Estrategia para criar hijos autónomos (que no autómatas)

 

La ropa nos define. Define nuestro estado de ánimo, cómo nos sentimos, a donde vamos, .. puede proporcionarnos libertad, o ser una cárcel, un factor limitante. Igual que el resto de elementos que rodean nuestra vida: las relaciones, el trabajo, los vecinos, la tele, …

Mi hija mayor, tiene ahora 5 años. Tiene un estilo digamos.. ecléctico: ella puede salir a la calle con una falda gris con corazones blancos y un ribete monísimo de color rojo, una camiseta verde, una chaqueta de chandal marrón con un dibujo en rosa, medias lilas y botas de montaña. A mí me cuesta un poco (a veces horrores) no cambiarla de ropa, no obligarla a vestir de otro modo, no forzarla a ser más “aceptable” para los demás. A ir más”mona”.

 

 

Por supuesto vivimos en sociedad, somos animales sociales, y buscamos la aceptación de nuestros congéneres. Sentirnos aceptados y parte de una comunidad nos proporciona seguridad y confort. Ese sentimiento de pertenencia a un grupo no debería estar reñido con ser como eres. Pero muchas veces lo está.

Seguramente ahora estáis pensando que soy una exagerada. Probad ésto: pensad en vuestros recuerdos de infancia, en qué ropa os ponían y en cómo os sentíais con ella, en cuántas veces os mandaban callar antes de decir dos palabras seguidas, en si os sentíais juzgados escuchando a los mayores hablar de uno sin tenerle en cuenta (estando presente). ¿Cuántas veces sucedieron esas escenas? ¿Creéis que cambiaron vuestra forma de comportaros, vuestra manera de presentaros al mundo? No hablo de las normas básicas de convivencia, sino de esos detalles sutiles que fueron dando forma a al concepto de vosotros mismos desde el exterior.

 

 

Tampoco se trata de comentarios ni miradas malintencionadas, aunque esconden (muchas veces de forma subconsciente) juicios y suposiciones:

¿te vas a poner esa ropa?

¿ya come bien?

¿es buena niña?

¿se porta bien?

Y podrían traducirse, más o menos así:

¿quieres ir así vestida?

¿come todo lo que tu quieres cuando tu quieres y como tu quieres?

¿está callada y quieta y sin molestar cuando tu deseas?

¿hace lo que le dices cuando y como se lo ordenas?

Llevamos éstas frases llenas de juicios de valor grabadas a fuego en la frente. Y son valoraciones vacías que regalamos a nuestros hijos en cuanto nos despistamos.

 

Los comentarios y valoraciones que expresamos deberían ser positivos y respetuosos, o presentar una crítica constructiva. Eso nos permitiría seguir acompañando el libre desarrollo de la autoestima, la autonomía, el criterio propio y la libertad de nuestros hijos para ser en función de su propia esencia.

 

Durante mis embarazos, pensaba en como me gustaría que mi hija fuera de mayor. Me gustaría que fueran (ambas, cada una a su manera) grandes personas, y pensaba en una lista como ésta:

feliz

valiente

inteligente

divertida

sana

con voz (propia)

con personalidad (propia)

con autestima

cariñosa

con criterio (propio)

 

Si hacéis una lista de vuestros deseos, seguramente se parecerá a ésta.

¿Pero qué sucede en nuestro día a día, cuando no hace lo que necesitamos que haga, cuando no se viste como quisiéramos, cuando no sigue el ritmo marcado (por nosotros)?

¿cómo reaccionáis?

 

Queremos hijos con voz propia, que no se dejen engañar, que sepan defenderse, que tengan opinión. Para que pueda ser así, debemos propiciar que esas cualidades se desarrollen en ellos.

 

Pero como ya he dicho, vivimos en sociedad: hay horarios, responsabilidades, prisas, una logística organizada… y se nos olvidan los deseos y vamos a lo que nos parece más rápido (que conste que eso nos pasa a tod@s), y el resultado suele ser un conflicto.

Cuando no escuchamos ni dialogamos, no estamos permitiendo las opciones, ni que sea el niñ@ quien decida. Entramos en modo institutriz. Y el conflicto acaba en lucha de poder. A la vez, ya no estamos propiciando

su individualismo (quiero hacer algo distinto a lo que tu me dices),

su capacidad de decisión (y si lo hiciéramos de otro modo),

su autoestima (lo que yo digo o pienso no se tiene en cuenta),

ni su criterio (mi opinión no vale, vale la de los demás).

 

Entonces, ¿cómo gestionamos éstas situaciones? Hay algunas estrategias que pueden ayudar. En mi caso, me funciona lo siguiente:

 

  1. Respira. Tu hij@ tiene opinión y sentimientos. Párate un momento y respira hondo antes de hablar. Muchas veces vamos tan acelerados que necesitamos que obedezca a lo que pedimos sin pensarlo dos veces. Tenemos tantas cosas que hacer que el comportamiento de tu hij@ descuadra con el horario establecido.
  2. Escúchate. Pregúntate qué necesitas en ese preciso instante, que te molesta, para esperar que tu hijo te obedezca sin rechistar. Qué hace que no quieras ceder ni escucharle. Por qué te pones a la defensiva.Este punto es muy importante. Vivimos en una sociedad burocratizada, “normalizada”, con horarios, obligaciones, objetivos y reponsabilidades que asumimos como necesarias todo el tiempo, y que a veces, nos limitan. Organizamos nuestro día a día al segundo, no hay espacio para discutir. Ni siquiera con nosotros mismos. Tal vez al pasar por alto nuestras necesidades, también perdemos la capacidad de escuchar las necesidades de los demás.
  3. Escúchale. Que quiere decirte. Establecer un diálogo con tu hij@ te ayudará a conocerle, a saber como se siente, que es lo que piensa.. y si lo haces a menudo, verás como le apetece hablar más contigo y contarte sus cosas. Da igual si tiene un año, tres, cinco o diez. Nuestros hijos tienen vivencias y experiencias desde que nacen (incluso antes), saberse escuchado reconforta; estás plantando la semilla que servirá para crear una relación madre-padre/hij@ basada en la comprensión, la confianza y la complicidad.
  4. Sé práctic@: piensa en cuántas veces la posición “porque lo digo yo” ha iniciado una batalla de leones/leonas que todavía ha alargado más la situación problemática. Ejemplos:-irnos a dormir ya-terminarse todo lo que hay en el plato-ir a ducharse-nos vamos ya del parque

    -la ropa que ponerse

    -…

    Ahora piensa en alguna de éstas situaciones, ¿cómo se hubiera desarrollado si en lugar de insistir en modo institutriz, te hubieras parado a preguntarle a tu hij@ por qué no quiere, qué le pasa, o simplemente escuchar su demanda? Quizás solamente quería hacerte una pregunta, a lo mejor estaba contento y quería darte un abrazo (maravillosos abrazos espontáneos)..

Seguramente en lugar de emplear 10 o 15 minutos en “resolver” el conflicto con rabieta, lloros o chillidos              incluidos, emplearías 5 min en escucharos y llegar a un acuerdo.

 

Todo aquello que hacemos desde la plena conciencia en lo que sentimos y pensamos, nos enriquece a nosotros y a nuestros hijos.

 

Lo mejor de mi estrategia, es que aunque al principio cuesta horrores, a medida que voy practicando, me escucho más, paro a respirar sin pensarlo, cambio mi mirada antes de hablar. Y cuando no lo consigo, también me resulta más fácil rectificar, disculparme (desprenderse del tozudo orgullo de querer tener razón también es un aprendizaje).

Y al meterme en la cama y repasar lo que he vivido ese día, me siento más orgullosa de mí misma. Y más orgullosa de mis hijas.

Y eso es maravilloso, ¿no crees?