Cuando educar en tribu no funciona

“Para educar a un niño hace falta una tribu”

Es posible que esta expresión la hayas leído en más de una ocasión. Y es cierta, pero hasta cierto punto.

Las madres y padres que crían en nuestra sociedad suelen hacerlo en núcleos que se ciñen a la pareja, la familia directa y algunas personas de confianza. Eso los que tienen a estas personas cerca, que no siempre es así.

El caso es que los círculos en los que nos movemos para criar y educar a nuestros hijos e hijas no suelen ser muy amplios. Esa idea de que la vecina o el amigo de la familia forme parte de la crianza de los niños está  alejada de la realidad.

Pero la tribu es necesaria para no criar solas.

De hecho, una de las grandes dificultades que tienen las parejas con criaturas hoy en día es, precisamente, no disponer de personas a su alrededor que formen un cojín en el que apoyarte en la tarea de educar.

Sin embargo, esa persona que debería ser un apoyo para delegar el cuidado en nuestro hijo en determinados momentos, nos puede generar estrés.

No quiero dejar al niño con la abuela, pero es mi madre…

“Cuando yo no estoy usa el chantaje, la amenaza  y se salta a la torera todo lo que le pido. Pero es mi madre y me sabe mal dejarlo con otra persona…” 

Cuando necesitamos apoyo logísico para salir airosas de nuestro día a día recurrimos, como norma general, a nuestra “tribu”: madre, suegro, cuñado… es decir, a la familia. 

Es la opción que nadie cuestiona si ésta está disponible, claro. Si los abuelos pueden ir a buscar al crío al cole, ¿por qué contratar a nadie o pedírselo a tu amiga de confianza?

No solo tomamos esa opción porque es la versión económica que tenemos a nuestro alcance para cuidar a nuestro retoño. Si tenemos a algún familiar disponible y dispuesto a atender a nuestro hijo, no hacerlo y buscar otras opciones puede acarrearnos algún que otro conflicto familiar: ¿por qué no me traes al niño? Puedo cuidarlo yo.

¿Pero qué pasa cuando estas personas no atienden a tu hijo como tú desearías? ¿Te quedas tranquila?

La familia no se escoge, pero tú puedes tomar decisiones

Mi verdad es que la familia no se escoge, pero yo (y el padre de las criaturas) soy la última que toma las decisiones sobre la educación y cuidado de mis hijos. Así que si la familia no me da lo que yo deseo para mis hijos, tengo el derecho a no delegar su cuidado en ella.

Debemos valorar el aporte de cada una de las personas que nos rodea y ponerlo en una balanza. A partir de ahí, somos libres de tomar las decisiones que creamos más oportunas.

Será necesario aprender a poner límites y también buscar estrategias alternativas para conseguir lo que deseamos para nuestros hijos.

La familia no siempre es la mejor opción para crear esa tribu que te permite educar a tu hijo desde el respeto que os merecéis. Atreverse a enfrentar esta realidad es de personas valientes. Y tenemos derecho a hacerlo. Aunque esto duela.

 

Cómo sobrevivir a las reuniones familiares

Odio las reuniones familiares. Aunque solo en contadas ocasiones.

La verdad es que estoy en un momento de mi vida en el  que disfruto compartiendo espacio con tías, cuñados o padres. Incluso con aquellas personas con las que no coincido en la forma de ver la educación de los más pequeños de la casa.

Tengo mi propia teoría sobre este tema y he tomado decisiones que son muy particulares y personales. Y de hecho, creo que este es un tema que depende tanto de cada contexto que encontrar una única fórmula válida para todas las personas es imposible.

Es por esta razón que he querido invitar a expertas en maternidad y crianza para hablar sobre lo que implican las reuniones familiares y cómo podemos vivirlas con calma y seguridad en nosotras mismas.

Del odio al disfrute de las reuniones familiares: mi cambio de perspectiva

Si bien es cierto que ahora las reuniones familiares no suelen ser fuente de conflicto para mí, sí lo fueron hace unos años. Sobre todo en aquellas en las que yo era la anfitriona y debía atender a los invitados a la vez que a mis hijos.

Gloria Miravalls (facilitadora de Disciplina positiva para la familia y asistente Montessori) nos comenta: “creamos unas expectativas que no son realistas, es decir, si pretendemos hacer un menú elaborado, que los niños no griten o estén tranquilos,que no surja algún roce con algún familiar, no estamos siendo objetivos ni realistas con las circunstancias”

Y es que se trata de eso. Queremos vivir una experiencia que quizás no es viable. Visión que también comparte Maca Millar (Asesora de Crianza Respetuosa, especializada en Primera Infancia y gestión del estrés en la crianza), que aconseja “ser realistas con el escenario que nos espera y tomar decisiones en base a eso, no a quedar bien con nadie”.

Y es que en una reunión, como apunta Belén Latorre (asesora de maternidad),  “es mucha gente con diferentes visiones de ver la vida y la crianza y con la confianza de decirte lo que les parece mejor sin que nadie les haya preguntado nadie”

Y este es uno de los principios que hicieron que mis reuniones dejaran de ser estresantes: no esperar algo que no iba a ocurrir y actuar con consecuencia siendo fiel a mi misma.

Siempre hay un cuñado de turno: la realidad de las reuniones familiares

Ser realista implica tener en cuenta que hay personas que forman parte del grupo familiar que van a aparecer en estos eventos. Sabemos lo que es probable que ocurra  y eso lo podemos tomar como una ventaja.

Patricia (fundadora de Mamá Arcoiris)comenta: “es importante tener en cuenta situaciones que ya hemos vivido para ser conscientes de lo que podemos cambiar o en qué podemos ceder o, por lo contrario, debemos seguir firmes y dejar claros los límites.”

Y es que la experiencia es un grado, y si a ello le sumamos que está bajo nuestra responsabilidad tomar una u otra decisión sobre estos eventos, siempre estamos a tiempo de cambiar el planteamiento de nuestra asistencia. Maca (Jugar mimar, hablar) comenta: “Planteate si realmente te compensa acudir a esa reunión, si el horario, el posible ruido etc., se adaptan a la etapa de tu hijo, o sabes ya con antelación que terminará con un gran berrinche muerto de sueño, por ejemplo, mientras todos te culpan de no saber poner límites porque no se paran a querer comprender lo que está pasando en realidad. En todo caso, sé previsora con tus opciones: Vas justo para comer y os vais temprano; si te agobia que tu hijo se suele pelear con sus primos y los otros adultos no intervienen, hazte a la idea de que no vas a poder relajarte a conversar, sino estar en todo momento cerca de tu hijo y mira si estás dispuesta a hacerlo sin que te amargue el día, en lugar de dejar que te pille por sorpresa, por poner un par de ejemplos.”

El caso es que no hay una única opción y nuestra palabra sobre la asistencia es la última. Tenemos ese derecho. Aunque no siempre lo tenemos en cuenta o le damos la suficiente importancia.

Tenemos más opciones de las que nos imaginamos.

Morder, pelear o invertir en calma y confianza

Gloria (jugarcreceramar.com) hace una reflexión sobre cómo solemos vivir las reuniones familiares: “La sobreexigencia que nos imponemos de que todo tiene que estar perfecto no lo vamos a conseguir a menos que sacrifiquemos nuestra tranquilidad, nuestra serenidad. Admítelo, el menú bien cocinado, la decoración de la mesa, la casa, todos vestidos inmaculados para estos encuentros, no es una expectativa realista sin que haya gritos, nerviosismo y/o castigos de por medio”

Es necesario un cambio de “chip” cuando planteamos encuentros con la familia. No me refiero únicamente a si vamos o no vamos, si nos quedamos toda la velada o si la organizamos en nuestra casa por la comodidad de nuestros hijos (si es que esa es la opción más cómoda, por supuesto.) Me refiero a cambiar la manera en la que escuchamos esas críticas que tanto nos remueven o las reacciones impulsivas cuando usan recursos poco respetuosos con nuestros hijos o con nosotras mismas.

“Creo firmemente que es la manera que tienen de validarse como madres cuando ven que tú lo haces de manera diferente. Son otra generación, hicieron lo que estaba en su mano en su contexto, pero creo que muchas se sienten agraviadas cuando ven que tú lo haces de forma diferente, teniendo en cuenta al menor. Lo más importante es recordar que es tu maternaje y que tú mejor que nadie sabe las necesidades de tu hij@. Recordar el por qué hemos elegido esa forma de criar. Y sobre todo saber cuál es tu límite, es decir hasta qué punto sonríes y contestas un gracias por tu consejo pero nos va bien así, a partir del cual cambias el tono e invitas a dejar que se sigan entrometiendo.” (Belén Latorre)

Sin embargo, la práctica y los años que llevo acompañando a mujeres me hace afirmar que no siempre es fácil. Para tener éxito en estas situaciones, es imprescindible sentirnos seguras y creer en nuestras propias decisiones.

La seguridad en mi misma es la base de mi felicidad. Si de algo puedo sentirme orgullosa es de haber aprendido a vivir las reuniones familiares con el equilibrio maravilloso de sentirme bien conmigo misma sin grandes y costosas discusiones familiares.

Si quieres saber más o crees que necesitas información sobre cómo lidiar con los conflictos relacionados con la educación de tu hijo apúntate al webinar “No más sermones, 5 claves para elegir con libertad la educación de tu hijo”.

 

Y juras que la próxima vez le pararás los pies

Hoy tienes una reunión familiar. Os juntáis un montón de personas de la familia de tu pareja, entre ellas, el cuñado que siempre le está tocando las narices a tu hijo, de 5 años, alborotándole el pelo, diciéndole que si llora será como una niña, que juega con él a empujones y luchas, que le dice que es un quejica cuando se cae y llora… Solo de pensarlo te entran todos los males.

Pero es la familia de tu marido… y vas. Y empiezan a darse esas situaciones que tanto os remueven a ti y a tu hijo.

 

Decides intervenir:

“A Miguel no le gusta que le toquen el pelo. No lo hagas, por favor”

“Llorar no es de niñas ni de niños”

“Si jugar a luchas no es divertido para los dos es necesario cambiar de juego”

Pero sigue en sus trece y a ti te invade la rabia, la impotencia y te dan ganas de largarte y no volver a pisar ese lugar nunca más. Notas que tu crispación aumenta cuando, después de intervenir en estas situaciones, tu cuñado te suelta:

“Eres una exagerada”

“Lo estás consintiendo demasiado y lo vas a volver un blandengue”

“Deja que se haga fuerte, que si no la vida le va a dar un montón de palos”

Tú no te quedas callada, por su puesto. Sin embargo, lo que sale de tu boca ya no son solo palabras. Atacas y te pones a la defensiva esperando el contraataque de la otra persona. Te sientes nerviosa porque sabes que digas lo que digas, la otra persona va a seguir insistiendo en que tú eres la que lo estás educando mal. Es una mezcla de rabia e impotencia por no saber cómo cambiar la situación.

 

Porque, en el fondo, te gustaría que esa persona cerrara la boca y no se metiera en tus asuntos.

Porque desearías poder disfrutar de una comida tranquila haciéndole ver a tu cuñado cómo le afecta a tu hijo y también a ti su forma de relacionarse con ambos.

Porque te gustaría hacer desaparecer esa sensación tan incómoda en tu pecho y en tu estómago que no te deja relajar tu cuerpo.

Una vez más, esa reunión familiar resulta ser una pesadilla y te prometes a ti misma no volver a ir.

Pero lo vas a hacer, y esta vez con otras herramientas. Con recursos que te permitan poder poner un límite a esas personas que intervienen de forma no respetuosa contigo o con tu hijo. Con la capacidad de tomar decisiones que os protejan y os permita sentir el respeto que os merecéis.

¿Tienes estás herramientas? ¿Te gustaría tenerlas?

La clave maestra para que no te afecten las críticas de los demás

Hay un aspecto en la crianza de nuestros hijos que resuena mucho a la mayoría de madres: las críticas a nuestra forma de educar y criar a nuestros hijos.

Las recibimos en muchas ocasiones de personas que no conocemos, aunque las que más suelen doler son las que vienen de las personas con las que tenemos un vínculo más cercano o con las tenemos un roce a diario: madre, suegro, vecino, amiga…

¿Qué hacemos con las personas que nos critican?

Entre otras cosas, puede pasar:

  • Que aguantemos todo lo que nos dicen sin rechistar y que nos cuestionemos todo lo que hacemos
  • Que nos pasemos horas discutiendo y justificando todo lo que hacemos
  • Que cada vez distanciemos las visitas para evitar el conflicto
  • Que la distancia haga que os veáis una vez al año.

Sea cual sea la situación, hay un momento en el que la persona en cuestión opina, en formato crítica, sobre cómo actúas cuando tu hija llora porque se ha caído, cuántas veces le das el pecho a tu hijo de 2 años, que lo llevas en brazos cuando debería estar andando, que lo consientes, que no lo consientes, qué le das, qué no le das…. y generalizo porque si no, no terminaría.

Todo este tipo de críticas normalmente suelen hacerse con un objetivo: mejorar la calidad de la crianza que tú llevas a cabo.

¿Perdona?

Sí, sí, las críticas constantes que estás recibiendo seguramente tienen un fondo que está considera socialmente bueno: querer mejorar la calidad de vida de otra persona. El error que se comete, y que por eso las críticas nos molestan tanto, es que se hace desde una perspectiva del “yo sí sé, tú no sabes” o el que percibimos nosotras de “¿quién te ha dado vela en este entierro?”.

Está claro que una opinión, que podría ser perfectamente una crítica, es bien recibida si se pide. Pero cuando a ti no te importa lo que opinen los demás… pues eso, que no la quieres y punto.

¿Pero, realmente nos da igual lo que piensen los demás?

Pues en la mayoría de casos no, y esa es la gran dificultad.

Nos puede doler que nuestra madre diga que somos demasiado flojas con nuestro pequeño, que el suegro nos invite a cambiar de estrategia cuando nuestro hijo dice “No” porque según él sólo entienden el lenguaje del azote o que la vecina esté comentando cada vez que salimos de casa que si no sé controlar a mi hijo cuando juega en el patio que lo meta en casa para que no moleste. Por poner sólo unos ejemplos. Estas y demás críticas nos pueden afectar, de hecho, por eso nos sentimos “mal”.

Entones mi pregunta es la siguiente: para que las críticas de los demás no sean un problema para ti, ¿cuál es la mejor solución, intentar acallarlas mediante razonamientos e información, acallar poniendo una barrera e intentar que no nos afecten?

Pues desde mi punto de vista las dos son importantes, pero la que más ha mejorado mi calidad de vida en este tema es la segunda      .

Acallar la crítica implica dejar al otro sin la posibilidad de rebatir. Con el tiempo y la experiencia vas adquiriendo herramientas para ir dando respuesta a todas las críticas para que las personas que las emiten no puedan o tengan menos posibilidades o ganas de volver a discutir contigo. Eso requiere estar bien informado, tener conocimientos sobre aquello que te están criticando… Y también puede resultar realmente agotador.

También podemos acallar sin rebatir. Se trata de saber reaccionar con una frase que nos permita zanjar la discusión. Si no hay debate, no hay qué criticar ni discutir. Y es en este recurso en el que el control de lo que se siente es importante.

Si la acción de otra persona no estimula en mí un sentimiento que me resulte desagradable, ¿me importa lo que haya hecho o dicho? No, y ese es el gran poder de los sentimientos, la posibilidad de poderlos controlar. Aunque a veces puede no resultar tan sencillo, lo sé. Se trata de un camino de conocimiento y crecimiento personal que empieza en una misma, por supuesto, y eso implica en desear querer cambiar a nivel personal.

Te animo a que empieces a investigar tus sentimientos y emociones cuando alguien te critica para irte conociendo un poco mejora. Es el primer paso para poder tomar el control.