aquellos que nos parecían útiles: un moisés, un cambiador sencillo, una cuna, objetos varios de colores pastel suaves y musicales…

Después del parto, la habitación del hospital estaba llena de familiares ruidosos y felices por la llegada de un nuevo miembro en la familia. Mi bebé iba pasando de unos brazos a otros -¡que bien se porta!-, -no se extraña de nada-, se oía entre sonrisas. Y yo y mi pareja enormemente cansados después de un parto nocturno de 15 horas…

 

Algo chirriaba en mi: estaba muy feliz, pletórica, deseando cantar a los cuatro vientos que era madre, que mi hija había nacido ya… y a la vez, sólo tenía ganas de que se fueran todos: TODOS, y nos dejaran vivir aquellos momentos mágicos a nosostros tres.

 

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Pero mi instinto estaba todavía acallado por las normas sociales aceptadas, por la necesidad de creer que yo estaba perfecta, fuerte, que lo podía todo, y todo con la sonrisa y la calma de una madre serena y descansada.

 

Cuando mi niña ya había bailado por todos los brazos presentes en la habitación (tengo 20 primos y 6 tíos, todos adultos y con sus respectivas parejas… para que os hagáis una idea de la gente que había en la habitación del hospital), alguien decía: la dejamos en la cuna para que puedas descansar, que está dormidita. Ahí. Con toda la autoridad de “lo que tiene que ser”, según el saber popular.
Y mi instinto, diciéndome:
cógela…cógela…¡cógela!

 

¿De dónde sale, ése saber popular?

¿Quién sienta cátedra con sus argumentos, para que una sociedad acepte que la madre y el bebé deben descansar después del parto, cada uno en su cama?

¿Dónde empezó la ruptura del paradigma original?

¿Cuándo nos olvidamos de que somos animales mamíferos?

 

Pasadas esas primeras 24 horas de jolgorio familiar, la cosa empezó a calmarse. Y yo decidí coger a mi niña. Y cuanto más la cogía, menos la soltaba. Cuanto más cerca la tenía, más la olía, la observaba, la acariciaba y besaba. Y ella, después de unas horas que a mí se me hicieron eternas, de medio letargo y  de no querer teta, empezó a buscar de nuevo el pezón para amamantarse. Nos costó un tiempo y unos pezones enrogecidos y grietosos, entendernos con la teta. A ella, y a mí.

Estaba embelesada, encantada, enamorada de mi hija.

No podía dormir bien si la dejaba en el moisés, al lado de mi cama. Lo más cerca de mí que yo creía que debía dormir.  Me despertaba y me encontraba observándola: ¿tiene frío? ¿está dormida? ¿no tiene hambre?

Al cabo de unos días, mi pareja, dando un empujón a mi instinto me dijo con toda naturalidad: “ponla en la cama con nosotros”. Y eso hice. Y no sucedió nada. Nada malo. Pero dormimos mejor, y cuando empezaba a quejarse, ninguna de las dos terminaba de despertarse, sin abrir los ojos sacaba la teta, y ella comía, y nos volvíamos a quedar fritas. Ganó el instinto.

Es curioso, que aunque yo sintiera la necesidad de cogerla, fuera el hábito de cogerla lo que me generara más ganas de estar con ella, de tocarla, de llevarla en brazos conmigo. Igual que me había percatado de que era ella la que decidió cuándo nacer (intenté convencerla desde la semana 39 hasta la 41, me rendí, y nació en la semana 42); también descubrí que es el bebé, su presencia, y no nosotras, el que desencadena y  establece el vínculo con la madre, y con el resto de cuidadores.

Al fin y al cabo, somos el resultado del bagaje evolutivo de millones de individuos de especies distintas durante millones de años; una especie más dentro de los Mamíferos. Definirnos como “humanos” no nos distancia del resto de animales: nuestros cuerpos y nuestras reacciones siguen siendo el resultado de ese bagaje, traducido en unos niveles hormonales determinados en cada situación.

 

En los primeros meses de maternidad aprendí que lo más importante, ya lo tenemos. Aprendí que lo mejor que podía hacer era dejarme llevar, hacer lo que sintiera que quería hacer, escuchar mis emociones y mi corazón. Tuve que hacer un esfuerzo para encontrar mis emociones y entender lo que mi corazón me pedía, porque mis vivencias, mi educación, la comunidad en la que vivo y mi familia con la mejor de las intenciones, de algún modo me habían apartado de ese instinto primitivo. Menos mal que ahí estaba mi bebé para hacer el camino más fácil.

Soy una madre mamífera.

 

¿Cómo te conociste con tu bebé?

¿Escuchaste a tu instinto?

Cuéntanos tu vivencia, comenta lo que quieras…  o comparte nuestro post.

Gracias

 

Mònica Pons