El deseo de ser una mujer poderosa

Todas conocemos a esa mujer valiente que toma decisiones sin miedo o aquella que sabe decir lo que piensa sin rodeos en una reunión ante todos los padres de la escuela.

Nos llama la atención este tipo de personas porque, en el fondo, seguramente admiramos que sean capaces de exponerse ante otras personas que no piensan igual que ellas o que incluso pueden criticarlas por defender según qué posición. 

¿Pero a qué se expone realmente una mujer que, por ejemplo, decide emprender sin el apoyo de su entorno o dice a la tutora de su hijo que no va a permitir que haga deberes en casa porque no está de acuerdo?

Pues seguramente la respuesta más común es que estas personas se exponen a ser criticadas, juzgadas, menospreciadas por sus decisiones u opiniones. Y sí, en ocasiones, a veces con más frecuencia de la deseada, suele ser así.

Cuando tomamos decisiones o mostramos nuestra opinión sobre algo nos exponemos a que se haga evidente que no pensamos, decimos o actuamos como lo harían las personas que nos rodean. Y en cuanto esto sucede cabe la posibilidad de que estas personas nos critiquen, abiertamente o a nuestras espaldas, incluso juzguen nuestras ideas, decisiones o acciones.

Sin embargo, volvamos a esa mujer a la que admiramos y a la que consideramos valiente por mostrar su opinión o tomar decisiones que aparentemente parecen difíciles o arriesgadas.

¿Qué hace que esta persona, pese a ese riesgo de ser juzgada o criticada, decida igualmente actuar o mostrarse?

Más que un poder, yo diría que lo que la hace tan especial es la ausencia de un estado emocional que, en según qué ocasiones, puede ser una gran debilidad: el miedo

Una persona que decide actuar pese a lo que dirán, pese a la opinión que tendrán de ella, pese a que es posible que se encuentre nadando a contracorriente es una mujer que no suele tener miedo. Al menos no ese miedo que nos impide avanzar, que no nos deja actuar en la dirección que en el fondo desearíamos.

Estamos hablando de ese estado emocional que nos invade cuando quiere protegernos de un peligro. Esta emoción tiene su función y gracias a ella nuestra mente se pone alerta. ¿Pero alerta a qué? 

El sentimiento que puede instalarnos es el miedo al rechazo, a no ser queridas y aceptadas. Y es por esta razón por la que, cumpliendo su misión de protección, el miedo aparece para que no hagamos o digamos nada que pueda ponernos en peligro en ese sentido. 

Y sería así de sencillo si no fuera porque haciendo caso al miedo y no actuando en un momento determinado para poner un límite claro exponiéndonos ante los demás no nos estamos respetando a nosotras mismas. Y eso nuestro cerebro también lo capta y entones entran en escena la frustración, la insatisfacción e incluso la tristeza. Es también una forma de decirnos a nosotras mismas que algo no funciona bien y nos invita a plantearnos qué podemos hacer.

Así que el miedo nos intenta proteger, pero al mismo tiempo, en ocasiones impide que podemos cuidarnos a nosotras mismas poniendo los límites que vemos convenientes para respetarnos y ser fieles a nosotras mismas. 

Y para que ese miedo desaparezca en ese momento en el que quieres decir no a alguien y deseas dejar clara cuál es tu posición ante un tema que te afecta poniendo un límite es necesario sacudir a ese miedo, hablar con él, decirle que estando instalado en ti no puedes ser tú porque no te permite decir y hacer lo que crees y es coherente a ti misma.

Te invito a que, aunque tengas miedo, actúes ante estas situaciones. Porque cuando descubres lo bien que sienta vencer al miedo y la satisfacción que se instala en ti cuando ver lo que puedes conseguir al hacerlo ya no quieres volver atrás.

Es precisamente cuando sacudes al miedo al decir lo que piensas y actúas poniendo un límite claro y con seguridad, es cuando puedes sentir el poder de esa mujer valiente que toma decisiones sin miedo o aquella que sabe decir lo que piensa sin rodeos

Descubre el botón que activa tu ira al poner límites.

Quiero hacerte una confesión.

Durante un tiempo he saltado a la yugular cada vez que alguien criticaba mi forma de criar y educar a mis hijos. Desde comentarios dirigidos a dar el pecho a mi hijo de 4 años hasta los que juzgaban la forma de resolver una mentira de mi hija, hacían que me posicionara ante el enemigo enseñando uñas y dientes para protegerme a mí y a mis crías del impacto negativo que generaban esos mensajes.

Sin embargo, descubrir el motivo real que activaba esa forma de reaccionar ante las críticas y los juicios, hizo posible cambiar y que empezara a vivir esas situaciones con una seguridad y confianza que, una vez probada, ya no he querido soltar para nada.

Esta forma de reaccionar que yo tenía me convirtió en una persona que solía estar a la defensiva cuando me relacionaba con las personas que hacían estos comentarios. Muy a mi pesar, formaban parte de mi entorno habitual y trataba con ellas a menudo. Así que estaba en este estado de alerta con frecuencia y me sentía agotada. Ahora que lo veo desde la lejanía, me doy cuenta de que tenía instalado en mí un enfado constante con el mundo.

¿Y cuál es ese botón que hace que se active nuestra ira?

Para responder a esta pregunta es necesario comprender que la ira es un sentimiento que tiene una función específica que nos ha ayudado a sobrevivir a lo largo de nuestra historia. La ira se activa cuando hay algo o alguien que impide que nosotras podamos satisfacer alguna de nuestras necesidades universales. Si esto ocurre, ese botón se enciende para protegernos y eliminar con nuestras acciones las barreras que obstaculizan nuestro objetivo.

Traducido al contexto de la crianza, nuestra necesidad es la de elegir con libertad cómo educamos a nuestros hijos. Y vivimos como barrera que impide que podamos alcanzar esa meta la crítica o el juicio que expresan las personas de nuestro entorno.

¿Pero eso es realmente así? ¿De verdad tienen ese poder?

Mi respuesta es no. Por supuesto que no.

Ahora que ya conoces el origen y la función de esa ira que en ocasiones te invade, te va a resultar más sencillo realizar pequeños cambios que van a dar resultados muy significativos. Llegados a este punto te voy a proponer que afrontes estas situaciones desde otra perspectiva.

En primer lugar, cuando empieces a notar que te invade la ira, dale las gracias. Ella es la que te va a ayudar a comprender que hay algo importante en ti que quieres proteger. ¿No es maravilloso que te pueda avisar? Dale suficiente espacio en tu interior para asimilar el mensaje que quiere transmitirte y decidir de forma consciente cómo quieres darle respuesta.

Después, hazte las siguientes preguntas:

¿A quién le vas a dar el poder de tomar tus propias decisiones para poder elegir libremente cómo educar a tu hija o hijo?

¿Qué estás dispuesta a hacer para dar respuesta a esa necesidad que se ha visto vulnerada al recibir la crítica o juicio?

Como ves, te invito a que pongas en practica la teoría. Porque, en realidad, es cuando vas a ver qué ocurre al vivir estas experiencias desde nuestro interior.

Y esta es la idea que quiero transmitir en el taller “No pisar. Cómo poner límites a las personas que nos rodean”, puesto que durante las 2 horas que va a durar, vas a descubrir cómo, realizando pequeños cambios, puedes empezar a vivir estas situaciones con la calma, seguridad y aplomo que te mereces.

Porque estar constantemente enfadada con el mundo te aseguro que no es nada agradable.

Los efectos de quedarte callada que vas a desear evitar

Nuestra forma de reaccionar afecta a nuestros estados de ánimo, a nuestra autoestima y también a nuestros hijos, puesto que aprenden por imitación cómo reaccionar ante personas que traspasan nuestros límites o, lo que es más grave, no tienen claro que son los límites y por qué son tan necesarios.

Recuerdo la primera vez que una persona se dirigió a mí diciéndole a mi hijo de año y medio que ya era demasiado mayor para tomar teta y que si seguía iba a ser siempre un bebé y nunca crecería.

No supe reaccionar y me quedé sin saber qué decir. Dudaba de cómo responder: ¿debía ser agresiva y decirle que no se metiera en temas que no le incumbían? ¿quitarle importancia al comentario y hacer como si nada hubiera pasado? ¿decirle algo al niño? Pero no, no hice nada.

Estas situaciones son muy comunes y soy consciente que pueden hacernos sentir frustradas por no saber parar los pies a la persona que hace este tipo de comentarios.

En mi caso, no sólo fue la frustración, si no también la rabia por no haber tenido la habilidad en ese momento de reaccionar ante aquella persona. ¿No os ha pasado nunca que después de un conflicto habéis tenido un montón de ideas de cómo hubierais reaccionado? Pues también me pasaba a mí.

Pero lo que realmente me hizo reaccionar y sentir miedo y preocupación fue darme cuenta de cómo podía afectar a mi hijo y a mi hija, que por aquel entonces solo era un bebé de 3 meses, no sólo por las críticas y comentarios que iban recibiendo si no por el modelo que aprenderían si yo no reaccionaba protegiéndome a mí y a ellos.  

El blanco de las críticas podemos ser nosotras: “ya no tienes leche”, “lo que haces es malcriarlo”, “si le das la teta cada vez que llora, siempre la querrá cuando se frustre”… Pero también lo pueden ser nuestras criaturas: “eres un consentido”, “lo que haces es de bebés”, “así no te harás mayor nunca”…

¿No se merecen ellos recibir protección ante esos ataques?

¿Y nosotras? ¿No nos merecemos saber protegernos ante esos comentarios?

En mi opinión sí, y ahora puedo afirmar que no me quedo callada, aunque no siempre uso los mismos recursos para afrontar los comentarios desagradables o críticas que me han hecho las personas de mi entorno.

No todas las situaciones son iguales y por eso no siempre es necesario reaccionar de la misma manera. En ocasiones se requiere dirigirnos directamente al niño, obviando al adulto, para protegerlo y revertir el impacto que pueda tener la crítica o comentario que ha hecho el adulto.

En otras ocasiones, sobre todo cuando no estamos con nuestras criaturas, hablar con el adulto y establecer el límite con firmeza será clave. Sin embargo, incluso aquí habría muchos matices sobre cómo intervenir: frase corta y concisa, exposición de tu límite con la consecuencia de no respetarlo, explicación detallada sobre el porqué de tu límite… Dependiendo de la persona con la que hablemos, de cómo nos encontremos nosotras e incluso del tema en cuestión que estemos tratando, hará que usemos unos u otros recursos.

Sea como sea, saber reaccionar ante la crítica y los ataques sí es necesario ¿y sabéis cuándo yo lo vi perfectamente claro?

Pues fue el día en el que vi a mi hija Cèlia responder a su padre con firmeza y convencimiento ante un juicio que éste había emitido sobre cómo iba vestida. Tenía alrededor de los 3 años, hablaba por los codos, pero solo emitió 2 palabra: “vale papa”. Continuó con lo que estaba haciendo y al cabo de nada se giró y le dijo “yo me pongo la ropa que me gusta” Y siguió con su juego.

Esa misma reacción se la he visto repetir en varias ocasiones y en contextos diferentes y, que queréis que os diga. 

Mi tranquilidad en este tema está prácticamente asegurada.

Saber reaccionar ante la crítica y los ataques a nuestras decisiones es necesario para evitar nuevas situaciones, para protegernos a nosotras mismas sintiéndonos más seguras y confiadas y, sobre todo, para proteger a nuestros hijos e hijas, no solo dando un modelo al que imitar de firmeza y autoestima, si no también para que ellos mismos se sientan seguros y con confianza y crezcan sabiendo que merecen sentirse así.