¿Realmente estás convencida de que mereces poner límites?

Me agota ver cómo las personas adultas invaden el espacio personal de mi hijo Enric de 4 años solo por el hecho de que es pequeños y “es una monada” o “es divertido”.

A mi hijo no le gusta que nadie le toque, ni siquiera yo, si él no está predispuesto a que lo hagamos. Y no es de extrañar, ¿o es que a las personas en general les apetece siempre que las toquen, que les revoloteen el pelo, que les toquen la barriga o la cara? ¿Por qué debería ser diferente en las criaturas?

Sin embargo, muchas personas de nuestro entorno no aceptan que un niño o niña rechace el contacto físico. En estas situaciones la criatura suele tratarse de arisca, antipática i incluso maleducada. ¿En serio? ¿Qué alguien ponga límites a la invasión de su espacio personal es algo denunciable?

Ciudadanos de segunda

Este es un largo debate que tiene que ver con la idea de que las niñas y niños son ciudadanos de segunda, que se puede hacer con ellos lo que no permitimos en las personas adultas. Sin embargo, no voy a entrar en él ahora.

Ahora quiero que te imagines que tú eres esa criatura. Estás de visita familiar y tu abuela cuando te ve te saluda te despeina con la mano diciendo “estás muy alta”. A ti te pilla por sorpresa y le apartas la mano de un golpe mientras te separas de ella y te escondes detrás de tu madre. La abuela, molesta, le dice a tu madre “qué arisca es esta cría” y tu madre, incómoda por la situación, duda entre dejarte en paz o sacarte de tu escondite tras de ti y reñirte por la reacción que has tenido. En el fondo comprende que te moleste que te toquen, es algo que ya ha visto muchas veces en ti y tú no haces por respeto. Sin embargo, como tiene miedo de que la reunión familiar empiece con mal pie y con el habitual sermón de “a esta niña la estás consintiendo demasiado”, te agarra del brazo y te dice “eso no se le hace a la abuela”. Aunque intenta hacerlo con un tono amable, tú te sientes confusa. ¿Qué es lo que has hecho mal?

 

Algo que se repite una y otra vez y que queda marcado

Ahora quiero que imagines que esta situación se repite una y otra vez, que van pasando los años y que las situaciones cada vez se tornan más complejas, pero siguen la misma estructura. Eres una criatura que va creciendo y se va haciendo mayor. Con el tiempo vas tomando las riendas de tu propia vida y enfrentándote a muchas “otras personas mayores” que invaden tu espacio, que te ridiculizan o que menosprecian. Sin embargo, el modelo para reaccionar ante estas situaciones que has recibido es el de permitir que eso suceda porque el fallo está en ti, porque eras tú la que no permitía que le alborotaran el pelo, la que se enfadaba demasiado cuando te hacían un comentario que consideraban gracioso sobre esa peca que tenías en la cara o porque querías hacer preguntas que muchas veces incomodaban a las personas mayores.  

De toda esta historia, lo que me gustaría remarcar es una idea que no siempre se contempla cuando hablamos de poner límites a los demás: el merecimiento.

Uno de los bloqueos que tenemos ante situaciones en las que vemos vulnerado nuestro espacio y el respeto hacia nosotras es la falta de merecimiento. Se instala en nosotras como creencia de nuestra infancia, que nosotras no nos merecemos poner ese límite y, por lo tanto, tampoco actuar para defenderlo, si hace falta, a capa y espada.

 

Merecemos poner límites 

Sin embargo, yo digo que sí, no solo por mi misma, que también, por supuesto, si no por tener bajo mi responsabilidad la educación de mis hijos e hija.

Merezco poner límites a las personas adultas que me rodean porque es mi responsabilidad dar un modelo a mis hijos y a mi hija del valor que tiene ese espacio para una persona. Porque veo imprescindible que estas criaturas crezcan con la idea de que merecen sentir que ese espacio es respetado y que está en sus manos tomar acción para que así sea, sin esperar a que sean los demás que lo consideren igual de importante y lo respeten.

Por si esto pueda servir a alguien, este ha sido mi motor de cambio. Pensar en mis hijos e hija y darme cuenta de qué sí quiero que sientan esa fortaleza, que sí deseo que aprendan a reaccionar de forma muy diferente a cómo lo hacía yo de pequeña.

Y para dar ese modelo a nuestras criaturas, es necesario que nosotras demos el primer paso y empecemos a poner en práctica lo que nos gustaría que consiguieran ellas.

¿Qué tal llevas los límites con la pareja?

“No permito que haya gritos en casa y no estoy dispuesta a aceptar que expreses tu enfado de esa forma en mi presencia”.

Esta fue la primera vez que hable con mi pareja cuando, en un momento de crispación se enfadó con mi hijo y le dijo gritando que se fuera a lavar los dientes.Mientras mi hijo estaba en el baño me dirigí a mi pareja y le dije:

“Entiendo que es tarde, que estamos cansados y que está costando mucho que los niños se preparen para ir a dormir. Es agotador y comprendo que estás molesto porque no hay colaboración por su parte. Para mí es importante que haya respeto en casa y que podamos hablarnos sin usar el miedo o la amenaza porque todos merecemos respeto. Si necesitas desconectar y tomarte unos minutos, ¿podrías avisarme para que te releve? No permito que haya gritos en casa y no estoy dispuesta a aceptar que expreses tu enfado de esa forma en mi presencia. Tú eres el adulto, si necesitas colaboración estoy segura de que puedes pedirla usando otros recursos”

 

Situaciones personales que empezaron a cambiar las cosas en casa

Esta es una situación muy personal que viví hace tiempo y en la que jugaron un papel muy importante no sólo las palabras que usé, si no también todo lo que transmitía el lenguaje no verbal: comprensión, empatía, serenidad, convencimiento, firmeza y, sobre todo, seguridad en mi misma.

Poner límites a nuestra pareja es todo un reto, lo reconozco. Tenemos una gran mochila cargada de creencias y mitos sobre las relaciones sentimentales (y humanas, en general) que nos dificultan poder fijar esa línea que debería ser infranqueable y que es la base del respeto que sentimos por nosotras mismas.

 

Las reglas en una partida de 2 jugadores

Sin embargo, creo que poner esos límites es realmente necesario. Es como marcar las reglas del juego para evitar malentendidos durante una partida. Definir y expresar ese espacio que no queremos que nadie pise es el primer paso para dejar claro qué tipo de relación tenemos con la persona con la que convivimos a diario y que, al mismo tiempo, también es responsable de la educación de nuestros hijos.

Marcar esa línea nos permite tomar las acciones necesarias para defenderla, para respetarla. Pero para ello, es imprescindible saber dónde ponerla. Para ello, en la mayoría de situaciones se hace imprescindible adentrarnos en el autoconocimiento para saber definir cuáles son nuestros límites reales. Este es el primer paso para conseguir ponerlos con eficacia, con seguridad y convencimiento, tal y como nos merecemos.

El deseo de ser una mujer poderosa

Todas conocemos a esa mujer valiente que toma decisiones sin miedo o aquella que sabe decir lo que piensa sin rodeos en una reunión ante todos los padres de la escuela.

Nos llama la atención este tipo de personas porque, en el fondo, seguramente admiramos que sean capaces de exponerse ante otras personas que no piensan igual que ellas o que incluso pueden criticarlas por defender según qué posición. 

¿Pero a qué se expone realmente una mujer que, por ejemplo, decide emprender sin el apoyo de su entorno o dice a la tutora de su hijo que no va a permitir que haga deberes en casa porque no está de acuerdo?

Pues seguramente la respuesta más común es que estas personas se exponen a ser criticadas, juzgadas, menospreciadas por sus decisiones u opiniones. Y sí, en ocasiones, a veces con más frecuencia de la deseada, suele ser así.

Cuando tomamos decisiones o mostramos nuestra opinión sobre algo nos exponemos a que se haga evidente que no pensamos, decimos o actuamos como lo harían las personas que nos rodean. Y en cuanto esto sucede cabe la posibilidad de que estas personas nos critiquen, abiertamente o a nuestras espaldas, incluso juzguen nuestras ideas, decisiones o acciones.

Sin embargo, volvamos a esa mujer a la que admiramos y a la que consideramos valiente por mostrar su opinión o tomar decisiones que aparentemente parecen difíciles o arriesgadas.

¿Qué hace que esta persona, pese a ese riesgo de ser juzgada o criticada, decida igualmente actuar o mostrarse?

Más que un poder, yo diría que lo que la hace tan especial es la ausencia de un estado emocional que, en según qué ocasiones, puede ser una gran debilidad: el miedo

Una persona que decide actuar pese a lo que dirán, pese a la opinión que tendrán de ella, pese a que es posible que se encuentre nadando a contracorriente es una mujer que no suele tener miedo. Al menos no ese miedo que nos impide avanzar, que no nos deja actuar en la dirección que en el fondo desearíamos.

Estamos hablando de ese estado emocional que nos invade cuando quiere protegernos de un peligro. Esta emoción tiene su función y gracias a ella nuestra mente se pone alerta. ¿Pero alerta a qué? 

El sentimiento que puede instalarnos es el miedo al rechazo, a no ser queridas y aceptadas. Y es por esta razón por la que, cumpliendo su misión de protección, el miedo aparece para que no hagamos o digamos nada que pueda ponernos en peligro en ese sentido. 

Y sería así de sencillo si no fuera porque haciendo caso al miedo y no actuando en un momento determinado para poner un límite claro exponiéndonos ante los demás no nos estamos respetando a nosotras mismas. Y eso nuestro cerebro también lo capta y entones entran en escena la frustración, la insatisfacción e incluso la tristeza. Es también una forma de decirnos a nosotras mismas que algo no funciona bien y nos invita a plantearnos qué podemos hacer.

Así que el miedo nos intenta proteger, pero al mismo tiempo, en ocasiones impide que podemos cuidarnos a nosotras mismas poniendo los límites que vemos convenientes para respetarnos y ser fieles a nosotras mismas. 

Y para que ese miedo desaparezca en ese momento en el que quieres decir no a alguien y deseas dejar clara cuál es tu posición ante un tema que te afecta poniendo un límite es necesario sacudir a ese miedo, hablar con él, decirle que estando instalado en ti no puedes ser tú porque no te permite decir y hacer lo que crees y es coherente a ti misma.

Te invito a que, aunque tengas miedo, actúes ante estas situaciones. Porque cuando descubres lo bien que sienta vencer al miedo y la satisfacción que se instala en ti cuando ver lo que puedes conseguir al hacerlo ya no quieres volver atrás.

Es precisamente cuando sacudes al miedo al decir lo que piensas y actúas poniendo un límite claro y con seguridad, es cuando puedes sentir el poder de esa mujer valiente que toma decisiones sin miedo o aquella que sabe decir lo que piensa sin rodeos

Descubre el botón que activa tu ira al poner límites.

Quiero hacerte una confesión.

Durante un tiempo he saltado a la yugular cada vez que alguien criticaba mi forma de criar y educar a mis hijos. Desde comentarios dirigidos a dar el pecho a mi hijo de 4 años hasta los que juzgaban la forma de resolver una mentira de mi hija, hacían que me posicionara ante el enemigo enseñando uñas y dientes para protegerme a mí y a mis crías del impacto negativo que generaban esos mensajes.

Sin embargo, descubrir el motivo real que activaba esa forma de reaccionar ante las críticas y los juicios, hizo posible cambiar y que empezara a vivir esas situaciones con una seguridad y confianza que, una vez probada, ya no he querido soltar para nada.

Esta forma de reaccionar que yo tenía me convirtió en una persona que solía estar a la defensiva cuando me relacionaba con las personas que hacían estos comentarios. Muy a mi pesar, formaban parte de mi entorno habitual y trataba con ellas a menudo. Así que estaba en este estado de alerta con frecuencia y me sentía agotada. Ahora que lo veo desde la lejanía, me doy cuenta de que tenía instalado en mí un enfado constante con el mundo.

¿Y cuál es ese botón que hace que se active nuestra ira?

Para responder a esta pregunta es necesario comprender que la ira es un sentimiento que tiene una función específica que nos ha ayudado a sobrevivir a lo largo de nuestra historia. La ira se activa cuando hay algo o alguien que impide que nosotras podamos satisfacer alguna de nuestras necesidades universales. Si esto ocurre, ese botón se enciende para protegernos y eliminar con nuestras acciones las barreras que obstaculizan nuestro objetivo.

Traducido al contexto de la crianza, nuestra necesidad es la de elegir con libertad cómo educamos a nuestros hijos. Y vivimos como barrera que impide que podamos alcanzar esa meta la crítica o el juicio que expresan las personas de nuestro entorno.

¿Pero eso es realmente así? ¿De verdad tienen ese poder?

Mi respuesta es no. Por supuesto que no.

Ahora que ya conoces el origen y la función de esa ira que en ocasiones te invade, te va a resultar más sencillo realizar pequeños cambios que van a dar resultados muy significativos. Llegados a este punto te voy a proponer que afrontes estas situaciones desde otra perspectiva.

En primer lugar, cuando empieces a notar que te invade la ira, dale las gracias. Ella es la que te va a ayudar a comprender que hay algo importante en ti que quieres proteger. ¿No es maravilloso que te pueda avisar? Dale suficiente espacio en tu interior para asimilar el mensaje que quiere transmitirte y decidir de forma consciente cómo quieres darle respuesta.

Después, hazte las siguientes preguntas:

¿A quién le vas a dar el poder de tomar tus propias decisiones para poder elegir libremente cómo educar a tu hija o hijo?

¿Qué estás dispuesta a hacer para dar respuesta a esa necesidad que se ha visto vulnerada al recibir la crítica o juicio?

Como ves, te invito a que pongas en practica la teoría. Porque, en realidad, es cuando vas a ver qué ocurre al vivir estas experiencias desde nuestro interior.

Y esta es la idea que quiero transmitir en el taller “No pisar. Cómo poner límites a las personas que nos rodean”, puesto que durante las 2 horas que va a durar, vas a descubrir cómo, realizando pequeños cambios, puedes empezar a vivir estas situaciones con la calma, seguridad y aplomo que te mereces.

Porque estar constantemente enfadada con el mundo te aseguro que no es nada agradable.

Los efectos de quedarte callada que vas a desear evitar

Nuestra forma de reaccionar afecta a nuestros estados de ánimo, a nuestra autoestima y también a nuestros hijos, puesto que aprenden por imitación cómo reaccionar ante personas que traspasan nuestros límites o, lo que es más grave, no tienen claro que son los límites y por qué son tan necesarios.

Recuerdo la primera vez que una persona se dirigió a mí diciéndole a mi hijo de año y medio que ya era demasiado mayor para tomar teta y que si seguía iba a ser siempre un bebé y nunca crecería.

No supe reaccionar y me quedé sin saber qué decir. Dudaba de cómo responder: ¿debía ser agresiva y decirle que no se metiera en temas que no le incumbían? ¿quitarle importancia al comentario y hacer como si nada hubiera pasado? ¿decirle algo al niño? Pero no, no hice nada.

Estas situaciones son muy comunes y soy consciente que pueden hacernos sentir frustradas por no saber parar los pies a la persona que hace este tipo de comentarios.

En mi caso, no sólo fue la frustración, si no también la rabia por no haber tenido la habilidad en ese momento de reaccionar ante aquella persona. ¿No os ha pasado nunca que después de un conflicto habéis tenido un montón de ideas de cómo hubierais reaccionado? Pues también me pasaba a mí.

Pero lo que realmente me hizo reaccionar y sentir miedo y preocupación fue darme cuenta de cómo podía afectar a mi hijo y a mi hija, que por aquel entonces solo era un bebé de 3 meses, no sólo por las críticas y comentarios que iban recibiendo si no por el modelo que aprenderían si yo no reaccionaba protegiéndome a mí y a ellos.  

El blanco de las críticas podemos ser nosotras: “ya no tienes leche”, “lo que haces es malcriarlo”, “si le das la teta cada vez que llora, siempre la querrá cuando se frustre”… Pero también lo pueden ser nuestras criaturas: “eres un consentido”, “lo que haces es de bebés”, “así no te harás mayor nunca”…

¿No se merecen ellos recibir protección ante esos ataques?

¿Y nosotras? ¿No nos merecemos saber protegernos ante esos comentarios?

En mi opinión sí, y ahora puedo afirmar que no me quedo callada, aunque no siempre uso los mismos recursos para afrontar los comentarios desagradables o críticas que me han hecho las personas de mi entorno.

No todas las situaciones son iguales y por eso no siempre es necesario reaccionar de la misma manera. En ocasiones se requiere dirigirnos directamente al niño, obviando al adulto, para protegerlo y revertir el impacto que pueda tener la crítica o comentario que ha hecho el adulto.

En otras ocasiones, sobre todo cuando no estamos con nuestras criaturas, hablar con el adulto y establecer el límite con firmeza será clave. Sin embargo, incluso aquí habría muchos matices sobre cómo intervenir: frase corta y concisa, exposición de tu límite con la consecuencia de no respetarlo, explicación detallada sobre el porqué de tu límite… Dependiendo de la persona con la que hablemos, de cómo nos encontremos nosotras e incluso del tema en cuestión que estemos tratando, hará que usemos unos u otros recursos.

Sea como sea, saber reaccionar ante la crítica y los ataques sí es necesario ¿y sabéis cuándo yo lo vi perfectamente claro?

Pues fue el día en el que vi a mi hija Cèlia responder a su padre con firmeza y convencimiento ante un juicio que éste había emitido sobre cómo iba vestida. Tenía alrededor de los 3 años, hablaba por los codos, pero solo emitió 2 palabra: “vale papa”. Continuó con lo que estaba haciendo y al cabo de nada se giró y le dijo “yo me pongo la ropa que me gusta” Y siguió con su juego.

Esa misma reacción se la he visto repetir en varias ocasiones y en contextos diferentes y, que queréis que os diga. 

Mi tranquilidad en este tema está prácticamente asegurada.

Saber reaccionar ante la crítica y los ataques a nuestras decisiones es necesario para evitar nuevas situaciones, para protegernos a nosotras mismas sintiéndonos más seguras y confiadas y, sobre todo, para proteger a nuestros hijos e hijas, no solo dando un modelo al que imitar de firmeza y autoestima, si no también para que ellos mismos se sientan seguros y con confianza y crezcan sabiendo que merecen sentirse así.

Y juras que la próxima vez le pararás los pies

Hoy tienes una reunión familiar. Os juntáis un montón de personas de la familia de tu pareja, entre ellas, el cuñado que siempre le está tocando las narices a tu hijo, de 5 años, alborotándole el pelo, diciéndole que si llora será como una niña, que juega con él a empujones y luchas, que le dice que es un quejica cuando se cae y llora… Solo de pensarlo te entran todos los males.

Pero es la familia de tu marido… y vas. Y empiezan a darse esas situaciones que tanto os remueven a ti y a tu hijo.

 

Decides intervenir:

“A Miguel no le gusta que le toquen el pelo. No lo hagas, por favor”

“Llorar no es de niñas ni de niños”

“Si jugar a luchas no es divertido para los dos es necesario cambiar de juego”

Pero sigue en sus trece y a ti te invade la rabia, la impotencia y te dan ganas de largarte y no volver a pisar ese lugar nunca más. Notas que tu crispación aumenta cuando, después de intervenir en estas situaciones, tu cuñado te suelta:

“Eres una exagerada”

“Lo estás consintiendo demasiado y lo vas a volver un blandengue”

“Deja que se haga fuerte, que si no la vida le va a dar un montón de palos”

Tú no te quedas callada, por su puesto. Sin embargo, lo que sale de tu boca ya no son solo palabras. Atacas y te pones a la defensiva esperando el contraataque de la otra persona. Te sientes nerviosa porque sabes que digas lo que digas, la otra persona va a seguir insistiendo en que tú eres la que lo estás educando mal. Es una mezcla de rabia e impotencia por no saber cómo cambiar la situación.

 

Porque, en el fondo, te gustaría que esa persona cerrara la boca y no se metiera en tus asuntos.

Porque desearías poder disfrutar de una comida tranquila haciéndole ver a tu cuñado cómo le afecta a tu hijo y también a ti su forma de relacionarse con ambos.

Porque te gustaría hacer desaparecer esa sensación tan incómoda en tu pecho y en tu estómago que no te deja relajar tu cuerpo.

Una vez más, esa reunión familiar resulta ser una pesadilla y te prometes a ti misma no volver a ir.

Pero lo vas a hacer, y esta vez con otras herramientas. Con recursos que te permitan poder poner un límite a esas personas que intervienen de forma no respetuosa contigo o con tu hijo. Con la capacidad de tomar decisiones que os protejan y os permita sentir el respeto que os merecéis.

¿Tienes estás herramientas? ¿Te gustaría tenerlas?

¿Me estoy asegurando que mi hijo adolescente confíe en mí?

Cuando llegamos a la adolescencia y no hemos construido una relación de confianza se vuelve complejo que podamos tener vías de comunicación con nuestros hijos que permitan que no sientan que invadimos su terreno o que tengan miedo a nuestra reacción y opinión.

Soy consciente que la adolescencia es una etapa en la que necesitan reafirmar con mucha intensidad quiénes son y, una de las necesidades que más afloran es la de formar parte de un grupo con el que se sientan identificados, cosa que hace que el núcleo familiar ya no esté en primera línea de sus intereses y necesidad de aprobación.

Es precisamente por esta razón, que la relación de confianza que queramos tener con nuestro hijo adolescente debe empezar a construirse mucho antes para, llegado el momento de “separarse”, el marco en el que queremos comunicarnos con nuestro hijo ya esté claro y definido por palabras como: respeto, confianza, seguridad, empatía, apoyo…

Si queremos que estas sean las palabras que definan nuestra relación de futuro, también deberían ser las que tengamos presente cuando nos relacionemos con nuestro hijo pequeño.

Ahora bien, ¿son esas las palabras que tenemos en cuenta cuando abordamos un conflicto con nuestro hijo?

 

Cuando estoy enfadada, ¿busco también que aflore el respeto y la confianza hacia ambas partes?

Si mi hijo quiere hacer algo en lo que yo no estoy de acuerdo, ¿dónde queda la empatía y el apoyo?

En los momentos de conflicto, que pueden llegar a marcar muchísimo en una relación, es cuando a la mayoría, se nos hace más complejo poder tener presentes estos pilares sobre los cuales queremos construir la relación con nuestros hijos.

 

Y resulta más difícil porque tenemos integrada una forma de comprender las relaciones entre padres e hijos que, en muchas ocasiones, entran en conflicto con esas palabras que antes nombrábamos.

Si me enfado porque mi hijo no ha recogido los juguetes y se lo he dicho 5 veces, termino gritando y, seguramente, soltando frases como “es que siempre haces lo mismo”  o similares. Ahí, el respeto y la confianza brillan por su ausencia.

Si mi hijo quiere ver la televisión y creo que ha estado demasiado tiempo, seguramente surgirá en mí la necesidad de imponer mi criterio olvidándome de empatizar realmente con mi hijo o haciéndolo sin mucho éxito diciendo: “entiendo que quieras mirar la televisión pero ahora la voy a apagar porque ya la has mirado demasiado”

Y si en estos dos ejemplos que he puesto no ves cómo podrías cambiar el mensaje para fomentar el crecimiento de una relación basada en el respeto y la confianza te animo a que busques nuevas estrategias, recursos y herramientas que te permitan abordar situaciones como estas desde otra perspectiva.

De momento, te animo a mirar la grabación de la charla “Recibir un no de nuestro hijo” que di en el grupo gratuito de Facebook “Apoyo para la Comunicación Eficaz y la Empatía”, dentro del espacio “El baúl de los recursos. Espero que lo disfrutes.

http://www.nunnutit.com/comunicacion-eficazSi quieres profundizar en cómo construir una relación de confianza con tu hijo descubre el programa Comunicación Eficaz

Se trata de una formación on line en la que encontrarás las herramientas y recursos necesarios para abordar el conflicto con tu hijo desde el respeto y la confianza. 

Da un giro a tu forma de educar actual para conseguir los resultados que deseas en un futuro. 

Empezamos el 13 de marzo

 

www.nunnutit.com/comunicacion-eficaz

De miedos, auto-sabotajes y autoestima

Si ya me conoces un poco sabrás que, además de dedicarme a acompañar familias en la crianza y educación de los niños, soy maestra de primaria. Es una profesión que llevo ejerciendo durante más de 15 años y que ha ido creciendo conmigo. Y también es cierto que ese desarrollo profesional se ha visto influenciado por mi maternidad en los últimos 9 años.

La maternidad ha tenido un peso muy importante en la transformación de mi vida profesional, hasta tal punto que es gracias a ella que estoy ahora en el punto en el que me encuentro. Así que, actualmente, intento compaginar mi profesión “de siempre” y una nueva versión de mí misma que se ha lanzó al emprendimiento hace más de 2 años.

¿Y por qué te cuento todo esto? La verdad es que, aparentemente, no tiene mucho que ver con el título que he puesto, ¿verdad?

Llevar dos trabajos no es tarea fácil, y menos si se tienen 3 criaturas que tienen edades en las que todavía necesitan mucha presencia de su madre. ¿Pero a qué renunciar? En el post de hoy quiero hablar de lo que ha implicado para mí tomar una decisión tan importante como la de plantar mi futuro profesional y de lo que nos suele ocurrir cuando decidimos dar un giro importante. No me refiero a tomar una decisión sencilla y aparentemente simple, sino a aquellas que afectan significativamente a nuestro futuro y a las personas que nos rodean. En mi caso, una de las ideas que ronda desde hace un año es poder dedicarme plenamente a mi emprendimiento y dejar, aunque sea de forma temporal, la escuela.

¿Pero qué implica tomar una decisión de tal envergadura?

No voy a entrar en detalles y comentar los pros y los contras de una decisión como la mía, es algo muy personal. Aún así, cuando una persona toma la determinación de dar un paso importante, suele darse un hecho común: tener que salir de la zona de confort.

Lanzarse a hacer algo diferente implica que todo lo que hemos construido a nuestro alrededor tiende a tambalearse. Miedo a la crítica, a la falta de solvencia económica, a no “dar la talla”, a no tener suficientes recursos… y un largo etcétera tan variopinto como la decisión que podemos tomar y que consideramos tan trascendental. El miedo, ese gran controlador que está instalado habitualmente en nuestro cerebro nos impulsa a desestimar decisiones que nos llevan a salir de lo que hemos hecho siempre.

El miedo, pese a todo, nos mantiene alerta y puede ser un elemento clave para evitar desastres y decisiones erróneas, pero al mismo tiempo, es el que nos puede privar de vivir y hacer lo que realmente deseamos.

¿Y cómo sé si hacer o no hacer caso al miedo?

Creo firmemente que al miedo se le vence con el convencimiento, y éste va a depender de lo firmes que sean nuestras creencias, que son, para mí, los pilares de lo que realmente queremos y deseamos ser.

Pero incluso con el convencimiento necesario que nos permite tomar una decisión que nos haga salir de nuestra zona de confort, hay otro obstáculo que se nos va a presentar con frecuencia: nosotras mismas y nuestro auto-sabotaje.

Si el miedo es el que hace que no tomemos decisiones que se salgan de lo que tenemos configurado como “normal”, el auto-sabotaje lo que hará, una vez hayamos tomado la decisión de salir, es intentar por todos los medios que volvamos al punto inicial sembrándonos de dudas y de esos famosos “y si…” que nos harán pensar que nuestra decisión no ha sido correcta.

Por eso, una vez más, creo tan firmemente que cuidar nuestra autoestima debería ser una de nuestras prioriades. Ésta se sustenta en el respeto hacia nosotras mismas, a sabernos merecedoras del bienestar que buscamos cuando nos planteamos un cambio, no sólo físico, si no también emocional y de esa creencia en nuestras capacidades y decisiones. Con todo esto, es con lo que conseguiremos vencer al miedo que no nos permite avanzar.

A veces, para empezar, sólo es necesario dar pequeños pasos. Ten en cuenta el momento en el que te encuentras, qué es lo que tienes y hacia dónde quieres andar. Si tienes claro el objetivo, el convencimiento y dónde está tu meta, ir saliendo de tu zona de confort será, como mínimo, un poco más sencillo. Confía en ti.

3 tips para superar la barrera de las críticas en la crianza de tus hijos

No es extraño escuchar a muchas mujeres quejarse de lo duro que resulta a veces criar siguiendo unos principios que nos son aceptados en su entorno familiar o de amistades.

La mayoría de mujeres que decidimos educar desde el respeto, sin gritos ni castigos nos encontramos con frecuencias con frases como:

  • Dentro de dos años estará haciendo lo que quiera contigo
  • Hay que enseñarles quién tiene la autoridad
  • No pueden tener siempre lo que quieren
  • Tiene que comerse todo lo que le pones en el plato
  • Tienes demasiada paciencia, deberías ponerte más firme
  • Si no le obligas a hacerlo nunca lo aprenderá
  • Debería irse solo a la cama
  • Es muy mayor para ir en brazos

Podría seguir y seguir con miles de frases que he escuchado en los años que llevo siendo madre.  Todas ellas emitidas por personas más o menos lejanas que, consciente o inconscientemente, aportaban sus opiniones con el propósito de mejorar mi actuación como madre. Consejos que llevaban implícito la afirmación: no estás criando bien a tu hijo.

Hoy quiero compartir en este post, los tres recursos que mejor me funcionan cuando recibo una crítica relacionada con cómo manejo la crianza de mis hijos. Cada una de estas estrategias me funcionan dependiendo del contexto, la persona que tengo en frente y el tipo de crítica que hace.

1- Usa una “frase comodín”.

Cuando la persona que tengo delante no me inspira ternura o ya he tenido varios encuentros con ella relacionados con el mismo tema es un recurso que funciona muy bien.

Se trata de responder con una frase tipo “no te preocupes, de esto me encargo yo”. Esta afirmación tiene como objetivo establecer un límite entre esa persona y tú. Es una forma fácil y clara de dejarle claro que no te interesa ni vas a tener en cuenta su opinión.

Para que este recurso sea realmente eficaz, es imprescindible tener en cuenta cuál es el lenguaje corporal y el tono de voz que estamos usando. Una postura cerrada de nuestro cuerpo y una voz floja y dubitativa va a tener menor efecto que una postura erguida y una voz firme y decidida.

2- Aporta información que no pueda ser rebatida en un mensaje claro y preciso

Si la crítica tiene que ver con la alimentación, el sueño o la salud de la criatura puede resultar útil aportar información relacionada con estudios que se hayan hecho al respeto o información que provenga de entidades que estén “validadas” por nuestro entorno. Las críticas que recibimos sobre estos temas suelen venir de personas cercanas con las que puedes tener conversaciones largas y, seguramente, en muchas ocasiones. Pero cuidado, no caigas en la tentación de intentar convencer ni justificar lo que estás haciendo si no es necesario dando pie a que lo pongan en duda, que seguro que lo hacen con otra frase recurrente como “pues lo hemos hecho así toda la vida”. Sencillamente limítate a aportar información y afirmar que has tomado una decisión y no quieres cambiarla.

Así, por ejemplo, si das de mamar más allá del año y te dicen: “es demasiado mayor para tomar pecho” puedes contestar: “según la asociación española de pediatría, se recomienda mantener la lactancia hasta, como mínimo, los dos años por todos los beneficios que aporta. Nosotros hemos decidido seguir estas indicaciones, nos van muy bien y no queremos cambiarlas.”

Si la explicación no convence, siempre te queda recurrir al punto uno.

3- Apela a tus deseos de no preocuparte tanto del presente y más de la relación que quieres tener en un futuro con tus hijos.

A veces, las críticas vienen dadas por cómo manejas la educación de tus hijos. La mayoría de adultos busca, en la resolución de un conflicto con un niño, una solución que le permita zanjar el tema en ese mismo momento satisfaciendo únicamente su necesidad. Así, frases que terminan con: “y punto”, “porque lo digo yo”, “o te vas a enterar”… , son recursos que normalmente, dada su naturaleza impositiva, no tienen en cuenta la necesidad de la criatura en ese momento.

Las personas que decidimos resolver el conflicto desde la perspectiva del respeto a nuestros hijos e hijas, lo hacemos, en parte, porque queremos construir una relación de confianza con ellos. Eso nos lleva a no imponer, a no ser que sea por razones de seguridad e integridad de nuestros hijos, lo que deseamos para nosotras, sino que establecemos diálogos y usamos herramientas que nos permitan respetar también sus necesidades.

Este recurso viene bien en estas situaciones, y la forma de usarlo también se limita a recurrir a una frase que podría ser del tipo: “cuando tenga 20 años, lo que quieres que ahora le diga/haga no va a tener efecto, así que he decidido que prefiero usar un recurso que me sirva ahora y también dentro de 15 años”. 

Como en las otras dos anteriores, el lenguaje corporal y nuestro tono de voz es muy importante para poder transmitir seguridad y confianza en ti misma. Y si este recurso no te funciona, te animo que uses el primero, que suele dar muy buen resultado con aquellas personas más insistentes.

Además de estas estrategias que he mostrado en este post, también uso otros recursos que funcionan bien. Pero me ha parecido interesante destacar las que practico en más situaciones y resultan más sencillas de implementar.

Si te parecen interesantes o tienes otras que te gustaría comentar, no dudes en dejar tu comentario y en compartir este post.

Todo bajo control: comemos de todo

planificar las comidas para comer de todo

Tengo un menú semanal superequilibrado. En casa comemos de todo. Tengo una lista de la compra con las cantidades exactas que necesito comprar de cada alimento. Soy muy metódica haciendo la comida, las raciones… no quiero que mis hijos pasen hambre ni que coman demasiado, se que eso también es malo. Quiero que se sienten a la mesa durante las comidas, con nosotros, y que coman correctamente, sin sorber, sin jugar, sin hacer ruiditos, terminándose todo lo que hay en el plato sin rechistar, que se que es la cantidad de comida que deben comer a diario.

Y lo preparo todo con mucho amor. Pero la hora de la comida es un desastre. A los pocos minutos de empezar a comer se ponen a jugar entre ellos o con la comida. Me preguntan que hay de segundo y me miran ante la respuesta con cara de asco, como si no hubieran comido nunca aquello… A veces incluso les dejo estar un ratito en la cocina mirando como prepado la comida. O quieren levantarse para seguir jugando en el salón, como si no tuvieran hambre. A menudo no les apetece terminar su plato y tengo que ponerme sargento. Después a media tarde parece que vayan a comerse una vaca entera para merendar del hambre que tienen. ¿Por qué no…

… comen a las horas previstas?

… quieren terminarse su ración?

… les apetece aquello que siempre les había gustado?

… están sentaditos y en silencio comiendo tal como les enseñamos, como adultos, sin mancharse, sin moverse, …?

Tener todo bajo control es estresante e imposible. Porque nuestro cuerpo no es una máquina. Es eso, un cuerpo. El cuerpo sabe autoregularse: a los adultos no nos apetece comer siempre las mismas cosas, ni a las mismas horas, ni en la misma cantidad. Nuestro cuerpo nos indica cuando tiene hambre y cuando no, podemos intuir cuando nos apetece dulce y cuando salado… incluso sabemos si preferimos comer o hacer otra cosa. Al final de la semana, comemos de todo igualmente, ¿no crees?

No es algo que hayamos aprendido. Nuestro cuerpo nace sabiendo. Al crecer, nos acostumbramos a cumplir unas normas sociales, nos convencemos de que esa es la cantidad de comida que hay que comer y no otra porque lo dice tal o cual nutricionista de moda, creemos que es muy importante que comamos DE TODO (que no es lo mismo que de todos los grupos de alimentos)… y creemos que debe ser así también en nuestros hijos, ya que queremos lo mejor para ellos. Es para nosotros primordial que sean adultos bien educados y nutridos, preparados para todo.

Y se nos olvida que los niños, desde el momento en que nacen, SABEN cuando tienen hambre y cuando no, SABEN qué les apetece. Tienen curiosidad por descubrir el mundo y a veces SUS necesidades son distintas de las nuestras.

Y aunque el objetivo de su cuerpo y nuestro objetivo son el mismo, intentamos que coman de todo y nos preocupamos por su salud cuando pensamos que no es así.

NO hace falta tener todo bajo control. Dejemos un margen a la improvisación y la espontaneidad. Al fin y al cabo, seguro que comemos de todo (de todos los grupos de alimentos) de forma equilibrada planificando las comidas y teniendo variedad de alimentos en casa (frutas, verduras, legumbres, carne y pescado).

Si ahora no apetece comer, apetecerá en un rato.

Si quieren participar en la elaboración de la comida, dejemos que esten con nosotros, que nos ayuden de verdad. Ellos disfrutaran y les sabrá mejor la comida. Nosotros pasaremos un ratito con ellos a la vez que hacemos algo en casa: conviviremos sin darnos cuenta. Y es divertido.

Los horarios fijos, los menús incambiables, las normas sociales, los gurús de las dietas , las combinaciones perfectas de alimentos… pueden esperar.

Dejemos que sean criaturas, que descubran y experimenten y puedan comer lo mismo para desayunar durante meses, siendo su elección (por ejemplo atún con tomate) en lugar de la nuestra (cereales con leche). También están aprendiendo, a decidir y a ELEGIR POR ELLOS MISMOS, a tener una relación sana con la comida. ¿y ese es el objetivo, verdad?