Y juras que la próxima vez le pararás los pies

Hoy tienes una reunión familiar. Os juntáis un montón de personas de la familia de tu pareja, entre ellas, el cuñado que siempre le está tocando las narices a tu hijo, de 5 años, alborotándole el pelo, diciéndole que si llora será como una niña, que juega con él a empujones y luchas, que le dice que es un quejica cuando se cae y llora… Solo de pensarlo te entran todos los males.

Pero es la familia de tu marido… y vas. Y empiezan a darse esas situaciones que tanto os remueven a ti y a tu hijo.

 

Decides intervenir:

“A Miguel no le gusta que le toquen el pelo. No lo hagas, por favor”

“Llorar no es de niñas ni de niños”

“Si jugar a luchas no es divertido para los dos es necesario cambiar de juego”

Pero sigue en sus trece y a ti te invade la rabia, la impotencia y te dan ganas de largarte y no volver a pisar ese lugar nunca más. Notas que tu crispación aumenta cuando, después de intervenir en estas situaciones, tu cuñado te suelta:

“Eres una exagerada”

“Lo estás consintiendo demasiado y lo vas a volver un blandengue”

“Deja que se haga fuerte, que si no la vida le va a dar un montón de palos”

Tú no te quedas callada, por su puesto. Sin embargo, lo que sale de tu boca ya no son solo palabras. Atacas y te pones a la defensiva esperando el contraataque de la otra persona. Te sientes nerviosa porque sabes que digas lo que digas, la otra persona va a seguir insistiendo en que tú eres la que lo estás educando mal. Es una mezcla de rabia e impotencia por no saber cómo cambiar la situación.

 

Porque, en el fondo, te gustaría que esa persona cerrara la boca y no se metiera en tus asuntos.

Porque desearías poder disfrutar de una comida tranquila haciéndole ver a tu cuñado cómo le afecta a tu hijo y también a ti su forma de relacionarse con ambos.

Porque te gustaría hacer desaparecer esa sensación tan incómoda en tu pecho y en tu estómago que no te deja relajar tu cuerpo.

Una vez más, esa reunión familiar resulta ser una pesadilla y te prometes a ti misma no volver a ir.

Pero lo vas a hacer, y esta vez con otras herramientas. Con recursos que te permitan poder poner un límite a esas personas que intervienen de forma no respetuosa contigo o con tu hijo. Con la capacidad de tomar decisiones que os protejan y os permita sentir el respeto que os merecéis.

¿Tienes estás herramientas? ¿Te gustaría tenerlas?

Párale los pies a la vecina

Hay personas de nuestro entorno que son realmente un incordio. “Niña, que se te va a caer el crío” “Mujer, ¿no ves que te está tomando el pelo?”. “Hija, como siga así la criatura no habrá quien lo domine de mayor”. 
¿Te suena? Estoy segura de que entre las dos escribimos un libro con frases que nos han dicho o hemos escuchado decir en más de una ocasión. 
 

Pero el caso es ¿qué haces?

Si no dices nada, es aquello de que “quien calla otorga”. Y según qué mensajes no queremos que tengan un impacto en nuestros hijos y nos sale, casi sin pensarlo, una intervención que no siembre termina de buen rollo. Sin embargo, en otras ocasiones y según el comentario que nos hagan,consideramos que es mejor ignorar y no decir nada. 

Y si dices algo… Ay, si dices algo. A veces se te comen los demonios por dentro y no te quedas tranquila con todo lo que le dirías a la persona metomentodo que te da lecciones constantemente sin habérselas pedido. 
En otras ocasiones no te muerdes la lengua, y lo que muerdes es la yugular de la otra persona. Ya ahí es cuando te dicen “pero qué piel más fina tienes, no se te puede decir nada, mujer”

¿En cuál de estas situaciones te sientes más identificada?
Yo creo que he pasado por todas 😉
 

Y la frase comodín es…

Con el tiempo y una caña, que dicen por aquí, he ido superando estas situaciones, incluso con personas muy próximas a mi con las que tenía verdaderos  conflictos. 
Me ha llevado mucho trabajo de crecimiento personal y de seguridad en mi misma, no lo voy a negar. Sin embargo, quiero compartir una frase que he usado muchísimo en todo este camino y que me ha ayudado a afrontar situaciones en las que otras personas se metían donde yo no quería que lo hicieran. Y es:
 

“De esto me encargo yo, gracias”

Esta es una, pero no la única. Y no sólo son palabras, por supuesto, el lenguaje no verbal tiene un poder comunicador muy importante que tiene que ser coherente con estas palabras. 

Uno de los temas con los que más disfruto en mis talleres, asesorías personalizadas y formaciones es, precisamente, poner límite a las personas que nos rodean. Es un trabajo realmente enriquecedor tanto para las mujeres que trabajan conmigo, que adquieren herramientas para enfrentarse a estas situaciones, como para mí misma.