Mi hijo se agarra a mí y no quiere que me vaya

¿Te has encontrado en esa situación en la que tu hijo no quiere que te vayas? Yo ayer lo viví y pude resolver el conflicto por la separación con éxito teniendo en cuenta una serie de elementos clave.

Eran las 20:00 y, como cada martes, me disponía a salir de casa para ir a casa de mis padres y poder trabajar. Normalmente a las 10 de la noche tengo clase de la formación Comunicación Eficaz, así que la cita que tenía era importante. 

Clave número 1: el tiempo

Como ya he dicho, eran las 8 cuando me dispuse a salir. Así que cuento con 2 horas de margen que, si todo va bien, aprovecho para avanzar trabajo. Pero en el caso de ayer, me sirvieron para poder abordar el problema sin el agobio del tiempo. ¡2 horas! Sí, es mucho tiempo y no siempre cuento con tanto, como comprenderás. Sin embargo, cuando planifico mi día a día, siempre intento dejar un margen suficiente por si tengo que parar y acompañar a alguno de mis hijos en una situación de frustración o enfado. 

Clave número 2: la complicidad

Antes de irme hablo con mi hijo mayo y mi hija y les explico qué es lo que necesito: salir de casa. Les pide colaboración y ellos mismos suelen darle juego y entretenimiento al pequeño para que no de tanta importancia a mi partida. La verdad, normalmente le suele tirar más el juego de ninjas o las guerras de cojines que mi presencia. Pero pese a los intentos de ayer, Enric solo quería estar conmigo y no estaba dispuesto a dejarme marchar tranquilamente. 

Clave número 3: la conexión

Luchar a contracorriente puede ser realmente agotador. Cuando nos encontramos en una situación como esta, intentamos convencer a nuestro hijo de lo bien que lo va a pasar con sus hermanos, lo divertido que va a ser ver un capítulo de sus dibujos favoritos o de lo que se nos ocurra en ese momento. Lo cierto es que los recursos que usamos se olvidan de algo importante: sus verdaderas necesidades. En este caso, mi hijo quería contacto, abrazos, mimos y algo de teta. Así que, cambié de chip y le di a raudales todo lo que necesitaba. Poco a poco se fue calmando, le acompañe a sentarse en la mesa, donde estaban sus hermanos mirando la tele y…

fin de la historia. 
Saciado de mamá y entretenido, por supuesto, me dijo adiós sin problemas. 
Soy consciente que lidiar estas situaciones con una criatura de 4 años a veces es complejo. Lo comprendo. He pasado por ello 3 veces 😉 Sin embargo, también sé que saber afrontar estos contextos desde le autoconocimiento y la aceptación da una calidad de vida impagable, os lo aseguro. 

Estas y otras situaciones son las que podrás trabajar en mis cursos y talleres. Si todavía no conoces mi trabajo, te invito a que te des una vuelta por la web 😉

¡No quiero que me laves el pelo!

Hay situaciones que pueden llegar a ser realmente desesperantes. Recuerdo perfectamente el día en que mi hija se negó en redondo a que le lavara el pelo. Hasta entonces había disfrutado en la bañera jugando conmigo: salpicar, a que yo le tirara agua sobre su cabeza y cara con la regadora o incluso haciendo formas con el pelo enjabonado y riéndose a carcajada cuando se miraba en el espejo.

Pero un día dijo que no, que no quería que el agua tocara su cabeza. Tenía, aproximadamente, 2 años.

 

Es muy probable que nuestra hija o hijo tenga que pasar por una experiencia que no le resulta agradable: una visita al médico, tomar un medicamento, cortarse el pelo o las uñas… Y ante estas situaciones nos preguntamos muchas veces cómo actuar.

En un primer momento, nuestra primera reacción es la de intentar convencer: el pelo está sucio y hay que lavarlo, el medicamento es necesario para curarte, las uñas largas pueden lastimarte, el pelo largo se enreda y molesta…

 

 ¿Pero por qué no suelen funcionar estos recursos?

En primer lugar, es importante tener en cuenta la edad madurativa de nuestra hija o hijo. Antes de los 4-5 años (edad orientativa y no determinante), utilizar estrategias que están basadas en el razonamiento no suelen ser muy fructíferas. Estamos hablando de una etapa en la que la mayoría de experiencias de nuestras hijas e hijos giran entorno a las sensaciones y emociones que viven y a las que, de forma progresiva, van aprendiendo a poner nombre. El razonamiento que usamos para intentar convencerles queda, la mayoría de veces que lo usamos, lejos aún de la forma en la que perciben el mundo.  

En el momento en que nos centramos únicamente en nuestra forma de ver este tipo de situaciones, no damos espacio a que nuestra hija o hijo pueda expresar lo que siente. Así pues, expresiones como, “esto no es nada”, “ya verás como estarás mejor”, “te lo pasarás genial jugando con el agua”, etc., anulan sus sentimientos y los reemplazan por lo que, en el fondo, queremos que sientan. Esperamos que lo vivan como algo sin importancia, deseamos que se sientan bien, queremos que sea una experiencia agradable… ¿Por qué? Pues porque la mayoría de veces nos aterra afrontar la vivencia de estas situaciones en nuestros hijos.

 

Entonces, si no puedo convencerle de que es necesario, ¿cómo hago que acceda a tomarse el medicamento o a lavarse el pelo?

La clave está en el tiempo. Sí, el tiempo que destinamos a preparar el terreno, a hablar de lo que va a suceder, a aceptar el rechazo, a volver a hablar, a ser creativas, a cuidar nuestro lenguaje, a confiar, a conectar con lo que está sintiendo nuestra hija o hijo, a respirar para actuar desde la calma, a estar convencidas de lo que hacemos y, sobre todo, porqué lo hacemos.

Invertir tiempo en este tipo de vivencias entra dentro del planteamiento que como madres y padres nos hacemos sobre cómo queremos criar y educar a nuestras hijas e hijos. Y para ello debemos tener claros cuáles son nuestros objetivos a largo plazo.

Si nuestra meta es construir una relación basada en la confianza y el respeto, estos conceptos deben formar parte de las experiencias que vivimos con nuestras hijas e hijos. Incluso aquellas que puedan ser desagradables para ellos.

¿Quieres aprender a acompañar a tu hija o hijo en este tipo de vivencias?

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