De miedos, auto-sabotajes y autoestima

Si ya me conoces un poco sabrás que, además de dedicarme a acompañar familias en la crianza y educación de los niños, soy maestra de primaria. Es una profesión que llevo ejerciendo durante más de 15 años y que ha ido creciendo conmigo. Y también es cierto que ese desarrollo profesional se ha visto influenciado por mi maternidad en los últimos 9 años.

La maternidad ha tenido un peso muy importante en la transformación de mi vida profesional, hasta tal punto que es gracias a ella que estoy ahora en el punto en el que me encuentro. Así que, actualmente, intento compaginar mi profesión “de siempre” y una nueva versión de mí misma que se ha lanzó al emprendimiento hace más de 2 años.

¿Y por qué te cuento todo esto? La verdad es que, aparentemente, no tiene mucho que ver con el título que he puesto, ¿verdad?

Llevar dos trabajos no es tarea fácil, y menos si se tienen 3 criaturas que tienen edades en las que todavía necesitan mucha presencia de su madre. ¿Pero a qué renunciar? En el post de hoy quiero hablar de lo que ha implicado para mí tomar una decisión tan importante como la de plantar mi futuro profesional y de lo que nos suele ocurrir cuando decidimos dar un giro importante. No me refiero a tomar una decisión sencilla y aparentemente simple, sino a aquellas que afectan significativamente a nuestro futuro y a las personas que nos rodean. En mi caso, una de las ideas que ronda desde hace un año es poder dedicarme plenamente a mi emprendimiento y dejar, aunque sea de forma temporal, la escuela.

¿Pero qué implica tomar una decisión de tal envergadura?

No voy a entrar en detalles y comentar los pros y los contras de una decisión como la mía, es algo muy personal. Aún así, cuando una persona toma la determinación de dar un paso importante, suele darse un hecho común: tener que salir de la zona de confort.

Lanzarse a hacer algo diferente implica que todo lo que hemos construido a nuestro alrededor tiende a tambalearse. Miedo a la crítica, a la falta de solvencia económica, a no “dar la talla”, a no tener suficientes recursos… y un largo etcétera tan variopinto como la decisión que podemos tomar y que consideramos tan trascendental. El miedo, ese gran controlador que está instalado habitualmente en nuestro cerebro nos impulsa a desestimar decisiones que nos llevan a salir de lo que hemos hecho siempre.

El miedo, pese a todo, nos mantiene alerta y puede ser un elemento clave para evitar desastres y decisiones erróneas, pero al mismo tiempo, es el que nos puede privar de vivir y hacer lo que realmente deseamos.

¿Y cómo sé si hacer o no hacer caso al miedo?

Creo firmemente que al miedo se le vence con el convencimiento, y éste va a depender de lo firmes que sean nuestras creencias, que son, para mí, los pilares de lo que realmente queremos y deseamos ser.

Pero incluso con el convencimiento necesario que nos permite tomar una decisión que nos haga salir de nuestra zona de confort, hay otro obstáculo que se nos va a presentar con frecuencia: nosotras mismas y nuestro auto-sabotaje.

Si el miedo es el que hace que no tomemos decisiones que se salgan de lo que tenemos configurado como “normal”, el auto-sabotaje lo que hará, una vez hayamos tomado la decisión de salir, es intentar por todos los medios que volvamos al punto inicial sembrándonos de dudas y de esos famosos “y si…” que nos harán pensar que nuestra decisión no ha sido correcta.

Por eso, una vez más, creo tan firmemente que cuidar nuestra autoestima debería ser una de nuestras prioriades. Ésta se sustenta en el respeto hacia nosotras mismas, a sabernos merecedoras del bienestar que buscamos cuando nos planteamos un cambio, no sólo físico, si no también emocional y de esa creencia en nuestras capacidades y decisiones. Con todo esto, es con lo que conseguiremos vencer al miedo que no nos permite avanzar.

A veces, para empezar, sólo es necesario dar pequeños pasos. Ten en cuenta el momento en el que te encuentras, qué es lo que tienes y hacia dónde quieres andar. Si tienes claro el objetivo, el convencimiento y dónde está tu meta, ir saliendo de tu zona de confort será, como mínimo, un poco más sencillo. Confía en ti.

Dejar el pañal, ¿hay vuelta atrás?

A veces damos por sentado que hay un momento determinado para que nuestros hijos dejen el pañal. Y eso, en cierto modo, es así. Pero, ¿cuál es ese momento?

 

Mi hijo hizo 3 años hace menos de un mes, y ya llevamos más de un año encontrándonos con personas que nos aconsejan sobre el tema. “Lo normal” es quitar el pañal a los dos años, o así lo tenemos entendido. Y eso da pie a que si no lo has hecho en esa edad, llegas tarde. Parece como si no lo haces a los dos años, ya no lo vas a poder hacer más adelante.

 

Pero el periodo en el que una criatura puede sentir la necesidad de “dejar” el pañal es bastante largo. De hecho, una criatura puede llegar hasta los 5 años para controlar completamente sus esfínteres y no se considera un problema. Y durante todo este periodo, hay temporadas en que parece que ya lo tenga superado y otros en los que parece que volvamos a empezar. Cada niño es un mundo y crece a su ritmo, no debemos olvidarlo. 

 

A raíz de un post que he escrito en las redes sociales he gravado un video para hablar un poco sobre cómo hemos llevado el tema de los pañales con mi hijo pequeño. También quería compartirlo aquí para que podamos intercambiar opiniones y experiencias. Espero que os sirva para reflexionar sobre el tema.

 

Si necesitas recursos para gestionar los conflictos con tu hijo o hija de una manera respetuosa pero sin perder de vista tus necesiades te estamos esperando.

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Todo bajo control: comemos de todo

Tengo un menú semanal superequilibrado. En casa comemos de todo. Tengo una lista de la compra con las cantidades exactas que necesito comprar de cada alimento. Soy muy metódica haciendo la comida, las raciones… no quiero que mis hijos pasen hambre ni que coman demasiado, se que eso también es malo. Quiero que se sienten a la mesa durante las comidas, con nosotros, y que coman correctamente, sin sorber, sin jugar, sin hacer ruiditos, terminándose todo lo que hay en el plato sin rechistar, que se que es la cantidad de comida que deben comer a diario.

Y lo preparo todo con mucho amor. Pero la hora de la comida es un desastre. A los pocos minutos de empezar a comer se ponen a jugar entre ellos o con la comida. Me preguntan que hay de segundo y me miran ante la respuesta con cara de asco, como si no hubieran comido nunca aquello… A veces incluso les dejo estar un ratito en la cocina mirando como prepado la comida. O quieren levantarse para seguir jugando en el salón, como si no tuvieran hambre. A menudo no les apetece terminar su plato y tengo que ponerme sargento. Después a media tarde parece que vayan a comerse una vaca entera para merendar del hambre que tienen. ¿Por qué no…

… comen a las horas previstas?

… quieren terminarse su ración?

… les apetece aquello que siempre les había gustado?

… están sentaditos y en silencio comiendo tal como les enseñamos, como adultos, sin mancharse, sin moverse, …?

Tener todo bajo control es estresante e imposible. Porque nuestro cuerpo no es una máquina. Es eso, un cuerpo. El cuerpo sabe autoregularse: a los adultos no nos apetece comer siempre las mismas cosas, ni a las mismas horas, ni en la misma cantidad. Nuestro cuerpo nos indica cuando tiene hambre y cuando no, podemos intuir cuando nos apetece dulce y cuando salado… incluso sabemos si preferimos comer o hacer otra cosa. Al final de la semana, comemos de todo igualmente, ¿no crees?

No es algo que hayamos aprendido. Nuestro cuerpo nace sabiendo. Al crecer, nos acostumbramos a cumplir unas normas sociales, nos convencemos de que esa es la cantidad de comida que hay que comer y no otra porque lo dice tal o cual nutricionista de moda, creemos que es muy importante que comamos DE TODO (que no es lo mismo que de todos los grupos de alimentos)… y creemos que debe ser así también en nuestros hijos, ya que queremos lo mejor para ellos. Es para nosotros primordial que sean adultos bien educados y nutridos, preparados para todo.

Y se nos olvida que los niños, desde el momento en que nacen, SABEN cuando tienen hambre y cuando no, SABEN qué les apetece. Tienen curiosidad por descubrir el mundo y a veces SUS necesidades son distintas de las nuestras.

Y aunque el objetivo de su cuerpo y nuestro objetivo son el mismo, intentamos que coman de todo y nos preocupamos por su salud cuando pensamos que no es así.

NO hace falta tener todo bajo control. Dejemos un margen a la improvisación y la espontaneidad. Al fin y al cabo, seguro que comemos de todo (de todos los grupos de alimentos) de forma equilibrada planificando las comidas y teniendo variedad de alimentos en casa (frutas, verduras, legumbres, carne y pescado).

Si ahora no apetece comer, apetecerá en un rato.

Si quieren participar en la elaboración de la comida, dejemos que esten con nosotros, que nos ayuden de verdad. Ellos disfrutaran y les sabrá mejor la comida. Nosotros pasaremos un ratito con ellos a la vez que hacemos algo en casa: conviviremos sin darnos cuenta. Y es divertido.

Los horarios fijos, los menús incambiables, las normas sociales, los gurús de las dietas , las combinaciones perfectas de alimentos… pueden esperar.

Dejemos que sean criaturas, que descubran y experimenten y puedan comer lo mismo para desayunar durante meses, siendo su elección (por ejemplo atún con tomate) en lugar de la nuestra (cereales con leche). También están aprendiendo, a decidir y a ELEGIR POR ELLOS MISMOS, a tener una relación sana con la comida. ¿y ese es el objetivo, verdad?

Y después del parto… ¿qué?

Lo tienes todo preparado: la bolsa para llevar al hospital, la cuna, el cambiador, ropa, pañales de recambio, una habitación preciosa hecha con mucho amor e ilusión… parece que todo está donde debe estar. Sólo falta el bebé.

 

Y el bebé llega. Los pocos días que pasáis en el hospital, estás en una nube: hay enfermeras, que, si te hace falta, bañan y cambian al bebé. Y tu descansas porque no tienes nada más que hacer que estar. Estar con tu bebé. Todo bajo control.

todo bajo control

Luego, os dan el alta, y llegáis a casa. Parece que todo está perfecto… pero entonces empiezan las dudas…

 

Hoy está llorando mucho…

¿Será normal que haga tantas deposiciones?

¿Por qué hace dos días que no hace cacas?

Me duele el pezón…

Se despierta muy a menudo

Está durmiendo muchas horas…

 

Nadie te había contado nada sobre todo esto… Esta incertidumbre, tantas dudas. Los bebés sólo comían y dormían, ¿no?

Durante el embarazo leíste muchas cosas, te informaste de todo lo referente a la gestación y después para el parto… y se te olvidó informarte sobre todo lo que sucede después.

Tranquila, nos pasa a la mayoría. Y no solamente respecto al bebé. También las cosas que nos suceden a nosotras. Por ejemplo, a mí me sorprendió que mi barriga no volviera a su estado “normal”, cuando ya habían pasado ¡¡7 días desde el parto!! ¿Por qué no volvía a su sitio? Me sentía extraña en mi propio cuerpo. Al cabo de unos días más me pareció lógico, mi piel y mis músculos necesitaban más tiempo, tras 9 meses cediendo, para volver a ser como yo recordaba.

Las cosas pasaban de un modo diferente a como yo creía que iban a suceder, por mucho que lo intentara, los días se escapaban a mi control. En mi cuerpo, y también a mi alrededor: la ropa por lavar, los platos por fregar, el suelo por limpiar… todo iba a una velocidad muy diferente a como yo lo había imaginado.

 

Cuando ves una peli con bebés, o un anuncio, todo es maravilloso. Todo en su sitio, todo en silencio, todo limpio, una mamá perfectamente feliz, peinada y que siempre huele bien, y un bebé sonriente y dormido, al que nunca se le salen las cacas por los sobacos mientras piensas sobre cómo le vas a quitar el pañal sin mancharlo más aún.

Cuando en la peli aparece una mamá despeinada, dormida, dudosa, cansada… va acompañada de una casa descuidada. Esa mamá, pensamos, no sabe hacerlo bien. Tenemos una imagen muy clara y concreta de cómo debe ser una buena madre. Pues voy a decirte algo: esa imagen preconcebida de cómo tiene que ser una madre para ser buena madre, es, en la mayoría de casos, errónea. No te tortures más. Eres buena madre. De hecho, para tu bebé, tú eres la mejor madre, porque…

 

  • Seguramente miras enamorada a tu bebé durante horas (darse cuenta de la magia de lo que has creado a veces hipnotiza, y eso puede llegar a ser maravilloso)
  • Aun estando muy cansada, quizás sientes que necesitas alimentarlo, acunarlo, lavarlo… esa conexión le hace saber lo importante que eres para él, y él para ti
  • Te duermes con él sin darte cuenta : si estás cómoda durmiendo con él, túmbate, seguramente los dos dormiréis mejor, si no estás cómoda, intenta dormir tú también cuando lo dejes en su cuna
  • Aunque te agobie no tener la casa como quisieras, posiblemente se te olvida todo al escuchar sus ruiditos mientras aparece una sonrisa en tu cara, eso te permite estar presente con él, que te necesita mucho más que una casa limpia y ordenada, de eso se pueden encargar otros
  • Tal vez quieras levantarte y desaparecer porque la situación te abruma y al mismo tiempo sientes que no lo harás: en el fondo sabes que estos momentos desaparecerán pronto, los bebés crecen rápido

madre bebé contacto

Y tu entorno… tal vez te apetezca mucho estar con tu família o tus amigos, compartir tu maternidad, o no pensar en ella porque estás saturada. Eso está bien, rodéate de las personas que te hagan sentir bien.

O tal vez no quieras ver a nadie y que nadie te quite ni un minuto de estar con tu bebé. Eso también está bien.

Quizás necesitas a alguien que te ayude sin preguntar el por qué, sin juzgar lo que sientes o dices… que ordene la casa mientras tu estás con tu hijo en vez de que te digan “ve tranquila a hacer lo que necesites, que nosotros nos quedamos vigilando al bebé”. O al revés, porque prefieras moverte y hacer algo en casa en lugar de sentarte a mirar como duerme. Todas las opciones están bien. Cada una tiene su modo de adaptarse a la maternidad.

Y mientras tanto, no importa si estás peinada, si la casa está limpia, si hueles de maravilla o no, … Pregúntate qué es lo que necesitas, qué es lo importante para ti, y qué necesita el bebé.

Si necesitas tiempo sola, pide ayuda. Si necesitas salir de casa, puedes hacerlo. Si necesitas estar en la cama todo el día con el bebé cerca, adelante. Si necesitas desahogarte, hablar sin que te pregunten nada, busca alguien que pueda acompañarte.

Tener una persona que te acompañe amorosa y respetuosamente, sin preguntas, sin juicios de valor, sin condiciones, que te comprenda, te hará sentir respetada, segura, tranquila.

 

Respira. Disfruta. Date tiempo para acomodarte en tu nueva vida, en ese cambio que parecía que iba a durar 9 meses, y resulta que ya es para siempre. Verás que después, todo empieza a encajar: tu bebé, tu cuerpo, la organización de tu vida, tu maternidad.

 

Parir acompañada

El momento que llevas tanto tiempo esperando, llega al fin y al cabo. Cuando termina el proceso de gestación, cuando tu hij@ está preparad@ para nacer, para respirar, para empezar su vida fuera del útero, se inicia el parto.

 

El acto de parir, rodeado de leyendas, mitos, miedos, angustias, temores y dolor en nuestro imaginario, queda desprovisto de su esencia: el acto de parir es un acto fisiológico. Eso significa que si tu no opones resistencia, tu cuerpo pone en marcha todo lo necesario, sin que tu intervengas conscientemente, para que tu bebé nazca. Así de simple.

Se que en realidad no es tan simple, que son muchas horas, que hay dolor y temores. También se que hay ilusión, esperanza, confianza, valor. Y que todo es más fácil si confías. ¿En quién? En ti. Y en tu bebé.

 

Somos humanos. Y pensamos. Elaboramos escalas de valores, pensamientos abstractos y complejos, juicos y prejuicios de todo… y nos olvidamos de nuestra herencia. De nuestra condición de mamíferas. Y ocultamos nuestra parte animal. O al menos, lo intentamos.

Recuerdo que en mi primer embarazo, vi varios videos de partos en casa y en hospital. Y no entendía como aquellas mujeres podían quedarse desnudas delante del equipo médico o delante de una cámara en su casa. Chillando, llorando, bailando, riendo, pariendo. Aunque estuvieran pariendo. O sobretodo porque estaban pariendo. Cuando llegó mi parto lo entendí.

Entendí que durante el parto el tiempo tiene otro ritmo.

Entendí que tu conciencia está en otro lugar.

Entendí que nuestra parte animal necesita salir de nuestro interior para facilitar todo el proceso. Bueno, en realidad lo entendí al recordarlo, durante el parto simplemente sentí. Me dejé llevar. Primero por el dolor, la desesperación y el miedo. Y así pasé toda la noche. Después me rendí. Dejé de luchar, y pedí anestesia peridural. El dolor y los nervios que me atenazaban se calmaron. Y me quité la ropa aún no se cuando exactamente, balanceándome, andando, agachándome o tumbándome cuando yo quería. Y después, me reía cuando me decían que había estado 15 horas de parto.

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En mi segundo parto, aún sabiendo que teníamos que provocarlo, que seguramente mi hija estaría hospitalizada unos días, aún temiendo que pudiera tener secuelas, estando en un hospital mucho menos acogedor… me dejé llevar. Mucho más que en el primero (y de eso también fui consciente después). Lloré por no poder esperar a que ella decidiera nacer, lloré porque me sentía culpable (nuestra amiga la culpa siempre aparece en algun momento, aunque no tengas culpa de nada) por lo que estaba sucediendo. Luego hablé con mi hija. Le pedí disculpas porque tenía que nacer ya, porque debíamos vernos antes de tiempo, le pedí que fuera valiente y fuerte, que yo estaría con ella.. le dije que la quería muchísimo y esperaba que todo se pudiera solucionar. Luego pedí que me indujeran el parto de la forma más natural posible, que no quería oxitocina intravenosa. Quizás por mi mirada, o por mi tono, accedieron. El parto duró casi 24 horas.

 

Canté, bailé, conecté con mi hija, sentí el dolor de un modo distinto (dolor igualmente, pero cada contracción me acercaba más a mi hija, me ayudaba a acompañarla en su nacimiento apresurado), grité y aullé como una loba.

 

Además, no estaba sola. Mis hijas (una en cada parto) y yo nos acompañábamos mutuamente, en mi parto, y en su nacimiento. Y no estábamos solas. Una persona más estuvo todo el tiempo con nosotras. Muy cerca, pero lejos a la vez. Mirándonos con amor, observádonos, esperando el momento en que le pidiera algo con la mirada para acercarse, dispuesta a estar allí el tiempo necesario. Sin juzgar, sin preguntarnos nada más que lo necesario: ¿quieres agua? ¿pongo de nuevo la música? ¿tienes calor?, para asegurarse que entendía mi mirada.

Su labor fue acompañarme. Y lo hizo genial, desde su calma, su ritmo pausado, su amor. Yo confiaba y confío mucho en esa persona. Y para mi esa era la persona ideal para estar conmigo en mis partos. Ahora se que tal vez  una persona más, de características distintas, me hubiera ayudado mucho en algunos momentos, pero entonces no lo sabía. Y si lo hubiera sabido, habría tenido tres personas acompañádome, en lugar de una.

Te debes estar preguntando qué características ideales tiene que tener quien te acompañe durante el parto. Y también debes estar preguntándote qué pasa si mi X (marido, madre, hermana,..) no las tiene, porque le hace muuuucha ilusión estar ahí. Y claro, no le puedo decir que no quiero que esté.

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He conocido a mujeres que han intentado un parto natural porque su pareja estaba convencido de ello, pero no ellas, así que la experiencia no fue buena. He conocido mujeres que han discutido con sus parejas estando de parto, o que no se han sentido acompañadas ni apoyadas en esos momentos; para ellas el recuerdo del parto tampoco es maravilloso.

Aunque me toméis por loca, voy a deciros algo que siento desde mi racionalidad, como bióloga conocedora del proceso fisiológico del parto, y también desde mi feminidad:

 

El parto es la culminación de un proceso de creación de vida. Tu cuerpo es capaz de crear y nutrir una nueva vida. Y también es capaz de acompañarlo para nacer. Tu cuerpo es maravilloso y mágico. Y tu cuerpo forma parte de ti. Igual que tu cuerpo se abre a la vida, se transforma y cede, tu mente puede hacerlo también. O al menos, acercarse lo más posible, según tus creencias, ilusiones y limitaciones, a esa vivencia de comunión con la VIDA.

Para facilitar todo esto, para poder estar tranquila, sentirte acogida, protegida, acompañada, y poder dejarte llevar, y poder pedir apoyo y ayuda cuando lo necesites, es muy importante elegir quién va a estar contigo en el proceso del parto.

 

Desde mis experiencias de parto, si pudiera volver a ser madre, éstas son los temas clave que me ayudarían a elegir quién (o quienes) me acompaña(n):

1.Conoce y respeta rigurosamente mis deseos sobre como quiero parir.

2.Hemos acordado que escuchará por mi cuando yo no pueda hacerlo, por estar sumergida en mi mundo (respiraciones, contracciones, conexión con el bebé..).

3.Podrá defender mis decisiones y preguntar y pedir explicaciones sobre posibles actuaciones de emergencia durante el parto si yo no tengo fuerzas para hacerlo, para contármelo como yo necesite y que pueda dar mi consentimiento informado.

4.Tiene un carácter afable, agradable para mi. Me hace reír, me siento reconfortada con esa persona.

5.Me transmite calma y serenidad.

6.Comprende que puedo estar de buen humor o ponerme nerviosa y de mala leche durante el parto, y aunque “pague el pato”, sabe que no va con el/ella.

7.Es paciente, me comprende y respeta.

8.Tiene los conocimientos mínimos necesarios para abrazarme, acunarme, sujetarme, hacerme un masaje… y quiere hacerlo.

9.Tiene mis mismas creencias espirituales, o las respeta.

10.Sabe como ayudarme a recuperar confianza en mi misma cuando flaqueo.

 

Y en ningún caso, esa persona que te acompañe debe:

1.Agobiarse por tus gritos, lloros, risas etc,.., durante el parto.

2.Increparte por tardar demasiado, porque te quejes mucho o porque te sientas cansada durante el parto.

3.Ponerse nervioso/a, alzar la voz, chillar.

4.Ausentarse sin decirte nada, aunque ausentarse sea no salir de la habitación, pero ponerse a jugar con el móbil.

5.Hacer nada con lo que no te sientas a gusto: hacer fotos, grabar videos, contar chistes.. lo que sea.

 

Todo aquello que nos ayude a poder conectar con nosotras, con nuestro bebé, con nuestra mamífera interior, es positivo y bienvenido.

Por si sientes curiosidad, la persona que me acompañó durante mis partos fue mi pareja, el padre de mis hijas. Y si pudiera tener otro bebé, él volvería a estar conmigo, aunque también buscaríamos una doula que estuviera con nosotros, para escuchar y hablar si no podemos o no atinamos a reaccionar como quisiéramos, para estar presente sin estar, para ver la situación con perspectiva, en la cercanía silenciosa. Esa sería mi elección. ¿Y la tuya? Sea cual sea la tuya, tienes la libertad y el derecho de decidirlo TU. Ni tus compromisos familiares, ni tus elecciones anteriores, ni tu madre porque te parió a ti, ni tu pareja porque te quiere mucho, ni tu hermana porque le hace ilusión. Solamente tu, que eres quien va a vivir un parto, puedes decidir y acertar, quien va a estar contigo y tu bebé.

vivir parto acompañada

Todo lo que nos rodea nos puede influenciar. Tener a nuestro lado a personas que nos transmitan la fuerza, la calma, la energía y la serenidad que necesitamos para vivir el parto en vez de sobrevivir a él, nos permitirá tener una vivencia más positiva y un recuerdo empoderador.

Talleres Adiós a los pañales

Este mes de junio hemos facilitado el taller Adiós a los pañales a más de 30 famílias en total, así que estoy muy satisfecha por el trabajo realizado, y por haber ayudado a tantas mamás y a tantos papás a encontrar recursos y herramientas para llevar esta etapa del desarrollo de sus hij@s como una aventura y no como  un “engorro” o un “suplicio”. Y además estuve acogida por un grupo  de mamás (Cu-cut) en Sant Sadurní d’Anoia, y por el espacio polivalente de La Panxamama, en Vilafranca del Penedès.

Lo mejor de estos talleres es que todas las famílias están en el mismo punto, y todas tienen ganas de escuchar y comprender mejor como evoluciona el control de esfínteres, qué capacidades fisiológicas, neurológicas y emocionales debe madurar nuestro bebé para estar preparado y empezar a olvidarse del pañal, y qué recursos tenemos al alcance para acompañar a nuestro hij@ y agilizar el proceso, partiendo de una actitud respetuosa y amorosa por parte de nosotros, los adultos.

También muy contenta con el ambiente acogedor y cómplice que se generó en las tres charlas, puesto que todas las famílias pudieron comentar su situación, sus miedos, temores y dudas. Al terminar el taller recogí respuestas en la evaluación del taller que pido a tod@s los participantes.

Estos son algunos de los testimonios ante la pregunta “¿qué te llevas del taller, para aplicar en casa?“:

 

N.Callau: “La tranquilidad de saber que es un proceso lento que hay que emprender con paciencia para que la niña lo viva con naturalidad”

Jose M.: “Ideas. Sobre todo la de hacerlo partícipe; paciencia y no tener miedo a dar un paso atrás”

Raquel F.: “Mucha información y herramientas para afrontar la etapa con tranquilidad y empatía hacia mi hija”

Linda: “Compartir mis sentimientos, implicarlo más en el proceso”

Jordi: “Unas cuantas pautas a seguir que pueden ser muy útiles”

Meritxell: “más tranquilidad y seguridad”

 

Y aquí algunas fotos de un par de los talleres, que a veces se me olvida esto de inmortalizar el momento…

 

Ha sido una agradable experiencia el poder ayudar a tantas famílias en este momento de la crianza. Hasta igual ¡repetimos en breve…!

 

Mònica Pons
mujer, madre, bióloga y doula

 

5 preguntas para hacerte antes de dar a luz

antes del parto

Durante mi primer embarazo, estuve leyendo mucho acerca del desarrollo del bebé intraútero. Y de cómo eran los partos “normales”. Leí algún libro sobre cómo debía sentirse el bebé dentro de la barriga de la madre ( El vínculo afectivo con el niño que va a nacer, Dr. T. Verny), también alguno sobre la llegada del alma a su cuerpo (ésto es un poco metafísico pero me sentí muy cómoda con la visión de la reencarnación que encontré en Los nueve peldaños, A. Givaudan, D. Meurois).

Tenía miedo a que pudiera haber algún problema durante el parto. Sobretodo, mi miedo era no poder soportar el dolor, no poder ayudar a mi bebé a nacer, no poder parir tal y como parió mi abuela a sus 7 hijos. Siempre la vi como una mujer muy fuerte, poderosa, luchadora. Supongo que ir acercándome al final del embarazo y sentir que llegaba el momento, que no había vuelta atrás, me hizo verla más empoderada todavía.

Se que es una visión algo inocente, porque seguro que ella debió sentirse sola y vulnerable e insegura, al menos en su primer parto, que fue en el que más sufrió, según ella misma me contaba.

En mi segundo embarazo, después de la experiencia (bastante positiva y de la que tengo una vivencia muy feliz), tenía algo más claros algunos aspectos a los que no había prestado atención durante mi primer embarazo. Todo ésto me sirvió para poder superar, a pesar de todo el dolor e incertidumbre, lo que sucedió. (las vivencias de mis partos) al final de mi segundo embarazo.

 

Mis 5 preguntas para hacerse antes de dar a luz (un tiempito antes, no dos semanas antes :-)) son éstas:

 

1-¿cómo de cómoda quiero estar?

¿eres de estar en zapatillas y pijama por casa, o no? lo digo porque para mi, no es lo mismo estar cómoda y a mi aire, sentada en el suelo, o en el sofá, que estar con los zapatos de calle y “bien” vestida… yo no estaría igual de cómoda. Durante el parto, puedes sentir libertad de movimientos, caminar cómo y por donde quieras de tu habitación, o puedes estar tumbada y conectada a un suero y a las correas, con los movimientos limitados. (El primer parto de Laia Simón)

Cualquier detalle a tu alrededor que te haga sentir bien, relajada, segura, hará que todo fluya mejor, y que sea más fácil para ti sobrellevar las temidas contracciones. Un ambiente íntimo y tranquilo favorece la secreción de la oxitocina que tu cuerpo genera durante el parto (y las contracciones dolerán menos). Alguien desconocido que entra de golpe en la habitación, que te hagan muchas preguntas, un tacto detrás de otro, etc.., puede frenar a tu cuerpo, que deja de producir oxitocina, y el parto se estanca.(la comodidad de la madre o del profesional)

 

Claro que cada una se conoce y sabe qué le puede incomodar y qué no. Por eso es importante que te plantees muy seriamente ésta cuestión, porque el lugar donde vayas a dar a luz debería estar en concordancia con lo que tu vas a necesitar para estar presente, consciente y poderosa, durante el parto.

 

2-¿quién quieres que esté a tu lado durante el parto?

por lo general, todas decimos ”nuestra pareja”. Hace 50 años no había hombres presentes en los partos (a veces, solo a veces, un médico), ahora es algo normalizado. Michel Odent por ejemplo, no es partidario de que los hombres estén al lado de sus parejas durante el parto (Entrevista con Michel Odent). Pero resulta que eso también es decisión tuya: si quieres parir sola, adelante. Si quieres que tu pareja esté a tu lado porque te transmite tranquilidad, porque sabe acompañarte, o porque te hace reír y vas a necesitarlo, adelante también.

Y si quieres que esté tu madre, tu hermana, tu tía, tu doula, tu vecina, tu mejor amiga o quien sea, pues también adelante.

Sé que ésto puede generar un conflicto, pero el momento de ser madre es suficientemente importante (porque es tu cuerpo el que ayuda a recibir la nueva vida que ha creado) para anteponer tus necesidades a las de tu pareja, tu madre, tu hermana o quien sea. Hablando con el corazón en la mano, tu pareja lo entenderá si lo que quieres es que no esté.

 

3-¿tu comadrona y/o tu ginecólogo te dan buenas vibraciones? ¿te sientes cómoda con ellos?

Si tu embarazo lo ha “controlado” el Sistema Nacional de Salud y no es de riesgo, te habrás ido citando con una comadrona. Y si había algún riesgo, con un ginecólogo. En ambos casos, cuando vayas al hospital, te vas a encontrar con el equipo que esté de guardia.

Reconozco que saber que no conoces al equipo médico que va a asistir tu parto es algo inquietante. Pero os aseguro (al menos en mi caso fue así en ambas ocasiones) que cuando llegué al hospital, lo que menos me importaba era si conocía o no a las personas que me iban a  atender en caso que hubiera alguna complicación. Confío plenamente en los profesionales de la salud y se que si es necesario, actuarán con celeridad e intentarán ayudarme, por supuesto.

Lo que me generaba más inseguridad, era que no me explicaran lo que iban a hacerme si debían intervenir.

Lo que me inquietaba era que no me escucharan si yo decía NO a alguna prueba, o tacto, o intervención.

Lo que no me hubiera gustado, es que no me contaran claramente lo que iban a hacerme antes de hacerlo.

Afortunadamente para mí, el equipo médico que me atendió en el primer parto fue cariñoso y empático conmigo, y excepto en un momento concreto, me sentí muy bien atendida, y respetada.(Protocolo de atención al parto normal)

 

Si tu embarazo lo “acompaña” un médico de mútua, privado, la cosa cambia. Porque seguramente el equipo médico que te atienda en el parto sea su equipo. Entonces sí que importa, y mucho, que analices si te sientes cómoda, respetada y escuchada en las visitas.

Y que le hagas muchas preguntas, todas las que necesites hacerle, las que creas que son importantes y las que no.

 

En ambas situaciones, lo óptimo es que TU sepas qué quieres, sepas que la que está de parto eres tu, que no estás enferma y tampoco has perdido facultades mentales por ponerte de parto.

Si no te sientes cómoda con el equipo médico que te ha tocado (incluso con la matrona que te visita durante el embarazo por la SS) puedes pedir un cambio. Tienes todo el derecho a cambiar de ginecólogo, de comadrona y de hospital, cuando quieras. Aunque estés de 8 meses. Si eso va a hacer que te sientas mejor, adelante. Los médicos y las matronas saben hacer su trabajo tanto si han visto crecer tu vientre como si no, atienden partos a diario. Pero tu parto, el tuyo y de tu hijo, solo lo vas a vivir una vez, así que escoge consciente y tranquila.

 

4-¿qué bienvenida quieres brindarle a tu bebé?

El bebé que crece dentro de tu útero puede oír los ruidos a su alrededor desde aproximadamente las 20 semanas de gestación, y a las 25 semanas están totalmente formados los oídos, aunque el líquido amniótico amortigua los sonidos que percibe. Conoce tu respiración, el ritmo de tu corazón, el ruido de tus órganos, y también tu voz. Tal vez no entiende las palabras que le digas, pero si comprende los sentimiento que se desprenden de tus palabras. El 80% de lo que transmitimos es lenguaje no verbal: las miradas, la posición, el movimiento de nuestro cuerpo, el tono de nuestra voz, transmiten información. Y nuestro bebé puede sentir cómo te sientes: tu tono de voz, la tensión de tu cuerpo, la velocidad a la que late tu corazón… no sólamente porque oiga lo que sucede, sino porque cualquier respuesta tuya al entorno, se traduce en unos niveles hormonales determinados que desencadenan reacciones en tu cuerpo, y en el suyo, puesto que vive dentro de ti, y recibe parte de las hormonas que tu cuerpo fabrica. Igual que a ti te envuelve tu entorno, tu le envuelves a él, eres su entorno.

Durante el parto, tus hormonas le acompañan, tu respiración, tus sensaciones, tu voz. Y tus nervios, la medicación que te pongan a ti también le afectará a él, tu presencia o no también le afecta. Su separación de ti en  cuanto salga de tu cuerpo, también le afectará. (Restaurando el paradigma original, Nils Bergman)

 

Así que pregúntale también a tu equipo médico sobre el protocolo para el recién nacido: lo podrás coger, le cortarán inmediatamente el cordón umbilical, se lo llevarán de tu lado para pesar, medir, test Apgar…, o pueden hacer todo eso más tarde, o delante de ti..?

 

Para tu bebé, también va a ser el único día en que nazca (en ésta vida, si crees en la reencarnación), así que cuanto más amoroso y respetado sea el entorno que lo reciba, mejor, ¿no crees? (Plataforma Pro Derechos del Nacimiento)

 

5-¿y después del parto?

Bueno, ésta pregunta tiene trampa, lo reconozco… después del parto te preguntarás cosas cada día, y ya no dejarás de preguntarte cosas sobre tus hijos, y eso está bien. Encontrar tu propio camino, tu manera de ser madre, de criar. Descubrir tu fórmula para ser madre, sin prejuicios, sin ataduras sociales autoimpunestas… es genial. Y cada una encontrará su senda.

Pero los primeros días… esos en los que estás a la vez cansada y feliz, exultante de emociones, abrumada, desesperada, nerviosa, perdida, tranquila, dormida, preocupada…. y un sinfín más de sentimientos, a veces contradictorios, pueden ser especialmente duros. Para tí, que te estrenas como mamá, y para tu bebé, que se estrena como persona fuera de tu ser. ¿qué necesitáis de verdad de la buena,tu y tu hijo? ¿serenidad?¿tranquilidad?¿contacto? ¿ternura? ¿ajetreo? ¿ruido? ¿espacio? (mis primeras horas como madre)

 

Las primeras semanas de adaptación entre los dos también són únicas, y pueden marcar mucho el recuerdo que tengas con los años, de las vivencias de entonces.

 

Tómate tu tiempo, elige según sientas, haz partícipe de tus decisiones a las personas que quieres que estén a tu lado. Y si en algún momento quieres cambiar de opinión, cambia.

 

Feliz fin de semana del Parto y Nacimiento Respetados

Estrategia para criar hijos autónomos (que no autómatas)

 

La ropa nos define. Define nuestro estado de ánimo, cómo nos sentimos, a donde vamos, .. puede proporcionarnos libertad, o ser una cárcel, un factor limitante. Igual que el resto de elementos que rodean nuestra vida: las relaciones, el trabajo, los vecinos, la tele, …

Mi hija mayor, tiene ahora 5 años. Tiene un estilo digamos.. ecléctico: ella puede salir a la calle con una falda gris con corazones blancos y un ribete monísimo de color rojo, una camiseta verde, una chaqueta de chandal marrón con un dibujo en rosa, medias lilas y botas de montaña. A mí me cuesta un poco (a veces horrores) no cambiarla de ropa, no obligarla a vestir de otro modo, no forzarla a ser más “aceptable” para los demás. A ir más”mona”.

 

se tu mism@

 

Por supuesto vivimos en sociedad, somos animales sociales, y buscamos la aceptación de nuestros congéneres. Sentirnos aceptados y parte de una comunidad nos proporciona seguridad y confort. Ese sentimiento de pertenencia a un grupo no debería estar reñido con ser como eres. Pero muchas veces lo está.

Seguramente ahora estáis pensando que soy una exagerada. Probad ésto: pensad en vuestros recuerdos de infancia, en qué ropa os ponían y en cómo os sentíais con ella, en cuántas veces os mandaban callar antes de decir dos palabras seguidas, en si os sentíais juzgados escuchando a los mayores hablar de uno sin tenerle en cuenta (estando presente). ¿Cuántas veces sucedieron esas escenas? ¿Creéis que cambiaron vuestra forma de comportaros, vuestra manera de presentaros al mundo? No hablo de las normas básicas de convivencia, sino de esos detalles sutiles que fueron dando forma a al concepto de vosotros mismos desde el exterior.

 

 

Tampoco se trata de comentarios ni miradas malintencionadas, aunque esconden (muchas veces de forma subconsciente) juicios y suposiciones:

¿te vas a poner esa ropa?

¿ya come bien?

¿es buena niña?

¿se porta bien?

Y podrían traducirse, más o menos así:

¿quieres ir así vestida?

¿come todo lo que tu quieres cuando tu quieres y como tu quieres?

¿está callada y quieta y sin molestar cuando tu deseas?

¿hace lo que le dices cuando y como se lo ordenas?

Llevamos éstas frases llenas de juicios de valor grabadas a fuego en la frente. Y son valoraciones vacías que regalamos a nuestros hijos en cuanto nos despistamos.

 

Los comentarios y valoraciones que expresamos deberían ser positivos y respetuosos, o presentar una crítica constructiva. Eso nos permitiría seguir acompañando el libre desarrollo de la autoestima, la autonomía, el criterio propio y la libertad de nuestros hijos para ser en función de su propia esencia.

 

Durante mis embarazos, pensaba en como me gustaría que mi hija fuera de mayor. Me gustaría que fueran (ambas, cada una a su manera) grandes personas, y pensaba en una lista como ésta:

feliz

valiente

inteligente

divertida

sana

con voz (propia)

con personalidad (propia)

con autestima

cariñosa

con criterio (propio)

 

Si hacéis una lista de vuestros deseos, seguramente se parecerá a ésta.

¿Pero qué sucede en nuestro día a día, cuando no hace lo que necesitamos que haga, cuando no se viste como quisiéramos, cuando no sigue el ritmo marcado (por nosotros)?

¿cómo reaccionáis?

 

Queremos hijos con voz propia, que no se dejen engañar, que sepan defenderse, que tengan opinión. Para que pueda ser así, debemos propiciar que esas cualidades se desarrollen en ellos.

 

Pero como ya he dicho, vivimos en sociedad: hay horarios, responsabilidades, prisas, una logística organizada… y se nos olvidan los deseos y vamos a lo que nos parece más rápido (que conste que eso nos pasa a tod@s), y el resultado suele ser un conflicto.

Cuando no escuchamos ni dialogamos, no estamos permitiendo las opciones, ni que sea el niñ@ quien decida. Entramos en modo institutriz. Y el conflicto acaba en lucha de poder. A la vez, ya no estamos propiciando

su individualismo (quiero hacer algo distinto a lo que tu me dices),

su capacidad de decisión (y si lo hiciéramos de otro modo),

su autoestima (lo que yo digo o pienso no se tiene en cuenta),

ni su criterio (mi opinión no vale, vale la de los demás).

 

Entonces, ¿cómo gestionamos éstas situaciones? Hay algunas estrategias que pueden ayudar. En mi caso, me funciona lo siguiente:

 

  1. Respira. Tu hij@ tiene opinión y sentimientos. Párate un momento y respira hondo antes de hablar. Muchas veces vamos tan acelerados que necesitamos que obedezca a lo que pedimos sin pensarlo dos veces. Tenemos tantas cosas que hacer que el comportamiento de tu hij@ descuadra con el horario establecido.
  2. Escúchate. Pregúntate qué necesitas en ese preciso instante, que te molesta, para esperar que tu hijo te obedezca sin rechistar. Qué hace que no quieras ceder ni escucharle. Por qué te pones a la defensiva. 

    Este punto es muy importante. Vivimos en una sociedad burocratizada, “normalizada”, con horarios, obligaciones, objetivos y reponsabilidades que asumimos como necesarias todo el tiempo, y que a veces, nos limitan. Organizamos nuestro día a día al segundo, no hay espacio para discutir. Ni siquiera con nosotros mismos. Tal vez al pasar por alto nuestras necesidades, también perdemos la capacidad de escuchar las necesidades de los demás.

  3. Escúchale. Que quiere decirte. Establecer un diálogo con tu hij@ te ayudará a conocerle, a saber como se siente, que es lo que piensa.. y si lo haces a menudo, verás como le apetece hablar más contigo y contarte sus cosas. Da igual si tiene un año, tres, cinco o diez. Nuestros hijos tienen vivencias y experiencias desde que nacen (incluso antes), saberse escuchado reconforta; estás plantando la semilla que servirá para crear una relación madre-padre/hij@ basada en la comprensión, la confianza y la complicidad.
  4. Sé práctic@: piensa en cuántas veces la posición “porque lo digo yo” ha iniciado una batalla de leones/leonas que todavía ha alargado más la situación problemática. Ejemplos:-irnos a dormir ya

    -terminarse todo lo que hay en el plato

    -ir a ducharse

    -nos vamos ya del parque

    -la ropa que ponerse

    -…

    Ahora piensa en alguna de éstas situaciones, ¿cómo se hubiera desarrollado si en lugar de insistir en modo institutriz, te hubieras parado a preguntarle a tu hij@ por qué no quiere, qué le pasa, o simplemente escuchar su demanda? Quizás solamente quería hacerte una pregunta, a lo mejor estaba contento y quería darte un abrazo (maravillosos abrazos espontáneos)..

Seguramente en lugar de emplear 10 o 15 minutos en “resolver” el conflicto con rabieta, lloros o chillidos              incluidos, emplearías 5 min en escucharos y llegar a un acuerdo.

 

Todo aquello que hacemos desde la plena conciencia en lo que sentimos y pensamos, nos enriquece a nosotros y a nuestros hijos.

 

Lo mejor de mi estrategia, es que aunque al principio cuesta horrores, a medida que voy practicando, me escucho más, paro a respirar sin pensarlo, cambio mi mirada antes de hablar. Y cuando no lo consigo, también me resulta más fácil rectificar, disculparme (desprenderse del tozudo orgullo de querer tener razón también es un aprendizaje).

Y al meterme en la cama y repasar lo que he vivido ese día, me siento más orgullosa de mí misma. Y más orgullosa de mis hijas.

Y eso es maravilloso, ¿no crees?

La escuela, el médico y la toma de decisiones

El viernes pasado me llegó una notificación escolar. En realidad, algunos niños de la clase de mi hija, hacía unos días que contaban que iban a venir unos médicos al cole.

En la revisión, de la que no te explican qué van a revisar de la salud de tu hij@, no va a estar ni su padre ni yo presentes. No entiendo el motivo de la dicha revisión. Me cuestiono algunas cosas:

1.Para empezar, ni a los alumnos, ni a sus tutores legales (los padres) se nos ha explicado en qué consiste la revisión (ésto es un derecho del paciente; como el paciente es menor, quien debe ser informado de los procedimientos a seguir, son los padres o tutores legales)

2.Además, si la revisión se efectúa en la escuela, se deja al niño sin la posibilidad de estar acompañado por alguien de confianza (éste es otro derecho de los pacientes)

3.Puedo entender que se quiera tener una idea de cómo está la salud de la infancia, pero esa estadística puede hacerse con los datos que se obtienen de los niños que sí van  a hacerse una revisión médica. Si no se tienen suficientes datos, y son realmente necesarios, que incluyan más revisiones pediátricas entre los 2 y los 10 años. Con el pediatra de tu hij@, y contigo a su lado.

 

derechos y deberes

Siguiendo con mi reflexión sobre si autorizar o no la revisión, me percato de que:

-se mezclan competencias de salud y de educación: ¿por qué hacer revisiones en los colegios?

-si autorizo la revisión, estoy renunciando (yo, en nombre de mi hij@) a que alguien conocido le acompañe durante la revisión y le explique lo que necesite

-si fuera necesario realizar más revisiones pediátricas, ya estarían incluidas en el calendario de salud… digo yo

 

Así que no he autorizado la revisión.

Es una opinión muy personal, lo se. También se que la salud no es solamente la ausencia de enfermedad. La salud es un estado de bienestar físico, mental y emocional. Buscar parámetros de enfermedad física para saber sobre el estado de salud de una franja de la población es algo simplista. Y con esto, no me refiero a la función del personal sanitario, sinó al política estatal. ¿Qué pasa con la composición de los alimentos destinados a la población infantil? ¿Qué pasa con la práctica de ejercicio físico, las actividades al aire libre, el tiempo que un niñ@ pasa con su família.., y que le permitirán crecer en un estado de bienestar real? ¿Se hacen estudios estatales para saber qué emociones predominan en los niñ@s? ¿Si se sienten felices, frustrados, alegres, rabiosos…?

 

Cada vez más a menudo me da la sensación de que se obvian la capacidad de decisión, la visión crítica y la opinión de las personas, en aras de la seguridad, la salud, la prevención de lo que sea,… Y la verdad es que muchas veces nos dejamos llevar por esta corriente de desinformación informada, nos parece bien y no escuchamos esa vocecita interior que empieza a decir “¿seguro que esto es necesario?”, y la silenciamos. Y eso sí que es un problema, porque al final nos creemos todo. Al final creemos que no tenemos poder de decisión: lo hemos cedido.

Por si acaso.

Porque lo hacen por mí.

Porque saben más que yo.

Porque yo no sé.

 

No lo hagáis. No cedáis a la corriente sin escuchar vuestra vocecita interior. Seamos críticos. Preguntemos cuando tengamos dudas. Cuestionemos cuando no nos parezca correcto. Formémonos una opinión antes de decidir.

Parece una exageración lo que hoy os estoy contando (solamente es una revisión en el cole, por favor…), pero se trata de nuestro bienestar y el de nuestros hij@s. Y de enseñar a nuestros hij@s a pensar, cuestionar, preguntar, decidir con voz propia. Porque el no decidir lleva a ceder ese poder sobre lo único que nos pertenece: nuestra vida. Y entrar en esa inercia, aunque sea con la decisión más trivial, es peligroso.

Así que, si os encontráis en la misma situación, o en cualquier otra, escuchad vuestra vocecita interior. Formaros una opinión sobre lo que os preocupa antes de decidir. Decidáis lo que decidáis, pensadlo primero.

Eso es bueno, es sano, es sabio. Y si la decisión es autorizar la revisión en el cole, perfecto. Siempre que sea vuestro criterio, y no la inercia la que os lleve a tomarla.

Empodérate.

Lo que la maternidad me quitó… y me dio

Yo siempre quise ser madre. No me preguntéis por qué, ni siquiera soy capaz de saberlo. Sólo sé que me imaginaba muchísimas veces con barriga, embarazadísima. Me gustaba recrearme en la visión de cómo sería mi cuerpo llevando un bebé dentro.

Pero pasaron los años y muchas cosas en ellos. Y, del mismo modo que sí, dije que no, que eso de ser madre no era lo mío. Que para ello necesitaba contar con alguien del género masculino (sé que en el fondo no es así, pero era lo que creía en ese momento) y no me daba la gana de ser tan dependiente.

En fin, no voy a entrar en juzgar si eso o si aquello. La verdad es que ahora mismo no me importa en absoluto.

El caso es que yo llegué a la maternidad casi por casualidad. Me la pusieron delante y acepté. Fue una mezcla de miedo por cambiar de opinión, no sentía la necesidad de ser madre, y deseo de alcanzar algo que me había hecho ilusión en su día.

madre y bebé

 

Es curiosa la transformación del cerebro cuando se genera vida en el cuerpo de una mujer.

Una vez me quedé embarazada empecé a tranformarme. Y ahora que lo veo con la distancia, puedo asegurar que no me di cuenta en absoluto hasta unos meses después de haber parido.

A mí me cambiaba el humor de blanco a negro, y podía llegar a llorar al leer que un bombero había rescatado a un gato subido en un árbol. Sí, un tanto ridículo. Pero he de reconocer que, pese a mis dolores de espalda, fueron unos meses absolutamente maravillosos. Era todo ilusión.

No tuve que plantearme nada. No sentí esa necesidad.

¿Darás el pecho? Ni idea, lo que surja

¿Querrás epidural? Y yo que se… nunca he parido.

¿Lo dejarás llorar? (mmm, no, esa pregunta nunca me la hicieron, todavía no se estilaba otra opción)

Traer al mundo a una criatura se limitó a contestar constantemente a dos o tres preguntas que respondía con evasivas. Ah, bueno, y si era niño o niña, claro.

Las preguntas llegaron luego. Y vaya si llegaron. Después de parir, una vez en casa, torrentes de cuestiones me asediaban día y noche. Bocanadas de emociones que no me dejaban pensar con claridad. Madre mía, qué puerperio…

 

Llegar a la maternidad me quitó la tranquilidad y me regaló la angustia.

 

Y como os podéis imaginar, pese al amor que sentía por aquel pedacito de carne, muy feliz no parecía que fuera mi posparto, claro.

Pero como dice el dicho, después de la tempestad llega la calma. Poco a poco tomé las riendas y dejé fluir mis decisiones hacia un camino desconocido al que llamaban “Crianza respetuosa

Y ese fue el gran robo al que fui sometida: la maternidad me separó de muchas personas.

Empecé a tomar decisiones, a cuestionarme un montón de ideas preconcebidas, a ver que había cosas que no me hacían sentir bien, a rechazar consejos de personas a las que quería y que, al mismo tiempo, no aceptaban con agrado ese rechazo.

Entonces empecé a ser juzgada.

Llevarlo en brazos, darle teta, acompañar sus rabietas, respetarlo en sus comidas, dar nombre a sus emociones… todo tenía que ser justificado, defendido.

 

Todo lo que para mí empezaba a cobrar sentido se convirtió en una guerra.

Y, como en todas las guerras, se crean dos bandos: los buenos y los malos.

Y lo más triste, una guerra en la que quise luchar a capa y espada juzgando a todo y a todos los que no seguían mi camino, mi verdad.F100006379

La lucha me separó de personas muy próximas a nivel emocional, al mismo tiempo que me acercaba a otras más afines a mi modo de pensar. En algunos casos no me importó, al contrario. En otros dolió mucho, muchísimo. Fue una manera de conocer a la gente que me rodeaba y de conocerme a mí misma.

Pero estar en lucha constante agota, desgasta y, en el fondo, muy en el fondo, no aporta mucho más que eso, cansancio.

Sigo creyendo en un modo de traer al mundo a los hijos, a criarlos, a alimentarlos, a quererlos, a educarlos… que sigue estando en disonancia con muchos de los credos y acciones que veo día a día. La diferencia entre ahora y hace siete años es que tengo mucha más información, experiencia y formación que me han hecho reafirmar lo que en aquel entonces sólo intuia.

Desde esa prespectiva, mi deseo es acompañar a otras madres. Para informarse, para empoderarse, para que luchen por lo que creen que es mejor para ellas y sus crías. Porque, al fin y al cabo, a lo largo de nuestra vida nos encontramos con muchas y diversas opiniones para todo, así que, una vez nos vemos con todas las cartas sobre la mesa, tengamos la libertat de elegir la que mejor nos vaya para nuestra juegada maestra.

Laia Simón

 

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