Mis baches, lo que no siempre explico de mi transformación

El proceso de transformar la forma de educar a mis hijos ha sido un proceso revelador a la vez que duro, muy duro. No tanto por todas las herramientas nuevas que he tenido que aprender a usar, sino por tener que enfrentarme a la persona más crítica conmigo: yo misma.


Hace nueve años, cuando fui madre por primera vez, no me planteé que educar pudiera suponer un cambio tan radical en mi forma de pensar. 

Si tengo que ser sincera, hasta entonces, como maestra y como persona que de forma puntual trataba con otras criaturas fuera de mi trabajo, creía que a los niños había que educarlos con disciplina, con «mano firme». Que muchas de las chiquillerías que podía observar en sobrinas, vecinos y alumnos no debían ser consentidas y que era necesario actuar sin rodeos, incluso con castigos si fuera necesario, para corregir dichos comportamientos. En esa etapa de mi vida, el sistema de premios y castigos era habitual como herramienta para «educar» a mis alumnos y alumnas. Si bien siempre he sido una persona a la que le ha gustado motivar con recursos, materiales y metodologías alternativas, en el fondo, la idea de la obediencia estaba siempre presente, y eso, queridas, va muy ligado a usar para conseguirla estrategias que implican una lucha de poder y que, al mismo tiempo, distan mucho de una educación basada en el respeto, la empatía y la confianza.

Nueve años no son muchos; aun así, veo lejos ese inicio. Imagino que todo lo vivido en este tiempo ha sido un proceso de transformación tan intenso y revelador que poco queda de esa Laia de entonces. De hecho (y que quede entre nosotras), hasta hace poco más de un año me avergonzaba haber sido aquella persona, no me veía capaz de reconocer que había existido. Lo sentía como un gran fracaso personal. 

La culpa, esa carga que llevamos tan limitante

Ser consciente de mis «errores» me llevó a sentir mucha culpa. No una culpa constructiva que te ayuda a avanzar y no repetir las acciones que no te aportan beneficios. Una culpa que en muchas ocasiones veo que surge para mortificarnos y que, personalmente, me impidió avanzar con más eficacia hacia los objetivos que me había planteado. «Yo nunca podré ser esa maestra que quiero ser», «yo nunca podré ser la madre que mis hijos se merecen». Sí, esos eran mis pensamientos. Lo creía firmemente, ¿y sabéis por qué? Yo también recibí esa educación que merma la autoestima, que desfigura la creencia en una misma y hace que los errores en la vida se transformen en fracasos. Esos obstáculos que, dado el convencimiento de que no vamos a poder solucionarlos, damos por perdidos y ni levantamos la cabeza para ver el problema desde otra perspectiva. 

Fui madre. Y muchos de los pilares que sustentaban mi forma de pensar y educar se rompieron en mil pedazos.

En muchas ocasiones he afirmado que la maternidad es un punto de inflexión en la vida de una mujer. Puede ser vivida de formas muy diversas: más intensas, más traumáticas, tranquilas o llenas de felicidad. Más o menos empoderadas, cada una de las mujeres que llega a la maternidad la vive pasándola por su propio filtro personal. Pero me atrevo a afirmar que, para la gran mayoría de mujeres, la llegada de un hijo no deja indiferente. 

Creo que el fuego que encendió la mecha de mi transformación fue el hecho de ser consciente de que todas, absolutamente todas las decisiones que tomaba afectaban en mayor o menor grado a mis hijos. Antes de ser madre, era una persona sanamente egoísta que, sin dejar de tener presente que toda acción tiene un impacto en las personas que le rodeaban, no tuvo nunca muchos problemas en tomar decisiones aunque no gustasen o aunque afectasen a la familia, pareja o amigos. Esas decisiones nunca implicaron reflexiones y planteamientos tan profundos como los que empezaron a invadirme desde el primer momento en el que supe que iba a ser madre. 

Así pues, todas las decisiones que he ido tomando como persona que entra en el mundo de la maternidad han estado directamente relacionadas con el impacto que podrían tener en la vida de mis hijos. Empezando por la lactancia, el contacto, el colecho y el porteo y siguiendo por la educación elegida para mis hijos: todas han condicionado el rumbo que ha tomado mi vida. Por eso siempre digo que, para mí, la maternidad ha sido un proceso de transformación brutal, maravilloso y absolutamente empoderante.

Y toda esta transformación es la que yo ahora quiero transmitir a todas las mujeres que me leen y me siguen en las redes, las que han confiado en mí y participan en mis charlas, cursos y talleres. Porque creo firmemente que se puede cambiar. Porque yo tomé las riendas del rumbo de mi vida con decisiones que realmente quería asumir.

Os animo a dejaros acompañar por mí en ese camino.

Cómo superar la forma en la que fuimos educadas

“No debería haberle gritado”, “podría haber sido más flexible”, “me hubiera gustado saber mantener la calma cuando ha insultado a su hermano”…

 

¿Te resulta familiar alguna de estas expresiones? ¿Tienes la impresión de que, pese a tener claro cómo quieres educar a tu hijo, hay veces que no consigues cumplir con tus deseos?

Resulta muy habitual escuchar a madres y padres que se lamentan que “pierden los papeles” con sus hijos, que hay situaciones con las que no pueden mantener la calma y les salen gritos y amenazas que desearían haberse tragado una vez instalada la calma.

Y es que, aunque tengamos claros los beneficios que supone educar y criar a nuestros hijos desde el respeto, a veces puede llegar a ser complicado saber cómo reaccionar a ciertas situaciones

 

Criar y educar como queremos

Cuando sabemos cómo queremos reaccionar cuando tenemos un conflicto con nuestro hijo y conseguimos hacerlo tal y como consideramos que es beneficioso para ambos nos invade un sentimiento de satisfacción. Controlar la reacción que no deseamos que vea la luz como el grito o la amenaza nos hace sentir orgullosas de poder darle a nuestro hijo lo que se merece, siendo conscientes de que, al mismo tiempo, estamos construyendo una relación de respeto y confianza.

La barrera que nos impide conseguir lo que deseamos

Pero si fuera tan fácil, si eliminar los gritos y las amenazas fuera tan sencillo, seguramente muchas más personas dejarían de usar esos recursos cuando tienen un conflicto con su hijo.

La mayoría hemos sido educadas desde la perspectiva de la autoridad. Muchos de recursos que aprendimos para resolver un problema estaban encaminados a usar la obediencia sin cuestionar. Además, seguramente el miedo, la amenaza y el chantaje emocional también eran recursos habituales.  

Estos recursos los interiorizamos en su día, los integramos como válidos y aceptados, puesto que eran las personas que nos educaban y acompañaban quienes los usaban.

Y también son estos los recursos que salen cuando actuamos en un momento de crisis, cuando, visto desde una perspectiva instintiva, nos sentimos amenazadas. Al entrar en esa zona roja en la que percibimos que se pone en riego nuestra autoridad, los usamos porque, sencillamente, los tenemos fácilmente a nuestro alcance y necesitamos volver a sentir el control.

La solución fácil ante la dificultad en nuestra elección de crianza

Es doloroso darse cuenta de que no se puede alcanzar un objetivo con la facilidad con la que se pretende hacerlo. Y más cuando sabemos que no llegar a la meta afecta a nuestros hijos.

En algunas ocasiones, cuando somos conscientes de las barreras que se nos plantan delante. Nos puede resultar agradable dejarnos llevar por lo que nos aconsejan las personas de nuestro entorno, que es posible que vean titánico lo que pretendemos. En su afán de mejorar nuestro estado de ánimo, puede que intenten consolarnos con aquello de “haz como lo hemos hecho siempre, que no nos ha ido tan mal”. Es como si nos quitaran la responsabilidad de luchar contra algo que nos abruma. Pero a la vez, no hacerlo, no intentar cambiar la forma de educar y criar a tu hijo nos duele. Sabemos los beneficios que podríamos obtener si lo consiguiéramos y no queremos renunciar a ello. Nuestros hijos se lo merecen todo y sentimos la responsabilidad de proporcionárselo.

Y es en este momento en el que aparece la culpa. Ese fantástico y odioso estado en el que, en el peor de los casos, se nos puede derrumbar todo.

La culpa puede ser una gran aliada si sabes interpretarla

La culpa puede ser realmente devastadora. Sentirse culpable por aquello que no conseguimos nos puede hacer sentir pesados, tristes, frustrados… Pero hay un modo de darle la vuelta y aprovecharlo a nuestro favor. Por eso quiero compartir un pequeño secreto contigo que yo uso en mi día a día.

 

La culpa para mí es mi aliada y cada vez que aparece hablo con ella. Sí, así de raro suena., pero no me falta una tuerca.

Para mí tan sólo es una mensajera que aparece para recordarme algo y sólo cumple ese acometido. Viene, le pregunto qué viene a recordarme y se va. Os explico.

 

Cuando no hemos tenido éxito en nuestro objetivo de criar de forma respetuosa y usamos alguno de los recursos que nos gustaría eliminar de nuestro repertorio suele aparecer la culpa. Y aparece para que nos hagamos las siguientes preguntas:

 

¿Qué debería haber ocurrido para que no hubiera aparecido la culpa?

¿De qué me estaba protegiendo cuando he usado el recurso que la ha hecho aparecer?

 

Para mí son dos preguntas claves que me ayudan a comprender ese estado para, luego, dejarlo marchar.

La primera pregunta nos ayuda a recordar cuál es nuestro objetivo, qué es lo que no queremos para nuestros hijos ni para nosotras mismas y qué es lo que no deseamos que se vuelva a repetir. Sencillamente el mensaje lo podríamos traducir en: te has desviado del camino que te lleva a la meta, sólo tienes que retomarlo y continuar andando.

La segunda pregunta nos ayuda a analizar qué es lo que ha ocurrido. Este proceso es importante ya que, desde la calma, podemos buscar otras herramientas que vayan acordes a nuestra necesidad de criar  y educar a nuestros hijos desde el respeto.